El martes de esta semana, un intento de femicidio en la Facultad de Medicina de la Universidad de la República llamó la atención sobre problemas profundos de nuestra sociedad. La oleada de movilizaciones con reclamos de prevención fue una respuesta potente en la dirección correcta, y para prevenir es preciso identificar con claridad los factores en juego.
En ese sentido, resulta imperioso evitar los razonamientos incorrectos de falsa oposición, que Carlos Vaz Ferreira explicó a comienzos del siglo pasado. Dos de ellos abundaron en la discusión pública sobre lo que pasó el martes.
Por un lado, muchas personas argumentaron como si hubiera que elegir entre la violencia patriarcal y el trastorno de la salud mental para identificar una causa excluyente. Por otro lado, se planteó una contraposición sin sentido entre lo individual y lo social. Ambos enfoques empobrecen el debate, lo ubican en un marco de polarización improductiva y dificultan la prevención integral.
No eludir los datos de la realidad es el primer paso para construir cambios. Parece claro, por los actos y los antecedentes del victimario, que este tiene una historia de trastornos de la salud mental. A su vez, está claro que esos trastornos se desarrollaron en nuestro contexto social de desigualdad de género, con fuerte persistencia de corrientes ideológicas que naturalizan el machismo y crean condiciones favorables para la violencia, incluso hasta el extremo del femicidio. Por algo es muy infrecuente que las uruguayas con problemas de salud mental intenten o logren matar a varones.
Varios trastornos mentales se nutren de los datos disponibles en la vida cotidiana de las personas afectadas. A comienzos del siglo XIX, en Francia era muy frecuente la “monomanía” de creerse Napoleón Bonaparte. Hace algunas décadas abundaban en Uruguay los delirios relacionados con la guerrilla y la dictadura. En la actualidad, los problemas de muchas personas se agravan por la exposición a desvaríos difundidos mediante internet, y entre ellos la subcultura del odio antifeminista, que potencia el patriarcado milenario, es particularmente riesgosa, entre otras cosas porque dificulta la percepción de que se padece un trastorno.
Las estrategias de prevención deben abarcar todos los factores. El caso de esta semana agrega señales de alerta sobre el arraigo de la ideología patriarcal, la necesidad educativa de construir masculinidades igualitarias y el desamparo de las mujeres, que incluye dificultades para que haya disposición a recibir sus denuncias con respeto y darles respuestas oportunas. También señala la insuficiencia de los recursos y la capacitación en el sistema educativo para detectar trastornos mentales peligrosos, reconocer su relevancia e intervenir a tiempo con medidas de asistencia y protección. A la vez, pone de manifiesto la urgencia de una tarea muy difícil: la de diseñar y aplicar con eficacia normas para hacerle frente a la influencia nociva de los discursos de odio.
Batallar en una sola de esas áreas o desdeñar la importancia de cualquiera de ellas solo puede conducir al fracaso.