¿Cuál fue la chispa que te impulsó a escribir este libro?
El libro viene de muchos años atrás. Es una situación que veo venir desde hace tiempo y que se va volviendo cada vez más grave. La idea la tenía ya antes de escribir el libro anterior sobre el descubrimiento de la evolución, donde quería en cierta manera llevar al lector al origen de la idea de “evolución”, y ahora la idea es llevarlo a sus posibles finales. Creo que algo que enseña la evolución es que el 99% de las especies que existieron ya no están, pero al ser humano le cuesta pensar la posibilidad de que un día pueda no existir más. Me parece que parte de la utilidad que tiene el pensamiento evolutivo es hacernos un poco más conscientes de nuestra fragilidad para permanecer a lo largo del tiempo. Si bien entonces me parecía un libro necesario, ahora que salió coincide con un súper Niño y con una seguidilla de récords negativos en términos de clima. Un poco por azar, sale justo en el momento en el que el tema creo que va a estar instalado por varios meses. Ya hay más de 90% de chances de que el 2027 sea el año más caliente desde que hay mediciones. Así que, si bien siempre tuve clara la pertinencia del tema, ahora creo que es mucho más pertinente que cuando empecé a escribirlo. Y dentro de cinco o diez años va a ser bastante más pertinente que ahora.
El segundo gobierno de Donald Trump te ayuda también a ponerle un poco de dramatismo al asunto, porque se están dando varios retrocesos al respecto.
Sí, pagó miles de millones de dólares para cancelar proyectos de energía eólica, persigue fuertemente a los científicos, ha cerrado oficinas que llevaban datos de clima. Es como que se pasó a una etapa mucho más agresiva. Cuanto más aumenta la temperatura, en Estados Unidos en particular, más agresivo hay que ser contra los que hablan del tema.
A la vez es una etapa bastante sombría para cosas que planteás en el libro, porque se está yendo contra el multilateralismo y se están socavando las bases de los organismos supranacionales, como la ONU, que en algún momento se pensó que podrían ser una solución para este tipo de problemas globales.
Sí, parte del ataque es a Naciones Unidas. Incluso hace poco un agrónomo uruguayo que habla de temas de clima dijo poco menos que António Guterres, el Secretario General de Naciones Unidas, era un tonto o un irresponsable por opinar del clima como opinaba, cuando en realidad está diciendo la gravedad del problema tal como lo dice un equipo de asesores enorme de la Organización Meteorológica Mundial; Guterres no habla por sí mismo. Los ataques a Naciones Unidas son mucho más fuertes que antes. Antes matar a alguien de Naciones Unidas era algo impensable, y ahora en Gaza o Líbano los matan sin problema. Hay como un ataque complementario a negar el cambio climático que es contra todo lo que sea cooperación internacional. En el objetivo de bajar las emisiones de gases de efecto invernadero y evitar que la temperatura promedio global suba 1,5 °C, umbral que ya cruzamos, la ausencia de cooperación internacional es un factor que agrava muchísimo la situación. ¿De qué vale que coopere Uruguay con otro país si Estados Unidos va a tener una política explícita de más petróleo y más carbón?
Otro factor que me parece que va a ser muy fuerte es que el ascenso de la inteligencia artificial y la necesidad de hacer datacenters genera una expansión brutal de la demanda de energía. Parte de esa demanda se cubre con energía fósil. Así que, si bien por un lado da esperanza el crecimiento de la energía solar y la eólica, por otro lado es tan fuerte lo que crece la demanda de energía, que las renovables complementan pero nunca sustituyen a las fósiles. No estamos consumiendo menos petróleo ni menos carbón.
En algunos pasajes decís que está triunfando la desinformación; en otros, que el tema parece no importar o no ser vinculante; en otros explicás los sesgos que nos impiden tomar acciones renunciando a satisfacciones hoy a cambio de mejoras a futuro; y en otros hablás del lobby de la industria petrolera y la financiación del negacionismo climático. ¿Cómo te sentís más: enojado, traicionado o solo?
Creo que por un lado es cada vez más difícil separar la información de la desinformación, algo que se agravó con la inteligencia artificial. Y por otro lado, dentro de lo que podríamos llamar “realidad”, los temas que se priorizan son los que den más clics, no importa lo que sea. Si una mujer salió en pelotas por la calle en Buenos Aires porque estaba con el hijo del sindicalista Moyano, va a ser mucho más viral que la noticia de que la temperatura de los océanos es la más alta en 100.000 años. Todas esas cosas hacen más difícil encarar el tema. Del cambio climático se va hablar por 50 años o más, y eso genera fatiga. Por eso informativamente presenta desafíos para quienes intentamos comunicar estos desafíos complejos de resolver. Cuándo decir las cosas, cómo las decís, cómo lográs que alguien que está preocupado porque no llega a fin de mes o porque teme quedarse sin trabajo se interese por este aumento de la temperatura. Nadie va a ganar una elección hablando del cambio climático o diciendo que sacrifiquemos crecimiento por el bien del planeta. Vamos rumbo a una situación cada vez más complicada, pero no encontramos la manera de cambiar el rumbo, desde lo más duro del funcionamiento económico hasta la tarea de comunicar y explicar a la sociedad que hay una manera necesariamente distinta de hacer las cosas, porque si no cada generación va a tener un problema mayor hasta que se llegue a un eventual caos.
El libro está centrado en el cambio climático y lo que se nos avecina, más allá de que hay cosas que ya estamos viviendo. Sin embargo al hablar de cambio climático se colectiviza la responsabilidad y se genera impotencia, ya que es algo global. Si Uruguay lograra reducir a cero sus emisiones netas de gases de efecto invernadero, el problema subsistiría. En el libro decís que si el dióxido de carbono o el metano fueran gases coloridos, tal vez seríamos más conscientes del problema grave que enfrentamos. ¿Por qué no hacer hincapié entonces en las cosas que sí se ven, como las grandes perturbaciones que estamos causando al construir sobre la dunas, transformar pastizales en cultivos de granos o forestales, hacer aeropuertos entre dos lagunas protegidas? Hablás de que estamos ante la sexta extinción masiva, pero nuestro sapito de Darwin corre más riesgo de extinguirse en los próximos años por la construcción en la faja costera que por el aumento de las temperaturas mínimas proyectado para nuestro país.
Es una crítica válida. Lo que me interesa como tema es el análisis de lo que a veces se llaman riesgos existenciales, los riesgos que son de una magnitud tal que lo que está en juego es la supervivencia. Si entendemos el proceso evolutivo, deberíamos hacer lo que sea necesario para no extinguirnos. El cambio climático es tal vez la expresión de síntesis de todo el conjunto de las alteraciones que los seres humanos estamos produciendo en el planeta. Porque si vos tenés ecosistemas menos biodiversos, estás debilitando lo que te permitiría amortiguar mejor el efecto de las emisiones. Y ciertamente, cuando yo era niño, en las tardes de lluvia salíamos al jardín y había miles de sapitos de Darwin en Solymar. Hoy para encontrar un sapito de Darwin tenés que ir al Cabo Polonio y pasarte buscando alguno toda una tarde. Eso, desde el punto de vista de la sensibilidad que podemos tener hacia la naturaleza, tal vez sí es mucho más fuerte que un 0,1 grado que suba la temperatura. Pero es todo parte de una única problemática, que es la del deterioro de la biósfera, y que, si no se detiene, termina en un colapso.
Si la temperatura cruza un cierto umbral, que serán los 4 o los 4,5 °C, el riesgo es de un colapso general. Me parte de dolor que haya cada vez menos sapitos de Darwin y que un día no estén más en Uruguay porque se urbanizó la costa, pero el tema para mí es el riesgo de que esto genere un colapso realmente serio. O frenamos los procesos que nos llevan a eso o colapsamos.
Por otro lado, venimos de la peor sequía de la que tenemos memoria, que nos hizo tomar agua salada, y estamos a tres meses de mega inundaciones. Por eso, creo que en términos de visibilidad el clima va a ser cada vez más visible.
Lo importante es lograr el cambio de rumbo, que después tiene múltiples manifestaciones, como restaurar biodiversidad, acercarse a la neutralidad de emisiones, mejorar la calidad de las aguas, lograr que el poco más de 50% de campo natural que tenemos no se siga reduciendo, lograr clasificar los residuos en las ciudades y que se haga compost con lo que es orgánico, que se recicle lo demás… Las acciones y estrategias son casi innumerables. Lo importante es que paremos de romper y empecemos a reconstruir.
En el libro queda claro que esta convocatoria a reducir la emisión de gases de efecto invernadero es también una invitación a reducir la mala huella ambiental que estamos dejando en el planeta. Y eso lleva a abandonar la idea del crecimiento como única meta y a una disminución del consumo, a una cierta austeridad.
La austeridad es parte de la salida, que es lo que un poco plantea el libro de Mauricio Lima Austeridad o barbarie. La austeridad la determinamos nosotros o nos va a llegar impuesta por la realidad. Se impone la reflexión sobre qué consumimos y por qué, si es lo mismo traer algo importado del otro lado del mundo que ir a la feria vecinal y comprarlo a un quintero que está en las afueras de la ciudad.
A una parte del libro la titulás “Uruguay como plataforma de soluciones ambientales” y decís que podría ser un país modelo en este camino de país sostenible. ¿Te gustaría que pasara o creés que eso ya está pasando?
Me gustaría que pasara y creo que un poco está pasando. Creo que hay un sector de energías renovables que es interesante. Creo que, por ejemplo, podríamos presentarle al mundo que Uruguay riega 100% con energías renovables. Eso sería algo interesante que pasara. Que Uruguay sea un país neutral en sus emisiones, por su tamaño, al mundo no le va a cambiar nada. Pero si vos decís que hay un país que aplicó una transición hacia las energías renovables, que bajó el costo de la energía y logró crecimiento, eso sería un modelo a seguir y replicar. Porque hoy es clave desvincular el crecimiento económico de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si lográs crecer más emitiendo menos, eso es lo que el mundo va a buscar. Y lo va a buscar cada vez con más urgencia.
Entonces, el sector de energías renovables de Uruguay me parece interesante, pero sin dudas tienen que pasar muchas más cosas. Frenar el cambio en el uso del suelo es algo que va a enfrentar muchísimas resistencias, empezando por la Asociación Rural de Uruguay [ARU].
En el libro hablás del poderoso lobby del petróleo. ¿Acá tenemos el lobby de la ARU, que, por ejemplo, ya frenó una ley de protección al pastizal natural?
Si, respecto a ese tema no va a transar nunca. Ellos van a priorizar el concepto de la propiedad privada y que si quieren sacar el campo natural, es su derecho. Eso va a ser medio irreductible. Me parece que no podés llegar a frenar el cambio del uso del suelo por coacción, tenés que llegar a que no cambien el uso del suelo, porque justamente te pagan tan bien la carne que lo que te vale la pena es que la vaca y el ternero estén en el campo natural. Costo bajo, alto precio de venta con un sello de ganadería a campo natural y sin alterar ecosistemas.
Pero ponés como una de las cosas buenas de ese país “modelo” la ley de suelos. Fue una ley que se impuso y que tiene su componente de coacción: no se puede hacer con el suelo lo que se quiera. Podríamos ir ahora hacia algo similar que diga que el dueño de la tierra no puede hacer lo que quiera con el campo natural.
O que podés hacer lo que quieras no cruzando determinadas líneas rojas. La ley de suelos es un logro, como es la ley de los años 60, que no sé a quién se le ocurrió, que protege al monte nativo. He preguntado varias veces quién fue el visionario que hizo esa ley, pero nadie sabe. Lo cierto es que está y es parte de lo que tenemos para mostrarle al mundo. Creo que, además, con el acuerdo con la Unión Europea, eso se puede valorizar mucho más. Yo quiero que los europeos prefieran comer carne de Uruguay a la de Brasil o de Paraguay, donde hay producción a costa de la tala de bosques. La manera de que no se cumpla la profecía de que el campo natural va a retroceder es que el productor ganadero, con su vaquita, gane más que si lo llena de eucaliptus.
Entre la lógica de “no se puede tocar nada” y la lógica de “seamos productivistas cueste lo que cueste”, tenemos que encontrar una línea de pragmatismo. Hay que encontrar una línea aceptable de crecimiento con el mínimo impacto posible, y mientras, seguir innovando para bajar el impacto. Para mí es importante el concepto de transición.
En el libro trazás algunas cosas que deberíamos hacer. En el gobierno pasado fuiste asesor del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca en un área sensible que se toca con varios de los temas que abordás, que fue la de la agroecología. Tuviste entonces una experiencia en la gestión de estos temas y, por cómo se dieron las cosas, estimo que tu balance no es del todo positivo.
Sí, mi evaluación no es positiva, un poco producto de los avatares de la política. Llegué allí porque con Carlos María Uriarte, que era el ministro de Ganadería, habíamos hablado mucho de este tema de usar la excelencia ambiental como un mecanismo de valorización de los productos y que, con eso, se podía generar una sinergia interesante. Veníamos trabajando muy bien hasta que un domingo de tarde pongo el informativo y Uriarte se estaba yendo del ministerio. Yo no sabía por qué se iba y creo que él tampoco. Ahí como que todo volvió al casillero cero, y hubo que empezar a explicarle a un nuevo ministro cuál era la idea y ver si le entusiasmaba o no. Lo que más me gustó de ese trabajo fue que nos sentamos con gente de INIA [Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria], con técnicos privados, con productores, y pensamos en cuáles podrían ser las tecnologías que podemos considerar agroecológicas en una transición de la producción convencional a una producción cada vez más amigable en carne, en granos, en lácteos, en granja, etcétera. Supongo que eso habrá quedado en un cajón que nadie más abrió. De todas formas, logramos consensuar un Plan Nacional de Agroecología, lo que a mí me pareció un logro, porque requería conciliar visiones opuestas.
¿Volverías a estar en un lugar de gestión y de toma de decisiones?
Volvería. Porque, en definitiva, si hablás de estos temas y un día alguien te dice “anda y hacelo”, me parece que no podés decir “ah, no, lo mío es escribir [sobre] cómo deberían ser las cosas, pero no voy a entrar a la cancha a que me peguen en los tobillos”. Creo que, por ejemplo, trabajar en el marco de INIA o de un ámbito donde pensemos con base en criterios científicos y busquemos soluciones, eso siempre me parece superinteresante. Lo que no me interesa es eso de tener que lidiar con un bando que dice que la agroecología es una tontería y otro que dice que si usás cualquier producto de origen químico sos un traidor. Ese debate no me interesa, porque me parece que sin una dosis de pragmatismo no vas a ningún lado. Yo no voy a convencer a alguien que está monolíticamente convencido de algo, no me interesa. Ahora, si me decís que me convocan a un grupo para diseñar los mejores caminos para avanzar, a eso sí estoy dispuesto a volver. Vivimos en un mundo plagado de falsas oposiciones, y me parece que la oposición fundamental es que o nos hacemos sustentables o nos vamos al carajo. Esa es la dicotomía clave, y creo que tenemos que ponernos todos del lado de restaurar equilibrios que se están perdiendo. Por ahora estamos lejos.