Este 28 de abril se conmemoró un nuevo aniversario de la desaparición física del Bebe Sendic. Fue en 1989, en París, cuando la muerte –a la que había eludido infinidad de veces– terminó encontrándolo. Había sido la esposa de François Mitterrand quien intercedió para que fuera tratado del mal de Charcot, una enfermedad degenerativa hereditaria que, sin duda, se vio agravada y acelerada por las crueles condiciones de reclusión a las que fue sometido.

En Uruguay, la noticia generó una gran conmoción. En el local central del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) comenzaron los preparativos para recibir a mucha gente, pero a la postre terminó siendo una multitud pocas veces vista y, probablemente, inesperada.

En definitiva, el Bebe había sido el promotor de la guerrilla urbana en Uruguay con la creación del MLN. Pero antes había sido dirigente del Partido Socialista, defensor de trabajadores rurales en su calidad de procurador y fundador y líder del sindicato cañero de Bella Unión, la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas.

El “prontuario” no era liviano. Sin embargo, una muchedumbre integrada por personas de todos los partidos políticos salió a la calle a brindarle su respeto, su último saludo. En una coyuntura en la que el debate político, impulsado por las redes sociales, se vuelve superficial y violento, parece difícil que un evento de esas características pueda repetirse.

Raúl no hizo política tradicional ni desempeñó cargo público alguno. Por eso, parece haber sido su dimensión ética la que provocó ese homenaje: una dimensión que puede sintetizarse como una absoluta coherencia entre lo que se predica y lo que se practica, y un compromiso inclaudicable con las causas de los más débiles.

Traer estos asuntos resulta relevante, porque los homenajes a lo largo de los años se han ido “apagando” y el peligro de convertirlo en “bronce”, y no en idea viva, parece estar a la vuelta de la esquina. Recordar es volver a pasar por el corazón, pero hoy, más que nunca, es también volver a pasar por la cabeza sus ideas.

La reorganización del MLN como organización política legal no parece haberlo seducido. Tras 13 años de aislamiento en los calabozos, se abocó a estudiar e intentar comprender un mundo que le resultaba ajeno. Para eso se rodeó de las más diversas personas: jóvenes, académicos, referentes sociales y, como no podía ser de otro modo, de los trabajadores más humildes del campo y la ciudad.

Elaboró un plan por la tierra y contra la pobreza, orientado a resolver las injusticias y desigualdades que habían seguido creciendo durante la dictadura militar. Creó el Movimiento por la Tierra, convencido de que la concentración de la propiedad –que expulsaba población del campo– era uno de los principales problemas a resolver en un país netamente agroexportador.

Propuso, además, que para llevar adelante ese programa radicalmente transformador era necesario pensar en un frente grande –que nunca concibió como un frente político-partidario con pretensiones electorales–, en el que se nuclearan partidos políticos y movimientos sociales dispuestos a compartir y comprometerse con esos objetivos.

No despreciaba la lucha electoral, pero claramente no era su prioridad. Había visto a lo largo de los años que ganar elecciones, aun con las mejores ideas e intenciones, muchas veces no resulta suficiente para avanzar en cambios que son, desde hace mucho tiempo, impostergables.

Su pensamiento y su práctica nos siguen interpelando. No siempre ganar elecciones debería ser el principal objetivo, cueste lo que cueste. El objetivo central sigue y seguirá siendo resolver las profundas injusticias que continúan lastimando a nuestras sociedades.

El pensamiento y la práctica de Sendic nos siguen interpelando. No siempre ganar elecciones debería ser el principal objetivo, sino resolver las profundas injusticias que continúan lastimando a nuestras sociedades.

Y para ello no alcanza con ganar elecciones. Implica convencer, en un régimen democrático, a la mayoría, de un programa ambicioso que no transe con el poder y que permita avanzar en tres desafíos históricos y estratégicos: la redistribución de la riqueza, de la propiedad y del poder. Solo así será posible construir un proyecto realmente democrático, con libertad y justicia social.

En definitiva, seguir abrazando su consigna, su grito de guerra: habrá patria para todos.

Marcos Otheguy es integrante de Rumbo Popular, Frente Amplio.