En el egregio salón de reuniones de la Asamblea General, Yamandú Orsi “rendía cuentas” de lo hecho por su gobierno al año de haber comenzado su mandato. Las caras de enojo ya estaban programadas: venían bajo los efectos de la campaña electoral iniciada el mismo día en que (no) aceptaron haber perdido las elecciones nacionales y de una declaración elaborada antes del discurso del mandatario.
La idea fuerza instalada estipula que la izquierda vino a destruir lo que ya estaba, para desprestigiar al gobierno de Lacalle Pou e impedir que este vuelva a gobernar. Ya tenían preparadas las críticas y contaban con los micrófonos y cámaras de los principales canales. Se sabe: como coalición actúan juntos (con algún díscolo a tiempo reducido), pero para las entrevistas se separan. Micrófonos para el Partido Nacional, otros para el Partido Colorado, otro para el Partido Independiente, y otro, eventualmente, para Cabildo Abierto, dependiendo de la postura de este. Una relación de tres o cuatro a uno en las presencias mediáticas. Desde que existe la “coalición”, siempre fue así. Se contradice con la idea, también impuesta, de que el Frente Amplio (FA) tiene “varias posiciones”. ¿Por qué no le ponen un micrófono a cada una? Difícil, son como ocho o nueve posturas, hubieran respondido, con poco fundamento y mucha hipocresía.
Sincronizadamente, los principales canales largaron, enseguida de la transmisión desde la Asamblea General y antes de comentar el discurso, el resultado de las encuestas de dos importantes empresas, que ponen por el piso el respaldo de la población al gobierno.
La más interesante de las reacciones ocurrió entre los frenteamplistas, incluso entre diputados y senadores (ni que decir de los invitados), que ponían cara de asombro ante las “novedades” que iba desgranando el presidente. Luego de esto, hablé con frenteamplistas militantes, de los muy disgustados porque “el gobierno no hace nada o poco” por el bienestar de la gente, y la respuesta fue: sí, concuerdo con que se ha hecho mucho, pero yo no tenía conocimiento. Si la militancia más cercana al gobierno no sabe nada, imaginen de cuánto puede estar enterada la población.
No soy especialista en análisis de encuestas ni de la opinión pública, pero reivindico mi calidad de militante de varias décadas y de “vivir” entre la gente desde siempre. No me duele el cogote por vivir siempre mirando hacia arriba, por lo que no haré caso de comentarios irrelevantes. Partimos de una base: el “piso” que plantean las encuestas está entre el 27 y el 32% de la población. Y hay otra franja que oscila entre apoyar y no apoyar, que no es poca. En cuanto al piso, sabemos que no es otra cosa que el “núcleo duro” del frenteamplismo, que votará al FA aunque lluevan rieles de punta. La cuestión está centrada en ese espacio vacilante de la aprobación, que trataré de “desmontar”. ¿Cuántos de los ciudadanos entrevistados representan allí a la masa de “frenteamplistas enojados”? No lo dicen las encuestadoras, pero colijo que hay unos cuantos. A pesar de que algunos politólogos dan más relevancia a esas “bases militantes” (comités, coordinadoras, sectores que están también en los comités, militantes sindicales alineados al FA, etcétera) tengo mis dudas sobre su representación en encuestas, pero aceptemos. ¿Y por qué, sabiendo que este es el gobierno del FA más débil de todos los tiempos, sin mayorías parlamentarias, que recibió un país con el endeudamiento y el déficit fiscal más elevados de los últimos años, se ponen tan exigentes, al punto de arriesgar la permanencia del FA en el gobierno en un próximo período? Intentaré responder, en pocas palabras, esta pregunta.
Esta masa de descontentos con el FA no propone una alternativa, no se plantea romper la izquierda, no hay una propuesta clara de dónde ir si no está en el FA. Si lo dudan, señores de los canales, pregúntenles a los “enfadados” a dónde quieren llegar con su hipercrítica al gobierno que ellos han votado y han pedido a la población que vote. No los entrevistarán porque saben la respuesta.
Si comenzamos a desagregar, hay un muy buen porcentaje de votantes, adherentes y militantes frenteamplistas que luego agregaríamos al “núcleo duro” (del 27 al 32%), lo cual tira por tierra con más de alguna especulación derrotista que saca sus narices por allí. Los porcentajes cambiarían. No sé cuánto; es una tarea que dejo a las encuestadoras. Pregunta: usted, que se define como enojado con el FA, en caso de no votarlo, ¿a quién votará? Hagan eso, no les cobro por la idea.
Situación de calle y seguridad pasaron a ser prioridades, situaciones de emergencia social, y no hay escapatoria. Y es a eso a lo que apuntó el presidente cuando habló de lo realizado y de las cosas que se pretende hacer.
Pero hay más: el FA nunca ganó una primera vuelta o un balotaje con la totalidad de votos propios. Ni siquiera en la primera elección, con Tabaré y con una crisis que hundió al país y lanzó a miles de “enfadados” a votar a la izquierda. Antes de esa crisis, el voto del FA no había crecido tanto, desde el lejano 18% de 1971. Tabaré arrasó con más del 50%, pero que nadie se crea que esa fue una masa frenteamplista homogénea. Con las buenas gestiones de los gobiernos del FA, el piso votante del Frente Amplio llegó a un importante 27-32%, que le dio pie para ganar en los balotajes. Puntos más, puntos menos, ese es su techo de fidelidad. Un gran porcentaje, por arriba del voto fiel, proviene de la gente que hoy “no sabe, no contesta”, a la que se agregarán los enojados con el FA. No es un drama, entonces, y me animo a afirmar que las empresas de opinión inducen a especulaciones que no condicen con la realidad. Ellas no tienen culpa, es su trabajo. Bobos son los que “entran”.
Y vamos a la razón por la que hay frenteamplistas enojados, o descontentos, o enfadados (elija el lector el adjetivo). ¿El enfado llega en esta instancia a los límites de hipotecar las posibilidades de que la izquierda se mantenga en el poder? Podré estar muy alejado de la realidad, acepto el aviso. Pero no lo creo. Porque, sencillamente, este es el FA de siempre. Quienes no van a un comité de base, o no militan en alguno de sus sectores, no lo pueden entender. El FA siempre está en campaña electoral interna; en las entrañas de esta rareza de las organizaciones de izquierda, la lucha ideológica y por el poder es permanente. En el fragor de las batallas, hay compañeros que se desbordan y pasan a ser más duros que la misma oposición. Hoy hay más virulencia en los debates, porque quedan brasas de combates anteriores (seguridad social, elecciones internas y otros) y hay fuertes discusiones por la no defensa de Nicolás Maduro y Venezuela (hoy no defienden mucho a Delcy Rodríguez) y porque no se utiliza el término genocidio para designar al genocidio de Israel contra los gazatíes.
Puedo asegurar que los principales motivos de “enfado de las bases” no pasan por temas que preocupen al grueso de la población de Uruguay, que poco le importa lo de Maduro, y ve muy lejos los desastres de Benjamin Netanyahu, Donald Trump y Medio Oriente e Irán. Otra pregunta que dejo a los especialistas: ¿qué tanto influyeron esos temas en su enojo con el gobierno de Yamandú Orsi? Me arriesgo a decir que no más del 10% de la población los considera relevantes. Y soy generoso.
El grueso de la población, y por ende de quienes manifiestan su malestar por el gobierno, sigue preocupado por las insuficiencias en temas de mejores fuentes de trabajo, mejoras en la salud, soluciones a los problemas de la infancia y la juventud, de la salud mental, de la situación de calle y de la seguridad. Y ahí es donde el gobierno debe tratar de hacer más de lo que está haciendo. Situación de calle y seguridad pasaron a ser prioridades, situaciones de emergencia social, y no hay escapatoria. Y es a eso a lo que apuntó el presidente cuando habló de lo realizado y de las cosas que se pretende hacer en los años siguientes.
En cuanto a los desencantados, el FA es así, siempre al borde del precipicio, pero sin abandonar la idea implantada por los grandes líderes que tuvimos: caminar en el equilibrio, avanzando en contradicciones, se logra la síntesis para seguir. Quizás lo que esté faltando, aunque tampoco es dramático, sea la presencia de líderes capaces de organizar los disensos, buscar los equilibrios y destrancar los nudos producidos por algunos cortocircuitos. Fernando Pereira hace lo que puede y las más de las veces se debate solo; faltan otros en los sectores capaces de aplacar ánimos, frenar impulsos centrífugos, poner coto a algunos enardecidos y permitir aquello que el general Seregni siempre decía: trabajar muy firme con el criterio de unidad en la diversidad.
Es la única solución para impedir que se rebase el límite de lo aceptable en la crítica y la autocrítica. De no ser así, la oposición no necesitará despeinarse para retornar al gobierno en 2029.
Carlos Pérez Pereira fue periodista, es escritor y militante de las bases del FA, adherente a Fuerza Renovadora.