En el marco de la cuarta Feria del Libro, organizada por Librería 33 en el Mercado 18 de Julio, se presentó Pequeñas memorias. La vida, ese torrente, de María Elia Topolansky, hermana de la exvicepresidenta Lucía Topolansky. La actividad contó con un importante marco de público y tuvo como presentador al profesor Matías Berger.
Publicado por Editora del Norte en noviembre de 2025, el libro se plantea como un ejercicio de memoria personal y no como una reconstrucción histórica. Berger destacó precisamente esa diferencia y señaló que “la obra se caracteriza por el juego entre distintos tiempos, recuerdos, silencios y experiencias”. El profesor sostuvo que “las memorias no necesariamente siguen una línea cronológica” y que en el libro de Topolansky “el pasado aparece y vuelve permanentemente al presente”.
Para explicar esa característica recurrió a una reflexión de José Saramago sobre la capacidad de la memoria para mover y aproximar el tiempo. Berger sostuvo que Topolansky “amasa” el tiempo y lo lleva de un momento a otro, construyendo un relato en el que el lector se pregunta constantemente en qué momento de la historia se encuentra.
Uno de los momentos de la presentación estuvo dedicado a la fotografía de la portada. Topolansky explicó que fue tomada el 10 de diciembre de 1985, en la casa de su madre, el mismo día en que recuperó la libertad junto con numerosos presos políticos. “Fue el día de la amnistía”, recordó. Un periodista llegó a la casa y tomó aquella fotografía, que refleja, según explicó, “la alegría del momento”.
Tenía entonces 40 años y había pasado aproximadamente 18 años entre la clandestinidad y la cárcel. La salida significó una enorme alegría, pero también abrió una serie de interrogantes. “La libertad es un hecho complejo”, sostuvo.
Foto: Ariel Volpi
Implicaba preguntarse dónde vivir, cómo trabajar, qué hacer con la familia, si continuar estudiando. Eran preguntas que podían formularse dentro de la cárcel, pero cuyas respuestas “solamente podían encontrarse con el paso del tiempo”.
Topolansky recordó que el mundo había cambiado profundamente durante los años que permaneció aislada. Como ejemplo, contó que el día de su liberación le regalaron un reloj digital y quiso darle cuerda porque desconocía ese tipo de tecnología. “Era como bajarte de una máquina del tiempo y aparecer allí”, resumió. También tuvo que acostumbrarse a nuevas formas de relacionamiento y a cambios sociales que se habían producido durante su ausencia. Todo aparecía de golpe y debía ser incorporado nuevamente a la vida cotidiana.
Comparó aquella experiencia con “tirarte al agua sin saber nadar”, aunque tenía la convicción de que no se iba a ahogar. Con el tiempo, esas experiencias fueron asimilándose, aunque algunas dejaron marcas permanentes. Para la autora, escribir el libro significó también revisar y comprender su propia trayectoria.
Topolansky insistió en que no escribió una autobiografía testimonial ni un libro de historia. Su intención fue recuperar sus recuerdos y su propia interpretación de los acontecimientos. Explicó que varias personas pueden vivir el mismo episodio y recordarlo de maneras diferentes. Eso no significa que una de ellas esté mintiendo, sino que cada persona construye su propia experiencia. “Lo que recordás es tu visión”, afirmó.
La historia, sostuvo, tiene otra tarea: recoger distintas memorias y elaborar una mirada común. “Eso ya no es memoria. Eso es historia”, explicó.
También remarcó que su experiencia fue profundamente colectiva. Durante los años de clandestinidad y de cárcel, su vida estuvo marcada por sus compañeros y compañeras. Por eso, aunque el relato sea personal, aparecen numerosas personas que formaron parte de aquella etapa. “Nadie se forma solo, no vivís en una isla”, expresó.
La idea de escribir comenzó a gestarse a partir de distintas experiencias. Una de ellas fue una entrevista realizada por una estudiante de Comunicación, a quien inicialmente había rechazado porque estaba cansada de conceder entrevistas. Finalmente, aceptó y la experiencia le permitió comprender que, para contar determinadas vivencias de la manera que quería, debía hacerlo ella misma.
Otro momento decisivo ocurrió con su prima Teresa Arocena, quien comenzó a hacerle preguntas sobre aquella época de su vida a través de Messenger. Topolansky le respondió y su prima le sugirió guardar esas conversaciones. Así comenzó a acumular material que posteriormente serviría para el libro.
También utilizó Facebook como una forma de poner a prueba sus relatos. Publicaba recuerdos y observaba los comentarios para saber si había logrado transmitir correctamente lo que quería expresar. La pandemia le dio el tiempo necesario para comenzar a escribir. El proceso tuvo una interrupción cuando su compañero enfermó y murió, pero posteriormente retomó el trabajo.
Con el consejo del escritor y compañero Carlos Caillabet, comenzó a escribir sin preocuparse inicialmente por la extensión, y luego fue recortando y reorganizando el material.
Los tupamaros como contexto
Topolansky aclaró que Pequeñas memorias no pretende ser una historia del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. La organización aparece porque forma parte de su vida, pero no constituye el objeto central de la obra. “Los tupamaros aparecen, pero en mi memoria”, explicó. Son parte del contexto necesario para comprender su trayectoria, pero el libro busca mostrar cómo ella vivió y recuerda esos acontecimientos. La perspectiva corresponde a la mujer que escribe desde sus 80 años, con la distancia que otorga el paso del tiempo.
Para Topolansky, la memoria no solamente está compuesta por los recuerdos. También son importantes los olvidos. “Con los años las personas modifican su manera de observar el pasado, equilibran determinadas experiencias y dejan otras atrás”. La memoria, por lo tanto, también se transforma. “Por algo yo me acuerdo de esto y me olvidé de lo otro”, señaló.
En esa combinación de recuerdos, silencios, experiencias individuales y vivencias colectivas se construye Pequeñas memorias. La vida, ese torrente, una obra que busca recuperar una parte de su historia desde una perspectiva íntima y personal, sin pretender sustituir el trabajo de la historia, sino aportar la mirada de quien vivió los acontecimientos.