El presente análisis sugiere la hipótesis de que parte de la epidemia de violencia basada en género que está viviendo el país se enmarca en la noción de que el nihilismo y el resentimiento podrían ser posibles causas –no las únicas– de la permanente violencia hacia mujeres, niñas y niños en Uruguay. Nihilismo y resentimiento que se desprenden de un proceso profundo e ininterrumpido de neoliberalización cultural –no solo económica– de la sociedad uruguaya y que ha permeado fuertemente dentro de una parte de los varones cisgénero uruguayos –y no solo uruguayos–.
Este análisis no relega a otros, no pretende imponerse sobre otros, ni es la verdad absoluta; apenas intenta complementar, aportar y conducir a la reflexión para entender algunas posibles causas muchas veces ocultas, o imperceptibles, e intentar orientar a buscar soluciones, las cuales son urgentes.
Nihilismo, nuevos viejos valores y el abrazo masculino a las nuevas corrientes de derecha y extrema derecha
“Dios ha muerto”, anuncia Nietzsche ante la devaluación de los más altos valores y tradiciones occidentales que otorgaban sentido a la vida humana. Esta pérdida de fundamentos conduce a una crisis de los valores y, con ella, al surgimiento del nihilismo: la constatación de que aquello que antaño daba sentido y dirección a la existencia ha caducado. En su forma pasiva, el nihilismo puede conducir al pesimismo, la resignación, la apatía y el resentimiento frente a la ausencia de sentido. Sin embargo, Nietzsche propone también un nihilismo activo, capaz de atender la caída de los antiguos valores sin convertirlo en una renuncia a la vida. Este nihilismo constituye una fuerza de superación y destrucción capaz de crear, que permite abrir el camino hacia la transvaloración de los valores e ir hacia la construcción de nuevos valores que den sentido y afirmen la vida humana.
En nuestro país, el varón violento ha dejado de sentir culpa, porque ya no cree en la sociedad y sus valores; siente rabia porque cree que tiene derecho a algo –mujeres– que le está siendo arrebatado, a partir de una creencia mercantil de que puede poseer mujeres como objetos. La masculinidad neoliberalizada no escapa a la idea nihilista de Nietzsche, en donde sus valores heteropatriarcales históricos de dominación hace años son cuestionados por arribar a formas de machismo, misoginia y patriarcado; desembocan, aun hoy, en desigualdades de género.
La masculiniadad heterohegemónica, la que en el fútbol tranca con los dientes apretados y promueve cánticos de violación al rival, la de quienes aluden a las mujeres organizadas despectivamente como feminazis, no quiere perder el control social. Menos quiere perder el control sobre las mujeres, niñas y niños, advirtiendo subjetivamente que, cultural e ideológicamente, pierden terreno ante la lucha feminista por igualdad y derechos. Esta razón lleva a estos varones –de todas las clases sociales– a visualizar que su dominio, o sea, sus históricos derechos de dominación de género y sus privilegios, están en riesgo, abriendo paso a que muchos ingresen en una especie de ruina moral, frustración y resentimiento, lo cual culmina conduciendo a diversas formas de violencia.
Un ejemplo descarnado de ello podría ser entender que, como plantea Wendy Brown, antes del feminismo, “el acceso sexual de los hombres a las mujeres era un asunto de derechos”. Esta idea aún vive en el pensamiento de muchos varones y un ejemplo extremo son las subculturas de varones “incels” –mayoritariamente de derechas–, que culpan, responsabilizan y atacan a las mujeres por su propia condición de soledad y celibato involuntario, en una clara deriva violenta movida por venganza de género, resentimiento y redes sociales.
Siguiendo a la autora, “la ruina en la que el nihilismo convierte a la conciencia también puede ayudar a explicar la agresión inaudita y el ensañamiento que emanan de las redes sociales”. El auge del feminismo, el humanismo, el progresismo, la democracia y la lucha por igualdad supone la pérdida de dominio por parte de un grupo de varones. Cosas que antes eran aceptadas y daban placer ahora no se pueden hacer porque generan consecuencias sociales, rechazo, humillación, ira y rabia.
Hay sectores políticos machistas que han convencido y continúan convenciendo a muchos varones acerca del peligro en que se encuentran sus derechos y privilegios. Estos discursos mayoritarimente se desprenden de las nuevas –viejas– agendas –y valores– que proponen las corrientes de neoderechas y neo extremas derechas antifeminismo, antiglobalismo y anti derechos sociales que no aceptan otro mundo que no sea el de ellos. No aceptan que el mundo contiene y construye diversas formas de relacionamiento, que las personas no son un copy paste y por ello atacan la diversidad y sospechan de lo diferente, alegando que sus históricos valores de familia, cultura y religión corren riesgo por culpa de monstruos (progres, zurdas, feminazis) que atacan sus derechos, su libertad de expresión y su religiosidad.
Se trata de sectores que representan y responden ante todo a varones heteropatriarcales que sienten que su mundo se desvanece ante un sistema que da demasiadas oportunidades a sectores que no deberían ser considerados. El enojo de estos grupos y su venganza ofreciendo una alternativa destructiva que comienza combatiendo a las mujeres organizadas como chivo expiatorio ya no son solo en contra de las corrientes feministas, también es contra los sistemas democráticos y los sectores políticos que proponen que la igualdad, las libertades y los derechos básicos deben ser políticas públicas protegidas y promovidas por el Estado.
Entender el presente, accionar-reaccionar y asumir el futuro
Para comprender las causas de la violencia basada en género no es deseable reducir el abordaje únicamente al campo de los partidos políticos o corrientes ideológicas, porque sería quitar el foco de la discusión principal: la violencia machista estructural y generalizada hacia mujeres, niñas y niños por parte de los varones. Pero tampoco es posible alejar la discusión de ellos, porque muchas veces son los partidos políticos, sus think tanks, iglesias y sus referentes de donde provienen –y se piensan– la mayor cantidad de discursos de odio machista, misógino y patriarcal que luego violentos y no violentos toman como referencia ideológica.
Visualizar y entender que el problema estructural de la violencia basada en género que estamos atravesando como país no tiene una única causa y que no son hechos aislados es entender que a nivel político también hay colectivos que ofrecen varias versiones de nación y de convivencia; en algunas de ellas hay lugar para todas y todos y en otras no.
Reducir a la imparcialidad un tema que hace años castiga a las mujeres es políticamente deshonesto y también lleva a quitar el foco, a mi criterio, en una de las varias –no única– causas posibles detrás de las violencias. Toda la sociedad debería castigar con firmeza y convicción la violencia basada en género, porque radicalmente hablamos de una cuestión humana. Pero eso en la realidad no sucede; basta con ver los comentarios en redes sociales minutos después del intento de femicidio en la Facultad de Medicina –la mayoría de varones– para darse cuenta de que para muchos esto no constituye un problema, sino que es parte de una estructura ética y moral normalizada y corriente, con lo que se puede hacer chistes, desinformar –¿justificar?– y cuestionar a la víctima con las viejas y ya patéticas frases como “algo habrá hecho” o “seguro no era una santa”.
Visualizar y entender que el problema estructural de la violencia basada en género que estamos atravesando como país no tiene una única causa y que no son hechos aislados es entender que a nivel político también hay colectivos que ofrecen varias versiones de nación y de convivencia; en algunas de ellas hay lugar para todas y todos, y en otras no. Es honesto identificar a quienes ofrecen igualdad, democracia, libertades y derechos, y a quienes no. Es honesto identificar a quienes ofrecen abordar el problema y sus causas, y a quienes no, incluso hacia el interior de las corrientes ideológicas progresistas y de izquierda –muchas de ellas aún atravesadas por formas de acoso, machismo y micromachismos–.
Las violencias son transversales a los géneros, el varón machista y violento es transversal a las ideologías y nadie nace violento; se aprende, se consume, se elige, se entrena entre pares, como nos invita a razonar Rita Segato en La pedagogía de la crueldad. No todos los varones, pero siempre un varón, y no necesariamente un varón de derecha o extrema derecha, pero casi siempre culpando a la mujer, abrazando ideas antifeministas y discursos de odio.
Es necesario escuchar a las mujeres, educar en igualdad desde temprana edad; en la escuela, el liceo, la universidad, instituciones deportivas y culturales, exigir que esto pase a ser una real política de Estado. Que se otorguen recursos adecuados para diseñar políticas públicas direccionadas al combate de la violencia basada en género y romper el aislamiento para tejer redes como se planteó en la actividad “Feminismos, violencia de género y futuro”, realizada en 2025. Para lograr cambiar la cultura de la violencia machista que invade al país, estas deberían ser las consignas básicas y urgentes si queremos transformar esta trágica e injusta realidad que están viviendo las mujeres, niñas y niños en Uruguay.
Yamandú Vitabar es asesor parlamentario.