Los uruguayos siempre nos hemos sentido muy orgullosos de poder separar tajantemente la religión de la política, especialmente cuando se trata de que la Iglesia Católica no se entrometa en asuntos que competen al Estado. El proceso secularizador del país comenzó tempranamente, en 1870, y tuvo su culminación en 1930. Desde aquel entonces, no ha hecho más que consolidarse. Hoy en día, según datos de Latinobarómetro (2024), Uruguay es el país menos creyente de América Latina: 52% de los uruguayos no posee religión alguna.
Recientemente, Yamandú Orsi dijo en una entrevista al canal de YouTube “Casillero Vacío” que “nos fuimos de mambo” con la laicidad y “subestimamos la espiritualidad”. Ante esas declaraciones, muchos uruguayos sintieron atacado su orgullo laico y criticaron al presidente. Como si hablar de fe estuviera prohibido, como si no existieran creyentes dentro de los principales partidos políticos que sostienen al país.
Es buen ejercicio preguntarse por el papel que la religión podría jugar en la política en Uruguay. A pesar de que las manifestaciones espirituales de la sociedad uruguaya son múltiples y diversas, prefiero analizar únicamente el caso del catolicismo, pues es la religión más extendida en el país (33%, según Latinobarómetro) y la que más espacio ha tenido en la discusión pública y política.
¿Dónde están los católicos?
A pesar de que un tercio de la población uruguaya decía ser católica en 2024, el número ha venido en caída desde 1995, año en que 60,5% de la población afirmaba profesar el catolicismo.
Los partidos son los actores centrales de la vida política del país. La ciencia política ha hecho particular énfasis en el rol preponderante que tienen para comprender la democracia uruguaya y su funcionamiento (Buquet y Chasquetti, 2004; Caetano et. al., 1987; entre otros trabajos). Valdría la pena preguntarse, entonces, por la religiosidad de quienes dicen simpatizar con alguno de los partidos más importantes del país. Así, podremos observar si realmente la fe católica se encuentra tan alejada de los actores estructurantes de nuestra política.
Dentro de la dirigencia partidaria, el fenómeno religioso parece expresarse con fuerza. Según una encuesta que El Observador realizó en 2024, 56% de los legisladores poseía alguna religión y, dentro de ese grupo, 82% manifestaba ser católico. Si se desagrega el dato según partido político: 25% de los parlamentarios frenteamplistas eran católicos, 73% de los nacionalistas, 40% de los colorados y 67% de los cabildantes. El catolicismo, entonces, no debería ser tan extraño para ninguna dirigencia partidaria del país.
Pero el asunto también podría mirarse, usando datos de Lapop Lab en 2023, para los simpatizantes de a pie. El 45,9% de quienes se dicen simpatizantes del Partido Nacional afirma ser católico, porcentaje que baja a 29% entre los colorados, a 22,2% entre los cabildantes y a 19,9% entre los simpatizantes del Frente Amplio.
No es un dato para nada menor que todos los partidos tengan, al menos, dos de cada diez de sus simpatizantes que declaren ser católicos. Si bien la política posiblemente busque constantemente alejarse del catolicismo y ser lo más ajena posible a él, los católicos parecen inmiscuirse entre sus principales actores. Cuando expresiones de esto tienen lugar, sin embargo, lo político muestra su rechazo.
No quiero entrar aquí en aquella idea de que en Uruguay tenemos una laicidad mal entendida, que se sustenta más en una cancelación de cualquier tipo de fenómeno religioso que en la aceptación y promoción de la diversidad que la espiritualidad pueda tomar. Es notorio, sin embargo, que los uruguayos nos hemos propuesto opacar cualquier símbolo religioso por miedo a ser cuestionados y atacados. Así ha ocurrido cada vez que alguien quiso promover algo vinculado con el asunto.
Superar el miedo
Todos (o casi todos) los uruguayos creemos que entender a lo católico separado de lo político es un acierto. Sería poco realista alarmarse por la posibilidad de que la Iglesia coopte el Estado.
Vaya que en una sociedad cada vez más excluyente, violenta y odiadora, la religión (y especialmente el catolicismo) podría tener mucho para decirnos. No se trata de volver a implantar el catolicismo en la Constitución, sino simplemente de ser verdaderamente laicos y de escuchar sin prejuicios lo que la religión pueda ofrecernos.
En buena medida, que la secularidad sea un fenómeno tan consolidado en el país podría permitir mantener diálogos políticos con lo religioso sin ser fatalista respecto a la posible deriva eclesial del sistema político. Justamente, con una separación tan tajante, podríamos aprovechar a escuchar lo que la espiritualidad tenga para decirnos.
Muchas veces el miedo está, al menos desde la izquierda, en que los discursos católicos sean básicamente una defensa conservadora y medieval, sin más. Es evidente que dentro del catolicismo la diversidad ideológica es inmensa y la propia historia del país así lo demuestra (basta leer un fragmento de cualquier texto de Luis Pérez Aguirre para dar cuenta de ello, por ejemplo). En este sentido, la ya citada base de datos de Lapop Lab para 2023 también muestra que un 40,4% de los católicos uruguayos son simpatizantes frenteamplistas. Lo que sucede es que, si somos violentos con toda manifestación religiosa, las únicas personas que terminan expresando su sentir católico serán aquellas con posturas más reacias y que van al cruce de los “progresistas” que dicen defender la laicidad. Así, hay una especie de sesgo mediante el cual los religiosos menos ortodoxos y más dialoguistas y progresistas terminan opacados por la hostilidad que opera en su contra.
Vaya que en una sociedad cada vez más excluyente, violenta y odiadora, la religión (y especialmente el catolicismo) podría tener mucho para decirnos. No se trata de volver a implantar el catolicismo en la Constitución, sino simplemente de ser verdaderamente laicos y de escuchar sin prejuicios lo que la religión pueda ofrecernos. Ojalá podamos superar el miedo y, así, enriquecer el debate político más allá del rechazo. Como se ha mostrado, tenemos personas dentro de los partidos que nos pueden permitir un debate que, al menos, habría que dar.
Este texto no pretende excluir lo que otras religiones también podrían tener para decir en el asunto. Hablo del catolicismo porque lo conozco y porque, como dije, es la religión más importante en el país. Creo también que mi desconocimiento (y el de buena parte de la población) de lo que las demás espiritualidades podrían ofrecer es otro síntoma de este extendido rechazo que ni siquiera nos permite acercarnos a lo que el otro tiene para decir. Ojalá más personas se animen a ofrecer sus reflexiones y sus aportes desde lo religioso pues, en este momento, es lo que más necesitamos.
Joaquín Danza es licenciado en ciencia política, actualmente cursando la Maestría en Ciencia Política en la Universidad de la República.
Referencias
Buquet, D. y Chasquetti, D. (2004). La democracia en Uruguay: una partidocracia de consenso. Política, (42), pp. 221-247.
Caetano, G, Rilla, J y Pérez, R. (1987). La Partidocracia Uruguaya. Historia y teoría de la centralidad de los partidos políticos. Cuadernos del Claeh, 44(4), pp. 37-62.