Vi La Odisea. Los efectos, los animatronix, la increíble fotografía, el camino del héroe. Fue como ver una película vieja. Pero se estrenó en 2026. Y por eso, esta columna.
Durante 2.700 años se contó una sola historia. La de un hombre que vuelve a casa. Recién en 2017, con la traducción de Emily Wilson –la primera versión completa al inglés hecha por una mujer–, alguien se propuso leer a Homero sin adornos ni palabras de más, sin suavizar la imagen de los griegos y sus atrocidades. Ese trabajo minucioso terminó siendo también un acto político: al despojar el texto de siglos de traducciones que agregaban de más, aparecieron voces que estaban ahí desde siempre y que nadie se había tomado el trabajo de escuchar. Las 12 sirvientas que Odiseo manda matar al final del poema, por ejemplo: en las traducciones anteriores eran “prostitutas” que merecían su suerte; en la de Wilson son mujeres esclavizadas, obligadas, sin culpa. Odiseo, de paso, deja de ser el héroe intachable: es terco, manipulador, mentiroso, un estratega que también miente por deporte. Humano, no ejemplar.
Otros casos destacables son el de Margaret Atwood, quien en Penélope y las 12 criadas narra la historia desde el Hades con la ironía de una mujer que ya no le debe solemnidad a nadie, ni siquiera a su fama de esposa fiel. En Ithaca, Claire North reescribe el reino de Ítaca con Hera como narradora y pone el foco en las mujeres que sostienen un territorio sin ejército mientras esperan el regreso de Odiseo. Carmen Estrada llegó incluso a plantear la hipótesis de que la Odisea pudo haber sido escrita por una mujer. Por su parte, Madeline Miller dedicó una novela entera a Circe, no como la hechicera seductora de la tradición, sino como una mujer que busca construir su propia identidad en un mundo dominado por dioses y héroes.
Toda esa genealogía –la de devolverles complejidad a las mujeres de la Odisea– es la que Christopher Nolan dijo tener presente. Citó a Wilson en cada entrevista de prensa. Contó que la primera línea de su traducción –“cuéntame de un hombre complicado”– fue la brújula con la que construyó a su Odiseo. Y, sin embargo, la misma Wilson acaba de destrozar la película: publicó una reseña de más de 4.000 palabras en la London Review of Books en la que dice, sin vueltas, que se avergonzaría de haber escrito una sola línea de ese guion. Su argumento central es el que a mí también me dejó pensando al salir de la sala: ninguna de las mujeres tiene demasiado para decir. La Calipso de Charlize Theron, que en Homero es una diosa poderosa, de una elocuencia que discute de igual a igual con los dioses, en la película queda reducida a una especie de terapeuta improvisada para un Odiseo con estrés postraumático. Nolan invocó a la traductora que les devolvió la voz a estas mujeres y filmó, otra vez, la misma película de siempre: la de un veterano de guerra yanqui que vuelve a casa, con un decorado de diosas alrededor.
Penélope no espera. Penélope gobierna. Administra un reino durante 20 años ella sola, cría a un hijo, contiene una corte de pretendientes armados con nada más que su inteligencia, teje y desteje su telar como muestra de su estrategia política y sostiene la soberanía de Ítaca más tiempo del que duró la guerra de Troya.
Ahí está el problema de fondo, el que ni la traducción más fiel ni el reparto más prestigioso alcanzan a resolver del todo: la Odisea funciona con dos relojes distintos. El tiempo de Ulises es aventura, conquista, desvío, monstruo tras monstruo. El tiempo de las mujeres es espera, repetición, cuidado. Circe, Calipso, Escila, las sirenas: todas figuras asociadas al peligro, a la seducción, al obstáculo que hay que superar para seguir viaje. Mientras él recorre el Mediterráneo, ellas quedan ligadas al hogar, o encarnan aquello de lo que hay que escapar.
Y ahí es donde más se nota lo que ninguna adaptación, ni siquiera la de Nolan con su elenco de estrellas, termina de contar: Penélope no espera. Penélope gobierna. Administra un reino durante 20 años ella sola, cría a un hijo, contiene una corte de pretendientes armados con nada más que su inteligencia, teje y desteje su telar como muestra de su estrategia política y sostiene la soberanía de Ítaca más tiempo que el que duró la guerra de Troya. Eso no es fidelidad pasiva. Es la épica de sostener el mundo mientras alguien más se va a buscar la gloria. Esa es la odisea que todavía nadie filmó.
Ximena García es socióloga, magíster en Educación y diplomada en Estudios Feministas. Es conductora del programa radial Regenerades.
