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Opinión Posturas

Ernesto Laclau: posaniversario de una pastoril populista

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Se cumplen 80 años del primer gobierno constitucional de Perón y algo más de 20 años (21) de La razón populista, donde el peronismo, junto con el resto de regímenes populistas, fuera elevado a consideración teórica, a tributo (al fenómeno) y a programa (para el mundo). En efecto, dos décadas atrás apareció La razón populista, de Ernesto Laclau. Su relevancia estriba en brindar aval académico, sustento filosófico y guion político al neopopulismo gobernante en la región y a tres fuerzas políticas europeas: Podemos en España, Syriza en Grecia, y Francia Insumisa.

El libro endosó acento positivo al término populismo, desmarcándose de la revolución y criticando los reformismos de izquierda. Esto implicó un desafío teórico, ideológico y político para la sociología, la teoría democrática y la izquierda, que no sé hasta qué punto fue procesado. Sobre todo, porque su obra es menos análisis que sustento teórico de regímenes conducidos por un “papa laico”. Este, según el autor, cruza todas las fronteras ideológicas porque no tiene un contenido a priori, sino que adopta el color de las demandas sociales a las que brinda “equivalencia” primero y “totalización” después.

En su inventario de papas alternan Benito Mussolini, Getúlio Vargas, Mao y Fidel Castro, con sobrerrepresentación de militares profesionales: Boulanger, Kemal Atatürk, De Gaulle, Tito, Perón y Nasser. Outsider de carácter extraparlamentario, el líder carismático construye el “pueblo” a través del discurso, totaliza las demandas fragmentadas por fuera de las instituciones, parte en dos campos antagónicos al cuerpo social, y procede a la “fusión” con la masa, figura retórica que reescribe palabras de Hugo Chávez: “Chávez ya no soy yo, Chávez es un pueblo, Chávez somos millones”. Si bien el autor aclara (en el libro) que no siempre los hechos políticos conducen a la etapa final de “ruptura populista” cristalizada en la oposición “oligarquía/pueblo”, también afirmó, en entrevista con Página 12 el 5 de julio de 2005, que “no hay dudas de que el futuro latinoamericano pasa por este tipo de proyectos populistas”.

A comienzos del siglo XXI la región latinoamericana reestrenó un ciclo populista de alto voltaje. En sintonía con el ciclo, apareció en librerías entre 2005 y 2006 el referido texto, que diera al líder mesiánico un valor superior a otros cursos políticos, identificándolo con lo “político” –el resto es “gestión”–, y desestimando a las izquierdas, a las que negó voluntad de cambio. El líder populista, portador de “demandas democráticas insatisfechas”, una vez que logra representarlas y “constituir al pueblo en actor político”, tiene razones para quebrar las instituciones: estas obstruyen el proceso transformador. El planteo ambientó un toma y daca con los líderes populistas. De un lado, el ensayista aconsejó a gobiernos y movimientos populistas intensificar la polarización para profundizar el modelo. Del otro, recibió respeto reverencial de los protagonistas en demanda de soporte ideológico.

Guiones clásicos

El artículo explora algunos rasgos de un pensamiento tan influyente como contrario a la sociología cognitiva, la izquierda, la democracia deliberativa y el liberalismo político, al que critica su sistema de pesos y contrapesos.

La obra de Laclau, recibida como novedad en la región y Europa, no constituye una novedad. Encaja, en cambio, dentro de un pack doctrinario de larga data, revisitado en el siglo XXI: textos orientados al sostén teórico de jefaturas carismáticas. Decretar caduca la era de gobiernos limitados por las instituciones, alentar la fusión entre líder y pueblo y blindar con teoría la dominación carismática no constituyen un estreno sino un patrón.

En la ronda de presentaciones del libro, Laclau destacó que la “totalización” con horizonte de “unanimidad” a cargo del líder no debe ser obstaculizada por órganos antipersonalistas –como los jueces– ni representativos –como los parlamentos– porque son contrarios al pueblo. Esta línea argumentativa no solo justifica la concentración del poder y descarta el mecanismo demoliberal de pesos y contrapesos. Además, desecha la democracia deliberativa como dimensión de su “democracia populista”. Asimismo, al tiempo que recupera la noción de “pueblo” y descarta la de “clase social”, niega el protagonismo colectivo que el materialismo histórico reconoce a las masas, el posmarxismo a un conjunto horizontal de actores grupales, y la disciplina histórica a una compleja trama de actores y procesos, endosándolo en cambio a un único hombre. Revival del demiurgo platónico creador de lo político, el líder carismático, mediante su interpelación a “los de abajo”, constituye un “sujeto inexistente” llamado “pueblo”.

Marx contra el poder personal y Laclau contra Marx

Al reivindicar el populismo, Laclau se aleja a conciencia de la tradición marxiana en varios sentidos, no solo por considerar anacrónica la noción de actor de clase y abrazar al pueblo, sino también por razones menos obvias, que él no menciona: la valoración política del poder personal.

En la tradición sociológica, Marx y Weber manifiestan sensibilidades opuestas sobre la acumulación de poder en manos de líderes carismáticos, sin intermediación institucional, con apelación al pueblo y la patria. Mientras Marx criticó a regímenes donde un supuesto tribuno popular actúa ante sí, con apoyaturas en la burocracia civil, el ejército o la Iglesia, concentrando poderes y movilizando sectores populares seducidos o capturados desde arriba, Weber se mostró proclive a ellos en sus desarrollos de la “presidencia plebiscitaria”, cuyo análisis excede los límites del texto.

Siguiendo los pasos de Marx, Antonio Gramsci elaboró las nociones de “revolución pasiva” y “régimen transformista”, donde, ante el desencanto generalizado con la democracia, un César moderno, montado sobre una política totalitaria, produce ajustes parciales en la estructura social al costo de reducir, subordinar o eliminar la iniciativa popular. En breve, una “revolución desde arriba” sin “revolución desde abajo”.1 Por ejemplo, es indiscutible que Perón y Vargas democratizaron el bienestar, el poder y el estatus de la clase obrera, provocando asimismo cambios simbólicos en el vínculo entre clases: los trabajadores perdieron el miedo frente a la burguesía. También es indiscutible que estos cambios fueron hechos bajo formatos verticales de sindicalismo, perforando la autonomía del proletariado, en beneficio del tribuno de la plebe y al servicio de la acumulación capitalista. Asimismo, ambos conductores dejaron intacta la propiedad de la tierra: la oligarquía latifundista siguió concentrando la riqueza del sector primario, como en el resto de la región.

La razón populista de Laclau deserta adrede del posmarxismo, de la izquierda clásica y de la democracia radical, en la que parecía haber anclado su obra anterior. Asimismo, su adiós definitivo al marxismo se emparenta a cuestiones estructurales y agenciales ya esgrimidas en obras anteriores: fragmentación social, pérdida de centralidad del proletariado, etcétera. Pero en este libro hay un cambio de piel: Laclau abandona su democracia radical en aras de una sensibilidad populista, en las antípodas de un pensamiento marxista y posmarxista que da prevalencia a colectivos humanos. Por último, su énfasis en Gramsci se sitúa lejos de Gramsci; usos y abusos del pensador isleño al destacar al “papa laico”, no al “Nuevo Príncipe”, expresión con la que aludía a un partido portador de un bloque intelectual-moral alternativo.

Pueblo, no clase social

El autor aclara que una de sus contribuciones fue restituir a la academia la categoría “pueblo”, lo que supone, en sus palabras, “ampliación de los horizontes”. Los viejos y nuevos populistas hablan de pueblo, no de clase social. No apelan a la clase trabajadora, con alcances universales, sino a un pueblo que a veces postulan como orgánico, unánime y particular; y otras como “inexistente”, en espera de un líder “emergente” para dotarlos de vida política y “totalidad”. En consecuencia, el texto se ubica deliberadamente fuera de la sociología política de Marx, dando por terminada toda noción de clase social y lucha de clases.

Es problemática la inclusión en el “giro a la izquierda” de sistemas de poder que no responden a estándares de izquierda democrática y que en realidad constituyen animales políticos distintos, con escasa o nula interseccionalidad.

En la rueda de prensa que sucedió a la publicación del libro, Laclau subsumió al populismo latinoamericano dentro de la izquierda, lo cual suma a la polémica. El famoso “giro a la izquierda”, al incluir fenómenos dispares, oculta diferencias conceptuales y empíricas, convirtiendo en intercambiables dos experiencias políticas distintas en varios planos: en tipo de régimen político; en forma de articulación entre liderazgo y las organizaciones sociales; en diseño, implementación y resultado de la política pública; en tipo y volumen del discurso; en principios, valores, símbolos; en himnos y rituales. El populismo es la soberanía del líder, no el reino de colectivos anónimos. Una política en la que el líder acumula poderes que pertenecen al pueblo, aunque en nombre del pueblo.

No ocurre en las izquierdas, donde entre el liderazgo político y los colectivos sociales hay autonomía: el líder no ordena el campo popular ni este acepta mandatos externos. Además, en las izquierdas el liderazgo es concebido como colectivo, a cargo de un partido, bloque de partidos o partido-coalición: el Nuevo Príncipe, en palabras de Gramsci. Es cierto, el siglo XX instaló desde el estalinismo un culto seriado a la personalidad, pero solo fue adoptado por la rama komintern de la izquierda, y ni siquiera prosperó en América Latina, más allá de Fidel Castro.

Laclau reivindica para él y niega a otros el sitio del rigor académico, criticando a quienes “reemplazan el análisis por la condena ética”, tildándolos de “pusilánimes”, reivindicando para sí coraje y solidez intelectual, como si su libro fuera sinónimo de ciencia. Sin embargo, en las últimas páginas, acepta lo obvio, que su tarea es más política que intelectual: “político-intelectual”, remata en la página 310.

Esta ambivalencia coloca al texto fuera de la arena cognitiva: imposible servir a dos dioses. Una cosa es intentar comprender un animal político con los tres rasgos que diferencian a la ciencia de las demás disciplinas: vocación teórica, precaución metodológica y caja de herramientas. Otra es escribir un ensayo en beneficio de un único modelo político. El libro, pero más en artículos y entrevistas, el autor no solo analiza lo que es; además prescribe lo que debe ser.

No es historia

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de ‘rosa’ está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’” (Jorge Luis Borges, “El Golem”). ¿Las palabras son arquetipos de las cosas? En caso afirmativo, las palabras tienen el poder de construir los fenómenos sociales, y el discurso de constituir al sujeto. Esto mismo sostiene Laclau: el líder carismático, mediante su discurso de interpelación, constituye un sujeto inexistente llamado “pueblo”. El autor otorga a una única persona la capacidad de crear sujetos colectivos; brinda toda la acción creativa al liderazgo y toda la pasividad al “pueblo”, condensado en una “ausencia”. Esta forma de señalar la emergencia de fenómenos sociales se ubica en las antípodas del materialismo histórico, que es punto de apoyo necesario –aunque insuficiente– para la disciplina histórica. Mientras tanto, la originalidad del materialismo residió en lo contrario, en erigir a las masas anónimas al protagonismo en los procesos sociales y políticos, desplazando la atención exclusiva de los historiadores en los grandes nombres: líderes políticos, estrategas militares, héroes epónimos. Además, la disciplina histórica implicaría poner a dialogar las diversas ciencias, empezando por las sociales: la demografía, la sociología, la economía, la antropología, la psicología social, la ciencia política, etcétera. Lejos de esta geografía se ubica Laclau, que paradójicamente tuviera en el pasado a Eric Hobsbawm como director de tesis.

Izquierda y populismo

Izquierda y populismo refieren a sujetos distintos. La izquierda clásica, a la clase social: en particular, al proletariado como encarnación de la universalidad y la solidaridad internacional. Por eso las izquierdas fueron internacionalistas. El fenómeno populista está ligado al caudillo, que se postula encarnación del pueblo, representa lo singular e idiosincrático, y nombra a la patria.

Además, las metas son distintas. El horizonte de la izquierda es el socialismo. El populismo clásico, en cambio, pretende convertirse en tercera vía entre capitalismo y socialismo, aunque, en los hechos, profundizó las fuerzas productivas capitalistas. Es cierto que el neopopulismo chavista presumió de “socialismo del siglo XXI”: una cosa es lo que el régimen dice de sí, y otra cosa es el conjunto de su política pública; la palabra no traduce la cosa. Además, la ideología no es central sino instrumental en los regímenes populistas. El líder capitaliza la energía popular en su beneficio, acapara poderes, horada la autonomía de la sociedad, perfora el sistema de pesos y contrapesos, socava la rendición de cuentas, disuade la movilización sociopolítica, hostiga a las izquierdas clásicas y no favorece a las clases subalternas más que con placebos simbólicos y consumos de masa. También es problemática la inclusión en el “giro a la izquierda” de sistemas de poder que no responden a estándares de izquierda democrática y que en realidad constituyen animales políticos distintos, con escasa o nula interseccionalidad.

No es Gramsci

A lo largo del libro, Laclau refiere a Gramsci, aunque no a un ítem que él analiza y que hubiera sido fundamental para el abordaje del populismo: lo nacional-popular. Este concepto se vincula en Gramsci a la necesidad de construir espacios culturalmente contrahegemónicos, plurales y alternativos a la ideología dominante, capaces de ambientar de forma autónoma una nueva sociedad y una nueva cultura. En Gramsci el sujeto nacional y popular es portador de un nuevo “sentido común” donde se despliega lo plural: “El pueblo mismo no es una colectividad homogénea de cultura”, escribió. Esa “voluntad colectiva nacional popular”, factor y producto de una reforma intelectual y moral, se forja desde la sociedad civil, con independencia, en contra de las clases dominantes, a contrapelo del Estado; no como órgano de este.

Todos estos son puntos de corte respecto a Laclau, cuyo horizonte es la “totalización populista”. Esta, en los hechos, entró en colisión con la autonomía, la pluralidad y la construcción a tiempo lento de la sociedad civil, que plantea el marxista italiano. La autonomía del actor importa. De no tenerla, deviene engranaje del líder que usa la energía popular al servicio de su poder superconcentrado. Así fue con Chávez. Con su epígono epilogal –Nicolás Maduro Moro–, la “deriva populista” mutó, convirtiendo a Venezuela en el país de las últimas cosas.

Después de leer La razón populista dan ganas de devolver el libro al estante y escuchar “No necesitamos otro héroe/ Balderrama”, de Leo Maslíah, a 150 decibeles.

Fernando Errandonea es sociólogo y profesor de Historia.


  1. Gramsci, Antonio (1975). “Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado moderno”. En Obras de Antonio Gramsci, cuadernos de la cárcel, tomo 1. México: Juan Pablos Editor.