La disputa por la presidencia de Brasil el 4 de octubre, entre Luiz Inácio Lula da Silva y el ultraderechista Flávio Bolsonaro, ya está, como era previsible, en el primer lugar de la agenda política regional. Su resultado no afectará solo a una población de más de 200 millones, sino también, en escala latinoamericana, la relación de fuerzas entre el progresismo y las derechas, así como la capacidad de incidencia imperialista por parte del gobierno estadounidense que preside Donald Trump, especialmente en lo referido a contrarrestar el avance de la influencia china.
Es notorio el interés de Trump en impedir que Lula sea elegido presidente por cuarta vez. Además de presionar sin éxito por la liberación de Jair Bolsonaro, preso por intentar un golpe de Estado, y de apoyar abiertamente la candidatura de su hijo Flávio, el presidente de Estados Unidos definió en mayo de este año como organizaciones terroristas internacionales a los grandes grupos criminales brasileños Primeiro Comando da Capital y Comando Vermelho, abriéndole paso a la posibilidad de intervenciones militares en Brasil. El mes pasado le impuso un arancel extra del 25% a las exportaciones de Brasil hacia Estados Unidos por presuntas “prácticas comerciales desleales”, y a esto se le han sumado tensiones diplomáticas entre Washington y Brasilia, mientras el presidente argentino, Javier Milei, abre su propio frente de conflicto con Lula, funcional a los intereses de Trump.
Escalada
Estados Unidos decidió que su nuevo embajador en Brasil iba a ser Daniel Pérez, quien comparte con el canciller Marco Rubio, además de la ascendencia cubana, posiciones muy hostiles hacia las fuerzas de izquierda latinoamericanas. El Poder Ejecutivo brasileño parece haber considerado muy probable que la primera tarea de Pérez fuera incidir en la campaña electoral y se ha tomado su tiempo para aprobar la designación. La reacción de Trump fue anunciarla el 1º de junio, sin esperar el aval en el país de destino.
Un mes después, Brasil les negó visas de ingreso a dos funcionarios estadounidenses, enviados por Rubio para que se interesaran en asuntos de “integridad electoral”. Según la agencia Reuters, fuentes de la cancillería brasileña dijeron que esto se decidió a partir de información que les atribuía la misión de replantear la narrativa sobre un posible fraude con las máquinas de votación, agitada por Jair Bolsonaro antes del triunfo de Lula en las últimas elecciones.
Luego Trump dispuso el aumento de aranceles ya mencionado, y ahora decidió revocar la visa de la embajadora brasileña en Estados Unidos, Maria Luiza Ribeiro Viotti, quien no será expulsada, pero quedó en una situación tan inusual como incómoda para una diplomática.
En medio de estos conflictos, Milei viajó a Brasil para asistir, el 26 de julio, a la proclamación de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro en San Pablo, y en un discurso de más de 20 minutos llamó “ladrón”, “corrupto” y “presidiario” a Lula. Una semana antes, Alexandre de Moraes, ministro del Supremo Tribunal Federal, le había negado a Jair Bolsonaro una autorización para recibir la visita de Milei, quien se refirió al juez en San Pablo como una “basura calva”.
La cancillería brasileña expresó su rechazo a los dichos de Milei, citó al embajador argentino Daniel Raimondi y llamó en consulta a su embajador en Argentina, Julio Bitelli. Es el repertorio habitual de medidas diplomáticas para manifestar un malestar importante, y se pensó que el incidente quedaría atrás. No parece que fuera esa la intención de Milei, quien reiteró sus ataques a Lula. A continuación, Brasil decidió que Bitelli no volviera a Argentina y que las relaciones bilaterales quedaran a cargo de meros encargados de negocios.
Perspectivas
Es probable que todo esto sea más favorable que desfavorable para los intereses electorales de Lula. En ocasiones anteriores salió fortalecido cuando vastos sectores nacionalistas de la población sintieron que Brasil era agredido desde el exterior. Además, es obvio que las relaciones económicas entre nuestros dos grandes vecinos continuarán, porque las consecuencias de una ruptura serían tremendas (especialmente para Argentina), pero el nivel de las hostilidades es el mayor en muchas décadas.
Entre otras consecuencias indeseables de la situación, se complican las negociaciones dentro del Mercosur sobre el reparto de las cuotas asignadas al bloque en el acuerdo comercial con la Unión Europea y también las relacionadas con la flexibilización de las posibilidades de acuerdos unilaterales con países o bloques externos.
Son síntomas del deterioro de la diplomacia causado por las políticas de Trump y amplificado por los gobiernos alineados con él, que afecta en mayor medida a los países menos poderosos como Uruguay. La ausencia de acuerdos internos para consolidar una política exterior de Estado y la escasa disposición a lograrlos por parte de la oposición nos colocan en una posición difícil para lidiar con las presiones estadounidenses, que puede agravarse si Lula no gana las elecciones de octubre, y el principal perjudicado no es el gobierno, sino el país.