A 30 años de mi ejercicio profesional en la formación de docentes y a 40 años de procesos de formación ininterrumpida desde el inicio del profesorado de Filosofía en 1986, me permito realizar algunas reflexiones sobre el Plan de Titulación de docentes de Educación Media a espaldas de la formación en educación. Estas son fruto de la discusión y deliberación colectiva que crea perspectivas y consensos sobre la formación profesional de los educadores. Numerosas asambleas técnicas, ámbitos sindicales y espacios de departamentos académicos han fermentado estas ideas que hoy expreso bajo mi propia responsabilidad.
Titular docentes en ejercicio que no han culminado su formación es un mecanismo que se ha puesto en acción en varias instancias, pero en diferentes circunstancias políticas y culturales de la historia de nuestro país. Instalar este tema en nuestro tiempo ofrece algunas reflexiones que inquietan.
Ejercer la docencia sin formación o con formación incompleta, por acumulación de experiencias y por mera repetición de prácticas de enseñanza, apenas alcanzaría la forma de actividad, pero no de acción educativa. Es un poco extraño dar por supuesto que ser profesor es posible sin una formación profesional, y que es poco relevante atravesar campos disciplinares diversos que aportan para la complejidad que requiere la enseñanza de una materia. Sería al mismo tiempo desconocer que para aprehender un campo de saber, se requiere participar de espacios de estudio, incorporarse a ámbitos de deliberación y discusión académicos sobre objetos a descubrir, indagar y caracterizar. Es raro sepultar el sentido de praxis, tan imprescindible en la profesión docente, en la que se conjugan reflexión y acción, donde se ofrece la dialéctica teoría-práctica.
Es aún más conmovedor plantear la docencia como tarea individual y no como tarea junto con otros, y crear este estímulo salvador para unos, al mismo tiempo que se crea un efecto negativo para otros. Contraponer experientes personas que ejercen la docencia y jóvenes que están en formación próximos a su egreso es síntoma de neoliberalismo. Todos contra todos y sálvese quien pueda en esta lucha por sostenerse en un puesto o por alcanzar un empleo. Pero en términos de profesión docente, esto es algo más profundo y constituye un mecanismo más de ataque a quienes eligen el camino de educar como tarea profesional.
Las cataratas de desprofesionalización que hemos venido sufriendo no dejan de ser desenfrenadas y cada día parecen fustigar más fuerte el valor de las profesiones docentes. En los últimos quinquenios la desprofesionalización se ha naturalizado tal como una moda. Ser docente es obtener títulos vacíos de cartón: “Licenciado en Pedagogía”, proclamando así el reconocimiento universitario de la profesión docente, pero sin formación universitaria; ser docente es acudir a llamados a aspiraciones para ejercer como profesional en la formación de educadores que habilitan a los más diversos campos del saber sin importar su especificidad; ahora, ser docente es obtener la titulación –con mitad del camino de formación profesional– para ejercer en la educación media.
Estos mecanismos se suman a otras tantas formas de desplazamiento de la identidad profesional de los educadores que se camuflan en expresiones vaciadoras de sentido tales como: líderes pedagógicos, tutores, mentores y dinamizadores, que ocupan cargos de responsabilidad de gestión y de articulación en las diversas instituciones del sistema educativo público estatal.
La tendencia mercadocéntrica ha naturalizado que la educación pública sea reducida a un puñado de competencias dentro de un currículum flexible e innovador diseñado por expertos que son capaces de balizar el camino de los niños y jóvenes de esta era tecnológica. Currículum, competencias y evaluación a partir de criterios de logro estandarizados se tornaron temas de expertos que colonizaron el campo de la educación, al tiempo que se ha ido desplazando a los docentes de la elaboración de programas, de la selección fundamentada de contenidos y del diseño de metodologías y criterios de valoración de los aprendizajes de los estudiantes.
De este modo, educar ha quedado encorsetado en componentes instrumentales y la actividad educativa se entiende que ocurre en ciertos entornos de aprendizaje, acompaña trayectorias educativas a modo de transeúntes que solo miran el egreso. En forma simultánea, se produce la monopolización del conocimiento por fundaciones privadas que definen las metas y los indicadores, los componentes y los lineamientos estratégicos a seguir, y este es el repertorio discursivo que estructura las planificaciones presupuestales de cada quinquenio.
La educación como agenda global opaca el sentido de las políticas educativas y se genera sin los protagonistas. Los educadores son concebidos como ejecutores del currículum y los estudiantes apenas son datos de ingreso y egreso; ambos son sujetos sin historia, sin cultura y carentes de enclave geográfico. En coherencia con este poder educativo internacionalizado, la profesión de enseñar ha sido desarraigada de sus sentidos fundacionales de llevar el conocimiento a las jóvenes generaciones para que se apropien de él y lo transformen.
La educación uruguaya también ha sido regada con esta visión tecnocrática. Currículum, competencias y evaluación, cual mantras, se repiten en todos los niveles. Las reformas educativas encubiertas bajo el manto de “transformación educativa” han penetrado en profundidad en los cimientos de nuestro sistema educativo. Las evidencias se suman, pues en la segunda parte de la formación –la que no sería necesaria en este plan de titulación– es donde se encuentran los cursos que abordan las bases éticas, antropológicas y epistemológicas de la educación; las temáticas referidas a derechos humanos, la preparación inicial en investigación educativa, así como saberes didácticos y específicos más complejos. ¿Azar o profecía desprofesionalizante?
Siendo herederos de tan ricas tradiciones educativas autonómicas, cuya brújula fue desvelar las relaciones humanas injustas, desestructurar las razones de la desigualdad social, ir contra la ignorancia y la pobreza, hoy el mensaje de las autoridades de la educación se pliega al más cruel modelo neoliberal. Una paradoja se percibe, al tiempo que celebramos las misiones sociopedagógicas y declaramos el año de Enriqueta Compte y Riqué, se crean fisuras para que la educación pública no pueda avanzar hacia sentidos superadores.
Anunciar y poner en acción un “Programa de titulación en servicio” tan laxo es poner en la palestra un campo de fuerzas en tensión y dejar a la vista una serie de contradicciones, o quizás de movimientos poco alentadores del valor de la educación pública. Es desvalorizar el esfuerzo que tantos estudiantes de profesorado en todo el país realizan para atravesar cada curso mediante evaluaciones y desarrollar sus prácticas de enseñanza año a año.
Cabe preguntarse: ¿cuál es el lugar de la educación en un sistema educativo sin formación cultural, pedagógica, didáctica, ética, epistemológica? ¿Esto implica que el Estado renuncia a los fines de la educación pública: proveer cultura, saberes y valores que promuevan ciudadanos críticos y construyan democracia? Resulta paradójico que mientras está en el parlamento el proyecto de creación de la Universidad Nacional de Educación, como mojón histórico y como camino institucional para fortalecer la profesionalización de los educadores, surja este planteo de otorgar títulos vacíos.
Crear un campo de disputa por los puestos de trabajo, en lugar de habilitar la educación como tarea humanizadora, genera preocupación. Ser docente no es únicamente una opción laboral a través de la cual alcanzar un salario en una sociedad que desemplea; es una opción profesional con alta responsabilidad social.
Este mecanismo ¿no será una forma de divinizar el orden tecnocrático que cada día nos ofrece más violencia, más egoísmo, más barbarie? No es tiempo oportuno para eclipsar los horizontes de la educación pública y de alejarnos de la tarea de humanizar, en medio de tanta deshumanización. Formación significa formarse en acción, acceder al conocimiento para abrir horizontes en términos de justicia, igualdad, diversidad y fraternidad.
La docencia es un quehacer colectivo, es un nosotros político y es potenciación de niños y jóvenes. Para que esto sea real, se requieren profesionales formados, que accedan a los distintos niveles del sistema educativo por concurso, que junto con los estudiantes habiten edificios educativos bien acondicionados, tengan aulas equipadas y cuenten con el apoyo de grupos multidisciplinarios.
La docencia es un quehacer colectivo, es un nosotros político y es potenciación de niños y jóvenes. Para que esto sea real, se requieren profesionales formados, que accedan a los distintos niveles del sistema educativo por concurso.
Estimadas autoridades de la educación, permitan poner a la educación en las instituciones educativas como “telar de esperanza”1, para poder tejer con los hilos del conocimiento y de la justicia mejores ropajes a las infancias y juventudes que les ha tocado atravesar este mundo de luces que encandilan y de sombras que duelen. Transformación sin formación es una misión imposible.
Menoscabar la formación profesional es alimentar la vulnerabilidad que sufren las personas al decaer sus lazos vinculares y los soportes de su existencia. Es irrenunciable la formación de grado y de posgrado. Clausurar la formación es quitar la centralidad del estudio como camino de superación. Crear tiempos y espacios de estudio es un principio de igualdad democrática vareliano en el cual construir lo común, lo colectivo y sentar las bases de la convivencia social.
El neoliberalismo despoja la vida e instala la muerte, fomenta la violencia y aleja la paz, esclaviza en lugar de emancipar. Proclamar eslóganes de ciudadano global, identidad digital, aprendizajes básicos y cultura tecnológica solo agudizan las brechas entre pobres y ricos. Entre los que podrán y los que no podrán. El tecnocapitalismo sigue socavando los valores y los fines de la tarea de educar.
Exhortamos a que a las actuales autoridades –con perspectiva progresista– se les ocurra sostener argumentos para enaltecer la formación de los docentes de la educación pública, en lugar de “titular” cual designio estratégico que renuncia al sentido profesional que les permite ser portadores de saberes. Saberes, valores y prácticas que, entonces sí, les habiliten a experiencias viables que denuncian inescrupulosas ideologías e impulsan hacia utopías posibles. Sentir profesional que sienta el amor profundo por el estudio, por la enseñanza, por la investigación y que pueda contagiar a otros a embarcarse en caminos de superación personal y colectiva.
Quienes elegimos cada día la profesión docente sostenemos que educar es una tarea profundamente política, ética y estética. Por tanto, el derecho a la educación comprende los derechos de quienes aprenden y los derechos de quienes enseñan. El derecho de los educadores es formarse para abrir horizontes de justicia y su deber es abrir puertas para que los proyectos de vida de las personas y de los pueblos tengan cabida en un mundo que nos pertenece a todos. Sin conocimiento no hay reconocimiento; sin formación, poco podemos avanzar hacia otros mundos posibles.
Nirian Carbajal Rodríguez es profesora efectiva en los cursos de Pedagogía y Filosofía de la Educación del Centro de Formación en Educación.
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Expresión utilizada por Carlos Cullen en su obra Perfiles éticos políticos de la educación (2004). ↩