¿Que vengo a hacer aquí? Vengo a ser terrible. / Soy un monstruo, decís. No, soy el pueblo. / ¿Soy una excepción? No, soy todo el mundo. / La excepción sois vosotros. Vosotros sois la / quimera y yo soy la realidad. Víctor Hugo, El hombre que ríe.
Para muchos y muchas de mi generación -la de la posdictadura- el sentido de la vida estuvo marcado por la esperanza de la construcción de un mundo mejor. Herederos y herederas de una historia de lucha, la de nuestra Latinoamérica. Un continente arrasado por las dictaduras cívico-militares, por la violencia, por la injusticia y por la impunidad. Crecimos rodeados de las fotos de nuestros desaparecidos y desaparecidas, de las historias de quienes estuvieron presos en condiciones infrahumanas. Nos nutrimos de consignas llenas de bronca y de futuro. Lloramos la historia de nuestro Uruguay. Nos horrorizamos con los relatos de lo ocurrido y aprendimos también de los silencios. Soy hija de ese momento de la historia, de este rincón del mundo.
Me pregunto cuándo dejamos de ser ese nosotros, unidos por la misma esperanza, cuándo se aceptó que el mundo es injusto para algunos y lo seguirá siendo. Me pregunto, en este tiempo, cómo lidiar con una práctica política anclada en la imagen. Preocupada más por aquello del parecer que por ser. Una práctica política vacía de sentido y de contenido. Una práctica política que elige renunciar a la ética para sostener la estética propia de este tiempo. Que intenta, con los mismos recursos de hace veinte años atrás, tocar una sensibilidad a la que ya no llega, porque dejó de tenerla.
Quiero hablar de este presente con la consciencia de que fue el futuro de un momento en el que tejimos red y construimos un proyecto, un futuro que construimos en nuestras ideas y en nuestros sueños. ¿Cómo habitar este tiempo? Desertar, propone Bifo Berardi. Desertar como la única posibilidad ética de permanecer.
Pienso hoy que lo revolucionario es lo que se sostiene en el tiempo. Lo que se defiende, aunque sea mínimo. Lo que no renuncia ni acepta. Lo que se ancla en la ética de ser con otros, de no arrasar, de hacerse cargo. Lo revolucionario, hoy, se compone de pequeñas acciones que conforman una forma de ser y estar en el mundo. Pequeños actos profundamente humanos. Lo cotidiano. La honestidad. La solidaridad. El tiempo. El cuerpo. Poner el cuerpo. Sostener. Acompañar. Ayudar a reparar. Nombrar. Enunciar. Denunciar. Testimoniar. Odiar las injusticias. Indignarse. No aceptar. Sentir que duele. Sentir. No anestesiarse.
Quiero hablar del “caso Moisés” pero no quiero hablar de Moisés. Quiero pedir que lo dejen en paz, si es que esa palabra cabe en la historia de su vida. Quiero hablar de lo que este caso derrama, desborda, ensucia. Quiero hablar de injusticia, desprotección, ineficacia, negligencia, impericia, revictimización, falta de humanidad, ausencia de empatía, injusticia, impunidad. Y podría seguir.
Quiero nombrar las incomodidades que a veces parece que no quisiéramos escuchar, que nos resulta mejor barrer para abajo de la alfombra. Quiero hacer las preguntas que no soportamos, las que se evaden mirando la nada por la ventana del bondi con cara de ajenidad, las que no toleramos ni a solas en la intimidad de nuestras duchas calentitas. Quiero decir que lo que ocurre, en pleno 2026, debería quitarnos el sueño como sociedad, pero no lo hace. Quiero recordar que las injusticias de hoy son las mismas que las de ayer.
Quiero hablar de historias de violencia, nombrarlas. Hablar de historias que son del presente. Historias que son la vida real y cotidiana de cientos de niños y niñas en nuestro país, aunque podrían ser el guión de una película de terror. Quiero hablar de la ausencia del Estado para proteger, antes y también hoy. Quiero hablar de la ausencia del Estado. Quiero hablar también de su presencia punitivista sobre los mismos, siempre sobre los mismos.
Quiero hablar de las fallas del sistema de salud. Quiero hablar del sistema judicial clasista y misógino. De una justicia que no es igual para todos y todas. Quiero hablar de la cárcel abarrotada de gente pobre que transcurre sus días en condiciones infrahumanas. En condiciones que alguna vez fueron inaceptables para nosotros. Quiero hablar de la violación de los derechos humanos por parte del Estado, todos los días y a cada hora.
Quiero preguntar en qué momento dejamos de indignarnos. En qué momento nos anestesiamos tanto. En qué momento perdimos la capacidad humana de la empatía. La capacidad de sentir el dolor del otro. De comprender sus acciones en su contexto. De reconocer que no aguantaríamos ni cinco minutos en sus pantalones.
Me pregunto cuándo dejamos de ser ese nosotros, unidos por la misma esperanza, cuándo se aceptó que el mundo es injusto para algunos y lo seguirá siendo.
La historia de Moisés es una apología de lo que no se debe hacer con nuestros gurises. ¿Por qué se le pide a un pibe que transcurrió su vida con todos sus derechos vulnerados, que actúe con los valores del buen ciudadano? ¿Cuáles son tales valores? ¿Por qué se lo juzga con esa moral de camisas bien planchaditas y de academia sorprendida porque los diagnósticos se deshacen frente a la realidad de la pobreza y la violencia? ¿Cuál es el concepto de familia que sostenemos como sociedad? ¿Por qué hablamos de si es un pibe que consume, pero no hablamos del negocio del narcotráfico y de quiénes se benefician? Condenamos a las víctimas y no a los victimarios. Nos horrorizamos porque un hijo mata a su padre, pero sostenemos cotidianamente la perversidad de los abusadores. Dudamos de la palabra de las mujeres y de las infancias que denuncian. Los dejamos solos en lugar de protegerlos.
Me pregunto por qué no nos indignamos con estas atrocidades. ¿Cómo no explotamos de bronca por las condiciones en que crecen nuestros niños y niñas que están al “amparo de los sistemas de protección” de este Estado lleno de moralismo y omisiones?
¿Cuántos Moisés? ¿Cuántos Jonathan? ¿Cuántas historias como estas se necesitan para que el sistema político tome conciencia de las atrocidades que sostenemos? ¿Qué tiene que ocurrir para que la indignación sea colectiva? ¿A qué niveles de ruptura social tenemos que llegar para que el gobierno se comprometa en serio con la situación de las infancias? Para que se asigne presupuesto real, un presupuesto que permita tomar medidas urgentes frente a la problemática de la violencia que nos atraviesa. Para que se respeten los acuerdos internacionales a los que suscribimos, llenos de compromisos que nos quedan muy lejos.
No quiero hablar de Moisés en particular, quiero hablar de trayectos de vida. Quiero pensar cómo llegamos hasta acá. Quiero hablar de todo lo que no hicimos, de las veces que fallamos. Quiero hablar de la historia de un pibito que es nuestro, que creció en plena crisis del 2002, en aquella época en la que se hablaba de que había niños pasando hambre que comían pasto. Quiero decir que, más de veinte años después, su historia sigue siendo una crónica de lo injusto. Quiero pedirle perdón a él y a todos los Moisés de los últimos veinte años. A todos los niños y niñas a los que les estamos fallando, hoy, en el año 2026. Nosotros y nosotras, quienes crecimos con la esperanza y la responsabilidad de construir un mundo mejor.
Malena Delgado Gallo es licenciada en Psicología por la Universidad de la República, con formación en género y violencia. Trabaja con infancias y adolescencias. Es militante política y social.