Francisco Rilla es biólogo especializado en conservación de humedales y especies migratorias. Fue docente en la Universidad de la República y también integró el Programa de Conservación de la Biodiversidad y Desarrollo Sustentable en los Humedales del Este (Probides). A comienzos de siglo continuó su carrera en el exterior y estuvo vinculado a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Ejerció su profesión en el Programa de Humedales de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y también ocupó cargos vinculados a la Convención de Especies Migratorias. En el último tiempo fue director de Ciencia y Política de la Convención de Ramsar Relativa a los Humedales, un tratado internacional que vela por la conservación y el uso sostenible de estos ecosistemas. Mientras ocupó este rol coordinó políticas tanto regionales como globales con tomadores de decisiones. En la actualidad reside en Alemania y es consultor en organismos internacionales. Durante las últimas semanas tomó conocimiento del proyecto inmobiliario que pretende instalarse en predios aledaños a los bañados de Carrasco, ahondó en el tema, decidió pronunciarse y también se puso a las órdenes para generar soluciones basadas en la naturaleza que ayuden al territorio.
Tenés una larga trayectoria en el estudio de humedales. ¿Cómo nació tu interés por estos ecosistemas y su protección?
El interés empezó cuando era niño. Siempre me gustó lo vinculado a la vida silvestre, sobre todo los animales, las plantas. Los humedales son reservorios de vida silvestre muy valiosos y en Uruguay eran una maravilla. Los pocos humedales que rodeaban Montevideo me servían como excusa para ir a buscar material y entender cómo funcionaba la vida. Luego estudié Biología en la Facultad de Ciencias. Cuando egresé, decidí salir al exterior. Mi maestría la hice en el Parque Nacional de Doñana, en la Universidad de Sevilla. Luego hice mi posgrado en Alemania, también vinculado a los humedales. Siempre estuvieron al lado mío porque me fascina la conectividad que provocan en la vida silvestre. Imaginarme un mundo sin humedales no existe. Cuando todavía no me había ido del país, tuve la oportunidad de trabajar en humedales muy castigados que estaban en el este del país. Digo “estaban” porque la mayoría han desaparecido.
Muchas veces se intenta recomponer humedales castigados.
Estamos en el final de la Década de la Restauración, que creó la ONU por decreto de la Asamblea General. Esta iba a ser la década de la restauración de los humedales, que no es solo llenar de agua y esperar que las plantas crezcan y vengan los pajaritos. Restaurar es tener en cuenta la conectividad hidrológica, la base de la dinámica del humedal, la restauración del suelo que llevó millones de años formarse, el proceso de sucesión vegetal, que es muy lento. No es abrir el grifo, llenar de agua y en dos o tres años tenemos un humedal nuevo. Restaurar implica una política de futuro, implica también un presupuesto para mantenerlo, un compromiso legal y que alguien se tiene que hacer cargo. Estoy hablando por el humedal, pero podemos hablar también de bosques, de praderas, que son también muy productivas. La restauración es un argumento muy importante que tenemos que tener en cuenta siempre cuando hablamos de conservación.
Recientemente escribiste una columna en el semanario Brecha a la que titulaste “Lo que los uruguayos estamos a punto de perder”. En el texto abordás el conflicto socioambiental que se generó a partir del nuevo proyecto inmobiliario que pretende instalarse en predios aledaños a los bañados de Carrasco. ¿Por qué te movilizó tanto esta situación?
Es una película que vi en algún momento de mi vida y se repite. ¿Por qué me movilicé? Primero, porque soy uruguayo. Vivo en el exterior hace 25 años, pero sigo siendo uruguayo. Las cosas que pasan me siguen preocupando y creo que todavía estamos a tiempo de reaccionar. ¿Por qué los bañados de Carrasco son importantes? Porque son ejemplo de un ecosistema que todavía se puede salvar. Lo único que hace el proyecto inmobiliario que está planteado es retroceder en todos los avances que puede haber tenido el país en materia de compromisos internacionales. ¿Cómo se despertó esto? Se comunicaron conmigo desde la comisión de Ramsar. A pesar de que los bañados de Carrasco no son parte de la lista Ramsar, se acercaron a preguntarme qué está sucediendo con esto en Uruguay y por qué hay tanto revuelo. Empecé a explorar y busqué contactos en la Universidad de la República. El PIM [Programa Integral Metropolitano] está trabajando en un documento en el que participé y va a ser presentado en breve. Es una herramienta que va a ayudar.
Quiero destacar que hubo movimientos desde que salió la columna en Brecha. Los bañados de Carrasco fueron reintegrados en la lista de humedales de importancia ambiental nacional. Esto no significa que estén dentro de la Convención de Ramsar, que es un convenio internacional al que los países se adhieren. Sin embargo, hay una cuestión que habla también de la cultura de un país. ¿Cómo manejo mis recursos? ¿Qué hago con ellos? ¿Hacia dónde va el agua que estoy manejando o malmanejando? ¿Hacia dónde van la fauna, los residuos sólidos, los líquidos que están en suspensión en estos humedales sin tratamiento? Ese mosaico de posibilidades es el que me motivó a moverme en esto y tratar de encontrar soluciones o, por lo menos, despertar más conciencia entre los uruguayos y que defiendan estos ecosistemas tan valiosos.
¿Cuáles son los peligros de esta iniciativa privada?
Uruguay no se puede dar el lujo de perder estos ecosistemas. Puede convertirse en un modelo para mostrar al mundo, pero no a través de la especulación inmobiliaria, no a través de la construcción de 3.000 viviendas con el paradigma de que va a generar trabajo, porque no es cierto. Va a generar trabajo durante muy poco tiempo para gente que ni siquiera va a tener acceso a vivir ahí. No estoy hablando de que sean zonas de parques, porque ya se sabe que no se pueden construir. De todas maneras, ¿qué gente va a vivir en esa zona?, ¿qué uso les van a dar al terreno, al paisaje, al ecosistema?
El diseño que está planteado en el proyecto inmobiliario es que no van a utilizar el humedal. No van a construir arriba del agua, pero el humedal es todo. El humedal es la zona que tiene agua y el ecotono, que es la zona que está al borde del agua, la zona que se seca, que es planicie de inundación. Ese concepto es el que hay que manejar: el humedal es todo. Estamos a tiempo de salvarlo y estamos a tiempo de usar un modelo de sustentabilidad. No podemos darnos el lujo de perderlo. Podría ser un ejemplo fantástico para el mundo que Uruguay diga: restauramos este humedal, hay vida, es una zona fresca que contribuye a combatir el cambio climático, a la adaptación de especies para el cambio climático. Tenemos todo, están todas las piezas de mosaico como para armarlo. Hay gente especializada en cambio climático en Uruguay que tendría que integrarse a esta discusión.
¿Qué opinás del discurso que observa a los humedales como territorios improductivos?
Es un disparate, es absurdo. Según la literatura científica, los humedales están entre los ecosistemas más productivos del planeta. Los humedales y turberas son de las áreas más productivas del planeta, acumulan más carbono que un bosque. El argumento de decir que “no produce nada” es erróneo. Uruguay no necesita esa zona para que sea “productiva”, tiene miles de hectáreas por fuera que están sin construcción. ¿Por qué hay que ir al corazón de un sistema muy valioso? Estamos sufriendo en todas partes del mundo la pérdida de agua dulce en forma increíble. Uruguay y los bañados de Carrasco tienen un ejemplo clásico como para decir: “Vamos a salvarlo, esto es productivo”. ¿Por qué? Porque colabora con el impacto del cambio climático. Refrescan los ecosistemas alrededor, y eso no es un invento, la ciencia lo puede probar. El IPCC [Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático] lo ha demostrado: la temperatura baja donde hay humedales. No son reservorios de basura, no son reservorios de mosquitos; son áreas muy importantes y sumamente productivas, mucho más que un bosque desde el punto de vista de la fijación de carbono.
Uruguay firma tratados y participa en conferencias internacionales. Nos comprometemos a acciones muy concretas como, por ejemplo, el acuerdo Kunming-Montreal, que se aprobó en 2022 durante la Conferencia de las Partes de la Convención sobre la Diversidad Biológica. Acordaron que para 2030 todos los países que adhirieron a ese acuerdo –Uruguay incluido– se comprometen a restaurar el 30% de los ecosistemas, entre ellos los humedales. Al destruir los humedales o incorporarlos de nuevo a la lista pero no haciendo nada, Uruguay está vulnerando este decreto que firmó y adhirió. También está el Convenio de las Especies Migratorias. Los humedales son sitios de parada para especies migratorias. Mucha gente puede decir: “Uruguay no va a vivir de los pájaros migratorios”. Hablar de cómo cuidamos la fauna o los recursos naturales habla de cómo es un país.
Uruguay tiene una oportunidad única. Me gustaría hablar de la calidad del agua. He leído argumentos de que la zona y el agua de los bañados de Carrasco está muy contaminada. Si está contaminada, invirtamos en descontaminar. Sale caro, pero puede ser mucho mejor y puede traer mucha fauna nueva. Hoy día no sé qué es lo que se puede pescar ahí. Cuando yo iba, veía federales, que son unos pájaros maravillosos. Iba a verlos cuando era niño y quedaba fascinado. Veía nutrias, veía carpinchos, veía animales de todo tipo. Eso ya no existe, lo sé, pero tal vez se pueda recuperar y se pueda volver a esa fauna inicial. ¿Para qué? ¿A quién le da de comer? A la gente le da de comer, a muchísima gente. No todo tiene que ser dinero a corto plazo, como un emprendimiento inmobiliario. En todas partes del mundo, la ciencia está diciendo: este no es el camino, la especulación inmobiliaria no es el camino.