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Ilustración: Federico Murro

Juegos de masacre

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Una vez más, el gobierno estadounidense utiliza su capacidad militar de destrucción contra otros países. En esta ocasión, el ataque imperialista es contra Irán y se realiza en alianza con las autoridades de Israel, que aparentemente precipitaron su inicio. En el resto del mundo, tanto los apoyos como las críticas a la agresión quedan en el terreno de lo declarativo, y la ley de la selva se vuelve algo cada vez más normalizado.

Donald Trump alega que el programa nuclear de Irán era una “amenaza inminente” para su país, pese a que pocas horas antes del ataque tuvo al alcance de su mano un acuerdo que implicaba el desmantelamiento de ese programa. Además, en junio del año pasado había anunciado la total destrucción de las instalaciones de enriquecimiento nuclear iraní. A esta altura no es noticia que el presidente de Estados Unidos falte a la verdad ni que ordene actos de guerra sin autorización del Poder Legislativo. Esto es parte del gravísimo problema de fondo: todo lo que hace va dejando de ser noticia y se asume como parte de un espectáculo, espantoso pero fascinante.

Miopía estratégica

Como ha sucedido en cada crisis internacional reciente, circulan opiniones con escaso fundamento para sostener que Estados Unidos e Israel pueden enfrentar una devastadora contraofensiva iraní, pero el problema de los atacantes es de otra índole.

Los conflictos armados no se desarrollan como los juegos de mesa bélicos que se hicieron populares en los años 80 (por ejemplo, el argentino TEG) o los programas informáticos posteriores del mismo tipo, y la diferencia no consiste solo en que la destrucción y las muertes son verdaderas.

Esos juegos terminan con una victoria neta y decisiva. En el mundo real, los procesos económicos, sociales y políticos continúan y pueden conducir a situaciones muy adversas para quienes aparecen como triunfadores cuando cesan los bombardeos.

El gobierno de Trump muestra una visión estratégica limitada. Identifica sus objetivos y se atreve a todo para avanzar hacia ellos, pero parece incapaz de valorar los requisitos básicos para consolidar su avance y evitar consecuencias nefastas para sus intereses de largo plazo. Quiere imponer su dominio en Asia Sudoccidental, con Israel como principal potencia militar de la región, en total sintonía con las ambiciones de Benjamin Netanyahu (quien aprovechó ayer la coyuntura para una ofensiva contra Hezbolá en Líbano). Sin embargo, nada indica que haya asimilado las lecciones de sucesivas intervenciones estadounidenses en la región.

Son muy altos los riesgos de que, en vez de un cambio de régimen que instale autoridades iraníes sometidas a Washington, se produzcan un debilitamiento o una disolución del poder central, que entre otras cosas facilitarían el acceso a material y tecnología nuclear por parte de facciones incontrolables.

Esos riesgos se potencian por la ubicación clave de Irán en un “gran juego” geopolítico que hace recordar al que desarrollaron los imperios británico y ruso en el siglo XIX, enfrentados en una disputa por el control de Asia Central. Además, las repercusiones esperables en el corto plazo incluyen un aumento del precio del petróleo que afectará las economías en escala planetaria.

Presbicia imperial

No debería ser necesario señalar que la condena de un ataque violatorio del derecho internacional no equivale a un alineamiento con quienes gobiernan el país atacado. Como explicó con profundidad y acierto Gerardo Caetano el lunes en la diaria Radio, el régimen teocrático iraní instalado por la revolución islámica de 1979 viola sistemáticamente derechos humanos básicos, y hace pocos meses reprimió en forma brutal movilizaciones de protesta, con un saldo de decenas de miles de personas muertas. Por otra parte, ha sostenido a movimientos extremistas muy violentos en toda la región.

El único período en el que asomaron esperanzas de moderación, democratización y apertura internacional fue el de las dos presidencias sucesivas de Mohamed Jatami (de 1997 a 2005), cuyas iniciativas reformistas fueron bloqueadas y finalmente revertidas por las autoridades religiosas, que controlan las fuerzas armadas, el poder judicial, los medios de comunicación y otras instituciones con grandes poderes.

Del otro lado están las ansias de poder de los gobiernos encabezados por Trump y Netanyahu, con procedimientos violentos y antidemocráticos, tanto en la política interna como en las relaciones internacionales. Es absurdo plantearse la necesidad de tomar partido; solo se trata de defender la convivencia basada en reglas.

El economista estadounidense Jeffrey Sachs opinó en estos días que los planes de Trump están condenados al fracaso, porque un país con 4% de la población del mundo no puede dominarlo, pero con un peso demográfico mucho menor, Inglaterra e incluso Países Bajos fueron potencias imperiales. Estados Unidos viene en declive y no puede consolidar su dominio a largo plazo, pero está haciéndole al mundo un daño enorme que en lo inmediato solo podemos tratar de reducir, sin abandonar el intento de construir algo mejor.

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