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El filtro de la evolución llama a tomarse en serio el cambio climático y cambiar el rumbo o atenerse al colapso de la humanidad

El libro de Eduardo Blasina, sostiene que la inteligencia y el desarrollo productivo humano han provocado un desbarajuste climático al planeta que podría constituirse en el filtro que lleve a nuestra extinción.

“Cualquiera que piense que el crecimiento puede ser exponencial en un planeta finito está loco o es economista”, sostuvo el economista Keneth Boulding en 1966, según recoge en sus páginas el reciente libro El filtro de la evolución. Entre restaurar los equilibrios naturales y profundizar el caos. 66 años después de las declaraciones de Boulding, la locura y los economistas siguen como si nada, parece decir Eduardo Blasina, el autor de la obra publicada por la editorial Debate.

En su anterior libro, Darwin en el Plata. El descubrimiento de la evolución, el ingeniero agrónomo y periodista contaba cómo el pasaje por Uruguay y Argentina, entre 1832 y 1833, había ayudado a que Charles Darwin comenzara a pensar en la adaptación de los organismos a los diferentes ambientes y cómo eso impulsaría el surgimiento de nuevas especies. Animales fósiles emparentados con los actuales –como los gigantescos gliptodontes, de los que encontró huesos en el Río de la Plata, y las mulitas de nuestros días– cimentaban la idea no solo de que los organismos cambian con el tiempo, sino que también dejaban claro que los caminos truncos de eso que Darwin llamaría “evolución de las especies mediante la selección natural” implicaban la extinción. Ninguna forma de vida en el planeta Tierra tiene garantizada su permanencia a perpetuidad. Sobre esto último hace hincapié el nuevo libro.

El libro parte de la paradoja planteada por el físico Enrico Fermi entre la casi certeza teórica de que debería haber otras civilizaciones inteligentes en el universo y el silencio absoluto que tenemos de ellas. Tal paradoja podría explicarse si la misma tecnología de avanzada que les permitiría desarrollar ondas de radio, sondas espaciales y demás pruebas visibles para nosotros de su existencia también aumentara la capacidad de esa civilización de autoexterminarse, algo muy patente en el momento que Fermi planteó el asunto, ya que estaba ayudando a concebir la bomba atómica que luego arrasaría a Japón en dos ocasiones. Blasina conecta ambas cosas, la evolución y las consecuencias para el planeta de la “inteligencia” y los avances tecnológicos desarrollados por la humanidad, para proponer que “el gran filtro de la evolución” que podría sellar nuestro camino será el cambio climático (desatado por el calentamiento global debido a la emisión de gases de efecto invernadero). Antes de que podamos desarrollar naves espaciales y conquistemos otros planetas, el linaje de los humanos podría borrarse si el aumento de la temperatura media global sigue incrementándose y pasamos la barrera de entre 4 y 6 ºC por encima de la temperatura previa a la Revolución Industrial. De ser así, las otras civilizaciones del universo jamás se enterarán de que aquí los seres humanos hicimos todo lo que hicimos.

Dado que hay falta de interés, negacionismo de personajes como Donald Tump, lobby de las empresas petroleras que financian campañas de desinformación, tuercen políticas de los estados y denigran a la comunidad científica que estudia el tema, e incluso sesgos de razonamiento que nos impiden tomar real conciencia de un problema gradual que tendrá consecuencias aterradoras a mediano y largo plazo (si bien hoy el cambio climático está provocando desastres, Blasina aquí se ocupa por cuando pasemos el “punto de no retorno” de temperaturas extremas, luego del cual solo queda el colapso de los humanos y otras formas de vida), el libro dedica varios capítulos a desmenuzar el problema, abordar cuáles son los gases de efecto invernadero que nos están llevando al desastre planetario (dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, los fluorados), la urgencia de frenar sus emisiones y la desazón ante un mundo que en tiempos recientes parece estar dinamitando el multilateralismo y los organismos supranacionales necesarios para enfrentar un problema global como la crisis climática.

Además de estos gases que aceleran el calentamiento del planeta, Blasina cuenta cómo estamos destruyendo las selvas y los océanos, desmantelando así elementos de la biósfera que oficiarían de “mecanismos de refrigeración”, precipitando aún más la debacle.

Hacia el final del libro aparece el capítulo “El camino de salida”, que a su vez se divide en otros, como por ejemplo “Soluciones posibles”, “La economía, componente clave del rediseño necesario” o “El gran filtro final”. Sin embargo, no hay que leer este apartado esperando recetas mágicas. Sería injusto pedirle a Blasina que las tuviera. Dejar de emitir gases de efecto invernadero, detener el cambio de uso del suelo, producir alimentos de forma sostenible, apostar por energías renovables, pero al mismo tiempo rebajar la demanda de energía, lo que implica un mundo más austero, como proponía sobre el mismo tema el libro Austeridad o barbarie de Mauricio Lima. “La posibilidad de cruzar o evitar el filtro está; el tiempo que nos queda para modificar el rumbo es cada vez menor”, escribe Blasina.

Tal vez el apartado más llamativo del libro sea el titulado “Uruguay como plataforma de soluciones ambientales”. Allí, por ejemplo, dice que nuestro país “es ya líder mundial en sustentabilidad de acuerdo con el medidor overshooting”, citando datos de 2025 que colocaban a Uruguay como el mejor país del planeta por su baja huella ambiental. Sin embargo, de acuerdo a ese mismo índice, en 2016 Uruguay fue excluido de la lista de países analizados debido a “datos incompletos o poco fiables”. De hecho, aunque los datos fueran los del año pasado, Blasina aclara que eso no implica que nuestro país no tenga problemas: “Los tiene, y [son] muy serios. La proliferación de especies invasoras animales y vegetales, un muy alto uso de agroquímicos por hectárea en la agricultura, contaminación de aguas y eutrofización”, enumera. Aun así, sostiene, sus cambios en la matriz energética, la ley de protección de suelos y otras iniciativas que podrían implementarse a futuro podrían posicionarnos como un “ámbito amigable en el que experimentar y validar a pequeña escala para luego pasar a generar soluciones a gran escala”. Incluso con todo el escepticismo generado por la poca trascendencia dada al cuidado ambiental por sobre intereses a corto plazo, quien lea querrá que lo que plantea Blasina se dé en un horizonte cercano. De lo contrario, están claras las consecuencias.