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¿Moisés mató a su padre?

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Una persona que abusa durante años de su hija, de su esposa, que ejerce violencia sistemática y aterroriza a quienes tuvieron la desgracia de convivir con él, ¿es un padre?

Para la Justicia uruguaya basta con haber aportado material genético para activar la figura de homicidio especialmente agravado. Esa calificación tiene consecuencias concretas: Moisés Martínez queda excluido del régimen de redención de pena por trabajo o estudio, independientemente de que la jueza haya reconocido el contexto de violencia y aplicado atenuantes. La magistrada actuó con criterio dentro del marco que la norma le impone. El problema no es la sentencia. Es la norma que la enmarca.

Este caso visibiliza la concepción anacrónica del parentesco de nuestro marco jurídico. La antropología lleva décadas mostrando que la biología no lo explica todo. Sin embargo, nuestras leyes permanecen ancladas en categorías del siglo XIX.

En todas las sociedades humanas conocidas existe alguna forma de parentesco, pero su definición varía enormemente. Hay sociedades donde la genitora y sus hermanas son todas madres. En otros grupos, quien amamanta a un niño adquiere un vínculo tanto o más fuerte que quien lo engendró. El antropólogo Bronislaw Malinowski mostró que para los niños de las islas Trobriand la figura de autoridad no era el padre biológico, sino el hermano de la madre.

Carlos Martínez no creó vínculos: generó terror. No ejerció ninguna de las prácticas que constituyen el parentesco. Aun así, el Código Penal lo trató como padre. La sangre pesó más que décadas de abuso, sufrimiento y terror.

Lewis Henry Morgan intentó sistematizar esa diversidad. Su error fue suponer una lógica universal basada en la sangre. David Schneider demostró que esto no era un hecho natural sino una creencia cultural particular de Occidente. Janet Carsten fue más lejos y mostró que el parentesco no es algo que se tiene, sino algo que se hace, a través del cuidado, la convivencia y las prácticas cotidianas. Esto no significa que la biología sea irrelevante, sino que usarla como único criterio es una decisión cultural, no un hecho de la naturaleza.

Carlos Martínez no creó vínculos: generó terror. No ejerció ninguna de las prácticas que, según la antropología relacional, constituyen el parentesco. Aun así, el Código Penal lo trató como padre. La sangre pesó más que décadas de abuso, sufrimiento y terror. Calificar este homicidio como especialmente agravado por el vínculo biológico implica asumir que ese lazo es siempre significativo, incluso cuando fue una relación de dominación y violencia extrema.

Ignorar las evidencias acumuladas por disciplinas, como en este caso la antropología, perpetúa soluciones que no responden a la complejidad de la violencia intrafamiliar. El agravante del parricidio tiene una lógica propia: quien mata a su progenitor rompe un deber de gratitud considerado especialmente grave. Pero esa lógica presupone que existió algo que agradecer. Moisés mató a su genitor. La pregunta que el derecho debería poder hacerse es si eso es siempre lo mismo que matar a un padre.

Discutir y actualizar esas categorías no es un gesto ideológico ni una concesión a la impunidad. Es alinear el derecho con las teorías contemporáneas del parentesco que han trabajado para comprender cómo se construyen –o se destruyen– los lazos familiares.

Santiago Sahagian es estudiante de Antropología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República.

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