Hace cinco años recibí la llamada de un investigador dedicado a la historia del Club Nacional de Football. Quería entrevistarme porque, según sus registros, yo había sido jugador profesional de Nacional. El problema era que no encontraba más información sobre mi paso por el club. Le expliqué que debía de haber algún error. Nunca había jugado profesionalmente en Nacional. Para mi sorpresa, insistió en que mi nombre figuraba en la nómina de futbolistas que habían defendido oficialmente la camiseta tricolor. Entonces me dio el dato preciso. El 30 de marzo de 1974, en un partido ante Fénix, había ingresado en el minuto 86. Apenas cuatro minutos en la cancha bastaron para convertirme en jugador profesional del Club Nacional de Football. Pueden imaginar mi asombro, y mi alegría, al descubrir, después de tanto tiempo, que formaba parte de la historia del fútbol uruguayo.
¿Por qué yo no lo sabía? ¿Cómo era posible? La respuesta remite a la llegada del entrenador argentino Miguel Ubaldo Ignomiriello a Nacional. Comprender su paso por el club exige mirar más allá de la Primera División. Su legado no se construyó tanto en los resultados inmediatos como en la profunda transformación de las divisiones formativas, un trabajo silencioso cuya influencia se extendió durante décadas.
Ignomiriello llegó a Montevideo en 1974, recomendado por Washington Pulpa Etchamendi y respaldado por una reputación excepcional como formador de juveniles. En Estudiantes de La Plata y Rosario Central había desarrollado métodos novedosos de entrenamiento, detección de talentos y organización del trabajo juvenil. Nacional apostó a esa experiencia con la intención de modernizar una estructura que todavía estaba lejos de alcanzar su potencial.
Adquirido por Nacional en 1968, Los Céspedes, situado en camino Berges y avenida de las Instrucciones, a unos 12 kilómetros del Centro de Montevideo, era un predio modesto, con apenas dos canchas y algunas instalaciones básicas. Sin embargo, el proyecto apuntaba mucho más lejos, pues aspiraba a convertir ese espacio en un verdadero centro de formación de futbolistas. Se intentaba desarrollar una institución dedicada sistemáticamente a formar futbolistas, algo que en el Uruguay de la época no era habitual. En ese proyecto, Miguel Ignomiriello ocupaba una posición central.
La influencia de Ignomiriello no se limitó a la cancha. Entre las iniciativas estuvo la mejora de las condiciones de vida de los jóvenes futbolistas. Contribuyó a la instalación de una cocina y un sistema de alimentación pensado para quienes pasaban buena parte de sus días en el predio. Formar un futbolista no consistía únicamente en perfeccionar la técnica o la preparación física. Implicaba también inculcar hábitos, cuidar la alimentación, supervisar el estado psicológico y acompañar el proceso de crecimiento personal. Antes que producir jugadores para el primer equipo, se aspiraba a formar personas capaces de sostener una carrera deportiva.
Cuando se recuerda una cantera de fútbol suele imponerse la tentación de mirar únicamente a quienes alcanzaron el éxito. Pero la vida cotidiana no estaba compuesta por futuras estrellas. Estaba compuesta por adolescentes que llegaban desde barrios diversos, con historias familiares y realidades muy distintas, para encontrarse cada día en un predio que aún estaba lejos de convertirse en la ciudad deportiva que conocemos hoy.
Mi recuerdo de Ignomiriello se parece más a una presencia que a una persona concreta. No podría repetir sus palabras ni describir con precisión sus métodos de trabajo. Desempeñaba un papel singular. Observaba, evaluaba y decidía quiénes poseían las condiciones necesarias para recorrer el difícil camino hacia el profesionalismo. Muchos se presentaban y pocos eran los elegidos. El propio Ignomiriello definiría el trabajo del captador de talentos como el de quien posee “la nariz del perfume”. La imagen resulta reveladora. Alude a la capacidad de percibir algo que todavía no existe del todo.
La mayoría de los jóvenes provenía de entornos modestos. Yo vivía en Carrasco, frecuentaba el Lawn Tennis y había llegado desde Nacional Universitario. Asimismo, Rogelio Ramírez, algunos años menor que yo, venía de Nacional Universitario y vivía en Carrasco; su padre nos llevaba en auto. Éramos la excepción. Para la gran mayoría de mis compañeros, el fútbol representaba una oportunidad concreta de cambiar el rumbo de sus vidas. Algunos venían del interior del país y estaban lejos de sus familias. No estaban allí solamente para jugar. Habían llegado con la decisión de abrirse camino en el fútbol profesional. Era el medio escogido para evitar la pobreza y mejorar en la vida.
Esa diferencia social formaba parte del ambiente cotidiano del predio. Los Céspedes no era únicamente un lugar donde se aprendía a jugar mejor. Ciertas aptitudes podían adquirir un valor decisivo. La velocidad, la resistencia física, la inteligencia para interpretar el juego o la disciplina en los entrenamientos podían convertirse en algo más que virtudes deportivas. Podían transformarse en una profesión, en prestigio y, para casi todos, en una forma de movilidad social.
Sería un error imaginar Los Céspedes como una simple fábrica de futbolistas. Había allí algo más complejo. Era una comunidad de aprendizaje. Recuerdo a Darío Pereyra, a Carrasco y a Pagola; a Machado, Muniz, Taborda y Villazán. De los Santos poseía una versatilidad admirable. Caillava parecía moverse con la naturalidad de alguien que ya pertenecía al mundo profesional. Pocas veces vi tal fineza y elegancia de jugador. Pero si venía el trancazo con Darío Pereyra, era mejor sacar la pata. Yo temblaba ante esa posibilidad. Por suerte solíamos jugar juntos, él de 5 y yo de volante ofensivo. ¡Que lo trancaran los otros! Una fortaleza descomunal, una voluntad de presencia inquebrantable.
Ocasionalmente estaba en el arco Omar Ángel Gárate, que jugó en Nacional justo esos años y después sería un destacado entrenador de arqueros. Algunos años más viejo y experimentado que nosotros, solo aparecía en contadas ocasiones y por eso sentía la libertad para hacer chistes. Captó rápidamente que yo venía de otra clase social y en el vestuario tomaba de punto al estudiante tímido, con alusiones de tipo sexual que, dada mi inexperiencia en los ambientes futboleros, me inquietaban. Todos los demás se divertían. Aunque yo me consideraba antiburgués y progresista, obviamente era percibido como un pituco fuera de lugar.
Mundo varonil, juvenil y deportivo, poco se hablaba de política. El país pasaba por un momento conturbado, marcado por la dictadura cívico-militar, caracterizada por una fuerte represión a la guerrilla y a todo tipo de oposición. Estaban allí para jugar al fútbol. Pero la formación iba mucho más allá de los aspectos tácticos y técnicos. Allí se aprendía a controlar impulsos, tolerar frustraciones, convivir con reglas exigentes y a respetar al adversario. También se aprendía a esperar. La carrera de futbolista comenzaba mucho antes del profesionalismo. Empezaba en la capacidad de llegar todos los días al entrenamiento, aceptar correcciones, sostener el esfuerzo cuando los resultados no aparecían y encontrar un lugar dentro de un grupo. En ese sentido Los Céspedes, además de formar jugadores, moldeaba caracteres.
Lo que más me impresiona hoy al recordar aquel mundo es la combinación de ilusión, esfuerzo y disciplina que lo sostenía. Todos compartíamos las mismas canchas, los mismos vestuarios y sueños parecidos. El futuro terminaría distribuyendo destinos muy diferentes. De las centenas de muchachos que intentaron ser parte del grupo de Ignomiriello, algunos alcanzaron notoriedad. Defendieron equipos en Uruguay y en el exterior. Otros desarrollaron carreras más discretas. Aquellos que no eran escogidos tendían a abandonar la idea del fútbol profesional.
Quizás por eso la figura de Ignomiriello sigue resultándome tan fascinante. Su trabajo consistía en moverse dentro de esa incertidumbre. Observaba y tomaba decisiones que podían alterar el rumbo de una vida. Más que un entrenador, parecía un lector de posibilidades. Mientras los hinchas pensaban en el próximo partido, él intentaba imaginar quiénes podrían convertirse en futbolistas algunos años después.
Con los años he llegado a pensar que las instituciones más interesantes son aquellas que trabajan con posibilidades. Una universidad, un taller artístico, una escuela de música o una cantera de fútbol tienen algo en común. Reciben personas en formación y apuestan por lo que pueden llegar a ser. Quizás por eso la experiencia de Ignomiriello conserva un interés que va más allá de los resultados deportivos. Su legado no se mide por los campeonatos ni por los jugadores que alcanzaron la fama. Se encuentra en el ambiente que ayudó a construir, un espacio donde una generación de jóvenes pudo desarrollarse y proyectarse hacia el futuro.
Con los años he llegado a pensar que las instituciones más interesantes son aquellas que trabajan con posibilidades. Una universidad, un taller artístico, una escuela de música o una cantera de fútbol tienen algo en común.
Mi paso por Nacional fue breve. Poco después partí hacia Europa y, más tarde, a Estados Unidos. El fútbol me abrió puertas que de otro modo habrían permanecido cerradas: gracias a una beca completa, pude estudiar en la Universidad de Stanford, una de las instituciones más prestigiosas y costosas del mundo. Aunque el fútbol nunca fue mi objetivo primordial, le debo prácticamente todo. Hasta hoy continúo siendo el máximo goleador histórico de la universidad y, en octubre de 1981, fui portada de Soccer America, la revista de fútbol más importante de Estados Unidos en aquellos años. No volví a vivir en Uruguay. Por eso me perdí el desarrollo posterior de los jugadores de Nacional y los enfrentamientos contra el Peñarol del Potrillo Fernando Morena. En todo caso, durante años seguí vinculado desde el exterior a Nacional Universitario, incluso participando en giras a Japón, China, Taiwán y Corea del Sur. Mi relación con el Club Nacional de Football, en cambio, quedó reducida a esos pocos meses de 1974.
Hoy, medio siglo después, aquel mundo pertenece a la historia. No recuerdo los sistemas de juego. ¿Era un 4-3-3? ¿Un 4-4-2? Tampoco recuerdo demasiadas instrucciones. Lo que permanece es otra cosa. Las corridas matinales en la playa. Los entrenamientos de la tarde. Los remates al arco y los penales. El control del peso. La atención puesta en la alimentación. La sensación de que el cuerpo estaba siendo modelado día tras día. También las bromas, los conflictos inevitables y las reconciliaciones que venían después. Algunos compañeros me intimidaban. Vivían cada entrenamiento como una batalla. Yo entrenaba con entusiasmo, pero me costaba asumir la necesidad constante de competir y demostrar que merecía seguir allí.
Aquella llamada del investigador me devolvió imágenes de un cuadrangular que, sin que yo lo supiera, me había convertido en jugador profesional de Nacional. En realidad, era el Torneo Cincuentenario de Colombes, un certamen de carácter octogonal amistoso que conmemoraba los 50 años de la medalla de oro de la selección uruguaya en los Juegos Olímpicos de París 1924, primer título mundial del fútbol sudamericano. Se disputó entre marzo y abril de 1974, mientras el plantel principal realizaba una gira por el interior de Argentina. El equipo, capitaneado por Darío Pereyra, estuvo integrado en gran medida por juveniles. Ganamos la serie clasificatoria. Posteriormente Nacional se coronó campeón venciendo a Wanderers en la final en el Parque Central.
Mi única participación ocurrió el 30 de marzo, frente a Fénix, en el Parque Palermo. Ingresé en el minuto 86 del segundo tiempo, cuando el partido estaba liquidado 2-0. Dos goles de Caillava. Desde el punto de vista deportivo, mi contribución fue irrelevante. Quizás allí resida la verdadera herencia de la escuela Ignomiriello. No en los resultados de un torneo menor ni en las estadísticas de una época ya lejana, sino en el recuerdo de un momento en el que cada adolescente representaba una posibilidad abierta en un esfuerzo colectivo.
Cuatro minutos bastaron para convertirme en jugador profesional de Nacional. Medio siglo después, recuerdo menos aquellos cuatro minutos que unas canchas en la periferia de Montevideo y a un entrenador observando a un grupo de jóvenes ávidos de abrirse camino en la vida.
Guillermo Gucci es profesor titular de la Universidad del Estado de Río de Janeiro especializado en Literatura Latinoamericana, Movilidad e Historia Cultural. Desde 2020 es investigador de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación de Uruguay.
