la diaria Posturas

Ilustración: Ramiro Alonso

Pegagogía: las (no tan) nuevas derechas

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Las nuevas derechas vienen ganando terreno como baobabs en el asteroide B-612. Las explicaciones de su dominancia están siendo examinadas por intelectuales, científicos, políticos, periodistas, asesores de comunicación y un largo etcétera. Se lee y se escucha de todo un poco. En el collage, sobresalen algunas puntas analíticas que parecen estar meridianamente claras. Sabemos que las barandillas procedimentales, “elegantes y correctas” de la política y la diplomacia perdieron peso y cedieron al decisionismo político pragmático. Damos cuenta de que el campo de la impunidad se ensanchó para los poderosos con la desacreditación del derecho positivista liberal y el multilateralismo, especialmente el nacido tras los horrores de las guerras mundiales del siglo XX. Las nuevas derechas se despliegan en los límites del juego de la organización republicana y democrática, y a menudo salen y entran del tablero sin consecuencias. Tenemos claro que lo inconveniente e incómodo mutó en útil y que lo incorrecto se hizo atractivo. Identificamos que hay nuevas derechas que se piensan populares, pero son electoralistas, y que hay nuevas derechas en la élite tecnológica que se presentan salvadoras, mesiánicas, pero son destructivas y supremacistas. Ambas hacen del odio su motor, su terreno son las emociones viscerales, pero no por ello están exentas de ideas. Su plataforma es el estilo de la política pragmática ramplona, mentirosa y violenta, que azuza y mediatiza emociones. El título de su manifiesto podría ser más “pegagogía” y menos pedagogía.

La contracara de las nuevas derechas parece estar más cerca de la actividad del pensar intelectual, nacida en la Ilustración y cristalizada en las ciencias desde el siglo XIX, que en las propias izquierdas. Aunque hoy no sea tan nítida la vinculación, no es posible negar que esta tríada ha caminado hombro con hombro durante décadas. Quizás por esto, a mi juicio, el aparato conceptual, científico e intelectual sobre las nuevas derechas viaja lento y estará llegando tarde. Claro que hay otras posibles explicaciones. No puede dejarse de lado las desorientaciones que producen las nuevas formas tecnificadas de hacer política para generaciones no nacidas en este siglo que son, justamente, las que lideran los procesos políticos y ocupan cargos de autoridad. Tampoco se puede perder de vista que es más sencillo comprender un fenómeno pasado, con acumulación de conocimiento y debate, que uno físicamente y virtualmente vivo. Sin embargo, hace décadas estamos asistiendo a una silenciosa (o en voz baja) erosión del campo intelectual y, en menor medida, científico. Hay un giro cognitivo hacia los técnicos hiperespecializados y los buenos administradores de pruebas que recogen evidencia, frecuentemente de forma irreflexiva. Son ellos quienes están acaparando los recursos económicos que dispone, en parte, la política pragmática.

La lenta y tardía construcción del esquema de inteligibilidad sobre las nuevas derechas es un problema urgente. Por más serie de hechos, acciones, medidas y demás casos singulares que podamos identificar en el plano empírico, poco vuelo comprensivo se podrá hacer y respuesta estratégica desplegar sin un cuerpo o modelo conceptual orientativo. Los esfuerzos de los últimos años se han dirigido a explorar neologismos, examinar innovadores modelos teóricos y sofisticadas categorías explicativas. Creo que este es un camino necesario para recorrer. No obstante ello, más allá de las eras de la información, digital y de la inteligencia artificial, hay nudos presentes con tufo conocido. Intentemos entonces un acto de resistencia, unirnos a la actividad del pensar un rato, hacer pedagogía con los lentes de los “clásicos” de inicios del siglo XX. Hagamos esta tarea sin brindar contenido delivery, todo digerido, sin llenar de ejemplos que una búsqueda en internet o un prompt en la IA hacen de manera más eficiente y exhaustiva.

Propongo dar un paseo rápido y directo –ideal para los que no se cuelgan con la teoría– por Walter Benjamin y Carl Schmitt, dos intelectuales alemanes absolutamente antagónicos por donde se los examine. El primero de origen judío, de izquierda y del campo de las artes. El segundo, nazi, proveniente del conservadurimso católico y del campo del derecho decisionista. Ambos, desde distintos lugares de enunciación, suscribieron la actividad del pensar, el ejercicio de romper con los esquemas de inteligibilidad de su época para aprehender el mundo de efervescencia ideológica que les tocó vivir. Los dos, con sus diferencias, produjeron una obra cuya lucidez parece observarse hoy en las manifestaciones de las nuevas derechas.

Entre 1920 y 1921 Benjamin escribió Para una crítica de la violencia, ensayo en el que reflexiona acerca de los usos y justificaciones de la violencia con base en un esquema de razonamiento de medios y fines. Eran tiempos de la joven (y corta existencia) República de Weimar, del padecimiento y la reconstrucción de los desastres que había dejado la Gran Guerra, pero también de la radicalización de las derechas, el movimiento espartaquista y más, mucho más. En esos años, Benjamin realizó una crítica a la legitimidad y legalidad de la violencia estatal. Se preguntaba si era posible justificar la utilización de la violencia como medio para lograr lo justo (fin). Llamaba la atención sobre los riesgos de que la violencia mítica (en oposición a la violencia divina de los medios puros) se convirtiera en un fin para sí misma, para perpetuarse, aunque “escondida”, en el orden jurídico. No puede imaginarse ningún compromiso respetado sin un componente coactivo, capaz de derramar sangre y, por lo tanto, de administrar la muerte y la vida (característica inconfundible de la violencia mítica).

Hace décadas estamos asistiendo a una silenciosa (o en voz baja) erosión del campo intelectual y, en menor medida, científico. Hay un giro cognitivo hacia los técnicos hiperespecializados y los buenos administradores de pruebas.

El desarrollo de la reflexión de Benjamin comienza con la contraposición entre el derecho natural, para el que la violencia es parte constitutiva de la condición humana, y el derecho positivista, que sostiene que la violencia es un producto histórico, básicamente. Mientras al primero le preocupa que los fines sean justos (se desentiende si los medios son o no violentos), el segundo pone foco en que la violencia se utilice por medios legales. De su combinación surge que los fines justos se alcancen con medios legales y que los medios legales se usen para fines justos. En este encuadre que rápidamente estoy trazando, Benjamin se interesó por la violencia mítica encarnada en la figura de “El Gran Delincuente”. La violencia mítica es una fuerza radical, inmediata y rapaz. Su función histórica ha estado al servicio del poder de los reyes, señores, el káiser. La violencia mítica culpa y expía con sangre, exige sacrificio y dispone de la vida de los propios y de los ajenos. En este tipo de violencia aparece “El Gran Delincuente”, el héroe de la violencia del mito, la figura fuerte e implacable a la que se admira y que, algunos, adoran. Este, dice Benjamin, amenaza con fundar un nuevo derecho, puesto que, como se dijo, la violencia crea orden jurídico y luego encuentra allí su cobijo. Primero la acción despiadada, luego el derecho que la legaliza.

Schmitt escribe El concepto de lo político en 1927 y lo vuelve a editar en 1932 y 1933, en consonancia con el ascenso del partido nazi en Alemania. El Partido Nacional Socialista Obrero Alemán se crea en 1920, Hitler intentó un golpe de Estado en noviembre de 1923 y estuvo en prisión hasta finales de 1924. En las elecciones de 1932 el partido nazi obtuvo el 33% de los votos (el partido más votado). En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller por el presidente Hindenburg y en marzo de ese año pidió al Reichstag plenos poderes sin limitaciones constitucionales para gobernar por decreto de emergencia. Esta es la coyuntura de la pluma de Schmitt a la que hay que añadir su especial animadversión por la “primavera liberal” de las naciones europeas de 1845 que amenazó a las monarquías, y que en 1871 llevaron a crear un Imperio alemán parlamentarista y constitucional. Con este contexto en mente, Schmitt se preguntó cuál es la esencia de lo político. Su respuesta fue concreta: el criterio que distingue a lo político es el antagonismo existencial, la lucha óntica, entre amigos y enemigos, y la posibilidad real de eliminar al enemigo, a pesar de no llevarlo a cabo. El enemigo es el hostis, aquel extranjero con derechos semejantes al ciudadano nativo en la Antigua Roma que derivó en el actor antagónico por su ser y no por estar en el territorio. Desde este lugar, Schmitt se posiciona cercano al derecho natural y la violencia mítica que criticaba Benjamin. Justifica la posibilidad de la destrucción física de la vida humana como afirmación de la propia existencia. Germany first, podría haber expresado Schmitt, aunque en alemán, claro está. El enemigo no es un criminal, sino la verdadera negación pública de los amigos. La lucha no deriva de un problema personal, de la competencia en el mercado, entre clases sociales o por rivalidad político-partidaria. La lucha es ontológica y la guerra es su manifestación extrema.

Quien impone la pauta, la decisión sobre los enemigos, es el soberano en la unidad organizativa estatal. La pauta es pública, transparente y directa, no es diplomática y no se esconde. Schmitt fue uno de los críticos más duros del Estado Total, aquel donde las fronteras entre la política y la sociedad se difuminan, donde el Estado interviene en la cultura y la educación, y la economía liberal se pone por encima de la política. También fue un furioso crítico del multilateralismo, diríamos hoy. Arremetió contra los pluralismos estatales, asociaciones y federaciones. En particular rechazó la creación de la Liga de las Naciones –un instrumento de paz para amortiguar los conflictos internacionales–, que luego, tras la Segunda Guerra Mundial, derivó en las Naciones Unidas, hoy cuestionada por la violencia mítica. Schmitt decía que estas organizaciones plurales por encima de los estados buscaban limitar la soberanía de las organizaciones políticas unitarias de forma irreal negando la posibilidad de la lucha existencial contra el enemigo. Trató a la Liga de las Naciones de montaje, de postulado ideal e imperial. Junto con ello descargó su artillería contra el humanismo, la humanidad, por ser un instrumento al servicio del imperialismo. Evidentemente, un antiwoke.

Mientras Benjamin describe con detalle conceptual lo que después concretaron las derechas fascistas y nazis de su tiempo, las mismas que terminaron con su vida, Schmitt es un letrista, un intelectual orgánico, del nazismo y luego del franquismo. No creo que haga falta desplegar la lista sistemática de casos singulares de nuestro tiempo para dar cuenta de la vitalidad del debate de los intelectuales expuestos, ni de la potencia de sus conceptos para describir la coyuntura geopolítica o las políticas de seguridad nacional de América Latina. Lo que se necesita hoy es un aparato conceptual con anclaje, pero con suficiente capacidad analítica para la persuasión y la imaginación de respuestas. En esta línea creo que “lo viejo funciona” y que revitalizar la actividad del pensar intelectual es una tarea crucial para hacer honor al vocablo comprender, pero también para diseñar respuestas quirúrgicas y hacer pedagogía pública.

Gabriel Tenenbaum es profesor adjunto del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

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