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Vivimos en un país cuya economía se basa en gran medida en lo que produce su tierra: carne, arroz, granos como la soja o el trigo, lácteos, forestaciones, frutas, verduras y hortalizas. En todos los casos, salvo por las verduras y hortalizas, la mayor parte de esa producción se destina a la exportación, generando así valiosas divisas. Se trata en gran parte de materias primas sin demasiado procesamiento, a las que se denomina commodities porque, entre otras cosas, a quien las compra tanto le da quién se las vende: una tonelada de soja de Argentina es a casi todos los efectos igual a una tonelada de soja de Uruguay, Estados Unidos, Brasil o India.
El nuestro no solo es un país agroexportador, sino que a falta de grandes industrias y otros desarrollos, es extremadamente agroexportador: en 2025 los principales productos que vendimos al mundo, según el reporte de Uruguay XXI, fueron la carne bovina (20% del total exportado), seguida de la celulosa (17%), la soja (11%), los lácteos (7%), el arroz (4%) y los subproductos cárnicos (4%). Excepto los concentrados para elaborar refrescos (que fueron 6% de lo exportado) y los vehículos (3%), todos los demás productos entre los diez que movieron más dinero provienen de la actividad agropecuaria.
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Vivimos en un mundo en el que, se dice, la información es una de las mercaderías más valiosas. Sin embargo, la información por sí sola es tan útil como millones de barriles de petróleo enterrados a una profundidad inaccesible. Cuando logramos analizar, procesar e internalizar la información y, más importante aún, colocarla en un contexto en el que pueda aportarnos algo, allí sí demuestra su valía (cierto es que hoy hay quienes generan y venden información como un commodity para que alguien más haga algo a partir de ella). Uruguay cuenta con grandes cantidades de información variada sobre sus producciones agropecuarias desde hace décadas, información que es recopilada por diversos organismos, instituciones e investigaciones académicas confiables.
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Vivimos en un mundo en el que hay casi un acuerdo general acerca de que si seguimos así como vamos, más temprano que tarde nos daremos un golpazo. Buscamos, algunos con más o menos sinceridad que otros, la sostenibilidad, cómo hacer para hacer lo que hacemos sin seguir estropeando las condiciones para que otros logren hacerlo en el futuro. La producción sostenible es casi un imperativo en nuestros días, más allá de que pocas veces, como sociedad, nos hemos puesto a reflexionar sobre qué consideramos sostenible. ¿Más de lo mismo pero dañando menos el ambiente? ¿Lo mismo pero usando menos, es decir, mejorando la eficiencia? ¿Más gastando lo mismo? ¿Lo que hacemos pero con más impacto en el bienestar de la mayoría? ¿Barajar un poco y repartir algunas cosas de nuevo?
1+2+3
Un reciente artículo científico, titulado “Los amplios rangos de (in)sostenibilidad de los territorios agroexportadores: perspectivas desde Uruguay”, enhebra maravillosamente los tres numerales esbozados. Al analizar e integrar valiosa información sobre la producción que nos define como país agroexportador y analizar la huella en el ambiente, la economía y la sociedad de las distintas producciones –las dividen en siete: carne, granos, arroz, lechería, forestación, frutas y vegetales (verduras y hortalizas)–, deja todo en bandeja para que podamos pensar un futuro más sostenible con datos que nos permiten comparar qué nos deja cada actividad y a qué costo.
Firmado por Tomás Milani, Federico Bizzozero, Néstor Mazzeo, Matilda Baraibar, Juan Manuel Piñeiro, Lucía Rodríguez, Lucas Garibaldi y Esteban Jobbágy, todos investigadores del Instituto Sudamericano para Estudios sobre Resiliencia y Sostenibilidad (Saras) de Uruguay, y a su vez, con filiaciones en diversas instituciones académicas de Uruguay (Centro Regional Universitario Este de Rocha y Maldonado de la Universidad de la República, Centro Uruguayo de Tecnologías Apropiadas), Argentina (Conicet, Universidad de San Luis, Universidad Nacional de Río Negro, Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural) y Suecia (Universidad de Södertörn), el trabajo analizó cómo cambió el perfil agroexportador de Uruguay entre los períodos 2005-2007 y 2020-2022, al tiempo que le hizo una radiografía lo más completa posible (de acuerdo con los datos disponibles que pudieron procesar y comparar) a cada uno de esos sectores que mueven el motor agroexportador del país.
Así que, más rápido de lo que se dice que la carne es lo que genera más riqueza en Uruguay –¿será tan así si miramos cuánto genera cada hectárea con ganado, o cuántas personas emplea, o cuánto se perjudica al ambiente?–, salimos al encuentro de Tomás Milani, agrónomo y ecólogo argentino que es el primer autor de un gran trabajo colectivo.
Un investigador saliendo de su zona de confort
El trabajo reúne un montón de disciplinas y saberes –agronomía, ecología, economía, estadística– y recurre a cuantiosas bases de datos de información disponibles en distintos organismos de Uruguay. Eso me lleva a preguntarle a Tomás en qué se formó.
“Es una buena pregunta. Creo que tengo una crisis de identidad. Originalmente soy ingeniero agrónomo, esa es mi formación de base. Después mi doctorado fue en Ciencias Biológicas, entendiendo cosas más relacionadas con procesos ecológicos. Pero siempre estuve interesado en cómo se relacionan las personas con el territorio y qué implica eso, tanto para la naturaleza como para las personas. Eso te va llevando a meterte en terrenos medio pantanosos y en cosas que uno a veces no comprende del todo”, dice sonriendo.
“Diría que siempre estuve en esas interfaces entre la producción, las personas y la naturaleza”, resume Tomás. Le pregunto si no debería agregar a su receta también cierto gustillo por el diseño de políticas, o al menos el de generar insumos para la toma de decisiones, ya que el trabajo es brillante en ese sentido: deja datos para pensar hacia dónde apuntar si realmente pretendemos una producción sostenible para la gente, el ambiente y que al mismo tiempo haga felices a los ministros de Economía, ya que podemos hacerlo sin descuidar la balanza comercial. “Totalmente, sí”, reconoce. “Creo que las personas vivimos en sociedades complejas y eso implica que hay mucha política. En ese sentido, no se puede trabajar solamente con agentes o actores particulares, sino que hay que mirar diferentes escalas de agregación, incluso más allá de la política nacional, ya que es preciso entender cómo un país determinado y su sociedad están insertos en circuitos mucho más grandes de comercio global y de ideas globales”, sostiene. “Eso te va llevando a ir cambiando esa escala de análisis y a ir viendo qué palancas o qué cosas se pueden ir modificando para orientar la producción agropecuaria o los territorios hacia un escenario que esa sociedad determinada podría llamar deseable”, detalla.
Uruguay como laboratorio a cielo abierto
Tomás se formó con Esteban Jobbágy en la Universidad de San Luis, en Argentina. Juntos venían abordando cómo va cambiando la forma en la que se producen los alimentos, las fibras vegetales o la madera. El suyo es también un país agroexportador, pero no solo: tiene petróleo, otros minerales, industrias y demás. Pero Uruguay, una vez más, ofrece particularidades interesantes a la hora de hacer ciencia: en este caso, el hecho de ser un país agroexportador casi que por completo. ¿Fue esa particularidad la que lo llevó a radicarse en nuestro país hace dos años para llevar adelante esta investigación?
“Cuando surgió la posibilidad de sumarme a este proyecto financiado por el Fondo de Promoción de Tecnología Agropecuaria del INIA [Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias], me pareció una oportunidad increíble para justamente usar a Uruguay como un estudio de caso, como un laboratorio”, confiesa Tomás, que dice que para eso hay distintas razones. “No es solo una cuestión de su escala espacialmente más acotada y con cierto grado de homogeneidad mayor al de otros países, como Argentina o Brasil, que son enormes y geográficamente muy diversos, lo que hace que este tipo de análisis sea muy complicado”, señala. “Además de eso, Uruguay se caracteriza por tener un montón de información confiable, de distintas fuentes y que abarca muchos años. Era una oportunidad que no podía dejar pasar. Tenía que aprovechar mucho esos datos, venirme, entender un poco el funcionamiento y usar todo eso para pensar cómo funcionan estas cosas a nivel más general en otros países con agroexportación”, remarca.
Un trabajo con dos partes relevantes
El artículo publicado, a grandes rasgos, podría dividirse en dos jugosas partes: la primera consiste en ver cómo cambió en casi dos décadas (entre 2005 y 2022) nuestra matriz productiva, cómo el territorio se ha repartido entre los distintos tipos de producción orientada a la agroexportación de acuerdo con demandas generadas en los mercados que compran nuestros productos agropecuarios.
Luego, analiza cómo cada sector –en concreto los agruparon por granos, vegetales, fruta, arroz, lechería, forestación y carne– se comporta en distintas dimensiones para ver cuál es su huella social, económica y ecológica, de manera de aportar insumos a la hora de pensar en una producción sostenible para la sociedad y el ambiente. Para determinar esa “huella” de cada sector confeccionaron 12 indicadores utilizando las distintas fuentes de información disponible para el período analizado. Así, determinaron las emisiones de gases de efecto invernadero, el uso neto de agua, el potencial de eutrofización, la toxicidad, la producción primaria neta, la apropiación humana de la producción primaria neta, qué porcentaje de la producción correspondía a emprendimientos familiares, cantidad de puestos de trabajo generados en la producción (sin incluir el procesamiento, por ejemplo, frigoríficos o plantas de celulosa), formalidad del empleo, salario del sector, intercambio neto de divisas generado y el valor bruto generado por cada uno de los siete tipos de productos.
“Queríamos abordar la sostenibilidad, que usualmente se aborda de forma fragmentada o viendo solo una parte de la película, una sola dimensión”, señala. “Por ejemplo, uno puede entender muy bien qué pasa con el agua en cada tipo de producción, y al discutir sobre la sostenibilidad, hablará del uso de agua. Pero como país agroexportador que es Uruguay, y podríamos sumar tantos otros países a esa lista, hay una realidad que es que el agro tiene un peso muy importante para la economía y para las personas, de forma directa o de forma indirecta”, enfatiza Tomás.
“El agro es fuente de empleo para muchas personas, es fuente de divisas y eso hace que la balanza comercial del país se tenga que mantener estable. Eso, a su vez, impacta en personas que a lo mejor tienen poco que ver directamente con el agro, como los residentes de Montevideo, que no necesariamente se dan cuenta de que están indirectamente ligados a lo que pasa en ese territorio”, afirma. “Un poco la idea era entender qué pasa en esos territorios con estas dos caras de la moneda, las personas y la naturaleza, lo que nos lleva a esa corriente académica de los socioecosistemas, en la cual las personas y la naturaleza están totalmente entrelazadas y es muy difícil separar una cosa de la otra”, remarca.
“Lo que buscó este trabajo, quizás con un montón de imperfecciones, fue poner esas dos cosas en la balanza, entender cómo es la trayectoria y, por otro lado, entender cuáles son las huellas socioeconómicas y las huellas biofísicas que deja la forma en la que nos relacionamos con el ambiente y producimos”, redondea Tomás.
Tomás habla de imperfecciones, pero como señalan en el trabajo en varias ocasiones, los números relativos a la huella de cada sector son producto de juntar información dispersa, estimaciones basadas en otras investigaciones, análisis y malabares estadísticos. Es una modelización que intenta capturar fenómenos complejos. No hay que tomar ninguno de esos números como la verdad revelada; lo que se busca es mostrar, mediante un modelizado, un funcionamiento general.
“Fueron muchas horas de trabajo, de buscar información, de ver qué información hay disponible, de cuál es la calidad de esa información, de ver qué tiene relevancia para hacer comparaciones dentro de estos dos grandes universos, los socioeconómicos y los biofísicos”, detalla.
“Quizás el esfuerzo máximo de este trabajo estuvo orientado a integrar información y a juntar piezas del rompecabezas que mucha gente ha venido trabajando durante mucho tiempo y no a generar cada una de esas piezas por separado. En ese sentido, diría que es un trabajo más de integración que de generación de piezas particulares. Cada uno de los números que presentamos es el producto del trabajo de otras personas que quizás no están en este trabajo como autores, pero que indirectamente han sido parte necesaria para hacerlo posible”, reconoce con genuina gratitud hacia los gigantes sobre cuyos hombros se para la investigación que realizaron. ¡La ciencia es una construcción colectiva a lo largo del tiempo!
Vayamos entonces a adentrarnos en cada una de estas dos partes del trabajo.
¿Qué cambió en nuestro país agroexportador entre 2005 y 2022?
El primer dato que llama la atención del trabajo es que en el período estudiado, apenas menor a dos décadas, Uruguay pasó de dedicar a la agroexportación el 74% de la superficie dedicada a la producción a dedicar el 83%. En otras palabras: nuestro suelo se ha afectado en mayor medida a satisfacer las demandas de materias primas de otros países. El trabajo le pone medida en hectáreas a ese cambio: entre 2005 y 2022 Uruguay “desvió la producción de más de 1,5 millones de hectáreas de los mercados nacionales a los extranjeros”.
Por ejemplo, el trabajo reporta que la carne en 2005 destinaba solo 76% de lo que producía a la exportación, mientras que en 2022 colocó fuera del país 83% de lo producido. El caso de la lechería fue más notorio: mientras que en 2005 destinaba 47% de lo producido a la exportación, en 2022 colocó 75% fuera de fronteras y algo similar sucedió con la forestación (pasó de 56% en 2002 a 84% en 2005). Solo dos sectores no acompañaron esta tendencia: el de las frutas exportó 29% de la producción en 2005 y 28% en 2022, y el de verduras y hortalizas exportó aproximadamente 0% en ambos períodos.
“Quizás el titular de la dinámica un poco es ese, que se intensificó el perfil agroexportador de Uruguay en las últimas dos décadas”, comenta Tomás. “Ahora, cuando uno hace doble clic e intenta entender un poquito más, surgen cosas interesantes”, apunta. “Por ejemplo, este aumento de la orientación exportadora no se da solamente porque hay un aumento de la producción, sino porque al mismo tiempo hay una mayor integración comercial en mercados globales para las importaciones. Uruguay, habiendo mantenido una población más o menos estable en el período, hoy importa más alimentos que antes, exporta más alimentos que antes, y a su vez produce más alimentos que antes”, detalla.
“Hay una combinación de cosas. No solamente es que haya un mayor superávit de producción, porque la producción aumenta y la población se mantiene estable, sino que además eso se acopla con procesos de integración comercial más regional. Eso no es de extrañar para ningún uruguayo que hoy va al supermercado y la carne que compra muchas veces viene de Brasil”, señala Tomás. Sí, los cortes de oferta suelen ser de carnes importadas: colitas de cuadril, pulpón de vacío, bondiola o solomillo de cerdo, en su gran mayoría, vienen de nuestro hermano norteño.
Soja, forestación y molinos eólicos en un campo de Colonia. (Archivo, febrero de 2022)
Foto: Ignacio Dotti
En los materiales suplementarios del artículo podemos ver que mientras que en promedio en el período 2005-2007 se produjeron 618.000 toneladas de carne ovina y bovina y se importaron 2.214, en el período 2020-2022 se produjo más (637.693 toneladas, un aumento de 3%), pero también se importó más carne (49.629 toneladas, un aumento de más de 2.100%). En otras palabras, mientras que en el primer período 99% del mercado local se abasteció con carne nacional, en el segundo solo se cubrió 65% de la demanda con carne made in Uruguay (el trabajo no analizó la producción de carne de cerdo ni de ave).
“A esos procesos a lo mejor en el día a día no les prestamos atención, pero cuando uno hace un poquito de zoom out y mira desde lejos se da cuenta de que vienen ocurriendo. Esos dos procesos en simultáneo, el aumento de la producción pero también de la importación, hacen que Uruguay hoy sea aún más agroexportador que en el pasado”, remarca Tomás.
Bien. El perfil agroexportador se acentuó. Pero el trabajo también analiza cómo varió la composición de cada sector.
“Una de las cosas que vimos fue una expansión agrícola notoria entre 2005 y 2015, empujada por la demanda de soja, y también una expansión fuerte del sector forestal, al tiempo que se produjo una retracción en hectáreas de los sectores ganadero, arrocero, lácteo, y también una retracción en sectores más orientados al consumo doméstico, como pueden ser las frutas y las hortalizas”, comenta Tomás. Sin embargo hace una advertencia: “El hecho de que existan expansiones o retracciones en el espacio no significa necesariamente que la producción siga el mismo recorrido”.
En efecto, el país produce más carne, más leche, más granos, más arroz y más madera en 2022 que en 2005 (aunque menos fruta y menos verduras y hortalizas). Así que salvo la soja y la forestación, que se expandieron también en extensión, los otros sectores intensificaron su producción.
“Quizás los dos ejemplos más extremos de esto sean el sector lechero y el arrocero. En ambos se ve que la retracción de superficie está compensada con un aumento de la productividad, son una intensificación fuerte que hace que la producción total de estos dos sectores no deje de crecer, pese a que van cediendo en hectáreas totales a otros sectores productivos”, desliza.
Claro que intensificar la producción puede tener su contracara. Si es a costa de mejoras genéticas, mejores prácticas o similares, es muy distinto a que eso se logre aplicando más fertilizantes y pesticidas. “En este juego de cuál es la huella de cada sector es en lo que nos metimos posteriormente”, dice Tomás. Vamos a eso.
Distintos sectores, distintos impactos socioecológicos
Para hablar de producción sostenible es necesario ver cómo impacta cada tipo de producción en la sociedad (viendo el empleo, el salario, la producción familiar), la economía (aporte a las divisas, dólar generado por hectárea) y al ambiente (en este caso vieron emisiones de gases de efecto invernadero, uso de agua, toxicidad por agroquímicos, riesgo de eutrofización por fertilizantes y eyecciones de los animales, entre otros).
Pensar qué país agroexportador queremos requiere toda esta información que, por lo general, no está presentada en conjunto. ¿Queremos un país que mejore su balanza comercial? Hay sectores que generan más dinero por hectárea que otros. ¿Queremos un país que cuide su ambiente? Hay sectores que lo hacen mejor que otros. ¿Queremos aumentar el empleo o el afincamiento en el medio rural? Unos sectores promueven eso, otros no tanto. Así que para pensar esa sostenibilidad, muchas veces vaciada de todo contenido en el discurso, veamos qué pasó en muchas de estas dimensiones que analizaron.
Los sectores que generan más dinero por hectárea
Dijimos que el nuestro es un país agroexportador. Sin embargo, las dos producciones que más valor generan por hectárea son justamente aquellas que no exportan demasiado: las verduras y hortalizas (US$ 19.239 por hectárea por año) y las frutas (US$ 6.969 por hectárea por año). La que queda en el último lugar de la lista es la carne, con solo US$ 194 generados por hectárea por año.
Valor bruto de la producción
“Si sacamos la horticultura y la fruticultura, de los grupos extensivos, el arroz es el que está en la cima”, dice Tomás. A la hora de ver el intercambio neto de divisas, que refleja la contribución del sector a la balanza comercial nacional a través de las exportaciones, vuelve a sorprender que la fruta encabece la lista: genera US$ 2.857 por hectárea por año.
Intercambio neto de divisas
Verduras y hortalizas prácticamente no exportamos, por lo que el arroz vuelve a ser el mejor de la clase de los agroexportadores: genera US$ 2.798 por hectárea por año. Si no tomamos en cuenta a los vegetales, que no se exportan y alguna cosa se importa (por lo que tiene un saldo negativo), última vuelve a quedar la carne, con solo US$ 169 por hectárea por año. El asunto es que como hay tanta superficie dedicada a la ganadería, su peso en la balanza comercial es enorme comparado con el de otros sectores que generan más divisas por hectárea. Modificar la ganadería, sin un buen plan, impactaría en la billetera dada su gran extensión.
“Un resultado interesante de ese análisis de ver las divisas totales es que si la discusión va por mantener la balanza comercial...”, dice Tomás. “Uno diría más naranjas y menos soja”, le completo la frase. “Claro. Y eso tiene que ver con cuánto se produce y cuánto se destina a los mercados externos. En el trabajo mostramos que prácticamente la totalidad del arroz que se produce en Uruguay es para vender al mundo, y eso hace que automáticamente tenga mucho valor, y casi todo se exporte, lo que significa muchas divisas. En cambio, por ejemplo, el sector de granos genera divisas, pero también se consume localmente mucho trigo, mucha cebada, entonces ese tipo de cosas hace que se generen menos divisas por unidad de superficie. Hay que ver las dos cosas, cuáles son las exportaciones y las importaciones, no solamente de ese producto en particular, por ejemplo, en el caso de la agricultura de los granos, sino de los insumos que se necesitan para producir”, dice Tomás. Por otro lado, aumentar la producción de cítricos (la fruta que más exportamos) implicaría más consumo de agua y más aportes de nutrientes (como veremos más adelante).
Puede sorprender, pero, entonces, la carne, por unidad de territorio, no es lo que genera más dólares. “Sí, está esa narrativa uruguaya de que la ganadería extensiva es buena porque tiene una huella ambiental muy positiva, tiene una participación importante de producción familiar y demás. Pero cuando uno mira la generación de valor o la generación de divisas, la realidad es que es bastante magro el resultado por unidad de superficie de la ganadería, y eso en parte es lo que hace es que salten actores de la ganadería a otros sectores que son capaces de generar más valor y más divisas por unidad de superficie”, afirma Tomás.
“Quizás el espíritu de este trabajo fue desenredar un poco la discusión de bar que muchas veces se da sobre el aporte de tal o cual sector. Uno va a una charla de un determinado sector y ve que se pondera o se le da fuerza a un grupo de argumentos que lo favorecen, pero si esa actividad se mira de una forma diferente, puede que no sea tan así”, señala Tomás. “Por ejemplo, si uno va a una charla de ganadería, los datos que van a mostrar son los de empleo total a nivel de país, de cuán importante es la ganadería para las exportaciones totales del país. Pero si uno va a una charla de otro sector cuya trayectoria ha sido la intensificación, van a estar hablando de cuántos litros de leche por vaca se generan, o de cuántos kilos de arroz por hectárea se generan y de cuáles son los impactos en economía por unidad de superficie. Lo que pretendemos es desenredar un poco eso, aportar información para dejar de mirar una única dimensión y así entender la huella de cada producción, cuál es el impacto que tiene, tanto positivo como negativo, cada uno de los sectores, y después ver cómo se agregan por las escalas que tienen”, explica.
“Quizás en esta parte de las huellas lo interesante es ver que justamente cada uno de los sectores tiene formas diferentes de organizarse humanamente y de interactuar con los procesos físicos y los procesos naturales, y eso hace que la huella particular de cada sector sea casi única. No existen dos sectores que sean muy parecidos entre sí. Entonces la agricultura tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles cuando uno lo mira por unidad de superficie. Lo mismo pasa con la carne, la forestación, la horticultura”, apunta.
A todos nos seducen los relatos sencillos. Poder decir quién es el bueno de la película de la agroexportación, cuál el villano, ya sea por el dinero que genera, el daño ambiental o el empleo. Pero el trabajo no nos deja hacerlo y nos muestra que la realidad está llena de matices que complican la visión en blanco y negro. Por ejemplo, las maravillas del sector arrocero de valor generado por hectárea contrastan con algunos de sus desempeños ambientales. “En primer año de Agronomía te enseñan una palabra que te acompaña en el resto de la carrera: depende”, ríe Tomás. “Todo depende, por ejemplo, de cuáles son las aspiraciones de esa sociedad en cuanto a la forma en la que quiere vivir y de dónde obtiene los recursos para vivir de esa determinada forma”, enfatiza. Ya iremos a ese “depende”, ahora sigamos con los resultados de cada sector.
Los sectores que menos y más afectan el ambiente
Al observar qué pasa con la emisión de gases de efecto invernadero de cada producción, volvemos a llevarnos sorpresas. Si bien se habla muchísimo de que nuestra principal fuente de esos gases es la ganadería (debido a los eructos llenos de metano producto de la digestión entérica de las vacas), al ver los cuadros del artículo vemos que la ganadería no es la actividad que más los genera.
Emisión de gases de efecto invernadero
Al fijarnos en qué pasa por hectárea dedicada a cada producción, podemos ver que el arroz es el principal generador de gases de efecto invernadero, con 5,8 toneladas de C02 equivalente al año. La producción cárnica está penúltima con apenas 1,7 toneladas de C02 equivalente al año, solo superada en tal sentido por la forestación, que tiene una emisión negativa.
“Esto tiene que ver con cómo se miran los datos: si se los mira en términos absolutos o en términos relativos, si se los mira en forma individual o en forma agregada. Si bien las contribuciones de gases invernadero de la ganadería pueden ser muy importantes, porque la ganadería es un sector que ocupa mucho territorio, si uno mira por unidad de superficie la ganadería emite relativamente poco. Eso es así, no hay con qué darle”, señala Tomás.
Si uno pudiera mover las perillas, y dado que el principal aporte al calentamiento global de nuestro país es el metano de nuestro ganado, podría estar tentado a pensar que si la mitad de la superficie de Uruguay destinada a la ganadería se pasara a la soja, emitiríamos menos gases de efecto invernadero. Pero queda claro que no es así. Si toda la superficie ganadera pasara a ser sojera, emitiríamos casi el doble de esos gases. “Exactamente. Eso en gran parte es por el cambio de uso del suelo. Al sacar el pastizal, que secuestra mucho carbono, y poner un cultivo, hay pérdidas netas de carbono”, señala Tomás con satisfacción al ver que eso que dice de mirar el todo y no una pequeña parte da resultado incluso ante un tonto como uno.
Al ver qué pasa con el uso de agua, el peor desempeño lo tiene el arroz, que demanda unos 14.950 metros cúbicos por hectárea al año, seguido de la forestación, que requiere 3.878 metros cúbicos por hectárea al año. La carne está abajo en la tabla con apenas 79 metros cúbicos, mientras que los granos, debido a una menor evapotranspiración que los sistemas naturales de referencia y a que no emplean riego, tienen un saldo negativo de 2.047, es decir, aportan agua al ambiente.
Uso de agua
“Ahí hay un juego bastante interesante del uso del agua, porque en nuestro análisis considerábamos tanto el agua azul, como es el agua del riego, como el agua verde de la evapotranspiración. Es una discusión bastante interesante y relevante en Uruguay la de cuáles son los sectores que realmente presionan sobre el ciclo hidrológico. Allí, si se mira por unidad de superficie, obviamente todos los palos van a ir al sector arrocero por su alto consumo por unidad de superficie. Pero si se mira la escala agregada, a veces sectores que tienen un uso mucho más moderado de agua por unidad de superficie, como la forestación, tienen tanta extensión que terminan siendo mucho más relevantes a escala nacional que el arroz. Y algunos otros sectores, como el de los granos, a los que uno puede acusar de que son negativos en muchas cosas, en el caso particular del agua tienen un balance positivo, es decir, en esos sistemas sobra agua que puede ser utilizada por otros sectores, aunque eso no quiere decir que haya una relación estrecha con la calidad de esa agua, ya que tienen un alto potencial de eutrofización”, comenta Tomás. Vayamos a eso.
El principal potencial eutrofizador por aporte de nitrógeno, fósforo y potasio de fertilizantes, pienso y abonos orgánicos lo presenta la producción de vegetales y frutas (con 340 y 256 kilos de nutrientes por hectárea al año). De los grandes exportadores, el que tiene peor desempeño es el de los granos, con 145 kilos de nutrientes por hectárea al año. La forestación, por otra parte, solo aporta dos kilos de nutrientes por hectárea al año.
Eutrofización
Finalmente, otro impacto ambiental analizado es el de la toxicidad para el ambiente, medida en kilos de ingredientes activos potencialmente tóxicos por hectárea por año debido a la aplicación de herbicidas, insecticidas y fungicidas. El peor desempeño lo tienen los granos (con 7,4 kilos por hectárea al año), mientras que el menor impacto lo tiene la carne, con apenas 181 gramos por hectárea al año.
Toxicidad
Impacto por sector en el empleo, salario y producción familiar
No todo son divisas o qué tanto se afecta el ambiente. Cada sector impacta en la sociedad también a través de los puestos de trabajo que genera, los salarios que paga, la informalidad del empleo y si propicia o no la producción familiar (que implica una relación de arraigo mayor con el territorio).
Comenzando por esto último, el sector que mayor porcentaje de los productores tipificados como familiares presenta es el de la horticultura y verduras, con 86%. Los que presentaron valores más bajos fueron el arrocero (18%) y el forestal (13%).
Producción familiar
A la hora de dar empleo, el sector con mejor desempeño es el de la horticultura y vegetales, seguido por el de la producción frutícola, con 120 y 45 equivalentes a jornada completa de personas empleadas por cada 100 hectáreas, respectivamente. Vale aclarar que en esta medición se incluye también “el trabajo familiar no remunerado”. Los que menos trabajo dan son los granos y la carne, con 0,7 y 0,4 equivalentes a jornada completa de personas empleadas por cada 100 hectáreas, respectivamente.
Empleo
Al mirar qué tan formal es el empleo, el sector que lidera la lista es el arrocero, con 93% de las personas empleadas “en condiciones de protección legal y social”. Los peores son la forestación y los vegetales, con 44% y 45% de las personas bajo la informalidad.
Formalidad del empleo
“El sector forestal en particular tiene un detalle metodológico que creo que es relevante: la parte que tira a la informalidad es todo lo que tiene que ver con la provisión de leña para calefacción doméstica. Si uno mira las cadenas de valor más asociadas a la celulosa o a la madera aserrada, en general tienden a ser puestos formales y mejor remunerados, pero al mirar el conjunto, hay una gran fracción de personas asociadas a la cadena forestal con puestos vulnerables”, comenta Tomás.
Finalmente, en lo relativo al salario, medido en promedio del sector en dólares por hora, la distancia entre quienes más y menos pagan no son tan grandes. Mientras que el que más paga es el sector del arroz (US$ 5,29 la hora en promedio), el que menos remunera es la producción frutícola y hortícola (US$ 4,02 y US$ 3,71 la hora en promedio, respectivamente).
Salario
Y entonces, ¿qué propiciar para un país agroexportador más sostenible?
Depende, de qué depende
“En los países que no son agroexportadores, el uso de los recursos del sector agropecuario está íntimamente ligado a la demanda de esa sociedad. Lo que se produce es bastante rígido, en el sentido de que no se puede mover muy rápido, ya que las personas no cambian repentinamente sus dietas”, comienza diciendo Tomás.
“Pero a medida que un país pasa a ser más agroexportador, y Uruguay es un caso extremo, eso le da grados de libertad que permiten pensar otras configuraciones distintas. Dado que un país agroexportador no está atado a la demanda de su sociedad, sino que lo que se busca obtener es o bien divisas a nivel general, o bien desarrollo territorial con empleo numeroso y de buena calidad, eso abre la puerta a que existan diferentes configuraciones y distintos futuros posibles”, desliza. Lo que dice es una vuelta de tuerca a esa frase manida de que Uruguay produce alimentos para el mundo: como nuestra tierra da para producir más alimento y productos agropecuarios de los que necesitamos –pese a que aquí hay gente a la que le faltan alimentos– podemos pensar con más calma y seso qué producimos que los países no agroexportadores.
En el artículo hay un gráfico que reproducimos en esta nota que muestra el desempeño de cada sector. Lo ideal sería que en él cada uno lograra el círculo más amplio posible: eso sería un indicador de buen empleo, generación de riqueza, y excelente desempeño ambiental. Pero lo cierto es que ningún sector lo logra. Lo que le resta para llegar a un círculo completo y amplio nos habla de debilidades. Así las cosas, el campo de acción para apuntar a la sostenibilidad es ver cómo conjugar esas producciones, cuáles aumentar y propiciar, cuáles acotar en extensión o intensidad, etcétera.
“Las diferentes palancas a mover ofrecen opciones interesantes. Si lo que se pretende es que todo quede como está pero mejorar cada círculo, eso es lo que ha hecho en buena parte la agronomía de las últimas décadas, es decir, cómo hacer para mejorar, por ejemplo, la productividad. Con más riego va a aumentar la productividad. Eso mejoraría el mal desempeño de algún sector. Otra opción sería procurar configuraciones que mejoren en general todo, configuraciones win-win, que también existen. Por ejemplo, hay estudios acá en Uruguay que muestran que una mejora en las características del pastoreo a campo natural puede mejorar tanto los parámetros ambientales como la parte socioeconómica”, desmenuza Tomás.
“Pero lo que decimos en el trabajo es que los países agroexportadores tienen otra perilla de ajuste distinta, que es cambiar el balance de sectores”, remarca.
“Creo que la utilidad de esto es brindar información para empezar a pensar qué pasaría si Uruguay tomara diferentes caminos de ahora en adelante. Porque una cosa es mirarlo con el diario del lunes, mirar cómo evolucionó en las últimas dos décadas, y otra es pensar qué pasaría en escenarios futuros. Allí pueden pasar muchas cosas distintas”, conjetura Tomás.
“Pensemos en escenarios absolutamente extremos. Hoy la población uruguaya está más o menos estabilizada, pero no siempre fue así. Hubo corrientes de inmigración muy importantes hace apenas 100 años. ¿Qué pasaría si la población de Uruguay, por ejemplo, crece 30%?”, plantea. “Los demógrafos se tirarían de los balcones”, le contesto. Tomás sonríe. “Puede que sí, pero posteriormente habría que reajustar cómo es la configuración de estos sectores. Ahí quizás Uruguay ya no sería tan agroexportador y ganarían peso sectores como la horticultura, que tiene sus cosas positivas, como el empleo y demás, pero también cosas muy negativas, porque su huella ambiental por unidad es bastante complicada para estos sectores intensivos”, afirma.
“Otra alternativa es plantearse si se puede salir del modelo agroexportador. La teoría económica muestra que no es tan sencillo que los países cambien radicalmente su perfil. Uruguay no va a producir microchips de hoy para mañana, son procesos más lentos. Pero podría suceder, por ejemplo, que Uruguay obtuviera más divisas y más desarrollo a través de otros sectores, como los servicios tecnológicos o el turismo, y decidiera levantar la pata del acelerador del sector agroexportador. Eso permitiría jugar con estas perillas. Si ya no hacen falta tantas divisas, o si la balanza comercial no está tan presionada, entonces podemos tener ciertos grados de libertad para imaginar un futuro distinto donde no les ponemos todas las fichas a esos sectores que, por ejemplo, comprometen desempeños ambientales”, señala.
Le digo que eso de levantar la pata del acelerador no parece algo medianamente cercano en países como el nuestro, con un equilibrio endeble entre lo que gastan y lo que generan, y un montón de problemas bastante graves que reclaman recursos.
“Aun si esos ejemplos extremos no suceden, si no aumenta la población o no aparecen otros sectores que permitan levantar el acelerador de la agroexportación, se puede jugar con los diferentes sectores y obtener las mismas combinaciones de resultados socioeconómicos modificando más o menos la estructura de sectores. Y eso abre una puerta muy interesante sobre cuáles son los impactos que uno está dispuesto a aceptar”, señala Tomás.
Le digo que ese es justamente el espacio de la política: administrar diversas tensiones de la sociedad en pos de lograr objetivos que contribuyan al bienestar, si no de todos, de los que se crea que es menester apuntalar. Esto que plantea Tomás de pensar qué Uruguay queremos viendo qué sectores se propician, en qué extensión del territorio y demás, no son descabellados.
El trabajo muestra que entre 2005 y 2022 hubo grandes cambios en la composición y distribución de los sectores. Y sostiene que de no haberse aumentado la extensión de los cultivos de granos y forestales, y si no se hubiera intensificado la producción de arroz, carne, verduras y frutas, “el valor bruto de la producción y la generación neta de divisas habrían sido 8,7% y 16% menores, respectivamente, mientras que el uso de plaguicidas y los aportes de nutrientes se habrían reducido en 29,9% y 26,5%. Por el contrario, las emisiones de gases de efecto invernadero y el uso total de agua habrían sido 21,9% y 6,4% mayores, y la demanda total de mano de obra habría sido un 8,3% mayor”.
Todo eso pasó en dos décadas sin que tomáramos demasiadas decisiones. No hacer nada es una forma de hacer algo. El trabajo nos invita a pensar cómo administrando todos estos sectores agroexportadores podría lograrse mejor empleo, y mejor desempeño ambiental, y más divisas.
“¿Por dónde vamos, entonces? Bueno, ese ‘por dónde vamos’ depende de qué es lo que quieran las personas y qué es lo que quiere la sociedad, o hasta qué punto la sociedad es capaz de deliberar estas cosas o si las deja a la deriva de las fuerzas externas”, sostiene.
Eso también nos habla de autonomía, de cuáles son los grados de maniobra que tiene un gobierno. Somos tomadores de precios, y a la vez hay sectores hoy beneficiados que presionan en defensa de sus propios intereses. Son sectores que puede que hoy no tengan el mejor desempeño en algunas dimensiones, pero el peso en las divisas, por ejemplo, puede darles capacidad de presionar.
A eso se suma otra complejidad que el trabajo deja patente: por lo general, los predios productivos no se dedican a una sola actividad. Eso, por ejemplo, podría estar detrás de la oposición a que se proteja el pastizal natural: si bien la ganadería a pasto está muy extendida, muchos ganaderos también tienen soja, o forestación.
“Absolutamente. De hecho en Uruguay diría que es más la regla que la excepción el hecho de que haya más de un rubro en un establecimiento productivo, a diferencia de, por ejemplo, regiones de Argentina, en las que existe una mayor especialización productiva. Eso tiene múltiples causas, desde una cuestión cultural, pero, por otro lado, una cuestión de heterogeneidad geográfica y topográfica que hace que muchas veces los campos no puedan ser 100% agrícolas, o 100% forestales, o 100% arroceros, entonces casi que el mismo territorio te obliga a tener cierto grado de integración. Y esa integración es muy relevante a la hora de discutir muchas de estas cosas”, comenta Tomás.
“Ya que cada uno de los sectores tiene diferentes huellas intrínsecas, la composición de los sectores o el arreglo de sectores importa muchísimo en un país agroexportador. La pregunta, entonces, es quién decide sobre cómo es esa composición o cómo es ese arreglo productivo”, reflexiona.
“Esa decisión es inherentemente una cuestión política y está imbricada con cuestiones de poder asociadas a la concentración, que es algo tan común en nuestros tiempos. Los actores que tienen un peso económico muy importante pueden afectar las narrativas a la hora de discutir qué elementos de información se ponen en la mesa a la hora de discutir hacia dónde queremos ir. Porque podemos discutir sobre agua, podemos discutir sobre plaguicidas o podemos discutir sobre agua a escala unitaria o a escala agregada, y toda esa narrativa influye a la hora de poner presión sobre determinadas políticas públicas para fomentar ciertos sectores, o para restringir otros, o para restringir prácticas dentro de los sectores”, complejiza Tomás.
¿Cuáles son esos sectores que tienen más peso? “Los sectores que tienen más concentración económica hoy son la agricultura y la forestación, y tienen un poder gravitatorio muy importante a la hora de definir políticas públicas. Los que menos peso tienen, lamentablemente, son algunos sectores pequeños, como la horticultura o la producción de frutas, que no tienen ni concentración económica, ni un número de actores tan elevado como para realmente participar de forma poderosa en esas discusiones”, sostiene Tomás.
“Entonces, lo que nosotros planteamos en el trabajo es que uno no puede no mirar la concentración, porque la concentración está asociada con dinámicas de poder y está asociada con qué narrativas se imponen sobre qué es sostenible o no es sostenible, lo que es una decisión política en la que debería participar la sociedad en su conjunto”, desliza.
Para eso sirve, también, la ciencia. Y este trabajo es una maravilla para incorporar a cualquier discusión de qué país queremos de aquí a unos años.
Artículo: The wide (un)sustainability ranges of agroexporting territories: insights from Uruguay
Publicación: Science of the Total Environment (abril de 2026)
Autores: Tomás Milani, Federico Bizzozero, Néstor Mazzeo, Matilda Baraibar, Juan Manuel Piñeiro, Lucía Rodríguez, Lucas Garibaldi y Esteban Jobbágy.
¿Y ahora?
Le pregunto a Tomás qué querría que pasara con este trabajo que publicaron.
“En primer lugar, me gustaría que mis colegas más académicos, cuando miren estos números, algunos seguramente mucho más expertos en cada uno de estos sectores, se sientan incómodos y no les gusten, y decidan entender si realmente son así, y les den valores de incertidumbre a estos sectores que nosotros, a los fines de este modelo simplificado, utilizamos. Ese sería un primer gran paso para poder tener más certezas a la hora de modelar futuros inciertos”, comienza a contestar Tomás.
“En segundo lugar, me gustaría quizás que esto se lleve a la política pública como un insumo para entender un poquito mejor estos grandes dilemas que se presentan en un país agroexportador, y que no son tan simples. Es necesario que exista información, pero el mero hecho de generar productos de información aislados a veces no resuena en los resultados finales. Entonces es necesario hacer esfuerzos de integración y de generación de espacios de análisis de esa información. Creo que es quizás un debe a nivel nacional; según percibo, es que se le ha dado mucho más importancia a generar información y mucho menos a intentar entender esa información”, prosigue.
“Y en tercer lugar, para los espacios más de discusión política, me gustaría que esto trascendiera la política en sí, o a los gobernantes, o las gremiales, y bajara a la sociedad más general para concientizar sobre cómo son estos debates, cómo es la complejidad de estos asuntos. Lo importante para mí es que esto no va a dejar de ser una discusión. Porque no es un problema de optimización técnica, no está claro qué es lo sostenible o qué es lo insostenible como norte seguro, porque eso significa que va a haber ganadores y que va a haber perdedores. Ganadores y perdedores que son humanos y no humanos, también. Entonces, va a seguir siendo un debate”, sostiene.
“Pero esos debates tienen que estar basados en datos. Si vamos a discutir el futuro, creo que hay que hacerlo con base en información. ¿Qué pasa si no hacemos nada, si esa es nuestra decisión? Bueno, el agro va a seguir transformándose, la forma en la que hacemos agricultura va a seguir cambiando, los actores van a seguir cambiando, los impactos van a seguir cambiando, va a haber ganadores, va a haber perdedores, pero lo vamos a ver pasar sin formar parte de esa discusión y vamos a dejar que fuerzas exógenas, sobre todo mercados, definan las cosas”, reflexiona.
“Y sabemos que los mercados y los precios no reflejan necesariamente bien un montón de aspectos que pueden ser de interés para la sociedad, como los impactos en la biodiversidad, en el agua, en el carbono, en la concentración económica. Pero si no decimos nada, los cambios igual van a suceder. El escenario más optimista que uno podría imaginar es que esas fuerzas exógenas van a seguir estando, pero uno puede gobernar más inteligentemente y puede tomar decisiones sobre hacia dónde, dentro de ese espectro, uno se quiere mover de una forma más democrática y, por lo menos, discutida en la sociedad en conjunto”, redondea.
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