Hace apenas unos años, cuando teníamos una duda, abríamos un buscador. Escribíamos una pregunta y aparecían cientos de páginas para elegir. Había que leer, comparar versiones y sacar nuestras propias conclusiones. Hoy esa escena ya parece antigua.
Cada vez más personas, en lugar de buscar información, conversan con una inteligencia artificial (IA). Le preguntan qué cocinar, cómo redactar un currículum, cómo estudiar para un examen o cómo resolver un problema de trabajo. Pero también le cuentan que están ansiosas, que no saben si separarse de su pareja, que sienten que fracasaron como padres o que hace meses que no logran dormir. Sin darnos demasiado cuenta, empezamos a incorporar una nueva figura en nuestra vida cotidiana: el uso de los chatbots conversacionales, una máquina que parece escucharnos.
No resulta extraño que muchas personas encuentren alivio en esa conversación. La IA está disponible las 24 horas, responde en segundos, nunca se impacienta y siempre parece tener algo para decir. En un mundo donde cada vez cuesta más encontrar tiempo para conversar con otros, esa disponibilidad tiene un enorme atractivo.
Sin embargo, la pregunta que vale la pena hacerse no es si estas herramientas son buenas o malas. Tampoco si deberían existir. Ya forman parte de nuestra vida y probablemente su presencia siga creciendo; sus propios creadores ya no imaginan dónde llegarán. La pregunta quizás sea otra: ¿qué estamos buscando cuando le contamos nuestro sufrimiento a una IA?
Vivimos en una época que parece haber convertido la rapidez en una virtud. Queremos respuestas inmediatas para casi todo: una compra llega en horas, una serie empieza cuando queremos y un mensaje que demora demasiado genera ansiedad. Era cuestión de tiempo para que también esperáramos respuestas inmediatas sobre aquello que nos pasa. Lo irónico es que muchas respuestas, no por rápidas, son útiles o en realidad responden. La inmediatez no siempre es una solución.
En ese contexto, la IA encaja a la perfección. Está diseñada justamente para responder. Incluso cuando una pregunta es ambigua, incompleta o contradictoria, hará todo lo posible por construir una respuesta que resulte útil. El silencio no forma parte de su lógica.
Pero quizás ahí aparezca una diferencia importante con los vínculos humanos. No todo sufrimiento necesita una respuesta inmediata. Muchas veces necesitamos otra cosa: alguien que pueda acompañar una pregunta antes que intentar cerrarla. Alguien que soporte con nosotros la incertidumbre sin apresurarse a llenarla con consejos.
Tal vez por eso la experiencia de hablar con una IA puede resultar tan satisfactoria al principio. Produce la sensación de que siempre existe una explicación, un camino correcto o una solución posible. Nos devuelve la tranquilidad de que todo problema puede organizarse en unos pocos pasos. Sin embargo, quienes trabajamos escuchando personas sabemos que el sufrimiento humano rara vez funciona así.
Hay conflictos que no se resuelven porque alguien encuentre la frase adecuada. Hay historias que necesitan tiempo para ser comprendidas. Decisiones que nadie puede tomar por nosotros. A veces creemos estar preguntando una cosa cuando, en realidad, el problema es otro completamente distinto. Eso ocurre porque las personas no siempre sabemos explicar con claridad qué nos pasa. Muchas veces hablamos alrededor de aquello que nos duele. Otras veces ni siquiera encontramos las palabras. Incluso nuestro cuerpo puede decir cosas que todavía no logramos poner en lenguaje.
Una IA solo puede responder a lo que recibe. Su funcionamiento depende de la información que el usuario le brinda. Pero justamente allí aparece un límite importante: ¿cómo escribir correctamente aquello que uno todavía no entiende de sí mismo? Quizás esa sea una de las grandes paradojas de nuestra época. Nunca habíamos tenido herramientas tan poderosas para obtener respuestas y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil sostener una pregunta.
Esto no significa que las IA sean inútiles para quienes atraviesan un momento difícil. Muchas personas encuentran en ellas un primer espacio para ordenar ideas, descargar tensiones o animarse a decir algo que todavía no pueden compartir con otro. Sería un error desconocer ese efecto. Como también sería un error pensar que conversar con una IA equivale a encontrarse con otra persona. La diferencia no está solamente en que detrás de un chatbot no hay un ser humano. La diferencia está en el tipo de vínculo que se construye.
Tal vez por eso la experiencia de hablar con una inteligencia artificial puede resultar tan satisfactoria al principio. Produce la sensación de que siempre existe una explicación, un camino correcto o una solución posible.
Toda conversación humana modifica a quienes participan en ella. Ningún encuentro deja exactamente igual a las dos personas que conversan. Escuchar no consiste únicamente en procesar palabras. También implica silencios, gestos, dudas, contradicciones, emociones y algo difícil de explicar que ocurre cuando dos personas intentan comprenderse mutuamente.
Las IA pueden simular muy bien esa cercanía. De hecho, cuanto más hablamos con ellas, más personalizadas parecen sus respuestas. Almacenan información, adaptan su lenguaje y aprenden nuestras preferencias. Esa sensación de familiaridad hace que muchas veces olvidemos que seguimos hablando con un sistema diseñado para producir respuestas.
Quizás el riesgo más grande no sea tecnológico, sino cultural. ¿Qué ocurre en una sociedad cuando empezamos a creer que todo malestar debería tener una solución inmediata? ¿Qué lugar queda para la espera, para la duda? ¿Qué pasa con la capacidad de construir sentido junto con otros cuando nos acostumbramos a recibir respuestas listas para usar? No son preguntas menores.
Hace casi un siglo Sigmund Freud escribió un texto preguntándose si personas que no eran médicos podían practicar el psicoanálisis. Hoy la discusión parece haberse desplazado hacia otro lugar. La pregunta ya no es quién puede ocupar el lugar del terapeuta, sino qué entendemos por escuchar a otro en una época en la que una máquina puede sostener conversaciones cada vez más convincentes. Tal vez la respuesta no dependa de los avances tecnológicos, sino de nosotros mismos.
La IA seguirá mejorando. Responderá más rápido, escribirá mejor y probablemente comprenderá con mayor precisión aquello que le preguntamos. Todo indica que será una herramienta extraordinaria para estudiar, trabajar, organizar información e incluso acompañar algunos procesos cotidianos. Pero hay algo que difícilmente pueda reemplazar: la experiencia de construir una historia con otro ser humano.
Porque las personas no cambiamos únicamente cuando encontramos respuestas. Muchas veces cambiamos cuando alguien nos ayuda a formular una pregunta que nunca nos habíamos hecho.
En tiempos en que todo parece empujarnos hacia la velocidad, quizás el verdadero desafío no sea decidir entre hablar con una IA o con una persona. El desafío consiste en no olvidar que existen experiencias humanas que no pueden medirse por la rapidez con que producen una respuesta.
No es la herramienta lo que va a generar un cambio cultural, eso ya está en marcha; es entender que es una herramienta y no alguien que nos está escuchando. Es que la idea de escucha es una ilusión, porque en el fondo estamos proyectando algo nuestro que se articula en forma de información.
Después de todo, el secreto nunca fue cuánto sabe quien responde, sino qué produce el vínculo que se genera entre el que pregunta, el que sostiene la escucha y la respuesta a la que se llega. Que no es una construcción de fuerza de base de datos; es una creación del encuentro de dos o más seres humanos.
José de Souza es psicólogo y psicoterapeuta.