En Sayago, cuando llegan las noches cálidas y el aire huele a lluvia, un grupo de alborotadores sale a las calles. Surgen de los desagües y huecos que se forman en los muros de patios y jardines, como si escucharan al mismo tiempo una señal secreta. Muy pronto, un tamborileo familiar resuena en el barrio, con pulsos tan constantes que parecen hechos por maquinitas.

No están saliendo a celebrar el reciente campeonato obtenido por Racing ni son exclusivos de Sayago, por más que se hayan establecido allí con éxito. La escena se repite en otros barrios de Montevideo y puntos de Ciudad de la Costa, como sabrá cualquier vecino atento.

Los protagonistas de estas incursiones nocturnas y sus respectivos cantos corales son los sapos comunes (Rhinella arenarum), una especie típica de zonas costeras con suelos arenosos o praderas inundables, pero que se ha adaptado bastante bien a las urbanizaciones. Que conquisten las calles de Sayago y otros barrios para alimentarse o buscar pareja es prueba de ello.

Solemos creer que las ciudades están alejadas del mundo natural, o que nosotros mismos, por vivir en estos grandes ecosistemas de concreto, vidrio y acero que hemos creado, quedamos excluidos de él. Pero no es así. En las ciudades también habitan insectos, arácnidos, anfibios, mamíferos, aves, plantas, hongos y muchos otros organismos que se interrelacionan entre sí y con nosotros. Algunos prosperan en estas condiciones. Otros se adaptan como pueden. Y, como producto de la influencia de estos ambientes relativamente nuevos y desafiantes, están cambiando.

Varias especies, tal cual ocurre con algunos insectos y anfibios, son lo suficientemente plásticas como para experimentar cambios físicos en períodos relativamente cortos, en respuesta a las presiones del ambiente. Son, por lo tanto, excelentes modelos para entender cómo los fenómenos humanos y las nuevas condiciones ambientales que generan están afectando físicamente a los organismos expuestos a ellos.

El sapo común, habitante frecuente de las urbanizaciones, es uno de ellos. Por eso, es el protagonista de un reciente trabajo hecho en Argentina y Uruguay, liderado por un equipo que integran, entre otros, Laura Pereyra y Carlos Cabrera, del Instituto de Ecorregiones Andinas (Conicet-UNJu), de San Salvador de Jujuy (Argentina), y con la participación de la bióloga uruguaya Cecilia Bardier, del Departamento de Modelización Estadística de Datos e Inteligencia Artificial (Media) del Centro Universitario Regional Este (CURE) de Rocha.

En él, analizan las variaciones físicas de estos sapos en poblaciones de Argentina y Uruguay, y evalúan qué papel están jugando en ellas los ambientes y las urbanizaciones, información relevante en un mundo en el que la influencia humana avanza cada vez más sobre los espacios naturales.

Ruperto y el hipódromo siniestro

Cecilia Bardier conoce de cerca el impacto que las ciudades pueden provocar en los anfibios. Cuando volvió de su posdoctorado en Suiza, fue invitada por el equipo argentino a tomar las muestras de Uruguay para este trabajo. Pensó primero en analizar los ejemplares de la cooperativa en la que vive, Vicman, donde habitaba una gran población de sapos comunes antes de que ella se fuera. Pero al volver descubrió que habían erradicado los charcos de agua estables en el predio, en parte por miedo a los mosquitos. De aquel nutrido grupo de Rhinella arenarum solo quedaba una gran hembra solitaria, que asomaba cada tanto a la espera de algún cortejante que jamás llegaba.

Cecilia sabía que existía otra población en el predio del hipódromo de Maroñas y pensó entonces en muestrear ejemplares allí. Tampoco pudo. No le dieron permiso y, de todos modos, no le habría servido de gran cosa, porque le dijeron que los sapos que aparecen por allí se eliminan.

Se les llama “sapos comunes” por algo. Están presentes en muchos sitios a lo largo de su rango de distribución, que va desde el sur de Bolivia hasta Chubut en Argentina, incluyendo buena parte del territorio uruguayo y las zonas costeras del sur de Brasil. Tienen gran capacidad de adaptación, son tolerantes a las urbanizaciones, su tamaño es grande y se reproducen en forma explosiva en temporada de lluvias, lo que significa que acuden en masa a los charcos cuando hay lluvias intensas. Pero ser “comunes” no los vuelve menos importantes ni los exime de riesgos, como ya vimos en estos ejemplos de poblaciones montevideanas.

“A las especies comunes en general se les presta poca atención, sobre todo con la crisis de biodiversidad que hay hoy, que nos lleva a priorizar las especies amenazadas y raras, y no atender tanto a las comunes que aparecen en el patio de casa. Sin embargo, están declinando también y es súper importante conservarlas. Con Rhinella arenarum ocurre algo de eso: está siendo difícil encontrarlas en algunos sitios donde normalmente estaban”, advierte Cecilia.

Después de sus primeros intentos infructuosos, tuvo que redirigir su atención hacia otros dos lugares: Sayago, que alberga una población de sapos comunes que se mantiene con buena salud, y Euskal Erría 70, donde estos anfibios también prosperan. Erradicar a estos sapos suena a mala idea incluso estratégicamente. En Euskal Erría 70, por ejemplo, parecen estar cumpliendo un buen trabajo como escuadrón de plagas; en las observaciones de fecas hechas durante sus muestreos, Cecilia pudo comprobar que consumen una gran cantidad de cucarachas en el barrio.

Además de recorrer por las noches estas dos locaciones montevideanas, Cecilia tuvo que buscar sapos en ambientes menos urbanizados, una condición fundamental para los objetivos de este trabajo (aunque, como ella aclara, se está volviendo difícil hallar poblaciones de Rhinella arenarum en ambientes “prístinos”).

Con la ayuda de la organización Karumbé, hizo también un muestreo de ejemplares en Punta del Diablo, donde hay una población de sapos comunes que se reproduce en un charco ubicado en la arena, y otro en los alrededores de la estación de los guardaparques de Cabo Polonio.

¿Qué fue exactamente lo que hizo en estos sitios? Seguir la misma metodología de muestreo que sus colegas aplicaron en Argentina, con el fin de descubrir los procesos evolutivos que las ciudades están impulsando en estos anfibios.

Qué tendrá el petiso

Los investigadores e investigadoras hicieron muestreos de sapos comunes en 32 sitios urbanos y periurbanos de Argentina y Uruguay. En cada uno de esos lugares, determinaron el sexo de cada anfibio encontrado, lo pesaron y tomaron medidas detalladas de 16 rasgos morfológicos, entre ellos longitud de la cabeza, ancho de la cabeza, longitud de las patas anteriores y posteriores, etcétera.

Para relacionar estos rasgos con las condiciones de los lugares en los que los encontraron, analizaron otros dos conjuntos de datos. Por un lado, desarrollaron un índice de urbanización que evaluó la actividad y construcciones humanas en un kilómetro a la redonda de cada sitio de muestreo. Por ejemplo, densidad de población, calles, comercios, presencia de luz artificial y proporción de áreas residenciales y naturales, entre otros puntos. Por otro lado, evaluaron las variables ambientales y geográficas de cada sitio, como precipitaciones, temperaturas, altitud, cantidad de vegetación, presencia de cuerpos de agua superficiales, déficit hídrico, etcétera.

Cecilia Bardier.

Cecilia Bardier.

Foto: Alessandro Maradei

Una vez obtenidos todos los datos, usaron varias herramientas estadísticas para analizar la relación entre variables ambientales, urbanización y diferencias morfológicas de los anfibios de los 32 puntos estudiados.

En total, el equipo recolectó información de 360 individuos adultos de la especie (255 machos y 105 hembras). Un primer dato relevante, de tipo general, fue que confirmaron con datos sistematizados que las hembras son en promedio más grandes y pesadas que los machos. Esta es una tendencia que se mantiene en todas las poblaciones analizadas, mientras que en los machos hay más variación de tamaño según la zona. Lamentablemente para quienes gustan de estadísticas chauvinistas, hay que decir que los machos de Buenos Aires son los más grandes entre los estudiados, y que los de Montevideo y Rocha ocuparon una posición intermedia.

Sin embargo, un tamaño más pequeño no tiene por qué ser una desventaja para los machos. Estudios previos mostraron que las hembras de sapo común tienden a seleccionar machos más pequeños para reproducirse, porque esta diferencia corporal optimiza el proceso de fertilización (al ver el abrazo sexual se entiende a las hembras: deben cargar a sus espaldas con un macho pesado, literal y figurativamente).

Más allá de estos apuntes sobre sexualidad anfibia, ¿qué se puede concluir sobre los efectos de la urbanización en los sapos comunes de Argentina y Uruguay?

Como sapo de otro pozo

Los factores que más están incidiendo sobre las variaciones físicas de esta especie son ambientales, explica Cecilia. El más importante de ellos es la disponibilidad de agua.

Por ejemplo, el acceso al agua explica esa diferencia de tamaño entre los machos de distintas locaciones, que ya mencionamos. Cuando hay mayor disponibilidad de agua el tamaño corporal es menor y viceversa. Eso se debe probablemente a que en entornos áridos y estacionales es una ventaja para los anfibios tener una menor relación superficie-volumen (como se da en tamaños más grandes), porque reduce la pérdida de agua por evaporación.

Obviamente la disponibilidad de agua es antes que nada un factor ambiental que puede estar asociado o no a la urbanización (como cuando se eliminan charcos, tal cual vimos), pero la urbanización de por sí también está influyendo sobre algunos cambios físicos que están experimentando los sapos comunes. Lo hace en interacción con las condiciones del ambiente y sus efectos varían según el sexo y el lugar.

“Uno puede pensar en las ciudades como lugares bastante homogéneos en sus características, como tener mucho pavimento, mucha luz, contaminación del aire y pocos espacios verdes, entre otros aspectos que hacen a un estereotipo de ciudad, pero eso no significa que todas sean iguales desde la perspectiva de los sapos”, aclara Cecilia.

Dicho de otro modo, no todas las urbanizaciones son lo mismo para estos anfibios ni les provocan efectos físicos iguales. Futuros trabajos, que analicen por separado los efectos de las distintas variables que componen el índice de urbanización usado por los investigadores (como iluminación, densidad poblacional, construcciones), quizá ayuden a hilar más fino las causas y efectos.

Hay algunos rasgos, sin embargo, que se ven modificados de igual modo en todas las urbanizaciones analizadas. Intentar entender por qué ocurre esto es un maravilloso ejercicio de hipótesis evolutivas, que muestra la incidencia de las ciudades en las especies que las habitan.

Abran la cabeza, anfibios

Los cambios más notorios y consistentes entre las ciudades se dieron en las dimensiones de las extremidades y la cabeza. “Ambos sexos presentaron un aumento en las dimensiones cefálicas, de forma más acusada en las hembras”, señala el artículo. Una explicación plausible para esta modificación es el acceso a presas más grandes en entornos urbanos durante la fase de desarrollo, que en estudios previos ha mostrado este efecto en algunas especies de anfibios. El sapo común, que es generalista y suficientemente flexible como para adaptar su estrategia de caza, podría estar aprovechando la densidad de insectos que atrae la luz artificial.

No es la única explicación que ensaya el equipo. Es posible que el ambiente urbano, más desafiante, esté produciendo cambios cerebrales en los sapos comunes. Además de la modificación del tamaño de la cabeza, se comprobaron alteraciones de otros rasgos, como la distancia interorbital y la distancia narina-ojo, que podrían estar relacionadas con las regiones cerebrales subyacentes. “Es posible que el cerebro se agrande para procesar más información y desarrollar inteligencia para sobrevivir en este tipo de ambientes”, aclara Cecilia. “La complejidad del hábitat impulsa la evolución de volúmenes cerebrales más grandes en algunas especies de ranas”, agrega el artículo. Dicho de otro modo, quizá los sapos de ciudad se estén volviendo más listos para sobrevivir allí.

Medición de sapo común (_Rhinella arenarum_) en muestreo. Foto: cortesía de Cecilia Bardier.

Medición de sapo común (Rhinella arenarum) en muestreo. Foto: cortesía de Cecilia Bardier.

Con respecto a los cambios en las extremidades, la longitud de las patas posteriores y anteriores aumentó con la urbanización, aunque con diferencias entre los sexos. En las hembras se modificó la longitud de las extremidades traseras, específicamente del fémur y la tibia-peroné, lo que “podría sugerir mayores necesidades de dispersión, posiblemente para explorar sitios adecuados de reproducción e invernada”. En los machos el motivo potencial no es tan claro, pero las modificaciones se dan en la longitud del antebrazo, que es importante en la fuerza de fijación del abrazo sexual.

También hay una tendencia a un mayor tamaño del tímpano en ambientes urbanizados. Esta modificación “podría funcionar como un mecanismo compensatorio frente al ruido de fondo, que limita la comunicación”, especula el artículo, aunque reconoce que es necesaria más evidencia para establecer este vínculo.

No sos vos, soy yo

Tal cual aclaran los autores, todos estos cambios podrían estar ocurriendo “en respuesta a un paisaje físico novedoso, aunque se necesita más investigación para aclarar si son efectivamente adaptativos al contexto urbano”. Tampoco son lineales. No significa que a mayor índice de urbanización, más evolucionarán estos anfibios hasta convertirse en una suerte de supersapos que todo lo pueden. Algunas de estas modificaciones se diluyen cuando el nivel de urbanización es muy alto, lo que supone también mayores exigencias para la especie.

Parece asombroso que estos cambios evolutivos se estén produciendo frente a nuestros ojos y a causa, en buena parte, de los ambientes que nosotros creamos. Sin embargo, hay ejemplos numerosos y mucho más extremos de transformaciones aceleradas e inducidas por el ser humano. Estudios han mostrado que los salmones atlánticos están experimentando cambios veloces, tanto en su tamaño como en los tiempos de maduración, en respuesta a la alta presión de pesca a la que son sometidos. Otras investigaciones han revelado que la población de ratones de patas blancas (Peromyscus leucopus) de la ciudad de Nueva York ha desarrollado adaptaciones que le permiten metabolizar mejor la comida humana que encuentran en la ciudad.

Los ambientes urbanos de nuestra región no tienen más de 300 o 400 años de antigüedad, pero para especies con gran plasticidad morfológica, como ocurre con varios anfibios, es suficiente para inducir cambios que ya comienzan a notarse.

En las conclusiones del trabajo los autores señalan que el sapo común “exhibe una notable resiliencia funcional en paisajes dominados por humanos”, probablemente gracias a esta capacidad de adaptación física, pero aclaran que eso no los hace inmunes a los peligros de vivir en la ciudad. Futuros estudios, apuntan, podrían medir la acumulación de contaminantes en sus tejidos y el estrés del ambiente para evaluar su viabilidad a largo plazo en ambientes urbanizados.

Los resultados de la investigación son también un recordatorio de la gran influencia que estamos ejerciendo sobre otros seres vivos y la responsabilidad que viene con ella, además de mostrarnos que las ciudades, esos ecosistemas modernos en los que más del 90% de los uruguayos vivimos, no son exclusivamente nuestras.

Artículo: The interplay of geography and urbanization shapes morphological variation in the common toad, Rhinella arenarum
Autores: Laura Pereyra, Mario Ruiz, Rebeca Acosta, Dionel Aguiar, Clarisa Bionda, Ana Boggio, Rocío Demartín, Romina Ghirardi, Pablo Grenat, Javier López, Guillermo Natale, Lorena Quiroga, Eduardo Sanabria, Mónica Soliz, Florencia Bahl, Eduardo Schaefer, Favio Pollo, Cecilia Bardier, Liliana Moreno, Soledad Palomas, Diego Núñez, Carlos Cabrera.
Publicación: Urban Ecosystems (marzo de 2026).