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¿Cuántos vínculos puede sostener una vida? Parejas abiertas, poliamor y paradojas del amor contemporáneo

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Durante mucho tiempo, la pregunta amorosa fue bastante simple: ¿con quién quiero compartir mi vida? La cultura occidental organizó el amor alrededor de una ecuación relativamente estable: una persona, un vínculo, una historia compartida. Amor, sexualidad, convivencia y proyecto de vida se condensaban en una sola relación. La exclusividad era el principio organizador de esa estructura.

Sin embargo, en los últimos años comenzaron a circular con mayor visibilidad nuevas formas de pensar el amor: parejas abiertas, relaciones no monogámicas consensuadas, vínculos poliamorosos. En algunos círculos urbanos ya no se trata solo de una rareza o una provocación cultural, sino de un lenguaje posible para nombrar ciertas experiencias afectivas.

A primera vista, la propuesta parece simple: reconocer que el deseo y el afecto no necesariamente se dirigen a una sola persona. Pero cuando se escuchan las historias concretas –en conversaciones cotidianas, en la clínica, en relatos de amigos– la cuestión se vuelve más compleja.

Amar no es solamente desear. Un vínculo amoroso implica tiempo, presencia, negociación cotidiana, atravesar conflictos, sostener momentos de fragilidad, construir proyectos compartidos. En el psicoanálisis vincular, por ejemplo, la cotidianidad ha sido pensada como uno de los pilares que sostienen la estructura de la pareja. Amar es también habitar un tiempo común.

En otras palabras: un vínculo requiere trabajo. Y ahí aparece una pregunta interesante para nuestra época. Si sostener un vínculo ya exige tiempo psíquico, energía emocional y cierta capacidad para atravesar tensiones, ¿qué ocurre cuando esa inversión se multiplica? ¿Qué pasa cuando en lugar de un vínculo hay varios?

Las parejas abiertas y el poliamor no son exactamente lo mismo, aunque muchas veces se confundan. Las primeras suelen mantener un vínculo principal estable mientras habilitan experiencias sexuales por fuera de la pareja. El poliamor, en cambio, propone algo más exigente: la posibilidad de sostener varios vínculos amorosos simultáneos, cada uno con su propia densidad afectiva.

En ese punto aparece una de las paradojas más interesantes del amor contemporáneo.

Vivimos en una cultura que amplía las posibilidades vinculares –más encuentros, más experiencias, más libertades–, pero simultáneamente reduce el tiempo disponible para sostenerlas. Las jornadas se aceleran, las pantallas capturan la atención, la vida cotidiana se vuelve más fragmentada.

El sociólogo alemán Zygmunt Bauman habló hace años de “amor líquido” para describir la fragilidad de los vínculos en sociedades cada vez más individualizadas. Hoy podríamos preguntarnos si, además de frágiles, los vínculos no se han vuelto también más dispersos.

La pregunta entonces deja de ser solo a cuántas personas podemos amar. La pregunta es cuántos vínculos profundos somos capaces de sostener al mismo tiempo.

Curiosamente, en muchos relatos de relaciones no monogámicas aparece un elemento llamativo: la proliferación de acuerdos. Protocolos, reglas, conversaciones extensas para delimitar qué está permitido y qué no, jerarquías entre vínculos, pactos sobre la circulación del deseo.

La libertad amorosa, paradójicamente, parece venir acompañada de una intensa actividad regulatoria. Tal vez sea porque el deseo, cuando se expande, también abre nuevos territorios de incertidumbre.

Vivimos en una cultura que amplía las posibilidades vinculares –más encuentros, más experiencias, más libertades– pero al mismo tiempo reduce el tiempo disponible para sostenerlas.

Las promesas de estos modelos suelen apuntar a una mayor honestidad afectiva y a evitar la traición o la doble vida. Sin embargo, los conflictos no desaparecen: los celos, las inseguridades y las comparaciones siguen presentes, aunque a veces adopten formas más difíciles de nombrar.

No es extraño. El amor nunca fue un territorio completamente gobernable.

Tal vez lo que estamos viendo no sea el reemplazo de un modelo por otro, sino un momento de experimentación cultural. Las formas de amar cambian cuando cambian las condiciones de vida, y las sociedades contemporáneas están atravesadas por transformaciones profundas: mayor autonomía individual, nuevas tecnologías de encuentro, desplazamientos en las expectativas sobre la pareja.

Durante mucho tiempo se pensó que la pareja debía ser todo: amante, compañero, sostén emocional, proyecto de vida, familia, amistad, sexualidad, refugio. Una sola relación debía contener múltiples dimensiones de la existencia.

Quizás parte de las nuevas configuraciones vinculares aparezcan como un intento de redistribuir esas funciones. O quizás también expresen algo más incómodo: la dificultad creciente de concentrar la inversión afectiva en un solo vínculo sin que algo del deseo quede por fuera.

La pregunta permanece abierta, porque si algo sabemos sobre los vínculos es que su profundidad no depende solamente de la libertad que tengamos para elegirlos, sino también del tiempo, la presencia y la inversión emocional que podamos dedicarles.

Tal vez la verdadera pregunta que traen las relaciones abiertas y el poliamor no sea si es posible amar a varias personas. La pregunta es otra, más incómoda e interesante: ¿cuántos vínculos profundos puede sostener una vida?

Sandra Borges Conde es licenciada en Psicología y magíster en Psicoterapia Psicoanalítica.

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