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Opinión Posturas

¿Los trabajadores tenemos una filosofía de vida propia?

Vivimos en un mundo en el que la relación entre el trabajo y el trabajador es meramente un intercambio; en tiempos de tantos avances, seguimos concibiendo al trabajador y al trabajo como realidades separadas.

Como trabajadores, pasamos gran parte de nuestra vida consciente en nuestro lugar de trabajo o realizando tareas inherentes a él. Este determina nuestra calidad de vida y, aun así, la relación con él es tensa, sin sentido de hogar ni pertenencia, e incluso desgasta nuestro físico y nuestra salud mental.

Esta es la realidad de la mayoría de los trabajadores en nuestro país. En el mundo del trabajo hay situaciones en las que el foco no está en el bienestar del trabajador que realiza la tarea, sino todo lo contrario: se visualiza este bienestar como un costo innecesario.

Habitualmente llamamos “pertenencia” a este vínculo, que en la mayoría de los casos surge de la necesidad o del miedo, en una relación de poder asimétrica entre empresas y trabajadores.

¿Por qué nosotros mismos seguimos replicando la dialéctica de los empleadores? Uno de los motivos es que subestimamos nuestro propio saber, dudamos de nuestra capacidad de generar conocimiento.

No solo vivimos bajo esa relación, también la pensamos desde ahí. Terminamos aceptando un lugar subordinado en ella. Podemos ver ejemplos en lo cotidiano, en cómo asumimos que hay decisiones que no nos corresponden, incluso cuando reconocemos que esas condiciones no son justas.

Ejemplos de esto en nuestro día a día en el movimiento sindical: el descanso dentro de nuestro horario de trabajo, en el que, en muchos casos, no se respeta o se ve como un tiempo únicamente para comer antes de seguir produciendo; otro caso claro es no contar con un lugar adecuado para desarrollar la tarea. Incluso cuando pensamos en tener un espacio cómodo y acogedor, muchas veces dudamos de si eso es lo correcto.

¿Acaso no es tiempo de entender que, como trabajadores, nuestra vida está atravesada por nuestro trabajo?

Nos pensamos desde ese lugar subordinado, definido por nuestro rol como trabajadores; asumir esto es el primer paso para reconocer nuestra realidad. A partir de ahí, sostener el deseo de mejorar de forma constante nuestra vida nos permite proyectar una utopía de vida mejor para los trabajadores como clase.

Es de las utopías que siempre deben serlo, porque la vida, así como el trabajo, debe querer siempre mejorar.

El segundo paso es vernos con nuestra verdadera valía, y lo siguiente es exigir que se entienda que esa valía no está determinada por nuestra capacidad de producir, sino por existir. Pero, ante todo, debemos convencernos a nosotros mismos de esta reflexión, ya que es una condición necesaria para salir de ese círculo en el que nos consideramos inferiores en esta relación.

¿Por qué nosotros mismos seguimos replicando la dialéctica de los empleadores? Uno de los motivos es que subestimamos nuestro propio saber, dudamos de nuestra capacidad de generar conocimiento. Una forma de que esto no sea un obstáculo para que sea posible la generación de conocimiento propio es construir nuestra propia filosofía de vida.

¿Una filosofía de vida de un trabajador? En la práctica, es lo que caracteriza a un trabajador organizado, solidario, compañero y humano, pero también una forma de entender su lugar en el mundo, en su trabajo y en relación con otros.

La conciencia de clase es eso: no es solo sabernos trabajadores, es empezar a entender desde ese lugar el mundo que habitamos y que nuestro saber, el de vivir, es tan valioso como cualquier otro, porque se funda en la experiencia vivida.

El saber del trabajador es una lectura de la realidad basada en la percepción y en la repetición reflexiva. El conocimiento no es uno solo ni se ordena por jerarquías: existen distintas formas de saber.

Ese saber, generado por nuestras manos, no solo es una forma legítima de producir conocimiento: es necesario para el mundo. Por eso nos impone una responsabilidad: entendernos como intelectuales de nuestra propia existencia.

No podemos permitirnos llegar a este mundo como trabajadores e irnos de él sin entender ni transmitir ese saber que construimos en nuestra propia experiencia. Tenemos algo muy potente: muchos tenemos el sentido de pertenencia, el que, en situaciones adversas, hace aflorar rasgos tan humanos como propios de la clase trabajadora, como la unidad, la solidaridad y la lucha.

Este conocimiento que nos da la vida, no el técnico, sino el que nos concibe y define como trabajadores, es un saber al que debemos darle su valía para plasmarlo, tanto en el barrio como en un papel.

Martín Bayardi es trabajador y delegado sindical del Molino Cañuelas Uruguay (Foemya, PIT-CNT).