En abril de 1526, hace ya 500 años, el navegante veneciano Sebastián Gaboto partió de España en una travesía que pretendía alcanzar las islas Molucas, en Indonesia, atravesando el estrecho de Magallanes. Nunca llegó a destino, porque cuando hizo escala en América del Sur escuchó la leyenda de la Sierra de la Plata, una región llena de metales preciosos a la que podía arribarse remontando el río Paraná y que estaba gobernada por un misterioso Rey Blanco. Tentado por la potencial fortuna, decidió adentrarse en el continente a través del Río de la Plata.

Sabemos los detalles de esta y otras historias de ese viaje gracias a la carta que uno de sus tripulantes, Luis Ramírez, escribió a su padre en 1528 desde las tierras que hoy son Uruguay. La suya es la carta más antigua que se haya escrito aquí, como apunta un libro del historiador Rolando Laguarda, pero su interés para este artículo no radica en sus alusiones al oro y la plata ni en la narración de las desventuras de Gaboto o los aportes sobre su encuentro con Francisco del Puerto, sobreviviente de la malograda expedición de Juan Díaz de Solís.

Luis Ramírez fue también el primero en hacer referencia escrita a la fauna que habitaba estas tierras. En la carta a su padre menciona venados, ratones, tigres (jaguares) y zorros, entre otros animales. También nombró especies de aves, pero si aquí aludimos solo a los mamíferos es porque estas citas de Ramírez figuran en la “Historia de la mastozoología del Uruguay”, un capítulo dedicado a nuestro país en un reciente libro sobre mastozoología de América Central y del Sur publicado por la editorial académica alemana Springer Nature.

En él, Enrique González, encargado de la sección Mamíferos del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), ofrece un repaso minucioso y apasionante de los casi 500 años de estudio escrito de los mamíferos en Uruguay, tomando como puntapié inicial esas primeras alusiones de Ramírez.

La publicación es un viaje al pasado que permite revivir algunas de las aventuras increíbles de los primeros naturalistas europeos que se aventuraron en estas tierras, pero también una mirada crítica al presente de una disciplina que no termina de consolidarse en Uruguay y una advertencia sobre el futuro de muchas de las especies que conviven con nosotros en estas tierras.

Mamíferos que estudian mamíferos

Por supuesto que los europeos no fueron los primeros en darse cuenta de que había mamíferos en nuestra tierra. Los pueblos nativos que habitaban lo que es hoy Uruguay usaban ya la fauna indígena para alimentarse y vestirse hace miles de años, y por lo tanto conocían bien algunas de sus características, pero el único testimonio que tenemos de ello es el trabajo de la arqueología. Sus saberes no han quedado registrados por escrito.

Por eso, la “Historia de la mastozoología en Uruguay” de Enrique González comienza con las primeras crónicas de expedicionarios europeos, que nos dan una mirada a menudo ingenua, pero reveladora de los animales con los que se encontraron aquí.

Rastrear 500 años de conocimiento sobre mamíferos en Uruguay, ya se trate de comentarios casuales de cronistas o de estudios sistematizados, es una tarea titánica. Si Enrique pudo realizarla, es porque “estaba parado sobre los hombros de gigantes”, como él mismo dice. Su trabajo está basado en otro anterior que hizo con el biólogo Enrique Lessa, así como en investigaciones que realizó para su guía Mamíferos del Uruguay (escrita con Juan Andrés Martínez Lanfranco), que a su vez se apoyan en la tarea de rescate histórico que hicieron muchos mastozoólogos uruguayos del siglo XX.

¿Cómo llegamos en 500 años de las alusiones a los “tigres” de Luis Ramírez a los estudios con base en genética, isótopos estables, bioacústica, uso de cámaras trampa y drones térmicos como los que en las últimas semanas llevaron a los científicos a la improbable misión de rastrear un puma en La Tahona?

Enrique González divide esta historia en cuatro etapas. Primero tenemos el “período anecdótico”, caracterizado por los comentarios e ilustraciones de los mamíferos de Uruguay hechos por viajeros. Entre aquella carta inicial de Ramírez y 1715, por ejemplo, hay reportes de visitantes españoles, portugueses, holandeses, ingleses, entre otros, que nos dejaron sus impresiones sobre la abundancia de algunos mamíferos en estas tierras. Varias de esas especies han desaparecido o están amenazadas hoy en día, como los venados de campo (Ozotoceros bezoarticus), los pecaríes (Pecari tajacu) o los jaguares (Panthera onca), pero gracias a esos reportes sabemos que se los podía encontrar con facilidad incluso en el Cerro de Montevideo.

Todos esos relatos nos dan reportes valiosos aunque circunstanciales de la fauna de nuestro territorio. Para que el estudio de los mamíferos en Uruguay comenzara a tomar forma y adquiriera relevancia habría que esperar al final del siglo XVIII, cuando otros mamíferos notables aparecieron en la Banda Oriental con ojo atento y lápiz en mano.

En la esquina de Larrañaga y Azara

“De esa primera fase hay dos personajes que se destacan en la historia: el español Félix de Azara y el uruguayo Dámaso Larrañaga. El primero tuvo gran impacto en la zoología, pero sin una huella linneana, en el sentido de que no dejó nombres linneanos a las especies que describió”, explica Enrique. Hoy en día, el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica toma como válidas para la ciencia las descripciones de especies hechas mediante el sistema binominal que creó el naturalista sueco Carl Linneo, que da “nombre y apellido” a los seres vivos (el primero designa el género y el segundo la especie), pero este sistema, que surgió en 1758, no estaba aún extendido en épocas de Azara.

“El segundo, Larrañaga, dejó una obra extensa, pero malograda por 100 años de permanecer inédita”, agrega Enrique. Efectivamente, el sacerdote Larrañaga, quizá más conocido en nuestro país por su importancia política e histórica, describió muchas especies nuevas para la ciencia mediante el sistema binominal, pero su trabajo naturalista permaneció inédito hasta comienzos del siglo XX y, por lo tanto, no obtuvo el crédito que merecía y del que gozaron científicos europeos.

De esta etapa, la investigación resalta la llegada de naturalistas célebres como Charles Darwin y Alcide d’Orbigny, y rescata también algunas anécdotas imperdibles. Por ejemplo, el encuentro del médico francés René Primevère Lesson con un murciélago en el buque Coquille, que daría pie a la primera especie de mamífero en ser descripta para la ciencia con un ejemplar tipo de Uruguay: el murciélago colorado (Lasiurus blossevillii).

O el reporte del médico estadounidense Gustavus Horner, que en 1845 aseguró que la piel del aguará guazú (Chrysocyon brachyurus) era usada por los gauchos en las monturas de los caballos por sus conocidas virtudes medicinales para aliviar las hemorroides. Si esta creencia hubiera sido muy popular, el aguará guazú quizá estaría hoy más complicado aún de lo que está.

Muy poco después de estas alusiones médicas y curiosas, pasaríamos del período anecdótico a una segunda etapa de la mastozoología en Uruguay.

Los mastozoólogos pasan lista

La investigación señala el año 1882 como el inicio de esta segunda fase, marcada por el surgimiento de algunos investigadores uruguayos dedicados a la fauna. El punto elegido como mojón fue la publicación de la primera lista de mamíferos presentes en Uruguay, a cargo de José Arechavaleta ese año (recordemos que Larrañaga elaboró la suya antes, pero permaneció inédita hasta mucho más tarde).

“A partir de ahí hay una serie de aportes sobre todo extranjeros, pero también con algún estudio nacional, hasta 1935. Es entonces cuando otra publicación da lugar a una tercera etapa, que es el libro Mamíferos de Uruguay de Garibaldi Devincenzi, primer compendio basado en ejemplares de colección conservados en el Museo Nacional de Historia Natural”, señala Enrique.

En el capítulo define esta fase como el momento de “emergencia de una mastozoología moderna”. Comienza a darse una especialización en varias áreas, con los primeros trabajos sobre mamíferos marinos, murciélagos y algunos grupos de roedores, como los tucu-tucus (género Ctenomys). En esta etapa, en los años 60, surgen también los primeros trabajos sistemáticos hechos por mujeres, como Blanca Sierra de Soriano o Nadir Brum, en una disciplina que hasta entonces había sido exclusivamente masculina.

El hito más importante de esta fase, y que en cierta manera la cierra, es la publicación de la Lista sistemática de los mamíferos del Uruguay, de Alfredo Ximénez, Alfredo Langguth y Ricardo Praderi, una revisión que da información relevante sobre muchas especies y resuelve dudas de trabajos anteriores.

La mastozoología caminaba ahora a buen paso en Uruguay, pero faltaba un avance importante para llegar a la cuarta etapa de esta historia, que Enrique González denomina “mastozoología contemporánea” y que va desde los años 80 a nuestros tiempos.

Avanza cinco casilleros y pierde un turno

“Como en todos lados y en todos los tiempos, ha habido investigadores individuales muy destacados, pero creo que una evidencia sistémica de la consolidación de una disciplina es la formación de grupos de trabajo con maestros y discípulos que no solamente continúen su labor, sino que consigan algo muy difícil en Uruguay: puestos de trabajo estables”, dice Enrique.

Tal cual señala el texto, “este período se caracteriza por la aparición de numerosos investigadores, la mayoría de los cuales se beneficiaron de una formación de posgrado”. De este modo comenzaron a desarrollarse “análisis genéticos mediante métodos no invasivos, estudios con marcadores moleculares, investigaciones sobre zoonosis, uso de cámaras trampa, estudios de bioacústica y una diversificación general de los enfoques de investigación”, agrega la publicación.

Surgen así grupos de trabajo especializado en la Universidad de la República (Facultad de Ciencias, Centro Universitario de la Región Este, Centro Universitario Regional del Noreste), en el Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, en la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos y en el Museo Nacional de Historia Natural, entre otros.

“Esa es una tendencia interesante que muestra este trabajo, la gran cantidad de gente generando información sobre mamíferos que hay en la actualidad, que hizo que esta tarea resultara inabarcable y contuviera omisiones. Se ha disparado la producción de estudios sobre mamíferos de Uruguay y se ha diversificado, obviamente, porque hace 20 o 30 años no existían algunas de las técnicas y tecnologías que se usan hoy. Se han conformado grupos de trabajo en Uruguay que están produciendo material en líneas novedosas para la mastozoología nacional”, apunta Enrique.

Sin embargo, este empuje no ha estado acompañado “por el desarrollo institucional”, una carencia que en ciertas áreas, como las colecciones, “representa un obstáculo mayor en el desarrollo de la disciplina”, dice el capítulo. No parece que esto vaya a mejorar en el corto plazo, tal como queda claro por el texto.

“A pesar de la alta diversidad relativa (de mamíferos en Uruguay) y del hecho de que, a finales del siglo XX, fuera considerado uno de los países mejor estudiados de las Américas desde el punto de vista mastozoológico, la mastozoología en Uruguay se ha desarrollado de manera circunstancial y no muestra signos de consolidación a nivel sistémico, aunque se han logrado algunos avances”, concluye.

Esto se hizo penosamente evidente en nuestra visita a la sede del museo en la Ciudad Vieja para hacer esta nota. Un grupo de pasantes estaba trabajando con productos de limpieza para salvar varios ejemplares de la colección, atacados por insectos debido a las condiciones inadecuadas del edificio. El traslado a instalaciones más apropiadas en la nueva sede del museo, ubicada en la excárcel de Miguelete, está en veremos desde hace años, algo que no tiene miras de cambiar en el corto plazo.

“Si vos comparás los recursos destinados a museos con los países vecinos, estamos muy mal”, dice Enrique. El capítulo lo define en detalle: “El museo no cuenta con los recursos económicos, materiales, logísticos, tecnológicos ni humanos adecuados para cumplir con sus tareas, ni tampoco dispone de un programa científico vigoroso basado, entre otras cosas, en profesionales dedicados a la investigación a tiempo completo. Por el contrario, esta institución ha tenido que recurrir a la contratación de personal en condiciones precarias, a grupos de voluntarios y a colaboradores honorarios de otras instituciones. Estas coaliciones de esfuerzo han funcionado sorprendentemente bien, pero resultan insuficientes para que la sistemática y la institución naturalmente vinculada a la documentación de la diversidad estudiada por la disciplina avancen hacia su necesaria consolidación”.

Conservar científicos para conservar especies

La falta de consolidación en el estudio de mamíferos de Uruguay viene de la mano de una situación apremiante para las propias especies que estudia. El capítulo destaca que Uruguay tiene una interesante y diversa comunidad de mamíferos (hay unas 120 especies citadas), pero deja varias cifras preocupantes, especialmente para los carnívoros.

Según los datos del trabajo, a nivel local hay cinco especies presunta o probablemente extintas, como el jaguar, el oso hormiguero grande (Myrmecophaga tridactyla), el lobo grande de río (Pteronura brasiliensis), el ciervo de los pantanos (Blastocerus dichotomus) y el pecarí (aunque hubo una reintroducción hace una década), mientras que 26 especies están bajo alguna categoría de amenaza.

Esta situación preocupante en materia de recursos y de conservación contrasta con la importancia ecológica, económica y sanitaria de los mamíferos. En otras palabras, más allá de la responsabilidad moral que implica su conservación, hay motivos egoístas de sobra para estudiarlos. “Hacerlo es importante, por ejemplo, porque comparten muchas enfermedades con nosotros, pero también por sus roles ecosistémicos, el peso que tienen en la alimentación humana y el impacto de los que constituyen especies plaga”, apunta Enrique.

Para ilustrar su punto, en la charla enumera muchos temas relacionados con mamíferos que sería necesario estudiar en el país. “No por cuestiones caprichosas. Tenemos especies en peligro de extinción, como el gato de pajonal (Leopardus fasciatus), el tucu-tucu de Río Negro (Ctenomys rionegrensis), el aguará guazú, el puma (Puma concolor), pero también hay que abordar el problema potencial de la invasión del visón, la situación de los jabalíes en el país, entre muchos otros casos”, señala.

Los vacíos de conocimiento por llenar en el país y la escasez de recursos no son resultado de la falta de interés en los mamíferos. El debate público en torno a la presunta aparición de un puma en La Tahona en las últimas semanas dejó en evidencia la curiosidad que despiertan algunas especies de mamíferos y el trabajo desinteresado de muchos especialistas en esta disciplina, pero también el desconocimiento de buena parte de la población y la dificultad institucional para la gestión de fauna y la fiscalización de las normas que la regulan. En ese sentido, es un buen resumen de lo bueno y lo malo que nos ha dejado este medio milenio de observar y estudiar mamíferos en nuestro territorio.

Capítulo: History of Mammalogy in Uruguay
Libro: Mammals of Middle and South America: History, Biogeography, Conservation, Handbook of the Mammals of Middle and South America (enero de 2026)
Autor: Enrique González.