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Opinión Posturas

Notas sobre la nueva smart city uruguaya

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En Uruguay se está construyendo una ciudad nueva desde cero. Hacía décadas que no nacía una nueva urbe en el país y esta vez, nos dicen, será inteligente.

343 años después de que los portugueses fundaran Colonia del Sacramento, se constituye a su lado +Colonia. Más Colonia. El nombre no es inocente: donde se emplazó la primera ciudad de la conquista europea, ahora se anuncia una extensión que evoca formas renovadas de colonialismo mediante la importación de un modelo urbano diseñado para élites locales y extranjeras, enmascarado tras el discurso de lo smart.

El proyecto para albergar 30.000 personas en 515 hectáreas, con siete kilómetros de frente de playas, lleva la firma del estudio Gómez Platero. Detrás asoman capitales argentinos de tono mileísta que buscan estabilidad, refugio y rentabilidad en un Uruguay que ofrece beneficios fiscales significativos para atraer este tipo de inversiones.

Al mirar los videos promocionales de +Colonia podemos encontrar un robot generado con una inteligencia artificial algo torpe que suelta frases hechas sobre el futuro de este “Silicon Valley latinoamericano” presentado como emancipación. Sus mensajes indican que el público objetivo parece estar conformado, principalmente, por profesionales que trabajan remotamente desde Buenos Aires y aspiran a una vida más tranquila al otro lado del Río de la Plata.

Sus primeros barrios en construcción se llaman Génesis y Colonos, un vocabulario que oscila entre lo bíblico y lo colonial, entre la promesa de una creación divina y la apropiación del territorio. Un imaginario que recuerda al tecnolibertarianismo de figuras como Peter Thiel, fundador de Palantir –empresa de análisis de datos y vigilancia para gobiernos y ejércitos– e ideólogo de construir sociedades nuevas al margen del Estado. +Colonia bebe de ese imaginario y comparte su campo ideológico: el de quienes conciben la tecnología como herramienta para fundar mundos paralelos para algunos pocos elegidos. No es un imaginario inocente, y sus referentes están mirando hacia acá. No casualmente, Thiel acaba de adquirir terrenos en Uruguay.

Ya en 2012 las investigadoras Danah Boyd y Kate Crawford advertían que el big data descansa en tres componentes principales: tecnología, análisis e, igualmente importante, la mitología. Una creencia de que los grandes conjuntos de datos ofrecen una inteligencia superior investida de objetividad, que acaba construyendo “mundos mejores”. +Colonia retoma exactamente esa mitología como estrategia de seducción para sus potenciales compradores.

Pero, además de ser un discurso de venta, no queda claro qué será lo smart en su propuesta de smart city. La página web promete “la mejor conectividad de la región, con internet de alta velocidad, data center y wifi en toda su superficie”. Pero no menciona cómo se gestionarán los datos, con qué algoritmos, bajo qué gobernanza se controlarán ni qué problemas urbanos o domésticos concretos pretende resolver.

El discurso mezcla lo smart con la promesa de reunir “startups, universidades, emprendedores e inversores en un mismo lugar”, lo que parece ignorar lo que la propia historia de Silicon Valley nos enseña. Este no fue producto de emprendedores en garajes sobre una tabla rasa, sino el resultado de un siglo y medio de instituciones de soporte, recursos y condiciones históricas muy específicas. Como señala la historiografía del tema, las regiones que buscan replicar ese modelo necesitan entender hasta qué punto su éxito dependió de estar en el lugar correcto en el momento correcto.

El concepto de smart city, por su parte, parece llegar un poco tarde. Desde hace años es problematizado desde múltiples frentes, como las preocupaciones por la vigilancia y la privacidad, la exclusión digital, la dependencia tecnológica o los riesgos para la democracia. Por el contrario, buena parte del urbanismo contemporáneo ha abandonado directamente el término, prefiriendo hablar de ciudades justas o ciudades del bienestar como criterios centrales más allá de la eficiencia tecnológica.

Cualquier ciudad contemporánea (ya sea Colonia, Montevideo o Buenos Aires) se encuentra repleta de plataformas y softwares que actúan como verdaderas infraestructuras urbanas. Además, como dice la investigadora Shannon Mattern, las ciudades de ayer, incluso los primeros asentamientos humanos, fueron tan inteligentes como las que hoy pretenden venderse bajo la etiqueta smart, aunque su inteligencia fuera menos computacional y más material y ambiental. Según ella, saber conocer nuestras ciudades de manera más amplia, históricamente atenta, produce urbes mucho más sabias que la suma de sus partes inteligentes. Y es justamente ese conocimiento el que +Colonia resigna: nace de espaldas a la ciudad que tiene al lado, sin dialogar con su historia.

+Colonia se presenta como futuro pero replica, en el sur, un modelo ya probado y fracasado. No trae respuestas ni preguntas nuevas sobre qué imaginarios espaciales, tecnológicos y sociales queremos construir colectivamente.

Reiteradamente, en la comunicación del proyecto aparecen dos conceptos que buscan dar a la idea de lo smart un velo más amable: por un lado, el eslogan de la “ciudad de los 15 minutos” y, por otro, el de la sustentabilidad.

El primero, con un origen activista en busca de ciudades cercanas, enfocadas en los cuidados y en la redistribución del tiempo vital, entra en conflicto con un proyecto privado de urbanización que, en nombre de la “proximidad”, termina encerrando a la gente en un hábitat monitoreado, homogéneo y exclusivo. Aunque aclara que técnicamente no será un barrio cerrado, probablemente funcione como tal en términos sociales, como lo indica el informe de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay (SAU) que apunta que +Colonia profundizará la segregación territorial existente.

En relación con el segundo, el proyecto no muestra constructivamente innovación sostenible en los materiales ni en la forma de construir. Gómez Platero está haciendo lo que siempre hace: arquitectura genérica, con estructura de hormigón armado y climatizada artificialmente. Vale preguntarse, además, si a esta altura puede ser sostenible construir una ciudad desde cero sobre un entorno natural, o si mejor deberíamos estar pensando en cómo habitar de otro modo lo ya construido: sus estructuras subutilizadas, sus tejidos degradados, sus edificios vacíos.

Por último, es posible que +Colonia vaya a ser una ciudad informada por datos, pero parece poco creativa. Los renders del proyecto muestran imaginarios escasos. Los de siempre: edificios que podrían estar en cualquier desarrollo inmobiliario reciente del país, espacios verdes genéricos, gente joven (y blanca) con laptops. No hay una apuesta verdadera que imagine nuevos futuros en los que otras inteligencias o formas de vida puedan aflorar.

Como señala la artista e investigadora Joana Moll, la tendencia tecnosolucionista que domina el diseño de nuestras tecnologías digitales –desarrolladas por unos pocos en el corazón de Silicon Valley– ha demostrado ser ineficaz y, sobre todo, suprime nuestra capacidad de imaginar otras realidades. +Colonia es la confirmación urbana de esa tesis: se presenta como futuro pero replica, en el sur, un modelo ya probado y fracasado. No trae respuestas ni preguntas nuevas sobre qué imaginarios espaciales, tecnológicos y sociales queremos construir colectivamente. Ese debate, al menos, queda abierto.

Este artículo acompaña el proyecto UNKRNS: Smart Angels Inc., un cortometraje especulativo de Diego Morera y Sebastián Lambert ambientado en las ruinas futuristas de +Colonia, que puede verse hasta el 7 de junio en la exposición Are you for real, en el Espacio de Arte Contemporáneo.

Diego Morera es arquitecto, magíster y doctorando en Comunicación Arquitectónica por la Etsam-UPM (España) y se desempeña como docente en la FADU-Udelar. Sebastián Lambert es arquitecto y artista visual y ha impartido clases en la FADU-Udelar y en la Escuela de Arquitectura de la UDLA (Chile). Ambos fueron cocuradores del Pabellón de Uruguay en la 18ª Bienal de Arquitectura de Venecia, en 2023.