Tecnocristiano suena a insulto, a contradicción, a palabra inventada, a ciberpunk, a distopía; pero también suena a presente, a futuro y, sobre todo, a nosotros. Quizás la necesidad de desarrollar neologismos para cada fenómeno que nos ocurre es un síntoma de nuestra época, pero lo cierto es que este término, que apenas nació en el mundo del streaming el año pasado, encierra la disputa que está en curso a nivel global respecto de la relación entre la inteligencia artificial (IA) y nuestra condición humana.
Peter Thiel es el primer nombre en una larga lista de CEO y entrepeneurs tecnológicos que han comenzado a evangelizar sobre el vínculo que deberíamos tener con las nuevas tecnologías de la información. A través de una serie de charlas a puertas cerradas dedicadas al concepto de anticristo, el fundador de la empresa de ciberseguridad Palantir –cuestionada por su uso en operaciones de vigilancia masiva, rastreo de migrantes y selección de objetivos militares en Gaza– ha construido una teología propia donde la tecnología no es una herramienta sino una misión civilizatoria. Alex Karp, quien es cofundador de la empresa, lo ha traducido en un manifiesto de 22 puntos publicado en X, cuyo objetivo declarado es construir “un software que domine”.
El manifiesto defiende la necesidad del software como herramienta de hard power de las naciones “libres y democráticas”, proponiendo el servicio militar obligatorio y una dura crítica a la moral liberal pluralista supuestamente imperante.
En su punto 4 expresa: “La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin. Nuestros adversarios no se detendrán a enzarzarse en debates teatrales sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar. Seguirán adelante”.
Y en su punto más inquietante, el 21, afirma sin rodeos que “algunas culturas han demostrado ser mediocres y, lo que es peor, regresivas y dañinas”, resistiendo lo que llama “la superficial tentación de un pluralismo vacío y hueco”. Dicho por el CEO de una empresa que construyó ImmigrationOS –una plataforma de IA contratada por el Servicio de Inmigración de Estados Unidos para identificar, rastrear y deportar migrantes de forma masiva– la frase no es retórica, sino una hoja de ruta. Palantir defiende la idea del supremasismo con sorprendente levedad, mientras la ejecuta materialmente en bombardeos y deportaciones.
Detrás de los manifiestos y los contratos millonarios se defiende una filosofía más antigua y peligrosa. Elon Musk, el hombre más rico del planeta, implanta chips en cerebros humanos con su empresa Neuralink para fusionar mente con máquina. Mientras tanto, Bryan Johnson se inyecta plasma sanguíneo de su hijo adolescente y monitoriza cada función de su cuerpo con sensores porque su objetivo declarado es no morir. Para estos millonarios, las nuevas tecnologías no son sino escalones hacia un salto trascendental: superar definitivamente los límites humanos de la enfermedad, la fragilidad, la vejez y la muerte. Estas ideas tienen un nombre: transhumanismo. Ven la IA como camino a la superación de lo humano, para llegar a ser más, a ser algo parecido a su idea deformada de Dios.
Son tecnocristianos en cuanto evocan el nombre de Cristo para defender sus banderas. Citan el Apocalipsis ante los magnates capitalistas norteamericanos preocupados con su propio futuro, con el mismo peso simbólico con que luego invocan la supervivencia de ese “Occidente” abstracto, vagamente fundado en la sociedad cristiana y europea. Utilizan la fe de los cristianos como legitimación cultural de un proyecto que nada tiene de cristiano, apenas reducida a combustible para la masa reaccionaria, mientras ellos construyen, en silencio y con dinero público, la más grande y deforme torre de Babel que el mundo haya conocido.
Ante esto, ha sido el papa León XIV, cabeza de la Iglesia católica, quien ha hecho sonar la otra campana tecnocristiana. En mayo de este año se publicó Magnifica humanitas, la primera encíclica de su papado, en la que ha puesto al mundo a discutir sobre una pregunta de fondo: ¿qué significa ser humanos en la era de la IA? La respuesta que construye a lo largo del documento es, en sí misma, una provocación para el mundo de Thiel, Musk, Karp y Trump: permanecer humanos significa, precisamente, no superar la fragilidad, sino abrazarla.
León XIV lo dice con una claridad absoluta: “El ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través de él”. La falibilidad no es un bug del sistema biológico a corregir, sino que es la condición mínima de la ética, del aprendizaje, del amor. Solo quien puede equivocarse puede arrepentirse. Solo quien es frágil puede necesitar al otro. Solo quien sabe que va a morir puede decidir cómo vivir. Eliminar esa fragilidad no es liberar al ser humano, sino suprimirlo.
José Enrique Rodó, acaso el filósofo más inspirado que ha tenido el Uruguay, lo intuía cuando en el Ariel advirtió sobre la tentación de reducir al ser humano a su utilidad productiva, de medir la civilización por su eficiencia y no por su capacidad de belleza, de cuidado, de elevación espiritual. El culto excesivo de lo útil que preocupaba a Rodó se expresa a través de los algoritmos que marcan hoy el ritmo de la vida, que desechan todo cuanto no es medible, ni mejorable, ni vendible.
En la encíclica esta idea se refleja en una bifurcación que se presenta frente a la humanidad: o construye una nueva Jerusalén, esto es, una ciudad orientada al bien común y definitivamente humana, humilde, o erige una nueva torre de Babel, un nuevo monumento a la capacidad técnica, a la soberbia, al ego humano frente a Dios, a la homogeneidad y el poder terrenal.
El papa norteamericano lo define en este fragmento: “La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. [...] no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza. Por eso, la primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén”.
Tecnocristiano suena a nosotros, a los jóvenes que, en la era digital, vuelven a la fe buscando algo verdadero y trascendental, entendiendo que la cuestión es moral, que no se debe estar en contra de la tecnología, sino cuestionar al servicio de quién se utiliza.
Denuncia que los datos personales no pueden ser vendidos o confiados a unos pocos, sino orientados al bien colectivo, aplicando al siglo XXI el principio de destino universal de los bienes, uno de los pilares fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, con una radicalidad que algunos gobiernos progresistas todavía no se han animado a plantear.
Plantea también la derrota de la “mano invisible” y la acumulación del poder tecnológico en manos de empresas transnacionales dotadas de recursos y capacidad de acción superiores a algunos gobiernos, imposibilitando su uso en pos del bien de las mayorías. Dice que el objetivo de obtener mayores beneficios “no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común”. Y propone, finalmente, que debemos desarmar la IA, “sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar sino económica y cognitiva”, y, a través de ese desarme, volverla al servicio de lo humano, no al revés.
En el cierre de la encíclica, León XIV no habla solo a los católicos, sino a todas las personas de buena voluntad diciendo: “No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas –los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños– se convertirán en piedras angulares”.
Entonces, ¿qué es un tecnocristiano? No es uno de los arquitectos de Babel, hombres que prosperan en última instancia a costa de la miseria humana, sino exactamente lo contrario. Tecnocristiano suena a nosotros, a los jóvenes que, en la era digital, vuelven a la fe buscando algo verdadero y trascendental, entendiendo que la cuestión es moral, que no se debe estar en contra de la tecnología, sino cuestionar al servicio de quién se utiliza. Es el agente organizador de la comunidad, que abraza lo frágil como una dignidad a defender en la construcción de esa otra ciudad posible.
Hoy el Uruguay laico tiene la responsabilidad de escuchar esa campana distinta. En tiempos de máquinas que imitan la voz humana y predicen nuestros deseos, puede ser un acto de lucidez detenerse a escuchar lo que el espíritu –cualquiera, el que cada uno lleve dentro– dice sobre lo que no debe perderse, lo que nos hace irreductiblemente humanos.
Santiago Pérez es estudiante de Relaciones Internacionales en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República.