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Ciencia Ciencia y cultura
Plátanos en Malvín. · Foto: Rafael Cantera

Plátanos en Malvín.

Foto: Rafael Cantera

Frente a una tediosa repetición de la abominable epidemia montevideana de irritación por la pelusa de los hermosos plátanos

Los plátanos de las calles de la capital suelen generar polémica al llegar la primavera; aquí archivos administrativos y de prensa ayudan a esclarecer cuándo, quiénes y por qué razones se comenzó a arbolar la ciudad con ellos.

Como en cada primavera, muchos montevideanos pronto sufrirán alergias e irritaciones causadas por la pelusa que los plátanos producen año tras año, y una vez más nos preguntaremos por qué se eligió plantar estos árboles en nuestra ciudad. Nuevamente se hablará y escribirá sobre el asunto, y es probable que otra vez más nos quedemos sin saber quiénes decidieron plantar tantísimos plátanos en Montevideo, por qué eligieron esa especie y cuando ocurrió eso.

Tampoco nosotros tenemos una respuesta firme para todas estas preguntas, pero creemos que nuestro estudio de los archivos de la ciudad y la prensa de la época, por medio de Anáforas, el magnífico proyecto de digitalización de periódicos uruguayos que lleva adelante la Universidad de la República, nos permite avanzar dos o tres pasos.

“Los plátanos del parque extienden su sombra en un gran trecho”, escribió Eduardo Ferreira en abril de 1899. Con esa frase nos enteramos de que ya entonces había en Montevideo plátanos de suficiente tamaño como para que su sombra se extendiese “un gran trecho”. Y como el texto de Ferreira refería al manicomio nacional (actual hospital Vilardebó), fundado en mayo de 1880, los árboles cuya generosa sombra elogiaba Ferreira en 1899 tendrían 20 años o más (generalmente se plantaban cuando ya tenían al menos tres o cuatro años). Este dato parece irrebatible y nos dice que alrededor de 1879 ya se plantaban plátanos en Montevideo.

Por ese entonces hacía varias décadas que la plantación de árboles en calles y plazas montevideanas estaba a cargo de la Junta Económico-Administrativa (JEA), como se llamaba entonces lo que hoy conocemos como la Intendencia de Montevideo. Inicialmente el arbolado público había sido responsabilidad de la Dirección de Obras Municipales de la JEA, y en 1871 el equipo de seis funcionarios dedicados a esa tarea (dos jardineros, dos encargados de arbolado y dos peones) plantó 1.754 árboles. Sin embargo, el plátano todavía no era la especie dominante.

Carlos Viana, presidente de la Junta y director de Obras Municipales, consignaba que habían plantado cientos de timbós y sugería que en el futuro se plantasen “eucaliptos, acacias o paraísos”. Es cierto que se plantaron árboles de estas especies, pero hacia el final de su administración (1878) el plátano ya comenzaba a transformarse en la especie dominante.

Una imprecisión mil veces repetida: Carlos Racine y los plátanos de Montevideo

Una leyenda urbana sobre el árbol de la pelusa sugiere porfiadamente que le debemos nuestras molestias y rabietas primaverales al francés Carlos Racine. Pero resulta que este Racine recién ingresó a la Junta en 1902, cuando su hermano Ernesto ya había ejecutado una plantación masiva de plátanos durante más de una década, como demuestran claramente las Memorias anuales de la JEA correspondientes a 1889: “Para las calles de la ciudad donde existían variedades diversas y mezcladas, de hojas permanentes y caducas, se eligió de preferencia el plátano, que reúne las condiciones deseables para nuestras plantaciones de alineación, como ningún otro árbol, si se exceptúa el paraíso, viéndose obligada la Junta, por lo desprovistos que estaban los viveros de los horticultores, a continuar con paraísos algunas calles, como las de Uruguay, Agraciada e Ibicuy, hasta que puedan reemplazarse con plátanos de tallos bien desarrollados”.

Ese mismo año las autoridades municipales decidían crear una Dirección de Paseos y Jardines, cuyo principal funcionario se encargaría del arbolado y ocuparía el cargo de jardinero jefe. Amparándose en una buena situación económica, la Junta contrató en París a Ernesto Racine para ocupar ese cargo. Racine se había formado en la Escuela de Horticultura de Versalles, dirigida por Edouard André (a quien también contratamos para diseñar un plan general de parques y avenidas de la nueva ciudad, pero eso es otra historia), y trabajó en el arbolado de la ciudad hasta que pidió licencia por enfermedad poco antes de su muerte, en 1902.

Fiel a los criterios e ideales de arbolado urbano vigentes en Francia, Ernesto Racine fomentó la producción de plátanos en los viveros municipales, y durante 12 años plantó árboles de esa especie a lo largo y ancho de una ciudad en rápido crecimiento. En febrero de 1902, en medio de una gran sequía, los montevideanos temían que los jóvenes plátanos, ya mustias sus hojas y sufriendo estrés hídrico, murieran por falta de agua. El jardinero jefe temía que si la terrible seca se prolongaba, “caerían como heridos por un rayo los hermosos plátanos que dan sombra y alegran las calles de la capital”. Para evitar esa catástrofe, “envió una cuadrilla de fornidos peones municipales” a regarlos.

Unas semanas más tarde, en marzo, la Junta decide reformar la plaza Constitución (hoy llamada plaza Matriz) y uno de los cambios más importantes que se propuso fue quitar los árboles que crecían allí y sustituirlos por plátanos (Acta de la JEA del 1° de marzo de 1902).

Por ese entonces Ernesto Racine, enfermo gravemente, solicita licencia para viajar a Europa por razones de salud. El momento no era para nada adecuado porque, además de la reforma de la plaza Constitución, la Junta tenía en marcha la plantación de árboles en varias calles, el desarrollo del Prado y la creación del Parque Urbano (actual Parque Rodó). Como si todo eso fuese poco, habían comenzado las obras del Jardín Botánico.

Para solucionar la urgencia causada por la enfermedad del jardinero jefe, Parques y Jardines solicitó contratar interinamente a su hermano Carlos, que tenía méritos suficientes pues había compartido estudios de horticultura en París y había liderado varios proyectos. La propuesta fue aprobada en esa misma sesión (Acta de la JEA del 3 de mayo de 1902) y poco después ese interinato se transformaría en empleo estable cuando muere Ernesto, sin haber podido viajar a Europa. En agosto de ese año, la Dirección de Parques y Jardines solicita a la JEA que le permita mantener a Carlos Racine como jardinero jefe (Acta de JEA del 19 de agosto de1902). Esto significa que cuando Carlos Racine ingresó a la Junta, esta ya había promovido la plantación de plátanos durante casi dos décadas. En esta tarea Carlos no fue un innovador, sino un continuador.

Dificultades para producir todos los árboles que se pretendía plantar

Las actas de sesiones de la Junta y la prensa de la época registran que entre 1890, cuando ingresó Ernesto Racine, y hasta su licencia por enfermedad, en 1902, la plantación de plátanos era tan intensa que los viveros municipales tenían dificultades para satisfacer la demanda. Abundaban las solicitudes de plátanos para los suburbios de Montevideo y para ciudades de otros departamentos. El jardinero jefe prometía una y otra vez que aumentaría la producción de árboles en los viveros municipales, pero, si bien lo hacía, no consiguió producir suficientes para satisfacer la creciente demanda. Se compraron entonces miles de plátanos a viveros privados, como los de la familia Basso, y los de Bernardo Pereira, padre e hijo.

Al tiempo Parques y Jardines comenzó a responder negativamente a las solicitudes de plátanos externas, explicando que en sus viveros no había suficientes plantas. En unos pocos meses, la Junta recibió solicitudes de Reducto, Maroñas, Manga y Toledo, que todavía no formaban parte de la ciudad y eran administradas por Comisiones Auxiliares. También se recibieron solicitudes desde pueblos del interior. La mayoría de las veces la Junta contestó que lamentablemente no podría suministrar esos árboles, porque apenas quedaban unos pocos en sus viveros y que esos habían sido reservados para la capital.

Los vecinos de Peñarol, enterados de que no recibirían los plátanos que habían solicitado, vuelven a escribirle a Parques y Jardines, pero esta vez piden paraísos. Este y otros documentos indican que los plátanos eran preferidos frente a los paraísos y esto, sumado a los pedidos mencionados arriba de otros pueblos y ciudades, demuestra que la preferencia por el plátano estaba firmemente arraigada. De hecho, a comienzos de siglo XX, hablar de los árboles que se plantaban en las calles de Montevideo era casi sinónimo de “plátanos”, como se lee en un diario de la época, cuando un grupo de vecinos le pide a la Junta arbolar la calle Lavalleja: “Es en verdad una justa petición”, afirma el periódico, “pues una calle de la importancia de aquella bien debiera ostentar sus magníficos árboles, al igual que muchas otras que embellecen nuestra preciosa ciudad con sus lindos plátanos” (El Amigo del Obrero, 4 de mayo de 1902).

Los plátanos, sin dudas, hace tiempo que regalaban generosos su pelusa a los montevideanos cada primavera, pero estaban de moda.

Una moda importada de Oriente

Muchas veces se menciona que los plátanos llegaron a Montevideo luego de alcanzar un rol preponderante en el arbolado de París, Londres y Madrid, capitales europeas cuyas costumbres y modas eran veneradas por los montevideanos del siglo XIX. Pero muchos desconocen que la costumbre de plantar plátanos en la Europa occidental reflejaba la influencia de culturas mucho más antiguas y orientales.

Ya los persas y los griegos plantaban plátanos en sus jardines y plazas, hace más de 2.000 años, para disfrutar de su belleza y buena sombra. Esos árboles eran de la especie Platanus orientalis, llegan a vivir varios siglos y ocupan un lugar destacado en la poesía persa. Un poeta contemporáneo, Ahmad Reza Ahmadi, ha dicho que los plátanos de Teherán “lo han visto todo: los pasos de los amantes que caminan bajo la brisa otoñal, las largas sombras proyectadas por un sol que se oculta tras los montes Alborz y la ciudad que creció demasiado rápido en torno a sus raíces”. Mientras en Montevideo le reprochamos al plátano que el crecimiento de sus raíces rompe nuestras veredas, un poeta puede ver el asunto de otro modo.

Los árboles más longevos de la especie Platanus orientalis alcanzan proporciones prodigiosas, muy superiores a las de los plátanos más corpulentos que se pueden encontrar ahora en Montevideo. Uno de los plátanos más grandes del mundo crece en una plaza en Cos, una isla griega. Tiene más de 500 años y se cree que es un descendiente directo del famoso “plátano de Hipócrates”, a la sombra del cual se sentaban los estudiantes de medicina para escuchar las lecciones del sabio. Desde allí el cultivo del plátano se extendió hacia el oeste, llegando a Inglaterra en el siglo XVIII, donde una hibridación entre dos especies de plátano produjo la variedad que fue plantada masivamente durante el siglo XIX en Paris, Londres, Madrid, Barcelona y Montevideo. Es de esa especie híbrida la “pelusa” primaveral que tanto molesta a los montevideanos.

La influencia francesa

Recientemente Eloísa Figueredo, en su libro _ Árboles de Montevideo. Un paseo ilustrado a través de la flora urbana_, afirmó que la moda de plantar plátanos en Montevideo llegó desde París. La influencia francesa en la arquitectura y paisajismo en Uruguay ha sido juiciosamente documentada por César Loustau (en Influencia de Francia en la arquitectura de Uruguay, de 1995) y aquí nos limitaremos a mencionar algunos datos concretos que coinciden con esa interpretación.

En su libro Agricultura colonial, Mariano Berro cita al historiador Juan Manuel de la Sota cuando escribe su ficha sobre el plátano: “En 1878 existían ejemplares de este árbol en la quinta de Buschental” y los primeros ejemplares debían haber llegado mucho antes, porque el mismo De la Sota cuenta que ya en 1837 unos buques franceses habían traído plátanos, que fueron plantados en la chacra de Francisco Calvo. He aquí dos datos que informan sobre lo que podrían ser las primeras influencias francesas: parecería que los primeros plátanos los trajo un barco francés y que un francés (Buschental) los plantó en Montevideo por primera vez.

Más adelante aumentó la inmigración de origen francés, pero este grupo no superó un 4% de la población del país (según consigna Juan Antonio Oddone en La formación del Uruguay moderno. La inmigración y el desarrollo económico-social, de 1966) y su tamaño no explica, por sí mismo, el peso de la influencia cultural que entonces ejercía Francia en Montevideo.

Muchos profesionales hablaban y leían en francés y habían estudiado en universidades francesas. Eduardo Canstatt, por ejemplo, responsable de proyectar el hospital cuyos plátanos celebra Ferreira al comienzo de esta nota, y que ocupó varios cargos municipales de importancia, se había formado en la École des Beaux-Arts de París. Cuando las calles de Montevideo empiezan a ser arboladas masivamente con plátanos, alrededor de 1890, primaba una adoración respetuosa por la cultura francesa.

Las actas de sesión de la JEA ofrecen varios ejemplos de esto, porque, tanto si se discutía sobre un análisis químico del agua potable, una vacunación, la compra de orinales públicos o una aplanadora, los vocales reforzaban su opinión afirmando dogmáticamente “que así se hace en Francia” o que “en Francia esto es mejor”. Esta admiración y respeto estimulaban la imitación de los gustos y usos en Francia y probablemente expliquen, al menos en parte, el favoritismo por los plátanos, porque estos árboles ocupaban un lugar preferencial en las ciudades y carreteras de Francia. Por último, cuando las autoridades municipales decidieron, en 1890, contratar técnicos franceses, tanto para el plan global de parques y avenidas de la ciudad como para la responsabilidad directa de la plantación de árboles, el predominio del plátano fue avasallador.

En Buenos Aires ocurría lo mismo. En la segunda mitad del siglo XIX también allí el plátano llegó a ser un árbol predominante en las calles, plazas y parques de algunos barrios, y aún lo es en Palermo y otros barrios. Alrededor de 1880 el arbolado de la capital argentina era liderado por Eugene Courtois, un paisajista francés. En 1883 Courtois asumió como director de Paseos de Buenos Aires y comenzó la plantación masiva de plátanos, paraísos y otras especies. En 1889 tomó la posta otro francés, el arquitecto paisajístico Carlos Thays (1849-1934), amigo de los hermanos Racine, que hizo lo mismo en Montevideo. Thays diseñó jardines, plazas y parques en Buenos Aires y Montevideo (como consigna Margarita Montañez en La memoria de Thays en Montevideo, 2001). En la capital argentina, Thays fue director de Paseos desde 1891 hasta 1920 y fundó el Jardín Botánico en 1898, apenas un año y medio antes de que se fundase el de Montevideo. Thays no defraudó la preferencia francesa por los plátanos, pero también plantó muchísimos ejemplares de jacarandá, lapacho rosado, palo borracho y otras especies nativas.

Tanto los hermanos Racine como Thays habían estudiado en la Escuela de Horticultura de Versalles, dirigida por el más prestigioso arquitecto paisajista de Europa de la época, Edouard André, colaborador de Haussmann durante la reformación de París realizada entre 1852 y 1870. André viajó por el mundo y diseñó parques y jardines en Bulgaria, Dinamarca, Inglaterra, Italia, Lituania, Portugal, Rusia, Suiza y llegó a ejercer su influencia en Montevideo tanto indirectamente, a través de sus exdiscípulos Thays y los hermanos Racine a cargo del arbolado de Buenos Aires y Montevideo, como muy directamente, cuando llegó Uruguay en 1890 contratado por la Junta para proyectar el plan de desarrollo paisajístico de Montevideo.

Conclusiones

La documentación resumida y comentada en esta nota indica que la plantación de plátanos en Montevideo y sus alrededores habría comenzado en 1837, y que durante las siguientes décadas esta llegó a ser la especie preferida para el arbolado de calles, plazas y parques. El predominio del plátano comenzó tímidamente alrededor de 1875, hacia el final de la administración municipal de Carlos San Viana, y se intensificó a partir de 1890, impulsada en buena medida por la gran influencia que ejercía la cultura francesa, y porque desde ese año y durante varias décadas el cargo de jardinero jefe, que tenía entre sus principales funciones la creación y mantenimiento de viveros y la plantación de árboles, estuvo ocupado por franceses durante varias décadas.

Rafael Cantera fue, hasta su reciente jubilación, investigador del Departamento de Biología del Neurodesarrollo del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable. Ciencia en primera persona es un espacio abierto para que científicos y científicas reflexionen sobre el mundo y sus particularidades. Los esperamos en [email protected].

Agradecimentos

El autor aprecia y agradece el eficaz y generoso apoyo brindado por Cecilia García, responsable técnica del Archivo Histórico de Montevideo. El estudio de la prensa de la época estudiada fue posible gracias a la biblioteca digital de acceso libre Anáforas, y el autor le agradece a su iniciador, Arturo Rodríguez Peixoto, por haber perseverado en el comienzo de este magnífico proyecto.