“Vamos a cantar al agua/ vamos a cantar/ al agua clara de enero/ de mi yerbal/ Vamos a cantar vamos/ y vamos nomás/ para que nos oiga el agua/ de mi yerbal”, recitaban Los Olimareños en su “Canción boba al yerbal” hace más de seis décadas. La toponimia de Treinta y Tres, departamento donde comienza esta historia, se encuentra profundamente atravesada por el árbol de la yerba mate. Que tres arroyos en el territorio se llamen Yerbal Grande, Yerbal Chico y Yerbalito lo demuestra, pero se extiende aún más. La importancia histórica que tiene para un sector de la población se evidencia en canciones, poemas, sierras, arroyos, un barrio, almacenes y hasta canchas de fútbol que toman prestado o hacen referencia a su nombre. En algunos hogares existe la tradición familiar, como relatamos más adelante, de producir yerba mate para autoconsumo desde hace más de 60 años. Sin embargo, la especie también moviliza debates que giran en torno a recursos genéticos, modelos de producción, patrimonio cultural, conservación y acceso a la tierra.
No es generación espontánea
El Centro Agroecológico Pindó Azul está ubicado en la Quebrada de los Cuervos, departamento de Treinta y Tres, en un predio de 120 hectáreas del Instituto Nacional de Colonización (INC). Está compuesto en un 90% por matorral serrano, quebradas, bosques fluviales y praderas inundables. Sus integrantes llevan adelante investigaciones y prácticas agroecológicas participativas desde 2014, aunque muchos trabajan desde principios de siglo en temáticas vinculadas a la soberanía alimentaria. Este año, después de mucho esfuerzo, lograron reabrir su vivero de especies nativas e inauguraron una casita, donde pueden quedarse después de trabajar en sus frutales. “Hemos pasado por varias experiencias donde se ha perdido más de lo que se ha podido llevar adelante. Dentro de las especies nativas que tenemos, la yerba quizás sea una de las más complicadas; depende de ciertas condiciones que son, sobre todo, la protección, la sombra, la humedad relativa del lugar donde están, tienen que ser suelos ácidos. Realmente ha sido difícil”, dice José Pepe Puigdevall, integrante del colectivo. Él ha estudiado las dinámicas de la especie en la zona y ha compartido el conocimiento con productores familiares.
Sostiene que para entender su historia con la yerba mate, hay que entender también el trabajo colectivo que han llevado adelante en el centro y cómo han demostrado que el modelo agroecológico es “viable”. “Parecía una quimera en 2005. Hoy estamos cosechando 400, 500 kilos de fruta en los predios. La producción agroecológica es viable, es posible. Hay restauración dentro de esta lógica, pero también hay una visión que no es productivista pero sí productiva en la medida que genera productos y subproductos”, dice. Cuando habla de aquellos que “dan alimento al pueblo”, se emociona. Y aclara: “Desde un principio hemos sido bastante explícitos: si la yerba mate va a liderar un proceso de desarrollo, debe ser a través del sistema agroecológico a escala familiar. Creo que si existe un simbolismo por el que realmente vale la pena luchar, es este. La yerba mate tiene mucho poder, tiene mucha incidencia a nivel de la población y está bueno que vaya acompañada del mejor mensaje que podemos dar desde el punto de vista ambiental y productivo”.
Ignacio Berro, también integrante del Centro Agroecológico Pindó Azul, productor de yerba mate y docente del Polo Educativo Tecnológico Arrayanes, celebra su nuevo vivero, pero advierte que pasó por “varias etapas”. “En una primera etapa, Pepe se entregó en alma y cuerpo. Reprodujo árboles e hizo colecta de germoplasma de la cuenca de la Laguna Merín, principalmente de variedades criollas-productivas hortícolas y frutales. Por un tema de acceso a la tierra, el proyecto terminó. Pepe se estaba gastando toda la plata en esto y tuvo que retornar, se quedó sin tierra. Después, en 2014, el INC nos adjudicó estas 120 hectáreas y, en colectivo, empezamos a reestructurar el vivero. Hace unos años logramos acumular capital para invertir y generamos un acuerdo con la intendencia. Es un vivero de restauración con visión pública. Vamos en esta pelea como cinco años y, con el último impulso que tenemos, lo vamos a poner en funcionamiento. La idea es generar un stock permanente de árboles para productoras, productores, colonos. Nos interesa mucho que el INC incorpore la lógica de frutal criollo y frutal nativo dentro de los predios más pequeños; queremos que nos siga ayudando y nosotros le damos árboles para armar módulos productivos de autoconsumo y productivo con genética local. También con el Sistema Nacional de Áreas Protegidas queremos que tenga stock de árboles para hacer reforestación o procesos de restauración”, explica.
Mientras apunta al nuevo sistema de riego de su vivero, José resalta que tiene 59 años y que en su juventud estudió en la Facultad de Agronomía, carrera que finalmente no terminó de convencerlo. Dice que se crio con historias de sus abuelos, que eran productores en Tomás Gomensoro, localidad de Artigas. Explica que pasó “por todas las etapas, incluso por la agricultura convencional”, pero después empezó a tener en cuenta “otras dimensiones”.
José Puigdevall, el 14 de marzo, durante la recorrida en la Quebrada de los Cuervos. Foto: Sandro Pereyra
En 2004 hizo un viaje a Brasil que lo marcó, visitó “sistemas agroecológicos y, sobre todo, diseños que incluían la yerba mate de producción agroecológica”. “En Brasil vimos lo que acá pensábamos, pero no sabíamos si realmente se podía llevar adelante tanto a escala de producción de arroz como a escala de producción hortícola, como a escala de producción agroforestal, de yerba mate específicamente”, acota. Entiende que en Uruguay “nos caracterizamos por incentivar lo que pueda ser exportable o lo que pueda generar un valor económico rápido”. “Eso nos preocupa muchísimo en el caso de la yerba mate. Aunque, en realidad, no se trata solo de la yerba mate. Es necesario que hablemos del acceso a la tierra, de la escala familiar, del acompañamiento, de la producción en el campo. Cuidar el recurso genético implica no pensar solo en una cuestión de abastecimiento de mercado, sino en una producción a escala local y de carácter autónomo, soberano, familiar, con perspectiva agroecológica, que, sin duda, es el sistema productivo que tenemos que adoptar. No podemos estar pensando en la producción de yerba mate en la Quebrada con avionetas o drones fumigando”, agrega.
Pensar el futuro con cuidado
Hasta el momento, han sido identificadas poblaciones silvestres de yerba mate en Treinta y Tres, Tacuarembó, Cerro Largo, Lavalleja y Maldonado. A su vez, desde hace mucho tiempo se debate si Uruguay podría convertirse en un gran productor de yerba mate. Julio César da Rosa (1920-2001), escritor, periodista y diputado colorado de Treinta y Tres, impulsó en 1965 un proyecto para analizar la viabilidad del cultivo en nuestro territorio. Luego de varios vaivenes, la iniciativa no prosperó.
Casi 60 años después, en 2022, diputados del Partido Ecologista Radical Intransigente, Cabildo Abierto, Partido Nacional, Partido Colorado y el Partido Independiente presentaron un proyecto de ley que busca declarar de “interés nacional” la plantación de Illex paraguayensis, nombre científico de la yerba mate, y el “desarrollo de todas las etapas de su industrialización”. El texto manifiesta que los proyectos destinados al cultivo o a su procesamiento industrial estarán “comprendidos por los beneficios fiscales” establecidos en la Ley de Promoción Industrial y la Ley de Inversiones. A su vez, un artículo faculta al Poder Ejecutivo a “exonerar a los productores de yerba mate en cualquiera de sus etapas productivas de todo tributo nacional sobre la propiedad inmueble rural y de la contribución inmobiliaria rural durante los primeros ocho años a partir del inicio de sus actividades”.
“La importancia de la yerba mate en la cultura nacional es incuestionable. Si hay un símbolo arraigado en la identidad nacional, por el cual nos identifican en el mundo y que está presente en la vida de los uruguayos, es el mate”, manifiestan los legisladores en la exposición de motivos de la iniciativa.
Los parlamentarios mencionan que “existen distintas iniciativas con el propósito de cultivar semillas para luego plantarlas” y “proyectos de plantación y experimentación de la yerba por parte de algunos productores en la zona de la Quebrada de los Cuervos”. “Resulta paradójico que, teniendo en cuenta estas experiencias, un país tan matero y con tanta superficie cultivable como Uruguay no cuente con una producción industrial de yerba mate, ya que la posibilidad de generar una cosecha propia es una cuestión que desde el punto de vista técnico es algo factible”, indican. A su vez, destacan que nuestro país es “el principal consumidor de yerba mate per cápita en el mundo”. “Los datos más recientes se conocen en un informe de la consultora Id Retail de 2019. En el informe se señala que el volumen total de yerba que se consume en el país es de 2,9 millones de kilos al mes, lo que totaliza 34,8 millones de kilos anuales. Esto significa que los uruguayos consumimos alrededor de diez kilos de yerba mate per cápita al año. Pero este consumo, salvo una pequeña parte de la producción que se realiza de forma artesanal, proviene de importaciones principalmente de Brasil. Uruguay entonces no solo es uno de los principales consumidores de yerba mate a nivel mundial, sino también uno de los principales importadores, pese a que su producción en el territorio nacional es posible”, subrayan en el proyecto de ley.
Frutos de yerba mate en la Quebrada de los Cuervos. Foto: Sandro Pereyra
Los diputados ven que “es hora de aprovechar las condiciones favorables que presentan algunas zonas de nuestro territorio para el cultivo de yerba mate”. Consultado por la diaria, el diputado del Partido Nacional Juan Martín Rodríguez comentó que pidió que se desarchive la iniciativa para que sea tratada en la Comisión de Ganadería, Agricultura y Pesca en este período.
José Puigdevall expresa que “no ha existido una política pública” en torno a la yerba mate y afirma que, en caso de querer construirla, debe ser de la mano de los productores, la academia e institutos de investigación. “Este proceso, que lleva muchos años, es lo que ha faltado en Uruguay. Desde el punto de vista genético se ha avanzado mucho; ahora se sabe que las variedades de yerba mate son distintas en Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay. Acá entra otra dimensión: el valor patrimonial que tiene genéticamente la yerba mate de nuestro país. Son relictos que han quedado y es una base genética que es muy importante para después ir haciendo mejoras. Es fundamental poder desarrollarlo con respeto y pudiendo hacer una selección de campo donde no estés reproduciendo clones, sino que estés manejando la biodiversidad intraespecífica de la especie”, resalta.
Afirma que son “muy críticos” con el proyecto de ley porque “se arranca al revés, dando beneficios económicos, pero sin medir que en realidad lo que hay que desarrollar no es la yerba mate argentina ni brasileña, sino que hay que desarrollar nuestro propio material genético, la variedad nuestra, con diseño agroecológico, a escala familiar”. “Como está propuesto, es muy posible que pase que la inversión no sea de producción nacional, sino que sean multinacionales que ven una oportunidad de mercado”, acota. Otro de los problemas es que la iniciativa puede tener “riesgos de contaminación de lugares por el productivismo de la yerba mate, por querer hacer monocultivos”.
“Es demasiado genérico el apoyo que se quiere dar y es un gran problema, porque los esfuerzos que se vienen haciendo en Uruguay pueden ser pasados por arriba. Yo creo que en este caso el estímulo que se está queriendo dar es un problema grave, mucho más grave del que genera no haberlo desarrollado todavía. Si vas a arrancar desde el recurso genético local, tenés que evaluar y ver cuáles son los componentes de esa yerba, qué subproductos se pueden desarrollar, ir trabajando con la gente y con la academia, con los institutos de investigación. El proceso tiene que estar sólido desde la base. En realidad, la propuesta que se ha hecho es al revés: es querer potenciar algo que está inmaduro y que puede caer en una lógica que ha generado gran parte de los problemas que tenemos en Uruguay y a nivel global, que es generar intensidad en procesos productivos que terminan teniendo efectos colaterales abundantes”, insiste.
Árbol de yerba mate en la Quebrada de los Cuervos. Foto: Sandro Pereyra
“Solo no se salva nadie”
“¡Quédense quietitos!”, exige Ignacio. Cuando el agua de la cañada está calma, se puede ver en el fondo el colchón de semillas y las frutas que cayeron del árbol de la yerba mate. “Como no hay caudal, vienen las aves a comer las frutas de la yerba. Comen, mastican, las digieren. Las semillas llevan un procesamiento zarpado y ahora están hidratadas y procesadas por las aves. Nunca nos pasa esto. ¡Todo este espejo está lleno de semillas, de cientos de semillas!”, relata, mientras mete en una bolsa toda la producción. José hace rato abandonó al equipo de la diaria y anda perdido entre el monte nativo. La cañada, dos por tres, tiene alguna cascada pequeña. Al consultarle a Ignacio qué significa la semilla para él, responde: “Para mí está de más porque puedo venir con el Pepe, puedo venir con amigas y amigos, juntarlas. Gracias a ella podemos soñar, divertirnos. Te dispara esa posibilidad, te saca del pesimismo ambiental, de que está todo mal, de que no se va a poder. Es el momento feliz”.
Ignacio es productor de yerba mate y junto con su compañera pudieron comprar un predio en Lavalleja. “Eran chacras que se vendían baratas porque no las quiere nadie. No hay un metro horizontal, tiene que ser quebrada, que tuviese determinadas características de suelo, agua disponible todo el año, que haya humedad ambiente y que sea un lugar que se pueda modificar, que no sea un ecosistema prístino. Son quebradas que eran de minería, sacaban piedra alhaja, estaban invadidas por el ligustro. De esta forma, la intervención es más amigable y puedo jugar un poco más con el ecosistema sin mandarme grandes macanas”, cuenta. En este momento tiene 100 árboles de yerba mate plantados y su idea es poder escalar a 600. Compra sus plantines a Mauricio Silvera de Iporá o a Raúl Nin; a ambos los nombra de forma reiterativa para demostrar que son “un montón los que estamos en esto, no es una organización sola”. “Yo les pedía ciertas características de plantines con un rastreo genético para respetar el lugar de origen. En este caso, modelo Sierra Carapé. Armé módulos con exclusión ganadera, cercado, sistemas de riego, plantada en línea, con distancia. Me involucró hablar mucho con Pepe”, señala.
Siguiendo el camino de José, decidió viajar a Argentina y Brasil para conocer otras experiencias. “La yerba obliga a trabajar en forma cooperativa y colectiva. Ningún productor yerbatero campesino puede vender su producción sola, porque los hornos son costosos y tienen que mandar a hornear todos juntos. Fui a visitar la Cooperativa Andresito, en Misiones, que es una de las más grandes. En Brasil el modelo fue cooptado por los varones de la yerba. Me acuerdo que hablando con productores pequeños y con toda la militancia les contaba que en Uruguay todo lo que se consume es Baldo y Canarias, que son de los varones de la yerba. Me dijeron '¿qué estás haciendo? Es el que nos explota, que tiene historias de esclavitud, manipulación de productores'”, expresa. Enseguida, enfatiza: “Te sacan las variedades criollas, tenés que plantar las variedades clonales de ellos y te hace ser dependiente”.
Ignacio vio que “no hay que inventar la rueda”, porque los vecinos “aplican lo que son sistemas agroforestales de sombreado, que acá Pepe ya había traído”. Advierte que, en Uruguay, la especie rinde a partir del cuarto o quinto año y las cosechas deben hacerse cada dos años y medio aproximadamente. Dice que “la yerba es muy fiel” porque se puede cosechar desde marzo hasta octubre y se puede “adaptar a la dinámica económica familiar”. Sobre los desafíos, resalta que “es una inversión”. “Solo no se salva nadie. Si alguien quiere arrancar con esto de verdad, la exploración exige una inversión para los productores y productoras interesados de 8.000 dólares la hectárea. Para empezar, después la tecnología va mejorando, pero creo que Uruguay como consumidor de yerba se merece un poquito esto. La inversión en yerba mate no estaría lejos de las inversiones que involucran otras actividades productivas de pequeña escala, como la vid o el arándano”, declara. Insiste en que es necesario “no encerrarse en mi yerbita, mi emprendimiento” e ir “todas juntas, todos juntos y pensar una política de Estado”. “Sabemos que, si no apoya el Estado, no va a funcionar. Si no hay acceso a la tierra, no va a funcionar. Si no hay ni siquiera atención a lo que estamos haciendo, tampoco va a funcionar”, lamenta. Entiende que una “buena señal a nivel estatal” sería comenzar un “mapeo sobre quiénes son los pequeños productores que se están animando a incorporar yerbatales dentro de sus predios o tienen interés o disposición de predios para desarrollarlos”.
Frutos de yerba mate en la Quebrada de los Cuervos. Foto: Sandro Pereyra
Son varias las empresas de diferentes tamaños y visiones que buscan explorar el mundo de la yerba mate en Uruguay. Por ejemplo, han recibido llamados de ALUR, tienen conocimiento de que la argentina Taragüi también se ha acercado, incluso describen que el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de Argentina estuvo hace más de una década en el territorio. “La yerba mate en Uruguay tiene su distribución más sur en el planeta, son plantas que están muy adaptadas a las condiciones de frío y tienen una tolerancia mayor a la falta de humedad, que es lo que la está volviendo muy atractiva por el problema de que están desertificando la mata atlántica. Están perdiendo la humedad ambiente, la resistencia y la tolerancia a aires más secos, que es clave en la producción. Si vos perdés la humedad ambiente, la yerba pasa muy mal”, detalla Ignacio.
José, que es un referente en el movimiento agroecológico, está sentado en la casita que construyeron en el predio del INC, que tiene una vista preciosa al área protegida que tanto defendió. “Tengo 59 años, soy un sin tierra. A esta altura ya tendría mis yerbatales. Uno termina la vida productiva en Uruguay y nunca termina de acceder a las condiciones, sobre todo a la tierra, para poder desarrollarse. Aun así, pudiendo acceder, muchas veces es difícil mantenerlo. Apuesto que Uruguay, en determinado momento, haga una inversión para que pueda darse el retorno a la tierra de los jóvenes y puedan darse en las condiciones que se tiene que dar. No es solo acceder, tienen que formar gente y llegar con elementos para poder enfrentarse a la producción en la tierra”, finaliza.
Una vida marcada por el yerbal
José Gervasio Ramírez trabajó toda su vida en el campo. Alambró, esquiló, domó, tropeó. Entre risas, dice que hizo “todos los trabajos de campo, menos robar”. Al consultarle de dónde es, respondió: “Yo nací aquí, en el Yerbalito, cerquita”. Actualmente vive en la Quebrada de los Cuervos. Narra que hace más de seis décadas, cuando tenía 17 años, trabajaba en un establecimiento donde había yerbatales y estaba la costumbre de hacer producción para autoconsumo. En el lugar le contaron que los dueños tenían esta tradición desde hace “muchísimos años atrás”.
“Cortábamos la rama de la yerba después que caían las primeras heladas y se cargaba en una carreta con bueyes. La rama hay que podarla año por medio, así cría una rama de dos metros y medio, con una hoja carnosa, gruesa. Después de viejos los árboles, la hoja queda chiquita. Pero nosotros las traíamos en una carreta, se descargaba y ponía en un galpón, en un armazón de alambre a un metro del techo. Hacíamos fuego en la puerta del galpón y con una pala tiraba la brasa abajo. La hoja verde quedaba como blancuzca. Después se sacaba la yerba, se la ponía en fardos, se la quebraba a mano, le sacaba toda la hoja y los palitos finos. La pisábamos en un mortero grande, de cuero de vaca adentro, y después se pasaba a un molino. Una carreta daba un poco más de una barrica. Se apilaba la yerba, se la iba golpeando hasta que quedara parejita arriba. Quedaba así hasta el año siguiente, se tomaba la yerba que se había hecho el año antes”, recuerda. Lo producido era para consumo de la estancia, donde trabajaban entre diez y 12 personas.
Expresa que su hermano, le decían El Indio, “hacía yerba para tomar mate en la cocina”. “Traía la rama, la oreaba, la tostaba en la cocina y la molía. La hacía para mezclarla con la tradicional. Queda una yerba muy duradera, pero sola es amarga. Igual creo que no debe hacer mal, porque la gente que tomaba yerba antiguamente murió vieja tomando mate. Ahora las yerbas compuestas son puro yuyo”, lanza. Hasta hace cinco años más o menos, también seguía la receta de su hermano. Él dice que la yerba es como “cualquier árbol del pueblo”. “A los árboles del pueblo se los corta y cuando viene tiene una hoja más grande”.