En noviembre del año pasado se confirmó en Rocha la presencia indeseada de uno de los personajes del año. Aunque esto suene a la visita de una celebridad poco querida, el “turista” al que se aludió en medios, luego de que la diaria reportara su presencia, fue en realidad el primer ejemplar de picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) registrado en ese departamento.
Este coleóptero invasor ya había gozado de abundante prensa todo el año debido a los estragos que hizo en las introducidas palmeras o palmas canarias (Phoenix canariensis) de buena parte del sur del país, pero su llegada al este fue recibida con especial temor. Su aparición en una trampa al borde de la laguna Garzón, en el límite de Rocha con Maldonado, prendió las alertas debido a su posible efecto sobre las palmeras nativas. Aunque tiene predilección por las canarias, sabemos que es capaz de afectar a la butiá (Butia odorata), la yatay (Butia yatay) y la pindó (Syagrus romanzoffiana), entre otras especies de la región.
Y justamente en Rocha, a poca distancia de donde apareció el picudo en noviembre del año pasado, se encuentran los palmares de butiá más famosos de Uruguay, que constituyen un ecosistema único con un gran valor ecológico, paisajístico, patrimonial y sociocultural.
Incluso si el picudo rojo los dejara tranquilos, los palmares de butiá no podrían cantar victoria porque lidian con otros problemas gravísimos que ponen en entredicho su futuro, algo de lo que nos dimos cuenta hace no tanto tiempo.
En 1900, en su Diccionario geográfico del Uruguay, Orestes Araújo decía que los bosques uruguayos, “explotados y talados, han perdido el aspecto verdaderamente silvestre”, pero en cambio, en Rocha, “los bosques de palmeras, los interminables palmares, se conservan con toda lozanía y esplendor, con excepción de alguna que otra palma que, por accidente fortuito, para saciar la golosina de algún campesino, se ve derribada”. O Araújo era demasiado cándido, o mucho ha cambiado desde entonces. O ambas.
Mencionaba lo exquisita que era la miel de palma y contaba que en la laguna Negra, en Rocha, había funcionado una fábrica para extraer aguardiente de esta especie, cuyo resultado fue “desgraciado” por varios factores (que no tenían que ver con la calidad del producto). También resaltaba que los frutos de estas palmas eran de “gran provecho para los habitantes pobres de aquellos campos: proveen su manutención y la de muchos animales”.
Con una ayudita de mis amigos
Esa es otra característica de estos palmares. Si bien son ecológicamente relevantes (lo que lamentablemente no suele ser un argumento suficientemente potente para su conservación), también tienen valor productivo: un trabajo de Juan Martín Dabezies y Mercedes Rivas enumeró 48 usos que se le dan a la palma Butia odorata en Uruguay, algunos de los cuales se remontan a miles de años.
Sin embargo, los “interminables palmares” no son ya interminables ni se conservan con toda su “lozanía y esplendor”. No se ha derribado sólo alguna palma ocasional por “accidente fortuito” o como “golosina de algún campesino”. Hasta que se prohibió su tala en 1939, e incluso después de eso, los palmares sufrieron pérdidas masivas.
El principal problema que tienen casi todos los palmares de butiá es que están ubicados en propiedad privada donde predomina la ganadería y la producción de arroz, actividades que impiden el crecimiento de los renuevos de la especie. El sobrepastoreo del ganado no permite que se regenere la comunidad (las vacas comen las plántulas), y la actividad agropecuaria arrocera dificulta la germinación.
Año a año, los palmares pierden densidad. Como en una metáfora vegetal de la situación demográfica del país, las palmas mueren de viejas y su lugar no es sustituido por suficientes jóvenes. La población que los compone está envejecida. Por eso, urge buscar alternativas que ayuden a evitar la desaparición de estos ecosistemas tan característicos del este del país. Entra en escena la bióloga Matilde Alfaro, especialista en aves que comenzó a explorar el papel que estos animales pueden cumplir en el asunto.
Fruto de sus investigaciones es un artículo de publicación reciente que realizó junto a Mariana Illarze, Ignacio Lado, Matías Arim y Ana Inés Borthagaray, del Departamento de Ecología y Gestión Ambiental del Centro Universitario Regional del Este (CURE) de la Universidad de la República, más Matías Zarucki, del Programa de Educación Terciaria (PET) Arrayanes de la UTU. En él exploran por primera vez la biodiversidad de aves que habita los palmares de butiá y su interacción con los frutos, con el objetivo de entender cuál puede ser su rol como dispersores de las semillas de esta especie y así convertirse en agentes de restauración.
Arriba las palmas
“No se conocía prácticamente nada sobre aves en los palmares, y la idea, junto al supervisor de mi posdoctorado, Matías Arim, fue entender cómo ese paisaje, que es bastante particular, estaba interactuando con las aves”, cuenta Matilde.
Cámara trampa colocada en palmera.
Foto: Gentileza Matilde Alfaro
¿Por qué es importante entender esto? ¿Qué tiene que ver con el futuro de los palmares de butiá? “Esta palmera produce muchos frutos, muy grandes y muy contundentes en la cantidad de azúcar y energía que proporcionan. Eso los hace muy atractivos para un montón de especies. En este contexto las aves son un elemento clave, son los grandes consumidores en la época de fructificación. Lo que nos interesaba era ver cómo las especies de aves aprovechaban ese fruto, si lo dispersaban y de qué forma. Porque eso es parte de las interacciones ecológicas que hacen que los ecosistemas después funcionen bien”, responde Matilde.
En otras palabras, querían ver si las aves pueden ayudar a aplicar estrategias de restauración ecológica que además convivan con la producción, porque por más usos que tengan los palmares de butiá, es muy improbable que sean priorizados ante la ganadería y la industria arrocera.
Para eso, primero había qué entender qué especies de aves interactúan con los palmares y cómo incide en esa interacción la conectividad del ecosistema. Con ese objetivo mapearon primero los palmares en la zona ganadera que va desde Castillos a la laguna Negra y evaluaron la densidad de palmeras en cada cuadrante, su altura, su conectividad y su cercanía con otros ecosistemas (como bosques y humedales).
Para identificar la comunidad de aves que interactúa con los palmares colocaron cámaras trampa a nivel de suelo y a nivel de las copas (dosel), repartidas en zonas con distinto grado de densidad de palmeras. En total usaron datos de 33 cámaras –19 ubicadas en el dosel de las palmeras y 14 en el suelo– que les permitieron registrar 27 especies distintas. Además, analizaron a través de las fotos y de observaciones el comportamiento de las aves en las palmeras y los dividieron en cuatro categorías: posarse, picotear frutos, transportar frutos y anidar. También evaluaron el tamaño de las especies que registraron y su eficiencia para el vuelo.
Mis únicos héroes en este lío
Un primer dato interesante del trabajo, que sorprendió a los propios investigadores, es que las comunidades de aves que se encuentran a nivel de las copas y a nivel de suelo en los palmares son bien distintas. 21 especies fueron registradas en el dosel (16 exclusivamente allí) y 11 en el suelo (cinco sólo en ese ambiente), con el resto “compartidas” en los dos niveles.
“Esa diferenciación puede ser importante para después pensar en estrategias de restauración, porque no son las mismas aves las que comen el butiá a nivel de suelo que en las copas”, explica Matilde.
Por ejemplo, algunas aves muy activas exclusivamente en el dosel, ya fuera al alimentarse del fruto del butiá o al trasladarlo, fueron el doradito (Sicalis flaveola), el pitiayumí (Setophaga pitiayumi), la cotorra (Myopsitta monachus), el achará (Stilpnia preciosa) y el chingolo (Zonotrichia capensis). Dentro de las especies “compartidas” por ambos niveles, el hornero (Furnarius rufus) y la calandria (Mimus saturninus) mostraron también mucha interacción con el fruto.
Exclusivamente en el suelo pudo verse con buena actividad al picabuey (Machetornis rixosa), el pecho amarillo (Pseudoleistes virescens) y, sobre todo, el ñandú (Rhea americana). En general, las que más interactuaron con el butiá fueron el ñandú, hornero y el doradito.
“Hemos visto que el ñandú es una especie clave para la dispersión del butiá, pero no sólo para eso. Come el fruto desde el suelo, principalmente, y lo traga entero. La semilla pasa por su tracto digestivo y después la defeca en lugares que a veces se encuentran a varios kilómetros de la palmera de la que comió. Y ahí se da una doble función, porque además del rol importante en la dispersión, favorece la germinación. Un trabajo con fecas de ñandú que está realizando un estudiante de maestría muestra que el pasaje por el tracto digestivo genera una estimulación y tiene efectos positivos en la germinación de la semilla del butiá”, señala Matilde. Un rol similar de dispersión se ha visto también en algunas especies de mamíferos, como el zorro de monte (Cerdocyon thous).
Las otras aves registradas en este trabajo también cumplen un papel en la dispersión del butiá, pero de forma más local. “Importa, porque hacen un pequeño movimiento, aunque no sea tan grande como el del ñandú”, agrega.
Pitiayumi en palmera. Foto de cámara trampa.
Foto: Gentileza Matilde Alfaro
Lo interesante del ñandú es que durante la temporada de frutos del butiá depende mucho de ellos: constituyen cerca del 90% de su dieta. Por lo tanto, hay allí una relación de interdependencia: no sólo el ñandú puede ser importante para el futuro de los palmares de butiá, sino que el butiá es relevante para la conservación del ñandú, especie considerada globalmente casi amenazada (NT) por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
Ver el bosque y no la palma
El estudio también mostró que la estructura de los palmares determina qué tipos de animales usan los recursos. En las copas de las palmas aparecieron aves de menor tamaño y con alta capacidad de vuelo, que mostraron más diversidad en zonas de los palmares con menos densidad y peor conectadas. ¿Por qué? Porque no tienen más remedio que compartir los recursos de las pocas palmeras que encuentran en esas áreas.
A nivel del suelo, a diferencia de lo que ocurrió en las copas de las palmeras, la diversidad fue mayor en las zonas mejor conectadas de los palmares. Por lo tanto, la conectividad de los palmares juega un rol crítico para mantener la presencia de los dispersores que actúan a nivel del suelo, algunos de ellos fundamentales como el ñandú.
Además, el trabajo mostró que las áreas con mayor densidad de palmeras y conexiones con otras regiones de palmares y con otros ecosistemas (como bosques nativos y humedales) presentaron una mayor riqueza y actividad de aves.
Que la reducción de la densidad de palmeras afecte a la diversidad de las aves que la dispersan, como concluye este trabajo, provoca una suerte de círculo vicioso. Se genera una “menor intensidad de la dispersión y del consumo de frutos a lo largo del paisaje y en los distintos ambientes”, que se suma al efecto del ganado en las nuevas palmeras, indica el artículo. Las palmeras de butiá no dependen sólo de las aves y otros animales para dispersarse y reproducirse, pero en este contexto necesitan de cualquier ayuda que puedan obtener. A mayor fragmentación y pérdida de densidad de los palmares, atraen menos posibles dispersores y, por lo tanto, reducen sus posibilidades de regenerarse.
Con base en estos resultados, el trabajo concluye que las estrategias de manejo “deben priorizar el mantenimiento de la diversidad estructural y la promoción de la conectividad dentro de los parches de palmeras”, y que “la preservación de palmeras grandes que producen frutos puede ser crucial para sustentar especies con capacidad de movimiento limitada, ya que estos árboles ofrecen recursos esenciales y refugio”.
Pero, como Matilde y sus colegas han descubierto en los últimos años, hay otras formas indirectas en que las aves podrían ayudar a restaurar estos ecosistemas.
A papá palmar con banana de monte
“Cuando hablamos de posibilidades de restauración hemos visto que no sólo es importante que las aves dispersen el butiá. Pensamos en otras especies de plantas que están dentro del sistema. En estos años hemos visto pequeños parches de vegetación espinosa que se formaron naturalmente dentro del palmar gracias a la protección de una especie nativa que es la banana de monte (Bromelia antiacantha) una planta espinosa rechazada por la vaca. Genera cúmulos dentro de los cuales empiezan a crecer, por ejemplo, renuevos de butiá protegidos del ganado”, cuenta Matilde.
Ñandú se aproxima a palmera. Foto de cámara trampa.
Foto: Gentileza Matilde Alfaro
Hay especies de aves que consumen sus frutos, más pequeños que los del butiá, y también los de otras especies. “Abre una puerta a investigar cuál es la circulación de semillas en el sistema. Es decir, investigar un poquito más cuáles son las especies de aves, y también de mamíferos, que están interactuando con estos parches de vegetación y de ahí en más pensar en estrategias de restauración, tal vez mediadas por estas especies de plantas protectoras o nodrizas”, agrega.
Para fomentar estos parches de vegetación que podrían proteger al butiá, hay que conocer el rol activo de las especies dispersoras, algo que comienza a hacer este trabajo. “Hay que conocerlas, saber cuáles son las que están cumpliendo un rol más importante en la dispersión, y después ver cómo las atraés a esos lugares”, asegura Matilde.
Una técnica que se utiliza en otros lugares es colocar perchas o posaderos que atraigan a determinadas aves para que defequen allí y lleven semillas al lugar. La tesis de grado de una de las estudiantes de Matilde, Sofía Fascioli, exploró justamente eso. Su trabajo evaluó el funcionamiento de las perchas artificiales como técnica activa de restauración ecológica para el palmar. Para el estudio se construyeron 15 perchas artificiales de madera en forma de cruz, cada una con una cámara trampa y una red colectora de semillas por debajo. Concluyó que esta técnica funciona sobre todo para semillas de plantas del pastizal y bosque asociados al palmar.
“Todo esto en realidad es parte del paso siguiente. Además de entender bien cuáles son las especies más importantes en la dispersión de las semillas que nos interesan, tenemos que trabajar mucho con los productores también, para que comprendan cuál es el valor que tiene este ecosistema”, dice Matilde.
Algunos productores piensan que los palmares ya están condenados y no terminan de valorar el hecho de tenerlos en sus campos, agrega. “Nosotros intentamos mostrar que en realidad tienen un valor importante porque dan sombreado natural y mejoran la materia orgánica y la producción de pasturas. Entonces, primero nos queda mucho trabajo por hacer en ese sentido y, a la vez, seguir investigando estos parches de vegetación nativa y cómo pueden ayudar a la restauración de muchas especies que hoy no se ven en los palmares”, concluye Matilde.
En este panorama, la llegada del picudo rojo a Rocha es una grave preocupación adicional para estos paisajes emblemáticos y muy valorados de nuestro país, pero centrarse sólo en su combate no será suficiente para evitar que desaparezcan. Los palmares de butiá llevan décadas enfrentándose a amenazas menos conspicuas pero más insidiosas, que requieren una respuesta desde varios frentes. Y en uno de ellos están las aves, que gracias a la sociedad que forman con los palmares también pueden poner su granito de arena. O más bien su semillita.
Artículo: Landscape Connectivity and Bird Communities in Fragmented Butiá Palm Groves
Publicación: Austral Ecology (noviembre de 2025)
Autores: Matilde Alfaro, Mariana Illarze, Matías Zarucki, Ignacio Lado, Matías Arim y Ana Inés Borthagaray.