En Uruguay, hablar de vivienda también es hablar de comunidad, de organización colectiva y de dignidad. El Plan Quinquenal de Vivienda y Hábitat 2025-2029 reconoce explícitamente a dos políticas que son parte de la identidad del país: el cooperativismo de vivienda por ayuda mutua y ahorro previo; y el Movimiento de Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural (Mevir). Ambas han marcado generaciones y hoy, en un escenario social y territorial cambiante, enfrentan el reto de renovarse sin perder su esencia.

Uruguay es señalado en la región como ejemplo en políticas de vivienda por la continuidad de estas dos modalidades. Las cooperativas de vivienda por ayuda mutua y ahorro previo, nacidas en 1968 con la Ley 13.728 (que les dio los instrumentos legales, institucionales y financieros para su desarrollo), reunidas en la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (Fucvam) y la Federación de Cooperativas de Vivienda (Fecovi), apostaron a la autogestión, la solidaridad y la participación directa de las familias en la construcción de sus propios hogares desde sus inicios. Su aporte fue mucho más allá de levantar paredes: consolidaron barrios, generaron organización comunitaria y demostraron que la vivienda puede ser un espacio de democracia directa.

Por su parte, Mevir, creado en 1967 a impulsos del doctor Alberto Gallinal, transformó de manera radical la vida en el medio rural. Miles de familias dejaron atrás la precariedad de los rancheríos para acceder a viviendas dignas, con servicios básicos y con un fuerte sentido de identidad comunitaria. Su acción no solo mejoró la calidad de vida de las familias rurales, sino que contribuyó a fortalecer la cohesión social en territorios históricamente relegados.

El plan habla de una “etapa de madurez” para ambas políticas. La idea es clara: se trata de modelos exitosos, consolidados, pero que necesitan actualizarse para responder a nuevas realidades.

En el caso del cooperativismo, los desafíos se centran en simplificar trámites y procesos para reducir los largos tiempos, que hoy pueden superar los cinco años, entre la adjudicación del préstamo y la entrega de la vivienda. También en optimizar la asistencia técnica, de manera de asegurar calidad en la construcción y al mismo tiempo reducir costos, así como en diversificar proyectos, facilitando la incorporación de más familias que hoy quedan por fuera de las soluciones tradicionales.

En el caso de Mevir, el reto es mayor: pasar de un enfoque centrado exclusivamente en el campo profundo a otro que incluya localidades pequeñas, franjas periurbanas y territorios intermedios. Esto implica asumir un papel más amplio, que abarca no solo la vivienda, sino también la producción de suelo, la infraestructura básica y el fortalecimiento de la cohesión territorial.

Las cooperativas fortalecieron la cultura de la autogestión y el trabajo colectivo, mientras que Mevir reforzó la cohesión social y la dignidad en el medio rural.

Un fenómeno que el plan identifica con claridad es la creciente dificultad de las capas medias y bajas para acceder a una solución habitacional adecuada. Muchas familias no califican para créditos hipotecarios y tampoco entran en los programas sociales dirigidos a los sectores más vulnerables. El cooperativismo de vivienda puede jugar un rol importante para cubrir este vacío encarando con audacia los desafíos antes mencionados.

La historia de Mevir está marcada por un principio: la vivienda como herramienta de arraigo. Hoy ese principio se expande hacia nuevos escenarios. El plan quinquenal establece que la institución debe jugar un rol central en programas de afincamiento en ruralidades, vinculando vivienda con empleo y producción; atención a emergencias habitacionales en pueblos pequeños, donde la migración y la pérdida de población generan vulnerabilidad; y coordinación con intendencias y municipios, para asegurar infraestructura, servicios y equipamientos básicos. El resultado es un Mevir que ya no solo construye viviendas nucleadas en pequeñas localidades y territorios rurales, sino que actúa como agente urbanizador, capaz de incidir en la dinámica de pequeños poblados, localidades intermedias y áreas periurbanas.

Más que un techo: comunidad y capital social

El plan quinquenal insiste en algo que la experiencia de más de medio siglo confirma: la vivienda no es solo un techo. Es comunidad, participación, identidad y futuro. Las cooperativas fortalecieron la cultura de la autogestión y el trabajo colectivo, mientras que Mevir reforzó la cohesión social y la dignidad en el medio rural. Su valor no se mide únicamente en ladrillos construidos, sino en el capital social acumulado, en los lazos comunitarios que sobreviven incluso a las dificultades económicas y en la capacidad de organización que queda instalada en cada barrio o localidad.

El período 2025-2029 es una oportunidad para dar un salto cualitativo. El desafío es doble: modernizar la gestión, llegando a más sectores sociales, adaptándose a los nuevos cambios demográficos, y al mismo tiempo mantener viva la esencia solidaria y comunitaria que distingue a estas políticas de cualquier otra en la región.

El sistema cooperativo de vivienda y Mevir seguirán siendo, en este nuevo quinquenio, una demostración viva de que en Uruguay la vivienda no se entiende solo como un bien de mercado, sino como un derecho y, sobre todo, como un proyecto colectivo de país.

Diego Duarte Calleja es doctorando en Estudios Urbanos.