El 28 de febrero, la alianza de Estados Unidos e Israel inició, nuevamente, un masivo bombardeo contra Irán. Los objetivos reconocidos eran la decapitación del régimen iraní, la destrucción de su infraestructura militar misilística y del programa nuclear; y la cancelación de los apoyos a sus aliados regionales. Los resultados se verían en escaso tiempo, según los informes de inteligencia disponibles. Veamos qué ha pasado tras cinco meses.
Los bombardeos iniciales alcanzaron residencias de autoridades políticas, comandantes militares y reconocidos científicos iraníes. La decapitación física de las autoridades iraníes se logró incluyendo la del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei –que fue muerto junto a familiares, entre ellos su nieta–, los ministros de Defensa y de Inteligencia, el comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, el jefe del Estado Mayor y varios jerarcas y asesores militares más. Las bajas provocadas el primer día se cuentan por decenas, y a ellas se les deben agregan 168 escolares y docentes en una escuela en Minab y 18 atletas femeninas en el complejo deportivo Azadi en Teherán. En un par de semanas, más de 8.000 objetivos fueron alcanzados. Al día 14, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, afirmaba que el ejército iraní había sido “destruido” y había quedado “militarmente ineficaz para el combate”. Días después, reiteró: “Completamos la destrucción total de la base industrial de defensa de Irán... Ya no pueden construir misiles, cohetes, lanzadores o drones; sus fábricas han sido arrasadas hasta el suelo”.
Todos conocemos las innumerables declaraciones de Donald Trump y la cantidad de veces que se ha vanagloriado de los “logros militares” y la concomitante destrucción de las capacidades enemigas. Sin duda, Irán ha sufrido importantes daños en su infraestructura militar en superficie y ha tenido innumerables bajas. Las fuentes iraníes reconocen que en los primeros 40 días hubo 3.500 muertos, 1.500 de ellos civiles. Pero lo cierto es que, tras cada nueva fase de agresión sufrida, y ya van cinco meses de guerra, la capacidad de respuesta iraní se mantiene con igual o mayor fuerza y precisión, desmintiendo esas afirmaciones. Luego de sus ataques con misiles y drones, la mayoría de la veintena de bases militares de Estados Unidos en la región han sido total o parcialmente destruidas, sus sistemas de radares terrestres mayormente inutilizados y las bajas estadounidenses reconocidas han ido en continuo aumento. Diversos medios de prensa han filtrado, recientemente, que entre muertos y heridos estas ya alcanzan las 650, y son muchos los analistas que plantean que las reservas estadounidenses de interceptores escasean.
La verdadera bomba iraní
Inexistente en un inicio, la preocupación central de Trump pasó a centrarse en la apertura del estrecho de Ormuz que, objetivamente, sigue estando en manos de Irán. Este control es la verdadera “bomba” iraní. Las negativas repercusiones de su cierre son conocidas por todos. Cada tanto, Trump saca a relucir el tema del programa nuclear iraní, que ha sido la preocupación, y a la vez el caballito de batalla, del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. La posibilidad de mantener el programa nuclear dentro de fines no militares, como establece la propia fatua de Alí Jamenei de 2003, ratificada en 2010, sigue dependiendo de los propios iraníes, aunque, luego del asesinato del líder supremo que la estableciera, es probable que haya crecido el número de quienes no la compartían. En todo caso, será un punto ulterior de negociación, como lo señalaba el memorando de entendimiento (MOU, por sus siglas en inglés), firmado el 17 de junio pasado entre Trump y el presidente iraní Masud Pezeshkián.
La prioridad actual de Trump es regresar a la situación del 27 de febrero, es decir, a un estrecho de Ormuz abierto que permita el pasaje habitual de casi un centenar de barcos diarios con petróleo, gas y mercaderías. Esto casi se había logrado dentro de las dos primeras semanas de aplicación del MOU. Sin embargo, la carta oculta que quiso utilizar Trump quebró, también en este punto, el MOU. Estados Unidos intentó generar una ruta alternativa (corredor sur próximo a las costas de Omán) para bypasear el punto 5 del MOU, que establece el rol de Irán en el estrecho de Ormuz. Ocurrió mientras se desarrollaban las masivas exequias del ayatolá Jamenei en ciudades iraníes e iraquíes. Irán amenazó y, finalmente, atacó un buque cisterna de gas catarí y un petrolero saudí, que intentaban transitar por ahí sin autorización previa. Tras ello, Estados Unidos retomó los bombardeos e Irán, por su parte, anunció el cierre total de Ormuz, volviéndose a la situación anterior al MOU.
Cabe agregar que el tránsito marítimo regional se ha vuelto aún más complejo tras el ataque saudí al aeropuerto de Saná, la capital de Yemen. Los rebeldes yemeníes, conocidos como hutíes y aliados de Irán, controlan la capital y un tercio del país, que incluye al 80% de la población, y sufren un fuerte y prolongado bloqueo impuesto por su vecino Arabia Saudita y por Occidente desde hace 11 años. Los saudíes bombardearon la pista del aeropuerto para impedir el aterrizaje de un avión comercial iraní, que regresaba a los yemeníes que acudieron a las exequias de Jamenei, y el avión tuvo que desviarse hacia otro aeropuerto. Tras esto, los rebeldes chiitas respondieron bombardeando con misiles la mayor refinería saudí sobre el mar Rojo (Jizan) y anunciando el bloqueo total al tránsito marítimo saudí por el estrecho de Bab el Mandeb, salida del mar Rojo hacia el océano Índico, que controlan. A Arabia Saudita le queda, por tanto, solo la vía del canal de Suez, que no pueden usar superpetroleros cargados, como salida de su producción, incluso para satisfacer a clientes asiáticos. Resulta inexplicable que los saudíes atacaran a los hutíes yemenitas en el actual contexto. Las exportaciones energéticas, desde la principal región productora del mundo, han quedado aún más afectadas.
¿Hacia un MOU plus?
Hay consenso entre los observadores independientes en que Estados Unidos no tenía prevista una clara estrategia alternativa a la expresada inicialmente: cambio del régimen en un par de semanas con capitulación iraní. Hoy Trump navega entre sus reiterados discursos agresivos, sin posibilidad militar de concreción, y la búsqueda de una salida que pueda vender, además, como exitosa. Si bien el MOU, acordado en Islamabad y luego violado en sus tres medidas inmediatas, le permitió ganar tiempo y bajar la presión internacional, nada indica que un posible nuevo acuerdo con los iraníes no vaya a significar un MOU plus, es decir, un memorando con mayores exigencias y de cumplimiento inmediato. Entre los nuevos temas, que podrían ser incluidos por Irán, se mencionan las situaciones del propio Yemen y de Gaza. Las autoridades iraníes nunca creyeron demasiado en el cumplimiento por parte de Estados Unidos del MOU negociado. Luego de firmado, se conoció que el nuevo ayatola, Mojtaba Jamenei, no estaba de acuerdo en hacerlo, pero derivó la decisión al ámbito colectivo del Consejo de Seguridad Nacional.
Hay consenso entre los observadores independientes en que Estados Unidos no tenía prevista una clara estrategia alternativa a la expresada inicialmente: cambio del régimen en un par de semanas con capitulación iraní.
El boicot israelí y sus planes b
Por su parte, Israel, al momento, ha podido readecuar su estrategia al resultado bélico insatisfactorio. Habiendo logrado convencer a Trump sobre una segura y exitosa acción corta e impactante sobre Irán, cuando los resultados no se dieron de acuerdo con eso, el gobierno de Benjamin Netanyahu buscó rápidamente autonomizarse del devenir del conflicto directo con Irán. En primer término, rechazó el MOU y avanzó en un acuerdo con el gobierno libanés del cristiano maronita Aoun, que contradice el primer punto del memorando, pues habilita la permanencia del ejército israelí en el sur de Líbano. En segundo lugar, ha evitado participar en la nueva fase de ataques de Estados Unidos a Irán y, a la fecha, siquiera ha planteado proponérselo. Los importantes daños, no reconocidos, provocados por la respuesta misilística iraní durante los 40 días iniciales de guerra, parecen ser parte de la evaluación implícita a la actual actitud. Serían las Fuerzas Armadas estadounidenses las encargadas de la tarea con Irán, mientras que la potencia militar israelí continúa ejerciéndose en su entorno: guetización de los dos millones de gazatíes, colonización de nuevas áreas en Cisjordania, gazatización del sur de Líbano y expansión en el Golán sirio.
Trump y Netanyahu: necesidades electorales divergentes
Todos los análisis mencionan el efecto que los resultados militares o diplomáticos pueden tener en los próximos procesos electorales, tanto en Estados Unidos como en Israel. El 3 de noviembre habrá elecciones estadounidenses de medio término y se renovarán todas las bancas de diputados y un tercio de las de senadores. La presente mayoría republicana en ambas cámaras es de pocos votos y una derrota electoral republicana tendría fuertes consecuencias sobre el gobierno de Trump. En Israel, el 27 de octubre se elegirán los 120 integrantes del parlamento, que a su vez designan, por mayoría, al primer ministro. El Likud, partido de Netanyahu, y los otros partidos coaligados que le dieron apoyo en estos cuatro años, deberán refrendar esa mayoría parlamentaria. Netanyahu, además, presenta requisitorias judiciales por soborno y otras causas. De ganar, mantendría la inmunidad implícita del cargo; en su defecto, tendría complicaciones personales.
Ahora bien, las respectivas opiniones públicas difieren en forma importante. En Estados Unidos, el cuestionamiento a lo actuado por Trump en la guerra con Irán ha venido en ascenso: una mayoría (62%) desaprueba su gestión y el 59% califica la intervención militar como una decisión equivocada. Además, la opinión mayoritariamente crítica hacia Israel ha ido en aumento año a año entre los estadounidenses, incluso dentro del electorado republicano. Es decir, un acuerdo con Irán, que pudiera ser vestido como exitoso, sería un factor favorable a Trump y los republicanos en noviembre. Aproximarse a esa fecha sin avances concretos, con crisis energética internacional, un precio del barril de petróleo al alza y concomitantes repercusiones internas, sería, por tanto, un escenario catastrófico.
En Israel la situación es diferente. Los votantes de la coalición de Netanyahu respaldan ampliamente lo actuado y, dentro de la base de la oposición, existe también apoyo, en menor proporción, fundamentado en la seguridad nacional, si bien se critica cierta incapacidad política de gestión. Esto refiere, en particular, a componentes del MOU acordado entre Estados Unidos e Irán que afectaban los intereses israelíes. Hay un factor bélico colateral criticado agregado: la concesión a los jóvenes ultraortodoxos para que no hagan el servicio militar. Entre los israelíes hay un consenso abrumador a favor de mano dura en Líbano y el 72% reivindica la permanencia militar allí. Hay unanimidad sobre la presencia israelí en el Golán sirio y opinión también favorable a la anexión de Cisjordania, aunque hay debates sobre el ritmo y la táctica. No deberían extrañarnos, entonces, en pleno proceso electoral, las actuales agresiones de colonos a los palestinos que conocemos a diario. Globalmente, un discurso guerrerista, expansionista y supremacista tiene espacio favorable a Netanyahu y sus coaligados.
De lo anterior surge que una postura unánime, como la presentada al momento de iniciarse el ataque conjunto contra Irán, no resulta igualmente beneficiosa para las respectivas campañas electorales de Trump y Netanyahu. La búsqueda de acuerdos diplomáticos que beneficiarían a Trump afectaría la campaña de Netanyahu si limitan de alguna manera la estrategia israelí como lo hacía el MOU. A su vez, un guerrerismo expansionista extremo de Israel (en Líbano, Cisjordania o Gaza), si bien da base de apoyo a Netanyahu, inhibe la posibilidad de que Estados Unidos alcance un acuerdo diplomático con Irán. En estos días, Netanyahu concurrió a la Casa Blanca a entrevistarse con Trump luego de cinco meses. No hicieron declaraciones conjuntas, pero, sin duda, la necesidad de acordar una estrategia diferenciada para sus respectivas campañas preelectorales tiene que haber estado en la conversación.
En resumen, Irán, a pesar del magnicidio, del asesinato de otros altos jerarcas, de múltiples bajas militares y civiles, de la destrucción de parte de sus activos militares y de infraestructura civil, ha logrado mantener una respuesta militar potente, cohesionar sus apoyos internos –analistas occidentales presentes estiman al menos en 15 o 20 millones los asistentes a las exequias de Jamenei– e introducir a su favor un factor geoeconómico de impacto internacional, que le permite hoy decidir las bases de una salida negociada al conflicto. Es decir, un devenir bélico por demás lejos del previsto por Trump y Netanyahu cuando decidieron el ataque a Irán.
Edgardo Rubianes es doctor en Biología y fue presidente de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación.
