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Frederico Peres.

Foto: Alessandro Maradei

Frederico Peres: “La crisis no es climática, está causada por la manera en que la humanidad utiliza los recursos naturales”

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la diaria conversó con el investigador brasileño sobre la necesidad de formar profesionales para detectar casos de intoxicaciones por pesticidas, por qué vivimos en una emergencia climática y no en una crisis climática y los futuros posibles en un mundo complejo.

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Frederico Peres se define como biólogo salubrista. Tiene muchos títulos, entre ellos, una licenciatura en Ciencias Biológicas, un doctorado en Salud Pública y un posdoctorado en Salud Ocupacional y Ambiental. También tiene mucha experiencia: hace 30 años que es investigador en la Fundación Oswaldo Cruz –conocida también como Fiocruz–, una institución del Ministerio de Salud de Brasil que es referente a nivel mundial. Ha escrito libros académicos pioneros como ¿É veneno ou é remédio?: agrotóxicos, saúde e ambiente, publicado en un temprano 2003.

La semana pasada estuvo en Uruguay para participar en el curso Cambios Climáticos y Salud Pública en América Latina, organizado por la Unidad Académica de Medicina Preventiva y Social de la Universidad de la República. La investigadora referente del área, Alicia Alemán, ha compartido espacios con Peres y su equipo de Fiocruz. Explica que en Uruguay, “si bien hay muchos grupos que trabajan en el área de la salud y en el área ambiental”, aún falta profundizar “en el área de emergencia climática vinculada a la salud”. De esta forma, la visita del académico brasileño se enmarca en una perspectiva de que “necesitamos una fuerte sensibilización en muchas áreas” porque esta temática requiere una perspectiva interdisciplinaria. En este contexto, la diaria conversó con Peres sobre la necesidad de formar profesionales para detectar casos de intoxicaciones por pesticidas, por qué vivimos en una emergencia climática y no en una crisis climática y los futuros posibles en un mundo complejo.

¿Por qué comenzaste a investigar los impactos de los plaguicidas en la salud de la población?

Brasil es el país que más utiliza plaguicidas, que allá llamamos agrotóxicos. Es más correcto tratarlos de esta forma por el potencial tóxico que tienen. Los agrotóxicos tienen un potencial inmenso de causar daño a la salud individual y colectiva, muy bien detallado por la ciencia [...]. Hay una vinculación muy fuerte de este modelo insostenible de producción agrícola y también ganadera, que demanda el uso muy intensivo de estos productos agrotóxicos para la productividad. Esto tiene daños severos, tanto en el ambiente como en la salud, pero no afecta a todos de igual manera. Trabajamos muy fuertemente en mostrar que hay grupos específicos, como es el caso de los trabajadores rurales que usan plaguicidas, agrotóxicos, para el control de plagas en plantaciones, también la población que vive cerca, los vecinos, la población que come los alimentos contaminados.

Hay que mostrar estas cadenas donde la contaminación pasa por distintos compartimentos ambientales y llega a la salud. En los últimos años, ha ganado importancia en el campo de la salud pública. Yo empecé trabajando en este tema hace 30 años, cuando salí de la universidad. Fui a trabajar en Fiocruz en un proyecto de exposición de trabajadores rurales a plaguicidas. Me quedé, y este año cumplo 30 años. Cuando empezamos, había pocos grupos trabajando en ese tema. Incluso, mi tutor y yo hemos sido las primeras personas que escribimos un libro en portugués sobre la relación entre agrotóxicos, salud y medioambiente. En español había poco, en inglés era donde se tenía más evidencia. Tuvimos que formar una generación. Hoy tenemos dos generaciones de investigadores y de salubristas que se dedican a estos temas. Felizmente, gana bastante espacio e importancia en la academia.

Han logrado construir una base académica fuerte que estudia la problemática.

Sí, a partir de esta base que empezó fuerte en las distintas regiones de Brasil, vimos que había interés y demanda de otros países, de otros grupos académicos en América Latina, por tener esta mirada integral para el estudio de los plaguicidas, los agrotóxicos. Empezamos a acercarnos a grupos en América Latina: en Argentina con la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de Lanús; en Uruguay con la Universidad de la República; también en Paraguay, Chile, Colombia. Creamos una red de personas que antes se dedicaban a la toxicología o la salud pública y pasaron a adoptar la mirada de salud ambiental y salud ocupacional.

¿Los equipos que abordan estas temáticas deben ser multidisciplinarios?

Sí, es fundamental. Desde siempre nos pareció que no era suficiente tener una mirada solamente salubrista o ambiental del problema. Es complejo, demanda una mirada integrada. Quizá hay un sesgo de mi formación, un biólogo que ha sido formado después como salubrista, pero mucha gente percibió la importancia. Hay muchos efectos de las exposiciones a corto plazo, de las exposiciones a lo largo de la vida. Esto demandó desde siempre una mirada transdisciplinaria, una mirada integral sobre el problema. La salud pública tiene esta característica de base, de ser una ciencia totalmente interdisciplinaria. La salud pública latinoamericana, que tiene una influencia muy fuerte del movimiento de la medicina social latinoamericana, de la salud colectiva brasileña, permite considerar el problema bajo una mirada más amplia.

En términos de política pública, ¿cuál sería el camino que deberían optar los gobiernos en materia de agrotóxicos?

Vamos a pensar que esto es una responsabilidad que tiene que ser compartida entre gobiernos, la sociedad civil –sobre todo los movimientos sociales del campo– y la academia. Tiene que haber una vinculación muy estrecha de estos tres actores. Pensando en Brasil y Uruguay, donde la agricultura tiene un peso muy fuerte en las economías, para el gobierno no va a ser una prioridad hacer este tipo de regulación, de políticas o algo que promueva la salud de los trabajadores que están bastante vulnerabilizados frente a la exposición de agrotóxicos. Es necesaria una presión que va desde el movimiento social. La academia tiene un rol muy importante porque tradicionalmente tiene vinculación con los gobiernos, pero también con los movimientos sociales y la sociedad civil organizada. En especial destaco las instituciones formadoras de salud pública; tienen un rol estratégico para enfrentar estos problemas porque son capaces de unir a la gente, de integrar distintos conocimientos en el marco de políticas públicas. Es fundamental para controlar, acompañar, monitorear.

En el marco de la formación de cuadros específicos y de recursos humanos para actuar en los servicios, uno de los primeros problemas que identificamos en Brasil cuando empezamos a hacer los estudios sobre exposición a plaguicidas fue la dificultad de identificar en los servicios de salud la ocupación del individuo. Para nosotros era claro que aquellos síntomas estaban directamente relacionados con la exposición a plaguicidas, pero los médicos, los actores en la práctica, no tenían esta visión. Tuvimos que formar una cohorte de personas en Brasil y en otros países para tener esta mirada e identificar de manera temprana síntomas que podrían estar asociados a una exposición a agrotóxicos.

¿Notaron que la formación de profesionales tuvo repercusión?

Sí, esto incluso nos ha traído “problemas”. Imaginate llegar a una ciudad cuya economía sea básicamente agrícola, donde no se tenía ni un caso de intoxicación notificado en los sistemas de información. Cuando empezamos a enseñar a los médicos y a los licenciados en enfermería a identificarlos, los casos pasaron de 0 a 200. Fuimos llamados por alcaldes que nos decían: “Están queriendo acabar con la economía en esta ciudad”. Esto no es así; estamos mostrando un problema que ya existía, que ya impactaba su sistema de salud pero no estaba registrado, porque no se veía la conexión.

En una entrevista mencionaste que preferís hablar de emergencia climática y no de cambio climático o de crisis climática. ¿Por qué?

No es tanto un problema conceptual, tiene que ver con la importancia y la urgencia del problema. Cuando hablamos de cambio climático estamos hablando de cambios en patrones tanto del clima como de la temperatura y de otros aspectos relacionados con la dinámica de los ambientes, de los biomas. Cuando hablamos de una emergencia climática hablamos de un problema urgente, complejo y que tiene múltiples dimensiones. La crisis climática podría ser un problema solamente del clima o de los factores climáticos, pero la crisis no es climática, es una crisis humana y está causada por la manera en que la humanidad está utilizando los recursos naturales. En verdad, vivimos una crisis de las crisis. Hay distintas crisis que han producido los problemas en los patrones climáticos. Crisis políticas, crisis económicas, crisis sociales que, de manera conjunta, integrada, y una interactuando sobre la otra, han producido un problema de gran dimensión. Este problema es una crisis de las crisis, que es lo que vivimos con la emergencia climática en este momento.

Durante un seminario sobre crisis alimentaria y emergencia climática definiste que el concepto de territorio es fundamental al hablar de salud ambiental.

Como salubrista y ecólogo, la vinculación con el territorio es natural para mí. Vemos cómo el clima está afectando los sistemas naturales, la biodiversidad, con impactos sobre la salud humana. El territorio es un concepto clave porque nos permite ver el espacio donde se producen y reproducen los problemas que llevan a los efectos sobre la salud pública. Es, al mismo tiempo, el productor y reproductor de los problemas que están directamente vinculados al cambio climático.

Desde nuestra perspectiva, es necesario tener políticas y programas que sean direccionados a la realidad de cada uno de los lugares, considerando la característica de cada uno de los grupos vulnerables. Hay territorios que están impactados por procesos productivos, por basura, por un cúmulo de actividades industriales que son vecinas y que tienen contaminaciones específicas o son territorios que no consiguen enfrentar problemas que ya son resueltos en otras partes del mundo, como la contaminación por aguas residuales. La falta de la estructura de saneamiento, generalmente, es más evidente en territorios más vulnerables y es un problema para el que tenemos solución. La cuestión no es que tengamos que tener altas tecnologías, hay que tener la inversión de recursos para hacer las estructuras básicas para garantizar las condiciones de vida de estas personas. Generalmente esto está en la base de los problemas que vimos de la relación entre los cambios climáticos y la salud pública.

¿Pensás que es posible un modelo de desarrollo sostenible con la vida?

Seguramente. Si pierdo esta mirada, no me dan más ganas de seguir trabajando [risas]. Tenemos diversas experiencias que nos muestran esto. Estamos viendo que hay distintos sistemas alimentarios cuyo impacto sobre los sistemas naturales y sobre el clima es innegablemente más bajo que otros que tienen una perspectiva de exportación de commodities agrícolas, de la producción a gran escala para poder suplir a mercados internacionales y no necesariamente a las demandas por alimento de la población de los propios países. En Brasil tenemos 5,8 millones de personas pasando hambre todos los días y somos el productor agrícola más grande del mundo. Es terrible, esto tiene que ver justamente con la adopción de sistemas alimentarios completamente insostenibles.

Por otro lado, tenemos experiencias de sistemas que se basan en la perspectiva agroecológica, la promoción de agricultura familiar y de carácter orgánico, la producción totalmente integrada a los distintos biomas que tenemos en nuestro país, pensando en una escala más pequeña, pero totalmente conectada con lo que llamamos circuitos cortos de distribución y producción de alimentos. Estos sistemas se muestran mucho más sostenibles y emiten mucho menos impactos en términos de gases de efecto invernadero, necesidades de transporte de grandes distancias y facilitan mucho la conservación de los biomas, de los ecosistemas. Creo plenamente en esto.

Brasil es pionero en la agroecología. Ustedes han demostrado que es posible un modelo agroecológico que sea también rentable para las personas que están produciendo.

En un país que es el productor del agronegocio más grande del mundo –el primer productor de soja, de maíz, de ganado– tenemos esta paradoja, también tenemos experiencias –que incluso han sido promovidas por programas de gobierno en algunos momentos de la historia del país– que han impulsado la producción orgánica y la producción agroecológica. Hay ejemplos maravillosos, por ejemplo, en arroz. En el marco de la pandemia de covid-19, el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra de Brasil hizo el esfuerzo enorme de seguir produciendo para afrontar la inseguridad alimentaria grave que se veía en las calles, en las casas de las personas que estaban sin trabajo. La economía estaba totalmente paralizada y produjeron arroz orgánico de buenísima calidad en una escala grande que fue utilizada en cocinas comunitarias, en las ollas populares como las que tienen en muchos países latinoamericanos. Distribuyeron a la población para contrarrestar el agravamiento del hambre y de la inseguridad alimentaria.

Hay ejemplos, hay tecnologías, hay principios. Sin embargo, esto depende primero de un apoyo de programas de gobierno que piense la producción de alimentos para atender a las necesidades nutricionales, alimentarias y culturales de la población y no a los mercados internacionales de commodities, de granos, de cereales, como tenemos en el modelo del agronegocio. Es una cuestión de perspectiva y depende de decisiones macroestructurales. La tecnología y los ejemplos los tenemos todos. Hay que tener voluntad de poder cambiar el principio macro que organiza un sistema alimentario totalmente insostenible.

¿Cómo te imaginas el futuro?

Hay muchas respuestas posibles a esta pregunta. Tengo, por lo menos, dos. Una pregunta podría ser: ¿cuál es el futuro de la producción y reproducción de estas dinámicas insostenibles? Por otro lado, ¿cómo las personas están enfrentando esto desde la unión de la academia, organismos del gobierno y de movimientos de la sociedad civil organizada? Sobre la primera, creo que tengo una perspectiva que no es tan positiva. Los factores que son determinantes de la emergencia climática, de sus efectos sobre los sistemas ambientales y los sistemas alimentarios, dependen de cambios macroestructurales, de un cambio de una visión de Estado y de un proyecto de desarrollo posible. A corto plazo, no veo mucha perspectiva de cambio, sobre todo en América Latina, donde los países han reprimarizado sus economías a partir de 1990 y pasan a depender cada vez más de las inversiones que vienen del campo, pero no de la agricultura familiar, del agronegocio exportador de commodities. Hay que tener grupos políticos fuertes que pueden impulsar proyectos de desarrollo más sostenibles, pero esto depende también de una movilización grande de la base de la población para pensar proyectos juntos.

Sobre el segundo punto tengo una perspectiva bastante más positiva. Tengo 30 años de trabajo en el área y he podido ver los cambios en la articulación de estos grupos, sobre todo de la academia con los gobiernos, con una legítima colaboración de los movimientos sociales para proponer e implementar programas que puedan tratar de promover sistemas alimentarios más sostenibles, de promover programas de salud que sean más inclusivos y orientados a lo que se está viviendo con el clima y también programas de preservación de los ambientes, de promoción de espacios y territorios más saludables.

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