En abril, Palantir Technologies publicó en X un manifiesto en el que expone su visión sobre la política, la democracia, la sociedad, la tecnología y el rol del Estado, entre otros temas similares. La publicación lleva como título Because we get asked a lot (Porque nos lo preguntan mucho) y es, en esencia, un manifiesto que sintetiza ideas que aparecen en el libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief and the Future of the West, de Alexander Karp, CEO de Palantir, y Nicholas Zamiska, jefe de asuntos legales de la compañía.
Palantir es una empresa de software que se dedica a analizar grandes volúmenes de datos y que se especializa en la industria bélica. “Si eres una agencia de inteligencia, nos utilizas para encontrar terroristas y delincuentes organizados, manteniendo al mismo tiempo la seguridad y la protección de datos de tu país. Luego están las fuerzas especiales. ¿Cómo sabes dónde están tus tropas? ¿Cómo entras y sales del campo de batalla de la forma más segura posible, evitando minas y enemigos? [...] En resumen, si realizas cualquier actividad que involucre inteligencia operativa, ya sea análisis o IA, necesitarás de nuestros servicios”, explica Karp en una entrevista en Wired.
Si bien las empresas hacen política (desde el momento en que, por ejemplo, defienden determinados valores o una cultura específica), el manifiesto de Palantir se presenta como una incursión llamativa de una compañía en política por dos razones: por un lado, porque hace evidente una conformación del poder en torno a las tecnológicas; por otro, porque exhibe de manera concreta su ideología o, al menos, un ideario. De hecho, en la entrevista en Wired, Karp explica que la competencia de Palantir (es decir, sus rivales) se encuentra en la política, en determinados sectores que pueden ser tanto de izquierda como de derecha.
La tecnología siempre ha incidido en la política ya que se constituye como una herramienta para el ejercicio del poder, pero con la IA esa incidencia se ha intensificado hasta el punto de que el desarrollo tecnológico busca configurar la propia actividad política. Es decir que la tecnología, más que presentarse como una técnica al servicio de la política, busca supeditarla a partir de las mecánicas que su desarrollo propicia. Esto tiene un impacto en la relación entre política y tecnología, que no está dado por la tecnología como mera abstracción, sino más concretamente por decisiones específicas de actores que orientan su acción. La tecnoutopía y la noción de que la IA salvará al mundo consolidarían ese desplazamiento.
Para Palantir, la IA es una tecnología absolutamente centralizadora de la realidad, ya que con ella se ingresa “en una nueva era de disuasión”, dejando atrás la era atómica, tal como afirman en el punto 12 del manifiesto. Este punto es central porque evidencia el cambio del marco de acción del poder, que implica un pasaje del soft power (la capacidad de un Estado de persuadir a otros países con el conocimiento o la cultura con el fin de influir en los procesos de toma de decisiones) al hard power (la modificación del comportamiento de otros países mediante la presión militar y económica): “El hard power de este siglo se basará en el software”. Es decir, el software determinará el contexto y el orden geopolítico, pero también supondrá la propia conformación de una tecnopolítica que hace explícito el vínculo entre el Estado y las empresas tecnológicas.
Palantir tiene contratos multimillonarios con las agencias de defensa y seguridad del gobierno de Estados Unidos y también con otros países occidentales. El interés por volcar hacia la política el poder del software no se trata solo de una búsqueda por mayores ingresos, sino que constituye un deseo de un orden determinado.
La IA centraliza el progreso y, sobre todo, la verdad, ya que busca que el marco epistemológico derive de ella. Pensemos en el culto al dato tan distintivo de nuestra era. El dato derivado de la acción en sí tiene como principal característica que es duro, en tanto se lo entiende como definitorio y explicatorio de la realidad. Para estas empresas tecnológicas, el dato muestra la realidad y es el dato el que determina la verdad como tal y el que se instituye como criterio de validación, por lo que la victoria de la IA es la victoria de la predictibilidad.
La tecnología siempre ha incidido en la política ya que se constituye como una herramienta para el ejercicio del poder, pero con la IA esa incidencia se ha intensificado.
Cuando Palantir cuestiona el orden existente, está haciendo una crítica explícita de la acción política como tal y de su incapacidad de solucionar los problemas de la humanidad. Por ende, la crítica se enmarca también en un cuestionamiento a la democracia. La política, de este modo, solo se entiende supeditada al marco tecnológico de la IA, que determina la verdad porque tiene capacidad de predecir, de revelar lo oculto. Es el mito de la objetividad en torno a la IA, que parece así desnuda de política. Lo que hace el manifiesto de Palantir, sin embargo, es evidenciar el vínculo entre la tecnología y la política, exhibiendo las cartas.
El punto 16 señala: “Deberíamos aplaudir a quienes intentan construir allí donde el mercado no ha sabido actuar”. En un marco cultural que desprecia la política en detrimento de los valores derivados de lo económico, que Palantir reivindique el acto político como tal puede resultar, en primera instancia, llamativo. Sin embargo, no lo es en el entendido de que lo que busca legitimar es la validez de los líderes tecnológicos como líderes también políticos.
En este sentido, es clave entender en base a qué construye Palantir su búsqueda de legitimidad política, que considero que se ampara en cuatro grandes puntos. En primer lugar, por la eficacia de su tecnología ante un Estado democrático que entienden incompetente u obsoleto. Al señalar que “la decadencia de una cultura [...] solo será perdonada si dicha cultura es capaz de generar crecimiento económico y seguridad”, Palantir sostiene que la legitimidad está dada por el rendimiento, por la capacidad de producción de valor.
En segundo lugar, y muy relacionado con lo anterior, por la técnica y el conocimiento de la técnica. Esto implica una consideración epistémica en el entendido de que su validez viene del control de la lógica algorítmica, de saber más, de tener mayor conocimiento de y sobre la realidad. En esencia, vinculada al manejo del dato.
En tercer lugar, por la urgencia del contexto geopolítico, lo que queda fundamentado cuando sostienen que “la cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin”. Ante la amenaza externa, la técnica les habilita a asumir el poder político. La democracia debe quedar regida bajo esta urgencia.
Por último, por la deuda moral histórica que aseguran que mantiene Silicon Valley con Estados Unidos. Para Palantir, las empresas de la zona californiana “tienen la obligación positiva de participar en la defensa de la nación”, debido a que en parte los orígenes del centro tecnológico se vinculan con cuestiones militares.
En definitiva, el manifiesto de Palantir es una notoria declaración de intenciones de un poder tecnológico que tiene cada vez mayor preponderancia, que afirma sus deseos políticos basados en una tecnología que modifica las condiciones de disuasión del orden geopolítico y que busca desplazar los fundamentos de la legitimidad del poder.
Martín Aguirregaray es politólogo.