Los bosques de Butia odorata o palma de butiá en Rocha son un ecosistema muy particular. Las miles de hectáreas cubiertas de palmeras se extienden como una selva desordenada, por momentos apretada y luego relajada. Pero las palmas envejecen y enfrentan problemas de conservación, principalmente por encontrarse en predios donde no existen planes de manejo orientados a acercar la producción y la sustentabilidad de estos ecosistemas. Su singularidad y belleza no son los únicos motivos para su conservación: las palmas tienen un gran valor para los habitantes de la zona por la diversidad de los usos del fruto y el follaje. Para evitar su desaparición se han desarrollado diferentes propuestas de conservación desde organismos del Estado, la academia y organizaciones sociales. Estas iniciativas, de éxito relativo, se han concentrado en la preservación del ecosistema desde una perspectiva de las ciencias naturales.

Un estudio del antropólogo Juan Martín Dabezies, del Centro Universitario de la Región Este (CURE) de la Universidad de la República, propone un nuevo enfoque para la conservación de la Butia odorata que tome en cuenta “el lugar que ocupó el butiá como elemento estructurador de la vida a lo largo del tiempo” y “cómo diferentes culturas, que han habitado y habitan la zona, han tenido y tienen una fuerte relación con la palma”. El artículo, titulado Negotiating the Taskscape. Relocating Human - Environmental Relationships in Conservation Proposals around Palm Forests in Uruguay, fue recientemente publicado en la revista Conservation and Society.

Más que una palmera

En Rocha la Butia odorata conforma dos grandes palmares: uno al sureste del departamento, en la zona de Castillos; y el otro al norte, en torno al pueblo San Luis. Ambos conforman el palmar de butiá y ocupan cerca de 70.000 hectáreas. Algunas zonas llegan a tener una densidad de entre 50 y 600 palmas por hectárea. La edad de las palmeras se calcula entre los 200 y 300 años. La palma de butiá alcanza a medir hasta diez metros de altura y su tronco cilíndrico, alrededor de 65 centímetros de diámetro. Cada ejemplar tiene entre 20 y 22 hojas extensas –de entre dos y tres metros– curvas en los extremos y de color verde ceniza. En verano y otoño, la palmera da sus frutos. Puede llegar a producir siete ramos al año, cada uno con hasta 1.300 frutos, también conocidos como “coquitos de butiá”.

A través del tiempo el palmar fue, y aún es, una fuente importante de recursos para los habitantes de la zona. Sus principales usos derivan del fruto de las palmeras que se recolectan desde hace siglos y con fines variados. Productores artesanales de la zona elaboran con los coquitos de butiá dulces, salsas para aderezar carnes, licores o caña, miel y helados. También se utiliza la almendra de butiá para producir café. Las hojas de las palmas también se han utilizado con diversas finalidades. Durante el siglo XX se instalaron en Paso del Bañado –una zona que hoy está despoblada– algunas fábricas de crin vegetal, que extraían las fibras de las hojas para elaborar tapicerías, artesanías, suelas de zapatillas, colchones, cuerdas, juguetes, entre otras cosas, cuenta Dabezies. Estas fábricas, ante la llegada de las fibras sintéticas, “no pudieron competir” y se abandonaron. Incluso, agrega el antropólogo, llegó a haber una fábrica llamada Cocopalm, destinada a extraer aceite de la almendra, y otra que hacía aguardiente. Pese a que esos emprendimientos “no tuvieron una vida muy larga”, el investigador señala que aún permanecen en “la memoria de la gente”.

Desde los siglos de los siglos

Pero los usos del butiá son incluso anteriores al siglo XX y los emprendimientos industriales o artesanales. En su estudio Dabezies afirma que la palmera Butia odorata “ha jugado un papel importante en la subsistencia de los grupos prehistóricos que habitaron el área de los palmares de butiá durante más de 5.000 años”. Las poblaciones que vivieron en la zona se conocen como los “constructores de cerritos”, dice el antropólogo, y relata que gracias a descubrimientos arqueológicos se ha podido constatar que utilizaban tanto el fruto como la hoja de las palmeras. “De hecho, la datación arqueológica más antigua que se ha hecho es en torno a los 8.000 a 8.500 años y se realizó sobre un coquito de butiá quemado”, dice Dabezies. Los indios también construían herramientas como los rompecocos: una piedra con agujeritos que, entre otras cosas, era utilizada para extraer la almendra y consumirla. “Eso lo podemos decir desde el ahora, a partir de análisis que se hacen en base a microrrestos. Imagínate todas las cosas de orden simbólico cultural que no podemos conocer”, agrega el antropólogo.

Otro de los usos antiguos del butiá fue el de la construcción de “corrales de palma”, que según explica Dabezies, se “utilizaban para el manejo del ganado”. Los corrales se encuentran en la zona que se conoce como el Camino del Indio, entre Castillos y el Chuy. Hay más de una hipótesis sobre su rol. El antropólogo explica que una teoría sostiene que pueden haber estado vinculados a la “consolidación de la frontera” con Brasil y de “las poblaciones que se instalaron ahí”, porque existe otro conjunto de corrales de palmas en la zona de Santa Vitoria del Palmar, del lado de Brasil, “en una ubicación casi simétrica con los corrales uruguayos respecto de la línea de frontera actual”. La otra teoría plantea lo contrario: que los corrales se ubicaron allí para favorecer el contrabando y así “romper la frontera”. Estas diferentes hipótesis están siendo estudiadas actualmente. Una curiosidad, que no se ha logrado explicar aún, es que del lado de la frontera uruguaya los corrales se construyeron mayormente de forma circular, mientras que del lado brasileño los corrales son en su mayoría rectangulares.

Fábrica de crin vegetal a partir del butiá. Foto: Néstor Rocha

Fábrica de crin vegetal a partir del butiá. Foto: Néstor Rocha

Foto: Nestor Rocha

Butiaceros

Actualmente, sobre la ruta 9, pasando Castillos, se encuentran uno tras otro varios puestos que ofrecen productos artesanales derivados del butiá. Sus propietarios viven en la zona de Vuelta de Palmar, una pequeña villa rural compuesta por unas 10 o 12 familias que, durante generaciones, “principalmente las mujeres” se han dedicado a la elaboración de “artesanías” y alimentos derivados del butiá para la venta y el consumo propio, indica el artículo publicado. “Muchísimos de los castillenses se autodenominan “butiaceros” por esa relación que tienen con la emblemática palmera. “Muchos conocen gran variedad de recetas, aunque no se dedican a hacer productos y venderlos, sino que son más bien para consumo propio o para compartir con amigos o familiares”, dice Dabezies.

En su artículo, el antropólogo también afirma que “la palma de butiá tiene un fuerte significado simbólico en el sureste de Uruguay, ya que forma parte del escudo del departamento y de su himno, y está presente como un emblema regional en la iconografía pública y privada de Rocha”, y sostiene que el butiá tiene un gran impacto en la identidad rochense. “Aparece desde el escudo de la Intendencia Departamental de Rocha hasta está, por ejemplo, en el nombre de los comercios y murales de la ciudad. También forma parte de la literatura y la música”. Dabezies cuenta que, con el crecimiento del turismo en las playas de Rocha, “hay como una resignificación de lo simbólico del butiá”, que une la palma con el “sol y la playa”. Así, “se mezcla el valor tradicional del butiá con lo tropical como para vender un producto”. El antropólogo da ejemplos de este sincretismo comercial: “El logo de algunas empresas de transporte juega con ese doble significado, y en algunas playas se juega con eso haciendo techitos con palma de butiá. En ese sentido, ha habido un aumento en el uso ornamental de las palmas para generar una sensación de tropicalidad tradicional”, añade.

Lo intangible del paisaje y un nuevo criterio

A pesar de su gran valor, los bosques de butiá corren peligro “porque están ubicados en tierras privadas donde se practican actividades agrícolas que amenazan la reproducción del ecosistema”, establece el estudio. Estos predios, principalmente dedicados al cultivo de arroz y la cría de ganado, ocasionan perjuicios para el palmar: “Las tierras inundadas para la producción de arroz dificultan el crecimiento de nuevas palmas, mientras que la cría de cerdos daña y con frecuencia arruina las semillas”. Pero hay más: “El sobrepastoreo de ganado y ovejas ejerce una gran presión sobre los pastos, lo que hace que los animales se alimenten también de las palmas más jóvenes, que es cuando son palatables para el ganado”. A ese aspecto se suma la edad de las palmas, que ha sido una de las razones por las que, de acuerdo al trabajo, se han convertido en objetos de estudio científico “con fines de conservación”.

Dabezies señala que las propuestas de preservación planteadas hasta el momento desde el sector académico, las organizaciones y diferentes organismos gubernamentales, la mayoría de las cuales, sostiene, no se han implementado, “apuntaban a promover la sostenibilidad ecológica y económica” desde una perspectiva naturalista, sin focalizarse en los grupos humanos que habitaron y habitan las zonas de los bosques de butiá que “se ven afectados por estos procesos” de pérdida del ecosistema. Si bien algunas propuestas sí mencionan las relaciones humanas, lo hacen como “aspectos tangenciales” y no están en el centro de los discursos de conservación como el autor considera que deberían estar.

Por eso, Dabezies incorpora en su propuesta el concepto “taskscape” que surge en contraposición del concepto “landscape” o paisaje. “Es pensar el paisaje no desde lo material, sino desde la vida humana. Se trata de cambiar el foco”, explica el antropólogo y señala que ya se ha consolidado como una “categoría de protección de la naturaleza” en nuestro país. Según define, el término paisaje se vincula con el espacio: “la tierra que se extiende hasta el horizonte y los objetos individuales sobre él, una tierra medible y fraccionable”. Por contraposición, el antropólogo británico Tim Ingold en 1993 propuso el término taskscape, que si bien se podría traducir como el “paisaje de las tareas”, carece de una traducción única al español. “El taskscape implica comprender el paisaje desde la perspectiva de las prácticas diarias que lo configuran” define Dabezies. Tiene una temporalidad específica, pero “no como el curso del tiempo en un sentido cronológico y lineal”, aclara en el documento, sino como “la resonancia de ritmos interconectados”. Así, sigue su ritmo único como una canción, donde las actividades humanas producen diferentes “ritmos sociales” que configuran el paisaje en interacción con lo material e inmaterial. Entre los elementos del paisaje vivo y no vivo se generan los acordes que dan la melodía única de cada paisaje.

Crín Vegetal.

Crín Vegetal.

Foto: Nestor Rocha

Si fuera posible imaginar el color del sonido, quizás el “paisaje de las tareas” del butiá tendría tonalidades cálidas entre amarillas y anaranjadas. El antropólogo lo describe con mayor soltura en su investigación: “Es posible definir la perspectiva del taskscape como un tipo de vínculo con las palmas butiá y las personas que las utilizan. Concebir el paisaje del butiá significa centrarse en la temporalidad y el movimiento, las posibilidades de acción y las tareas involucradas en su configuración”. De esta manera, “Las diferentes temporalidades y ritmos pasados se incrustan en los actuales, configurando así el paisaje que hoy habitamos”.

Esta categoría implica “un paso gigantesco en lo que es la conservación y la inclusión de la vida humana en los lugares que se quieren conservar”, continúa Dabezies, porque, en un primer momento, “se veía al ser humano como una intromisión negativa en la naturaleza que se quería preservar, y todas las propuestas estaban orientadas a sacar al ser humano porque es lo que rompe el equilibrio”. Esta opción “en pos de lo natural” también desata una discusión sobre si existe un límite entre lo cultural y lo natural. “Después fueron cambiando esas figuras, hasta que el concepto de paisaje propone centrarse en las relaciones, o sea no sacar a los humanos de los lugares que se quieren conservar, sino entenderlos como parte de la vida de las cosas conservadas”, señala el artículo.

“Lo que propongo es intentar pensar directamente el paisaje desde las relaciones humanas y humano-ambientales. Hablar de las actividades humanas implica movimiento, una temporalidad y una interacción con lo ambiental. Romper la forma de pensar la interacción del humano con su ambiente e incorporar eso como una forma de pensar la conservación”, dice el antropólogo. En el artículo, Dabezies explica que las actividades en un paisaje toman sentido “dentro de un conjunto de tareas, realizadas en serie o en paralelo, y generalmente por muchas personas que trabajan juntas”.

Asimismo, Dabezies apunta que, generalmente, los procesos de conservación de la naturaleza “se centran en zonas marginales desde un punto de vista productivo, o incluso en terrenos públicos, que son administrativamente más fáciles de declarar área protegida”. Para el autor, en esas “zonas marginalmente productivas hay asociadas poblaciones marginales” que a veces, producto de los propios procesos de conservación, terminan siendo excluidas. Este proceso, en el caso de los bosques de butiá –al encontrarse principalmente en zonas privadas– es aun más complicado. El Estado no puede simplemente expropiar esas tierras, explica el antropólogo. Aunque hay varias formas de conservar la naturaleza en Uruguay sin la necesidad de expropiar terrenos, “implementar una propuesta real, integral y participativa de protección de la naturaleza en la zona requiere de una enorme voluntad política”, afirma; mientras que las poblaciones que viven del butiá ven cómo se degrada uno de sus recursos de supervivencia.

El enfoque propuesto por Dabezies aún no se ha traducido en ninguna propuesta concreta, pero pretende hacer un aporte a las estrategias de conservación. Además, no sólo contempla las relaciones humanas que se desarrollan en torno a las palmas, aclara Dabezies, sino que toma también en cuenta los vínculos entre el butiá, la movilidad, las tierras bajas, las variaciones del nivel del mar y los animales que se alimentan de estas palmas. “Mi idea es que el palmar ha estructurado el paisaje a lo largo de su propia existencia, generando una serie de relaciones entre la vida humana y la no humana, entre procesos que son perceptibles e imperceptibles para el ojo humano, porque son o muy rápidos o muy lentos, o muy grandes o muy chiquitos y no lo podemos ver, pero existen y forman parte de ese ritmo, de esa temporalidad que está creciendo conjuntamente”, reflexiona.

El diálogo entre las ciencias

Dabezies señala que “es algo bastante habitual, y no sólo en Uruguay, sino en todas partes del mundo” que “la conservación de la naturaleza esté más próxima a criterios que vienen más de las ciencias naturales”. En ese sentido, su trabajo, ya desde el propio título, va un poco más allá e invita a una “negociación discursiva con las ciencias naturales”, aunque se trate de una negociación “en el sentido metafórico”, aclara. En su trabajo, apunta a que el objetivo es “criticar la estructura de esta jerarquía de conocimiento, desnaturalizando la conservación y reposicionando las relaciones humano-ambientales en el núcleo del discurso de la conservación”. “Mi idea fue no quedarme solamente en la crítica, sino proponer una forma diferente de pensar y bajar a tierra la conservación” dice al respecto.

En las conclusiones el antropólogo plantea que el estudio contribuye a reinstalar el papel de las ciencias sociales en la conservación ambiental y señala que incorporar el concepto taskscape permite “repensar las relaciones humano-ambientales pasadas y presentes de grupos humanos que están al margen de los procesos de conservación”. A su vez, destaca cómo las ciencias sociales vinculadas a la gestión ambiental “enriquecen” los procesos al contribuir a una “mayor justicia en las negociaciones ambientales”.

Colecta de coquitos.

Colecta de coquitos.

Foto: Nestor Rocha

“Necesitamos incluir miradas más sociales a estos proyectos, ya que de esa manera ganamos todos”, señala Dabezies. “Ganamos las distintas disciplinas y gana la población local. Por defecto, las ciencias sociales y humanas prestan más atención a las relaciones humanas, y las ciencias naturales a lo natural”, opina. Pero no todo queda en el terreno de la teoría: dado su rol de docente, cuenta que esa experiencia de diálogo de disciplinas se está desarrollando en el CURE, que “no es como una facultad clásica organizada por disciplinas, sino que está organizado en base a temas o problemas” y permite que científicos sociales y naturales compartan sus clases pudiendo “pasar el foco de las cosas a las relaciones”. Eso, dice el antropólogo, “es una forma de cambiar la forma de pensar”, tanto que es lo que le dio impulso a publicar este trabajo sobre el butiá.

Artículo: “Negotiating the Taskscape. Relocating Human – Environmental Relationships in Conservation Proposals around Palm Forests in Uruguay”.

Publicación: Conservation and Society (julio 2019).

Autor: Juan Martín Dabezies.