Como es sabido, la elección del nombre de León XIV evoca a su predecesor, León XIII, autor de la Rerum Novarum, la primera encíclica de la doctrina social de la Iglesia, redactada en 1891 como respuesta a la brutalidad de la Revolución industrial. Para tener una aproximación a lo que significó esa época, basta recorrer las obras del narrador inglés Charles Dickens, quien describió un universo en el que la pobreza, el trabajo forzado y la indiferencia institucional reducían a millones de personas a simples engranajes del sistema fabril. El nuevo texto papal asume hoy un desafío similar: convertirse en un manifiesto de igual trascendencia para el siglo XXI.
León XIV propone hoy proteger al trabajador, actualizando la obligación moral del Estado, ante una revolución tecnológica que sus predecesores no podían haber anticipado, pero cuya lógica de concentración y desplazamiento reconocerían sin dificultad. Para ello, articula una dialéctica entre dos imágenes bíblicas contrapuestas. Por un lado, Babel, que encarna una civilización seducida por la autosuficiencia, la uniformidad y el poder técnico concebido como vía de ascenso. Por otro, Jerusalén, que representa una lógica alternativa: la de la reconstrucción compartida y la pluralidad coordinada alrededor de un horizonte común, condensada en la figura de Nehemías, quien elige distribuir los tramos del muro entre las distintas familias y reconstruirlos como algo que protege y no algo que separa. La dialéctica que el discurso elabora no es una invitación a elegir entre la sumisión o el rechazo a la tecnología; más bien, distingue entre un progreso fundado en la concentración, la homogeneización y el dominio, y otro basado en la cooperación y la subsidiariedad.
En este punto, León XIV recurre a Tolkien para conectar con el imaginario de los creadores de la tecnología actual y, a la vez, hablar un lenguaje cercano que traduce el trasfondo católico fuera del marco bíblico. Su obra proporciona un repertorio narrativo capaz de describir las tensiones del presente con una claridad que bordea lo premonitorio. Más allá de la oportuna cita de Gandalf –un personaje de indudable matriz sacerdotal–, el símbolo decisivo que subyace a la encíclica es el palantir: un artefacto de visión remota que promete conocimiento ampliado, comunicación instantánea y acceso privilegiado a acontecimientos distantes. Como mecanismo de una nueva Babel, el palantir opera mediante la construcción de una mirada superior sobre el mundo que emula, de forma distorsionada, la posición de Dios: crea una arquitectura invisible de manipulación social a escala global a partir de la selección de fragmentos de verdad.
No escapa al lector atento que, aunque León XIV no desarrolla una polémica directa con Peter Thiel y Alex Karp, la empresa que ambos crearon, cuyo nombre es Palantir, es una compañía dedicada a la integración de datos, análisis predictivo, defensa e inteligencia operacional. La encíclica impugna la transición de un capitalismo tecnológico donde actores privados acumulan capacidades de vigilancia, clasificación, predicción y modelado conductual antes reservadas a aparatos estatales. La discusión abandona rápidamente el terreno empresarial porque lo que entra en juego es la posibilidad de que las plataformas y los sistemas algorítmicos funcionen como ingenieros maquínicos del imaginario colectivo.
No cuesta mucho ver aquí una consonancia con las preocupaciones que presentaba Hannah Arendt. Sus advertencias sobre el riesgo de sociedades kafkianas, donde la acción humana se reduce a la función operativa dentro de mecanismos impersonales, se intensifican en esta era de culturas digitales mundializadas. Cada plataforma que se presenta como herramienta de autonomía individual reorganiza los comportamientos mediante diseños atencionales de dependencia y modulaciones invisibles del deseo. La velocidad operativa que gana el individuo tiene como costo la pérdida de capacidad deliberativa. Es la nueva Babel, la banalidad del mal del siglo XXI, una estructura sostenida en sistemas donde las decisiones laborales, financieras, judiciales y militares migran hacia procesos secuenciales cuya autoridad deriva del volumen de datos.
Precisamente frente a esa arquitectura, la reciente presentación vaticana de Magnifica Humanitas produjo un quiebre inesperado. El lunes 25 de mayo, Chris Olah, cofundador de Anthropic, tomó la palabra ante el pontífice con una franqueza ajena a los protocolos corporativos: admitió que todo laboratorio de inteligencia artificial (IA), incluido el suyo, opera bajo incentivos que entran en conflicto con la responsabilidad moral. Olah enumeró tres presiones sistémicas: la comercial, la geopolítica y la que llamó “la más vieja y simple”: el orgullo y la ambición. Advirtió que, más allá de la sinceridad de las intenciones, tales vectores ejercen una influencia ineludible sobre el desarrollo tecnológico. El discurso terminó con un llamado a la Iglesia, las comunidades religiosas, la sociedad civil, la academia y los gobiernos para que asuman el rol de críticos informados: una veeduría capaz de escrutar la industria, señalar sus fallas y erigirse como la reserva moral que los incentivos del mercado no puedan torcer.
León XIV propone hoy proteger al trabajador, actualizando la obligación moral del Estado, ante una revolución tecnológica que sus predecesores no podían haber anticipado pero cuya lógica de concentración y desplazamiento reconocerían.
Es posible otorgar credibilidad a la palabra de Olah. Al fin y al cabo, Anthropic se constituyó bajo un mandato explícito de seguridad, publica de forma abierta sus investigaciones en arXiv y colabora con organismos de evaluación independiente, mientras que él mismo lidera el área dedicada a investigar el comportamiento interno de los modelos. Sin embargo, una lectura política alternativa permite ser menos benévolos: si la regulación estatal es un horizonte inevitable, para la industria resulta estratégicamente preferible que dicha intervención sea moldeada por interlocutores que las propias corporaciones se han encargado de legitimar. Es esta cuestión central la que la encíclica evidencia al insistir sobre la necesidad de transparencia, gobernanza y responsabilidad en materia de inteligencia artificial. La amenaza principal no consiste únicamente en errores técnicos o usos criminales, sino en un formateo de las subjetividades que las confina a la supervisión residual de procesos cuya lógica permanece inaccesible para la ciudadanía. Es una cuestión que afecta a la democracia, porque una comunidad política necesita condiciones compartidas para distinguir entre evidencia, propaganda, emoción inducida e información verificable.
León XIV argumenta así la inviabilidad del paradigma tecnocrático, un modelo que se despliega cuando la lógica instrumental se transforma en el criterio omnipresente para evaluar cualquier dimensión de la existencia. La encíclica confronta la mentalidad hiperindividualista y meritocrática de nuestra época para proponer una valoración del ser humano desde una dignidad infinita, independiente de sus méritos o errores; una respuesta directa a “la cultura del poder”, ese sistema que evalúa a las personas únicamente en función del rendimiento, las reduce a un mero medio y opera con una franqueza que ya no necesita encubrir sus principios bajo el discurso de los derechos. Frente a ese horizonte, Magnifica Humanitas introduce una defensa del límite humano. El documento discute explícitamente con narrativas transhumanistas y poshumanistas que imaginan la superación tecnológica de las restricciones biológicas, cognitivas o emocionales. León XIV, lejos de cualquier atisbo nostálgico antimoderno, plantea que lo que tenemos aquí es una serie de preguntas en clave socioantropológica: quién define las metas del perfeccionamiento biológico, bajo qué criterios normativos. Una civilización organizada alrededor del mejoramiento desigual de capacidades solo podría profundizar asimetrías ya existentes y consolidar nuevas jerarquías de acceso a la salud, la inteligencia aumentada o la longevidad.
Dentro de este futuro posible, es la automatización del trabajo lo que León XIV inscribe dentro de la doctrina social de la Iglesia iniciada en la Rerum Novarum. La comparación histórica es pertinente: así como la Revolución industrial del siglo XVIII terminó por crear millones de empleos rutinarios que permitían sostener una familia sin educación universitaria, la automatización digital y la IA han comenzado a sustituir funciones, concentrar el crecimiento del empleo en los extremos del espectro salarial y reducir el espacio económico de las clases medias. Henry Kissinger, en sus últimos años, advirtió junto con Eric Schmidt y Craig Mundie que la velocidad del desarrollo de la IA podría erosionar las estructuras económicas y políticas, así como la capacidad de las instituciones democráticas para ejercer control sobre tecnologías que evolucionan más rápido que los marcos regulatorios. Podría resultar, decía, tan desestabilizadora como la aparición de las armas nucleares.
Si la IA promete reducción de costos y ampliación de capacidades productivas, Magnifica Humanitas obliga a sopesar sus supuestos beneficios, cuestionando cómo se redistribuyen las ganancias y qué ocurre con las trayectorias vitales sometidas a evaluación permanente, a la vigilancia digital y a la precarización. Invita a volver a pensar en la dignidad del trabajador y en el trabajo como un valor que excede la rentabilidad económica y constituye una dimensión de la participación social, la creatividad pública y el conocimiento compartido.
Martín Palacio Gamboa es docente, escritor, compositor, músico y artista visual, maestrando en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de la República.
