Las llamadas nuevas derechas presentan principios y mecanismos conocidos. Aunque a veces manifiestan sustancias innovadoras y originales, no hay que perder de vista los elementos que solamente cambian sus envoltorios en estrecha consonancia con las posibilidades que ofrece el desarrollo técnico de las “eras” (información, digital e inteligencia artificial) en que vivimos. Al abrir el papel que envuelve esos principios y mecanismos, podemos detectar lo invariante, la estructura. Para demostrarlo, en la columna anterior seguimos una categorización antagónica básica (“pegagogía” y pedagogía) en relación con modelos conceptuales de la teoría social “clásica” de la violencia, el poder y la política. Se hizo este ejercicio conceptual con un antagonismo intelectual (Walter Benjamin y Carl Schmitt) pedagógico bajo la premisa de que la actividad de pensar está en crisis y, por ende, los esquemas de inteligibilidad para comprender lo que llamamos “realidad”. También se hizo este ejercicio puesto que las derechas de hace un siglo (las de la época de Benjamin y Schmitt) y las (no tan) nuevas derechas son reaccionarias al Siglo de las Luces y su legado filosófico y científico, así como al Estado de derecho y el imperio de la legalidad y la legitimidad. Hacerlo de esta manera y no recurrir constantemente a ejemplos y casos singulares es en sí una reivindicación a favor de la actividad del pensar en detrimento de la política fundamentalmente pragmática, así como de los hipertécnicos y administradores de pruebas autopercibidos desideologizados y la revisión de casos aislados. Unirnos a la actividad del pensar (un rato, nomás) es hacer pedagogía, un acto contra las llamadas nuevas derechas. Esta tarea, por lo tanto, implica que los lectores no esperen al delivery de los contenidos. Con este encuadre y dando continuidad a la nota anterior, es necesario dar un paseo por las ideas de una de las pensadoras más importantes del siglo XX: Hannah Arendt.
Arendt fue una de las representantes más reconocidas de la filosofía moral de la política y la pionera en los estudios sobre los totalitarismos. De hecho, una de sus obras más conocidas y, posiblemente, la más profunda y filosa es Los orígenes del totalitarismo, de 1951, publicada al poco tiempo de escapar de la persecución y la muerte en la Alemania nazi y la Francia colaboracionista de Vichy. Arendt es difícil de clasificar, frecuentemente ha sido señalada de conservadora por quienes descontextualizan su defensa del derecho positivista en sus análisis sobre los autoritarismos. Quizás en la actualidad, en la correntada de las nuevas derechas, cuando el campo progresista se posiciona en defensa del derecho liberal internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial y del multilateralismo, se puede entender mejor su defensa de la legalidad y la legitimidad de la ley positivista. En tiempos de terrorismo contra las obviedades de la vida en común, se defienden los mínimos.1
Los orígenes del totalitarismo es una obra monumental sobre los elementos estructuradores de la tiranía totalitaria en la Alemania nazi y en la Unión Soviética estalinista. Arendt logra demostrar que el totalitarismo, el único régimen original del siglo XX, por lo tanto, de la modernidad y de la era de la civilización, se caracterizó por el terror. No es una paradoja, la desmesura de la violencia y de la crueldad, ejemplificada en el exterminio en masa y en las fábricas de la muerte, son sellos de la modernidad, tal como lo explica de forma notable Enzo Traverso en La violencia nazi. Una genealogía europea (2002).
La obra de Arendt está vigente. Nos alerta, con cautela, de lo que puede venir. En Sobre la violencia (1969) muestra su preocupación por la posibilidad de una tercera guerra nuclear mundial. Pero casi dos décadas antes, en Los orígenes del totalitarismo, a seis años de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, con conocimiento, aunque no exhaustivo, de los horrores acontecidos, sostiene que lo peor está por venir: el verdadero problema puede terminar de expresarse cuando el totalitarismo del siglo XX se haya convertido en algo del pasado. Arendt está pensando en el legado que deja el totalitarismo en términos de organización e instrumentalización de la violencia y del arsenal político de la tiranía con base en la defensa de la Ley Natural. Tiene en mente que la denigración y la desintegración se han convertido en una tentación irresistible, en que lo ajeno está desprovisto de vida y sentido; elementos que más adelante desarrollará con claridad Giorgio Agamben con la teoría de las vidas desprotegidas (nuda vida). Esto, a mi juicio, tiene varias aplicaciones en la actualidad, pero no quiero tentarme en desarrollarlas por los motivos expresados al inicio. Solamente dejaré escrito aquí que debe prestarse atención a la ideología, aunque con un proceso de construcción individualista y errático, de los tecno bros de Donald Trump.
Arendt observa que los gobiernos totalitarios cuestionan la separación de los binomios gobierno legal-poder legítimo y gobierno ilegal-poder ilegítimo; dimensión que de otra manera ya había sido señalada por Benjamin. Desafían con ello todas las leyes positivistas, pero en alusión al derecho natural o la historia original. Se remite a lo que entienden son las fuentes de autoridad originarias, y son los mejores de la clase en obedecerlas. Tienen una conceptualización totalitaria del derecho en la que se inscribe la posibilidad de imponerse, incluso con tiranía, bajo la promesa de la liberación. De ahí que, aplicando giros narrativos, sean capaces de establecer la duda impune (no la sentencia) sobre su ilegalidad y arbitrariedad, a pesar de las barbaries que cometen contra los que ellos llaman salvajes.
Los gobiernos totalitarios sacrifican a su pueblo para cumplir con la ley de la naturaleza o de la evolución (nazis) y la ley de la historia (estalinismo). Ejecutan la ley que entienden justa en desapego absoluto al comportamiento de los individuos, desconsiderando la reacción que tendrá la aplicación de la ley en la sociedad. Con ello se rompe el contrato social de la Ilustración o, al menos, la idea de este gran acuerdo que nos viene dado. Lo dicho se puede detectar rápidamente con el debilitado multilateralismo de tipo Los tres mosqueteros y su incapacidad para disciplinar a los gobiernos de turno. Es decir, las organizaciones de las naciones de tipo “Unus pro omnibus, omnes pro uno” (uno para todos, todos para uno) dejan paso a bloques internacionales basados en un poder soberano sobre lo global (Escudo de las Américas, Pax Silica) con fuertes incentivos coactivos e intimidatorios para participar (guerra de aranceles). En Latinoamérica, además de un disciplinamiento por vía de los aranceles, se despliega también un poder burocrático (económico y penal) total a través del whole-of-government approach (todo el gobierno enfocado intensamente en un tópico) en la denominada política de “narcoterrorismo” inscrita en la doctrina Donroe, como se explicita con claridad en la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos de 2025.
El totalitarismo está especialmente interesado en la educación, en la formación de sus ejecutores. En apariencia, parece que inculca convicciones, pero lo que realmente hace es destruir la capacidad para formar alguna convicción.
Nuestra región cobra especial atención al revitalizar Estados Unidos el concepto de “espacio vital” ante el avance de China, un viejo rival/enemigo conocido. En ese sentido, tentado a poner un ejemplo, Estados Unidos declara al fentanilo arma de destrucción masiva, al tiempo que China es uno de los principales productores de precursores químicos con los cuales se elabora fentanilo y otras sustancias psicoactivas. Las muertes por consumo de fentanilo pasan a ser asesinatos en la guerra contra el terrorismo, y las organizaciones criminales que operan con esta sustancia en el mercado de las drogas ilegalizadas se transforman en grupos terroristas. Y, como sabemos, cuando se trata de terrorismo, Estados Unidos se sabe en la potestad de intervenir en cualquier parte del mundo. En este contexto geopolítico trazado, vale recordar que, en las guerras del Opio de mediados del siglo XIX, una vez más, China oficiaba como enemigo de las grandes potencias de la época. Del opio al fentanilo, tras casi 200 años, se tiene un trazado genealógico del poder mundial. Por supuesto que, en esta carrera del siglo XXI, las posiciones de ambos países son otras, aunque los recursos críticos latinoamericanos siguen en disputa de las potencias mundiales.
El vocablo “terror” de Arendt se diferencia claramente del sentido que hoy se impone desde la administración Trump. Para ella, la esencia de la dominación totalitaria es liberar a las leyes de la naturaleza y las leyes de la historia. Este es el terror del totalitarismo: un movimiento legal que se desata contra los enemigos de la naturaleza o de la historia de acuerdo con una supuesta ley superior. El anillo férreo del terror –como le gusta decir a Arendt– busca destruir la pluralidad de estar en la sociedad. El terror ejecuta en el acto las sentencias de muerte de las diferencias con el objetivo de alcanzar “un hombre”. Esto lo hace de la mano de la racionalización técnica de la modernidad con su carrera por hacer cada vez más eficiente el hacer morir. Aquí vale recordar la genealogía que hace Enzo Traverso, por un lado, del verdugo a la guillotina y, por otro, de las casas de trabajo a las cárceles. Dos movimientos que terminan fusionándose en los asesinatos en masa en los campos de concentración y exterminio. Por estas razones, Arendt hace una defensa del derecho positivo: las leyes positivas son para la existencia política del hombre lo que la memoria es para su existencia histórica. Este derecho garantiza la preexistencia de un mundo común, conocido y respetado, que puede ser perfectible, claro está. Barrer con las leyes positivas implica arrebatar la libertad como realidad política viva porque impide el movimiento humano en el espacio garantizado por el derecho.
El totalitarismo está especialmente interesado en la educación, en la formación de sus ejecutores. En apariencia, parece que inculca convicciones, pero lo que realmente hace es destruir la capacidad para formar alguna convicción. Esto, evidentemente, se opone directamente a la actividad de pensar, a la pegagogía de la que hablaba antes. La preparación de los ejecutores se hace con base en la tiranía de la lógica, dice Arendt. Aquí es importante prestar atención a los matices. Para explicar esto, Arendt parte de la problematización del concepto ideología, entendida como un conjunto de ideas lógicas que funcionan como instrumento explicativo en clave filosófica y “científica”. Dice que las potencialidades de las ideologías no fueron descubiertas antes de Hitler y Stalin. Ellos impusieron la tiranía de la lógica haciendo que todo encaje en su cosmovisión. Desde esta forma radicalizada, la lógica produce una coacción negativa al, por ejemplo, prohibir la posibilidad de contradicciones. No hay lugar para las nuevas ideas y experiencias. Todo se puede deducir de la explicación totalizante. Con ello, se suprime la capacidad de pensar y, por lo tanto, la libertad. Así las cosas, la ideología radicalizada se torna totalitaria. Ahora bien, Arendt está preocupada por el exterminio de la actividad del pensar en los totalitarismos. La sumisión de la mente a la lógica determinista acaba con el pensamiento, con la libertad interior y la libertad de movimiento en el espacio público. Ella no concibe a la ideología como un problema en sí hasta que asume la forma en que reivindica una explicación total (histórica y predictiva) emancipada de la realidad, independiente de la experiencia, con un orden y una consistencia absoluta de los hechos.
La postura de Arendt no es pegagógica. Las ideologías deben ser abiertas a ponerse a prueba en la discusión, en un espacio deliberativo y persuasivo, con responsabilidad ética. El campo político no es libre sin la posibilidad de participar y convencer a los otros en el intercambio ideológico. Se trata de una actitud no indiferente a los problemas cívicos, de una disposición a imbuirse en la esfera compartida de la convivencia con criterio de independencia. De aquí podría surgir un nuevo comienzo, la generación de una promesa renovada, vitalizadora, vibrante. Un proyecto seductor. Para ello, no hay otra alternativa que generar las condiciones para la actividad del pensar pedagógico y participativo, desde abajo. Así, aunque no solamente, se puede resistir a la tiranía de la lógica pegagógica de las (no tan) nuevas derechas.
Gabriel Tenenbaum es profesor adjunto del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.
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Salvador Giner repasa su militancia en el reformismo cívico, democrático y republicano, y su actividad intelectual en revistas de la izquierda norteamericana (Partisan Review). ↩