El “espectáculo de la política” sigue generalmente un protocolo de frases seriales y acciones previsibles que no contradicen el sentido común. Solo una vez cada tanto surgen quienes, por necesidad psíquica, toman distancia de los roles congelados y no pretenden ser normales en su servicio a la comunidad. José Batlle y Ordóñez edificó un Estado benefactor (antes que Suecia) y un Estado empresario (antes que la URSS) contra la “alianza imperial-conservadora”, como la bautizaran los historiadores José Pedro Barrán y Benjamín Nahum. Por su lado, Winston Churchill decidió que Gran Bretaña y sus dominios dieran batalla en solitario (1940-1941) contra el eje Roma-Berlín-Tokio, enfrentando las simpatías filofascistas de su propio partido y la “benevolencia” de la opinión publicada. Nelson Mandela, a su turno, fue amonestado desde filas del Congreso Nacional Africano por cómo condujo el tema “verdad y justicia”, privilegiando la primera frente a la segunda. José Pepe Mujica parece integrar esa lista de mandatarios ajenos al parámetro, dirigidos a decir lo que piensan y hacer lo que dicen. A esa disposición para comunicar verdades incómodas pese a las audiencias, los griegos la llamaron parresia, cuya importancia sintetizó Michel Foucault en El gobierno de sí y de otros: “La democracia solo subsiste gracias al discurso verdadero”.

Es paradójico que, sirviendo a esa premisa griega, Mujica fuera objeto de mofa propalada desde la derecha y replicada a nivel más general. La expresión “como te digo una cosa, te digo la otra” se hizo vox populi, en alusión al supuesto desdoblamiento estratégico o impostura personal. Desde Maquiavelo se sabe que la acción política sigue una lógica de poder separada de la verdad y la moral, pero Mujica parece haber desafiado la balcanización entre esferas.

La paradoja bordea el límite si se considera que el exguerrillero provocó a propios y extraños, no cortejó a sus socios, tendió puentes osados con el Otro, criticó a los trabajadores organizados y desdeñó de la justicia transicional desde 1985 a 2025, clave de los derechos humanos tras el juicio de Núremberg. Dijo en su discurso a los tupamaros del 17 de marzo de 1985, dos días después de su liberación: “No creo en ninguna forma de justicia humana, toda forma de justicia es una transacción con la necesidad de venganza”. Aferrado a esta polémica convicción, murió 40 años después. Más allá de esta, el artículo trata algunas paradojas sobre su visión de desarrollo humano.

Primera paradoja

Mujica colocó a Uruguay en el mundo con una agenda de desarrollo humano que no era propia, sino de los movimientos sociales alternativos.

Veinticinco años atrás –a pesar del Partido Autóctono Negro en los años 30 o Mundo Afro en los 80– no se hablaba en Uruguay de la población afro y tampoco aparecía en los censos,1 ni en los análisis de pobreza y desigualdad: existía la clase, no la etnia. No se hablaba de la estructura patriarcal en la familia, el empleo o la política, pese a las olas feministas desde el 900, ni formaba parte de la conversación pública el derecho de la mujer para disponer de su cuerpo. La violencia doméstica, de género y contra los niños era considerada cuestión privada, más allá de lo dispuesto por la legislación. No se consideraban los derechos de los presos, ni siquiera se conocía el estado en que sobrevivían en las cárceles. Tampoco se hablaba de los derechos a que aspiraban los colectivos LGTB. No era tema el acoso en centros estudiantiles y laborales. Nada se decía sobre el suicidio ni tampoco del derecho de eutanasia. No se hablaba de las lesiones a los derechos humanos que ocasionaban las correccionales y los psiquiátricos. Tampoco se mencionaba a los discapacitados ni existía el concepto de “capacidades diferentes”. No había rampas para los llamados inválidos ni traductores para los sordomudos, y las familias escondían a las personas con síndrome de Down. La guerra a las drogas, impuesta por el presidente Richard Nixon en 1974, seguía siendo la única política hemisférica de combate al narco, sin que nadie atinara a legalizar su tráfico.

Hace 25 años vivíamos en la Edad Media, donde nada de esto era objeto de debate público ni materia de legislación. Si hoy tenemos este repertorio, si está parcialmente normalizado y si hay algunas políticas públicas es por el descongelamiento político a partir de 2005 (algunos ítems también en la gestión de Jorge Batlle), por el protagonismo de algunas agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y sobre todo por la porosidad de los gobiernos de izquierda a la acción de nuevos movimientos sociales; muy particularmente, durante el período de Mujica.

Segunda paradoja

El programa de derechos posmateriales, ajeno a Mujica, sin embargo lo revela. Lo que hizo el líder tupamaro fue dejarlo ser, incentivar a que los colectivos triangularan con legisladores y el sistema de Naciones Unidas, y se convirtieran también ellos en colegisladores. Mujica acompañó desde la retaguardia, sin medrar de una agenda que se estaba haciendo sola, sin su iniciativa, pero a la que dio luz verde y dotó de poder público. En el marco de una democracia de partidos, con un raro liderazgo carismático, sin sesgo de conducción ni culto a la personalidad, con sentido del aprendizaje, Mujica institucionalizó en tiempos acelerados la “agenda de derechos”, cuyo resultado fue un cambio en esas estructuras de larga duración y cadencia lenta, llamadas mentalidades. La ley socializa.

No parece ser casualidad que los derechos en favor de la diversidad se consagraran durante el gobierno de Mujica: la matriz de un anarquismo vivencial lo nombra, el espejo de un liberalismo intenso lo refleja. Dijo en vísperas de cruzarse la banda presidencial: “Una sociedad es la eclosión permanente de la diversidad [...] Lo otro, pretender que todo sea cuadradito y parejo, pasado por una garlopa, con la rigidez de un ladrillo, es una quimera”.

Las leyes, que reconocieron derechos a colectivos postergados, fueron destacadas por los medios internacionales. El país se transformó por aquellos años en sinónimo de Mujica: la “bestia pop”, disparó Darwin Desbocatti. Lo más importante radicó en la forma: los derechos multiculturales no fueron otorgados como dádivas ni concedidos como sobornos. En esto operó la idiosincrasia de Mujica junto a la autonomía histórica de la sociedad civil y la ausencia de pactos corporativos de dominación.

Entre las leyes, destaco tres: la ley de acción afirmativa en los ámbitos educativo, laboral y de formación profesional para la población afro; la Ley de Matrimonio Igualitario que reconoce como legítimo el matrimonio civil entre personas del mismo sexo; y la ley integral para personas trans, que reconoce el derecho a la identidad de género, la visibilidad en los sistemas oficiales de información estadística, la adecuación del nombre y el sexo en los documentos, la reparación por violencia institucional, becas estudiantiles, atención de salud integral para adecuar el sexo al género y cupos para empleo estatal.

También se votaron otras tres leyes importantes. La Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (2012), la Ley de Protección Integral de Personas con Discapacidad (2010), y la Ley de Salud Mental (2017), todas ellas impulsadas por movimientos sociales. Dado que el interno en asilos era sometido a encierro y asimilado a preso, la ley dispuso el cierre gradual y su reemplazo por centros que no reprodujeran las prácticas de “control, encierro y privación de libertad” propias de los manicomios para “psicópatas”, establecidas por la ley de 1936, donde psicopatía, peligrosidad y encierro estaban asociados. Considerada una ley modelo por reconocer derechos a una población sin derechos, tuvo sin embargo un problema: la desinstitucionalización forzosa no fue acompañada por las instituciones previstas por falta de asignación presupuestal. Un resultado fue el crecimiento de población en situación de calle.

Por otra parte, la ley de cannabis sí fue de iniciativa del gobierno de Mujica, aunque el tratamiento parlamentario transformó un proyecto de unas líneas en una ley de 22 páginas. El proyecto, centrado en limitar el poder del narcotráfico, mutó en una norma que contempló el uso medicinal de la planta, tanto como aspectos educativos para promover la salud y prevenir el uso problemático del cannabis y demás sustancias psicoactivas. Por último, bajo el gobierno de Mujica también empezó a romperse un tema tabú: el suicidio.

Tercera paradoja

La agenda de desarrollo incubada durante años por Mujica naufragó en el país. Mientras tanto, su figura no paró de crecer en el extranjero, despertando camaradería entre los “grandes jugadores” del momento (Barack Obama, Angela Merkel) y sobre todo admiración en la comunidad artística mundial. Visitaron a Mujica, entre otros, Roger Waters, los miembros de Aerosmith y los líderes de Calle 13 y Ska-P, por solo mencionar algunos exponentes del rock. También lo hicieron destacadas figuras del cine, como Glenn Close, Sean Penn, José Sacristán y el cineasta serbio Emir Kusturika, que rodó El Pepe, una vida suprema.

Si bien los indicadores sociales siguieron mejorando bajo su mandato, el programa de “prenderle una vela al socialismo” fracasó, acaso por prescindir de una dimensión técnica. Tres ejemplos.

Primero, el financiamiento de proyectos productivos y de integración inviables, con las respectivas consecuencias financieras y sociales. Uno de ellos fue el Tren de los Pueblos Libres que conectaría por vía terrestre la localidad argentina de Pilar con la uruguaya de Salto, a través de casi 500 kilómetros.

El impulso reformista durante esos 15 años se explica no solo por la política, sino porque existió un conjunto de grupos postergados con alta estructuración de demandas.

Segundo, la habilitación por ley de 2013 para hacer un puerto de aguas profundas en la costa de Rocha, que empezó y terminó en proyecto. Un puerto de esta naturaleza requiere dinero, carga suficiente para que rentabilice la inversión, aguas profundas cercanas a la costa, nuevas rutas para hacer llegar la carga al puerto y un flamante centro poblado en el puerto: ninguna de estas condiciones estuvo presente. Algunos análisis de viabilidad indicaban que la carga debía ser de 60 millones de toneladas anuales; entre Montevideo y Nueva Palmira movía menos de la tercera parte. Y el proyecto de la pastera finlandesa UPM 2 podía generar solo 2,5 millones adicionales. La idea, obviamente, no llegó a concretarse.2

Tercero, la regasificadora que se instaló en la bahía de Montevideo (Puntas de Sayago) fue señalada como “un gran error”, incluso por parte de dirigentes del Frente Amplio. Con base en la promesa de Argentina de comprar gas, Uruguay emprendió una obra que no paró a tiempo y que arrojó pérdidas.

Entre los aspectos positivos, se cuentan la mayor parte del cambio en la matriz energética, la expansión de la fibra óptica y la creación de la Universidad Tecnológica.

Sin embargo, lo que también consagró a Mujica en el exterior (aparte de las leyes referidas) fue su pieza oratoria ante la Asamblea General de la ONU del 24 de setiembre de 2013. Se destacan cinco conceptos.

Primero, Mujica señaló el avance de una civilización capitalista que prospera al costo de depredar la naturaleza, degradar la especie humana y atentar contra la vida misma: “Huimos de nuestra biología que defiende la vida por la vida misma y la suplantamos por el consumismo funcional a la acumulación”.

Segundo, destacó el conflicto entre un consumo desmedido y el tiempo de trabajo necesario para adquirir esos productos que el marketing promueve: “Es la civilización contra la libertad, porque la libertad supone tener tiempo para vivir las relaciones humanas, porque lo único trascendente es el amor, la amistad, la aventura, la solidaridad, la familia, la vida”.

Tercero, enfatizó el poder totalizador del mercado como subordinante de la política: “La política, la eterna madre del acontecer humano quedó limitada a la economía y al mercado, de salto en salto la política [...] delegó el poder y se entretiene luchando por el gobierno”.

Cuarto, subrayó que ante problemas globales, como la crisis ecológica, no existe ni pensamiento global ni instituciones globales útiles: “Las instituciones globales hoy vegetan a la sombra de las disidencias de las grandes naciones, que quieren retener su cuota de poder”.

Le preocupaba también que las repúblicas nacidas bajo el signo de la igualdad hayan devenido en su némesis. “Las repúblicas nacieron para afirmar que los hombres somos iguales. Muchas veces, las repúblicas se deforman y adoptan un diario vivir que excluye, que pone a distancia al hombre de la calle. Los gobiernos republicanos deberían parecerse cada vez más a sus respectivos pueblos en la forma de vivir. En cambio, cultivamos arcaísmos feudales, cortesanismos consentidos, hacemos diferenciaciones jerárquicas que en el fondo socavan lo mejor que tienen las repúblicas: que nadie es más que nadie”.

Cuarta paradoja

Mujica, perteneciente a una izquierda de nebulosa entonación marxista, no pensó solamente desde allí. A lo largo de su vida, fue elaborando una visión del desarrollo humano que abrazó fragmentos de otros cuerpos ideológicos, enseñanzas prácticas y el legado de culturas milenarias.

El “desarrollo humano” en la visión de la ONU remite al despliegue de las capacidades de las personas y los grupos en marcos de libertad, igualdad, integración social, cuidado del ambiente, paz global y vigencia de los derechos humanos. Sin embargo, los costados más utópicos de este programa pueden rastrearse a lo largo de la historia intelectual de Oriente y Occidente.

Estuvo presente en la escuela taoísta del siglo V a. C. en China, que abogaba por vivir como una gran familia, en comunión con los demás hombres y la naturaleza, sin las diferencias que separan al príncipe del súbdito. También estuvo presente en los países budistas, cuyos reformadores y movimientos siguieron la enseñanza de su fundador, según la cual no es con la fuerza que puede remediarse el conflicto humano, sino con una sociedad próspera y justa, donde haya trabajo y no haya pobreza: ese tipo de sociedad es la condición previa al estado de Nirvana. En la Antigüedad clásica grecorromana también existieron programas de desarrollo humano, como la democracia ateniense, que según los historiadores benefició a los ciudadanos más pobres, aunque el proyecto más radical fuera protagonizado por Espartaco en el siglo I a. C., que intentó eliminar la esclavitud como sistema. Escribió “¿Por qué los fuertes deben servir a los débiles? ¿Por qué los duros deben servir a los blandos? ¿Por qué la mayoría debe servir a unos pocos?”. Mucho después asomó con idéntica radicalidad en la insurrección campesina del siglo XVI bajo el Imperio Romano Germánico, promovida por el protestante Thomas Münzer, que pretendió acabar con los señoríos feudales, los castillos, las iglesias, la servidumbre y el pago de rentas, aduanas y diezmos. Los “cavadores” ingleses, en el ciclo abierto por Oliver Cromwell en el siglo XVII inglés, también tuvieron su programa de desarrollo igualitarista en lo político (mediante el voto) y en lo social (con el reparto de tierras), mientras que la Ilustración condenó poco después los privilegios de la monarquía, la nobleza, el clero, tanto como el contraste entre el palacio y la choza: nada de eso era racional, todo eso frenaba el progreso. La Revolución francesa albergó tres modelos de desarrollo humano: el liberal de Jacques-Pierre Brissot, el jacobino de Saint Just, y el socialista de Graccus Babeuf.

Pero fue el siglo XIX el gran laboratorio de utopías liberales, republicanas, democráticas, anarquistas y socialistas, que fraguan nuestro actual concepto de desarrollo humano. Mujica sintetizó parte de esta acumulación en su trayectoria, y así lo fue destilando en entrevistas, discursos y columnas radiales, desde la CX 44 a la Deutsche Welle. Del metabolismo de algunas de estas vertientes utópicas provino el Mujica que fue siendo.

Su bagaje intelectual también recoge las experiencias de descolonización de África y Asia del siglo XX, el sesgo nacional-popular del revisionismo histórico platense, el concepto de “hombre nuevo” y las enseñanzas del Bebe Raúl Sendic, líder de uno de los primeros sindicatos rurales, y el más icónico. Mujica también es tributario de un Movimiento de Liberación Nacional (MLN) heterodoxo, parco en palabras, portador de un racionalismo antiintelectual, de carácter voluntarista, defensor de una dirigencia colegiada y una lógica de movimiento, impulsor de un proyecto socialista dispuesto a dialogar con todos, aunque no por eso menos jacobino en su acción. Un MLN parado sobre una independencia refractaria de vanguardias regionales o mundiales, renuente a hablar de partido único y ambiguo respecto de la dictadura del proletariado.

Además, Mujica fue marcado por su trabajo en la tierra o la venta de flores, y luego por su largo encierro en la cárcel como rehén de la dictadura, donde fue elaborando una visión panteísta del universo. Finalmente, fue decisivo su protagonismo a la cabeza de un Movimiento de Participación Popular al que dio rumbo, que llegó a primera fuerza frenteamplista desde 2005 y definió el triunfo de la izquierda en 2025 con una dirigencia de recambio. De todo esto, sumado a la lectura de historiadores, geopolíticos, biólogos, antropólogos, y de su análisis de los aimara indoamericanos o de los pueblos kung de África; de todo esto, digo, junto con un destilado del Oriente y Occidente lejanos y cercanos, se nutrió Mujica.

Lo que hoy parecen transgresiones prestigiosas y glamorosos pecados no fueron vividos así por quienes soportaron el estigma desde siempre. La izquierda uruguaya alternó en este siglo una alta iniciativa en su primer mandato y una escucha afinada durante su segundo tiempo, en sintonía con la alternancia de dos liderazgos distintos: acción y antena, respectivamente. Tabaré hizo, Mujica exploró en los límites. Ahora bien, el impulso reformista durante esos 15 años se explica no solo por la política, sino porque existió un conjunto de grupos postergados con alta estructuración de demandas. Estos encarnaron una nueva visión de la etnia, la familia, el género, el sexo, el cuerpo, la identidad y la diversidad, a los que Mujica cedió espacio como arquitectos de un nuevo contrato social. Una civilización, con sus muertos, fue cayendo, y en ese sitio liberado fueron surgiendo, sobrevividos, también gradualmente aceptados, a veces celebrados, los que nunca habían sido. Un liderazgo distinto que expresó a los “de abajo” y también a los “aparte” del desarrollo humano.

Fernando Errandonea es sociólogo y profesor de Historia. Esta es una versión de la ponencia presentada el 6 de noviembre de 2025 en el VI Congreso Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales organizado por Flacso-Argentina, en Buenos Aires. Agradezco los aportes sustantivos del sociólogo Fernando Filgueira al texto.


  1. En las encuestas continuas de hogares estuvo presente desde mediados de la década de 1990. 

  2. Agradezco los aportes del profesor Pedro Apezteguía sobre el proyecto de aguas profundas.