Hay ideas que no mueren con quienes las pronuncian. Quedan sembradas en el tiempo, atraviesan generaciones y vuelven a germinar cuando la historia vuelve a necesitarlas. Toda izquierda necesita sembradores, personas capaces de imaginar un mundo que todavía no existe y convertirlo en ideas, organización y lucha. Don Emilio Frugoni fue uno de ellos.
Hace 57 años, un 28 de agosto de 1969, falleció quien más de un siglo atrás fundara el Partido Socialista (PS), primer partido político de izquierda del país, y se convirtiera en su primer diputado. Su legado atraviesa la historia política uruguaya y sigue sembrando preguntas sobre nuestro presente y, especialmente, sobre el futuro que la izquierda quiere construir.
Frugoni fue abogado, periodista, poeta, ensayista, docente, decano, legislador y constituyente, pero, ante todo, un hombre de ideas que hizo de la política una herramienta de transformación. Construyó un socialismo democrático y humanista, comprometido con la libertad, la igualdad y la emancipación.
A comienzos del siglo XX, cuando buena parte de América Latina estaba atravesada por sistemas oligárquicos, profundas desigualdades y derechos restringidos, Frugoni representó una izquierda avanzada para su época. Defendió el sufragio universal, los derechos de las mujeres, la reforma agraria, la legislación laboral, la organización sindical y la ampliación de la democracia. Para él, el socialismo era una concepción integral de la emancipación humana.
Ser de izquierda, para Frugoni, implicaba ampliar los límites de lo posible, no mediante la ilusión de que basta proclamar un futuro deseable, sino a través de organización, pensamiento y acción política. Escribió, debatió, legisló y construyó herramientas para transformar las injusticias de su tiempo. Fue radical en el sentido más profundo, quiso ir a las raíces de las desigualdades, pero desde una concepción democrática y reformista.
En 1940, al dirigirse a las juventudes socialistas en su congreso fundacional, Frugoni resumió esa actitud: “Si juventud quiere decir (...) compromiso con el porvenir y no alianza con el pasado (...), yo solo sé de una manera de ser cabal y verdaderamente joven: ser joven y ser socialista”. Claramente, no estaba definiendo una edad, sino una actitud frente a la historia: asumir el futuro como responsabilidad.
Más de un siglo después de aquella siembra, la izquierda uruguaya tiene una historia que nadie puede desconocer. Gobernó el país durante tres períodos consecutivos y, tras cinco años en la oposición, volvió al gobierno nacional por cuarta vez hace ya un año y medio. Entre 2005 y 2020 Uruguay cambió profundamente, se reformaron el sistema tributario y de salud, se recuperó la negociación colectiva, se amplió la protección social y la inversión educativa, se creó el Sistema Nacional de Cuidados y el gobierno digital, se profundizó la descentralización, se transformó la matriz energética y se ampliaron derechos, significando todo esto una fuerte reducción de la desigualdad.
Muchas de esas medidas, antes presentadas como radicales, terminaron incorporándose al sentido común uruguayo. Esa historia importa no para convertirla en nostalgia ni para negar sus errores y deudas, sino porque demuestra que la izquierda puede transformar la realidad. Pero, precisamente porque aprendimos a gobernar, necesitamos volver a aprender a imaginar.
Tabaré Vázquez sintetizó una parte fundamental de esa tradición iniciada por Frugoni en su discurso de asunción de 2005: “Cambios posibles, trabajaremos con la mirada en la utopía y los pies en la realidad”. Esa combinación debería seguir siendo una seña de identidad de la izquierda; ni administrar lo existente en nombre del realismo ni construir futuros abstractos desconectados de las posibilidades concretas de transformación.
Por supuesto que gobernar también significa resolver los problemas de la vida cotidiana, pero nuestra izquierda no puede reducirse a administrar lo posible. Necesita construir un horizonte, un proyecto de país que permita orientar las decisiones del presente hacia el futuro que queremos. Este no es solamente un desafío uruguayo. Es una dificultad que atraviesa a buena parte de las izquierdas y los progresismos del mundo. Vivimos una época marcada por el avance de las extremas derechas, los discursos de odio, el debilitamiento del multilateralismo y una concentración de la riqueza y el poder que profundiza las desigualdades estructurales.
Ser fieles a Frugoni es asumir, como pidió a las juventudes socialistas en 1940, el compromiso con el porvenir y hacer de ese futuro una tarea del presente.
Este contexto desafiante nos lleva a hacernos una pregunta que Frugoni tenía muy presente: ¿quién controla los recursos que determinan nuestra vida colectiva y para beneficio de quién son utilizados?
Por eso necesitamos volver a hablar de redistribución, no solo de la riqueza, sino también del poder y de los beneficios del progreso tecnológico. En este sentido, el próximo Congreso del Frente Amplio (FA) será una oportunidad especial para esta discusión. Tenemos el desafío de generar un espacio de intercambio y síntesis que nos permita pensar los rumbos políticos de nuestra fuerza, con la mirada puesta más allá de 2029, sin perder de vista el desafío inmediato de construir las condiciones para volver a ganar. El momento que atravesamos nos invita a estar a la altura de esa responsabilidad y a seguir construyendo colectivamente el proyecto de país que queremos, más allá de los tiempos electorales.
Ahí vuelve a aparecer Frugoni. Su mayor legado no es un acervo en el cual buscar respuestas para cada problema de nuestro tiempo, sino la confianza en que la sociedad puede transformarse y que la política tiene la responsabilidad de hacerlo posible.
Allí el Partido Socialista tiene una responsabilidad histórica, necesita reconectar con su tradición fundacional, no para refugiarse en el pasado, sino para recuperar la razón por la que nació: pensar el Uruguay que todavía no existe y construir, desde las posibilidades concretas del presente, las herramientas para transformarlo. El FA necesita de sus partidos de ideas, y el PS tiene el deber de aportar pensamiento crítico, debate y propuestas realistas a la discusión sobre los rumbos de nuestra fuerza y del país.
Frugoni fue un sembrador. Vázquez, décadas después, nos recordó que para transformar hay que tener la mirada en la utopía y los pies en la realidad. Nuestra generación recibe esa herencia en un mundo profundamente distinto. Nos toca a nosotros trabajar sobre las preguntas que el presente todavía no ha respondido.
Más de 100 años después de aquella siembra y a 57 de su fallecimiento, toca preguntarnos qué queremos sembrar nosotros y qué futuro queremos ayudar a construir. Ser fieles a Frugoni es asumir, como pidió a las juventudes socialistas en 1940, el compromiso con el porvenir y hacer de ese futuro una tarea del presente. Ese es el desafío: imaginar un futuro que todavía no existe y organizarnos para hacerlo posible.
Nicolás Wirgman es secretario general de la Juventud Socialista.