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Opinión Posturas

El gobierno de Yamandú Orsi y una sucesión de eventos desafortunados

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El título de esta columna es el nombre de una serie televisiva que vi hace unos años y bien podría aplicarse a nuestro gobierno. Las declaraciones relativas a la opinión del Fondo Monetario Internacional (FMI), la eventual cooperación con Estados Unidos en la deportación de cubanos, la participación del embajador uruguayo en la internacional de ultraderecha liderada por Marco Rubio -y podría seguir una larga lista de “eventos desafortunados”- dejaron perplejos a muchos militantes, votantes y dirigentes del Frente Amplio.

Algunos escriben libros, artículos y notas de opinión para intentar exorcizar las propias contradicciones y frustraciones y desahogarse en textos de buena prosa. Dicho mecanismo solo resulta útil para el autor, pero es inocuo en términos de provocar un giro en las decisiones en materia de política exterior, solo por mencionar una de las arenas de política pública en la que un gobierno de izquierda debiera reflejar las orientaciones sustantivas definidas en el programa que presentó oportunamente ante la ciudadanía.

Paralelamente, una cuasiobsesiva difusión de encuestas de opinión apunta a la caída de la popularidad de Yamandú Orsi, colocándolo en su punto más bajo, incluso entre sus propios votantes. En tanto, algunos parlamentarios oficialistas y dirigentes trasladan la explicación del descontento o insatisfacción a la impaciencia, incomprensión o ausencia de información de los votantes y militantes que -por cierto- expresan su enojo en las redes sociales, en instancias de movilización o en reuniones de los comités de base. Depositar -en buena medida- la explicación de la caída en picada de la aprobación a la gestión gubernamental en los “otros” exime de responsabilidad política a las autoridades y elude la autocrítica imprescindible, que ha de ser constitutiva de una práctica de izquierda.

En rigor, los militantes de base se exponen en las recorridas por los barrios, por las ferias y allí donde materializan su adhesión activa al proyecto político que debería encarnar un gobierno del Frente Amplio. Presuponer que aquellos son intolerantes, impacientes o excesivamente exigentes es una muestra de cierta soberbia y autocomplacencia de quienes deberían ser los primeros en dar cuenta de errores o “corrimientos” respecto de las expectativas generadas, en cuanto depositarios de la confianza de los centenares de miles que los colocaron en la gestión de gobierno.

Depositar la explicación de la caída en picada de la aprobación a la gestión gubernamental en los “otros” exime de responsabilidad política a las autoridades y elude la autocrítica imprescindible.

Paralelamente, la oposición multicolor se empeña cotidianamente en la crítica incesante, asumiendo un papel negativo -tal vez naturalizando un estilo de larga data- por el que los insultos, la denostación absurda y las calumnias infundadas conforman un comportamiento característico de las derechas. Aunque sea reiterativo, hay que recordar que los partidos de la coalición multicolor que gobernó hasta hace poco tiempo encarnan los intereses de las élites económicas y las clases más ricas. Probablemente, y en pocos años, el sistema político se consolide en un formato fácticamente bipartidista; por ello, la izquierda debe ser más de izquierda (salvando el juego de palabras), en un contexto de radicalización de las derechas.

En este sentido, las bases militantes que conforman el torrente sanguíneo que nutre y sostiene la vida del Frente Amplio como partido manifiestan su descontento sin abjurar de su condición y pertenencia política. No se trata de sacralizar la palabra y la opinión de las bases, pero tampoco de convertirlas en simple polea de transmisión a base de lealtades acríticas y obsecuentes. El diálogo entre las élites de gobierno y la ciudadanía constituye una pieza clave en el sistema democrático.

Todas las explicaciones ex post de los sucesos desafortunados abonan, precisamente, un distanciamiento entre las bases de apoyo y los responsables de implementar las políticas públicas. Resta un trayecto largo por recorrer y se hace imperioso dar un giro significativo, sobre todo alineado al proyecto de transformaciones, y especialmente porque la población en su conjunto aguarda la resolución de los problemas sociales más agudos. Ciertamente, algunos avances se plasmaron en el proyecto de Rendición de Cuentas, pero están lejos de colmar las legítimas expectativas y son aún insuficientes en cuanto respuestas plausibles a las necesidades y demandas de las enormes mayorías populares.

¿Será posible un ajuste de las orientaciones de gobierno conforme a un mayor alineamiento con las posturas del partido político que lo sostiene? ¿Tendrán eco las voces de las bases militantes en la cúspide del poder estatal? ¿Hasta dónde podrán ser permeadas las decisiones oficialistas en aras de recuperar la credibilidad de la población? Las respuestas dependen de unos y otros; de la capacidad de receptividad de los gobernantes y de la capacidad constructiva de sus bases.

Christian Adel Mirza es profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.