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El 9 de agosto, el expresidente Luis Lacalle Pou realizó un discurso en el acto por los 190 años del Partido Nacional. Su contenido ya ha sido comentado y analizado por integrantes del mundo político-partidario y del académico.

Aunque han pasado ya varios días, el hecho sigue generando repercusiones. En primer lugar, porque el exmandatario ha elegido tener pocas apariciones públicas desde que dejó el cargo. En segundo lugar, porque es el político al que las encuestas dan una clara ventaja como el principal candidato de los partidos de la Coalición Republicana para disputar el gobierno al Frente Amplio en las próximas elecciones nacionales en 2029. En tercer lugar, porque su oratoria destacó por algunas afirmaciones novedosas, teniendo en cuenta el pasado reciente de su autor, y por omitir asuntos sobre los cuales convenientemente calló o postergó pronunciarse.

La oratoria de Lacalle Pou destacó por algunas afirmaciones novedosas, teniendo en cuenta el pasado reciente de su autor, y por omitir asuntos sobre los cuales convenientemente calló o postergó pronunciarse.

Quisiera detenerme en comentar una parte de sus dichos que creo que no ha sido lo suficientemente analizada. De acuerdo con la crónica que la diaria realizó del acto, Lacalle Pou sostuvo que hoy se exigen respuestas más rápidas por parte de la sociedad, y “si la política es más lenta que la necesidad de la gente, no es la gente que tiene que frenar”, sino que es la política la que “tiene que apurarse en dar soluciones”. “Eso es un desafío enorme, porque tenemos nuestros mecanismos, nuestra institucionalidad y nuestra separación de poderes, pero es el gran desafío que tenemos”, insistió.

Puso como ejemplo un tema del que todos hablan, “hasta sin saber”: la inteligencia artificial. Comentó que ha visto que, lamentablemente, se lo plantea como “el problema de la inteligencia artificial”, por lo que no hay tiempo “para plantear una concepción positiva”. Señaló que “la tecnología siempre ha tenido sus problemas, desde la primera Revolución industrial”, y apuntó que, de todos modos, “siempre ha sido un avance para la humanidad”. Entonces, dijo que la deben abrazar “como una manera de acelerar la política, y que sea mejor y que los problemas se resuelvan antes”.

Por su parte, Alejandro Sánchez, el secretario de Presidencia del actual gobierno del Frente Amplio, a los pocos días opinó que los resultados negativos de las encuestas que miden la gestión del Poder Ejecutivo se explican en que las sociedades son “ansiosas” y exigen resultados en el corto plazo. “Lo que no puede hacer la política es enojarse con los que critican”, expresó, y para revertir la percepción de la ciudadanía el gobierno tiene que “acelerar” la gestión y “mostrar a la gente que hay cosas que están pasando”.

La época que nos toca vivir ha sido calificada de diferentes maneras. Una de ellas es que vivimos en la inmediatez. Tenemos la sensación de que vivimos acelerados, sin tiempo para pensar, disfrutar y compartir. Más allá de las situaciones personales, que serán diferentes para quien vive en el campo o en la ciudad, si se es indigente o si se tiene multiempleo, si se prefiere la desinformación y la conexión permanente con las redes sociales, lo que me importa destacar es cuáles son las señales que dan quienes pretenden representar nuestra sociedad y tomar decisiones en nuestro nombre.

El ajedrez fue inventado en una remota época en que el tiempo era percibido de una manera diametralmente opuesta a la actual. De acuerdo con lo dicho en el párrafo anterior, podría ser calificado en la actualidad como un juego fuera de época. Reivindicar su incorporación al sistema educativo puede parecer una aspiración trasnochada. Sin embargo, conviene tener presente la evidencia que hay con respecto a por lo menos una de sus virtudes. Si bien no asegura que quien juega tome las mejores decisiones, practicarlo con frecuencia favorece tomarse un tiempo para ponderar las diferentes opciones.

Hay deportes que nos acostumbran a tomar decisiones en mucho menos tiempo, como por ejemplo el surf. No se trata de elegir entre uno u otro ya que son perfectamente compatibles. Comparten el hecho de que son practicados por una minoría. También de que enseñan, entre otras cosas, a levantarse luego de cada derrota/ola para volver a intentar un triunfo y de que, si bien es una acción individual, se aprende mucho más al compartirla con un colectivo.

Lo que las personas que integran el elenco político deben decidir es qué tipo de valores van a reivindicar. ¿Vamos a ir a favor de la corriente para favorecer llegar más rápido y seguro al objetivo o en contra de esta si pensamos que tenemos la razón y que importa evitar caer en errores?

Un presidente que presentó en su primer año de gobierno una ley de urgente consideración (LUC) con cientos de artículos para ser aprobados rápidamente por el Parlamento (y que luego fue refrendada por el electorado) debió haber incluido esta decisión entre los “errores” que reconoció haber cometido. El fin (aunque sea tan noble como asegurar el “bienestar de todos y cada uno de nuestros compatriotas”) nunca debería justificar los medios. Las decisiones apresuradas terminan luego siendo revisadas y muchas veces cambiadas. Pero hay cosas que no tienen marcha atrás. La libertad, ese principio que muchos dicen defender, no debería obtenerse a costa de la libertad del resto. Sobre todo si es la parte más desfavorecida de una sociedad individualista que la culpabiliza de ser responsable de su situación. Lo aprendieron de la peor manera esas mujeres, muchas de ellas madres, que fueron encarceladas en aplicación de la LUC por ingresar unos gramos de marihuana a las cárceles, sin considerar las presiones que pudieron haber sufrido. Ojalá que el reconocimiento del expresidente de que ahora es necesario un liberalismo social sea compartido también por el sector de su electorado que lo había votado por tener un pensamiento conservador en lo social y liberal en lo económico.

Para terminar, quiero destacar algo que el orador dijo al pasar en la cita que seleccioné de su discurso y que por mi profesión no puedo dejar de comentar. Es innegable que la tecnología en general, y la Revolución industrial en particular, dejó como consecuencia muchos “avances para la humanidad”. Pero no fue “siempre” así y nunca lo ha sido para el total de la población. Tanto los/as artesanos/as que perdieron sus empleos en Gran Bretaña en el siglo XVIII como los numerosos ejemplos actuales de víctimas de la desocupación tecnológica pueden dar prueba de eso. También Odiseo y Oppenheimer, las poblaciones de Troya, Hiroshima y Nagasaki (de cuya destrucción hizo fecha el día del acto mencionado). Vaya si antes de actuar habrá que ponderar las opciones y sus posibles consecuencias. Los que hemos sufrido tantos jaque mate en el tablero, y en la vida, lo sabemos.

Federico Lanza es profesor de Historia.

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