En 1947, el zoólogo uruguayo Carlos Vaz Ferreira viajó a las islas Pribilof, en Alaska, para observar cómo se realizaba la explotación comercial de los lobos marinos del norte (Callorhinus ursinus). Vaz Ferreira regresó a Uruguay de ese viaje convencido de la necesidad de hacer cambios en la faena de lobos y leones marinos que realizaba Uruguay “sin límites de sexo, tamaño ni condición reproductiva”. En resumen, casi sin ninguna clase de control.
Tras realizar varias visitas a la isla de Lobos y comparar lo que se hacía allí y en Alaska, lamentó las “fallas e ignorancias” en la actividad lobera uruguaya, que parecían una “valla insalvable para establecer un manejo humano, utilitario y conservativo de los lobos uruguayos”. Como ejemplo, en sus memorias recordaba la anécdota de un lobero que había cuereado en menos de un minuto a un lobo vivo, que se fue luego despellejado en dirección al agua.
Con base en sus observaciones, Vaz Ferreira logró que a partir de 1948 se impusieran algunas limitaciones para la faena de los lobos marinos, también llamados lobos finos (Arctocephalus australis), como la prohibición de matar hembras, crías y también machos que no alcanzaran determinado tamaño (además de instituir una forma de matanza más piadosa que los garrotazos que se aplicaban desde tiempos de la corona española). Los animales se faenaban principalmente por sus pieles, pero también se generaban subproductos, incluyendo la venta de testículos para producir afrodisíacos y productos medicinales en el mercado asiático.
Esas medidas permitieron con el tiempo una recuperación de la colonia de lobos marinos, pero para los leones marinos (Otaria flavescens) la historia fue distinta. En ese caso se permitió la matanza de crías debido al valor comercial de sus pieles (mucho más suaves que la de los adultos), aunque curiosamente no se hizo excepción de sexos. Se mataban tanto machos como hembras.
Ya para la década de 1970, según observó Vaz Ferreira, se apreciaba una muy notoria disminución de los leones marinos en la isla de Lobos. Sin embargo, la práctica se mantuvo hasta 1986, salvo algunos años a comienzos de los 80. La faena comercial de lobos y leones cesaría formalmente en Uruguay, en 1991, con la disolución de la Industria Lobera y Pesquera del Estado, pero hasta ahora no teníamos claro cuáles habían sido las consecuencias demográficas para los leones marinos de esta prolongada explotación.
Ese es el bache que viene a subsanar una investigación de publicación reciente, firmada por Valentina Franco y Diana Szteren, del Departamento de Ecología y Evolución de la Facultad de Ciencias y el Instituto de Ciencias Oceánicas (Universidad de la República); Massimiliano Drago, de la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona (España); Florencia Grandi y Enrique Crespo, del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos del Conicet (Argentina), y Álvaro Soutullo, del Centro Universitario Regional del Este de Maldonado (Udelar), en la que muestran que la colonia de leones marinos de la isla de Lobos no logra recuperarse del impacto de esa explotación prolongada, que continuó por otras vías hasta tiempos más recientes de lo que muchos creen.
Cabos sueltos
Cuando la bióloga Valentina Franco Trecu comenzó a realizar sus investigaciones en la isla de Lobos, hace cerca de 20 años, el declive de la colonia de leones marinos saltaba a los ojos, especialmente por el contraste con lo que ocurría con la misma especie en las islas de Cabo Polonio.
Para sus tesis de grado, maestría y doctorado, comenzó a estudiar varios factores en busca de una explicación para la disminución de esta especie, desde su solapamiento con los lobos marinos a su interacción con las pesquerías, pasando por la desestructuración reproductiva que se producía a causa de la disminución de las hembras (ampliaremos esto más adelante). Pero en su cabeza estuvo siempre presente la idea de que la explotación comercial, que había sido tan diferente para las dos especies allí en la isla, podía estar teniendo una incidencia importante. Le faltaba, sin embargo, suficiente evidencia, porque no contaba con acceso a datos sistemáticos y regulares sobre la evolución de las colonias de leones marinos a lo largo de los años.
El propio Vaz Ferreira recordaba que en los 300 años de explotación previos a 1948, y durante los primeros 30 años después de esa fecha, no se hizo ningún censo de adultos, y que recién en 1953 comenzó a hacerse uno de cachorros.
Aquellos conteos mostraban ya el impacto de la explotación comercial. “Si uno compara los de la década del 50 con los de la década del 80, hay una caída muy clara”, dice Valentina. Uno podría pensar que el cese del sacrificio de leones marinos en 1986 se vería reflejado pronto en la salud de la colonia, pero aquí los efectos vienen con delay.
“Esto obviamente se ve con retraso, porque por las características de estos animales las hembras continúan aportando a las colonias bastante tiempo y el desafío llega en el momento de la renovación generacional, 20 años después, porque es allí cuando se nota la extracción en el pasado de esas crías que nunca llegaron a ser hembras reproductivas”, aclara Valentina.
En 2011 y 2013, la propia Valentina hizo un conteo de crías de la especie tanto en la isla de Lobos como en Cabo Polonio, pero la oportunidad de tener una visión más completa de la evolución de las colonias de leones marinos en la isla de Lobos y Cabo Polonio, o al menos más actualizada, llegó en 2017, cuando su colega de la Facultad de Ciencias Diana Szteren hizo otro estimado del número de cachorros.
Con esa información reunida, más una investigación de datos históricos previos a esos años, pudo tener una idea clara de lo que ha ocurrido con los leones marinos desde mitad del siglo XX hasta prácticamente nuestros días.
Explota, explota
Los conteos de 2011, 2013 y 2017 se hicieron en forma aérea, con fotografías de alta resolución tomadas desde una avioneta, pero se complementaron con monitoreos a pie y el uso de herramientas estadísticas para corregir los estimados.
Para reconstruir las trayectorias poblacionales de los leones marinos, Valentina recopiló 60 años de datos históricos de conteo de crías a partir de informes internos, boletines gubernamentales, resúmenes de congresos y libros publicados en Uruguay. De este modo pudo acceder a datos que abarcan el período 1953 al 2000 (aunque muy esporádicos, a veces con baches de más de 20 años) y sumarlos a los monitoreos propios de 2011, 2013 y 2017.
Composición de fotos aéreas para el conteo de crías de leones marinos. Foto: Matilde Campodónico
Los resultados mostraron en forma concluyente lo que Valentina y sus colegas suponían. Entre 1956 y 2017, la población de crías de leones marinos en Uruguay mostró una tendencia negativa significativa, con diferencias marcadas entre la isla e islote de Lobos y el grupo de islas de Cabo Polonio. En el segundo, constataron una relativa estabilidad en la producción de crías, pero en la isla de Lobos “hay una tendencia negativa más fuerte y altamente significativa, con una disminución media anual de aproximadamente 5%, lo que indica una reducción pronunciada en el número de crías a lo largo del tiempo”.
Para mostrarlo en números más directos: en la isla de Lobos pasamos de un conteo de 5.689 crías en 1956 a un estimado de solo 299 en 2017, con el impacto que eso implica para la población global de la especie en Uruguay. Mientras la colonia de Cabo Polonio representa aproximadamente el 6% de la abundancia que tenía en 1956, la de la isla de Lobos solo un 5%.
La gran diferencia entre las dos colonias de leones marinos en Uruguay es que en el Polonio no hubo explotación comercial. En la isla de Lobos se hizo en forma intensiva, con la remoción de aproximadamente 47.000 crías entre 1963 y 1986, de las cuales se calcula que cerca de la mitad eran hembras.
“Obviamente la situación de los leones marinos en Uruguay tiene múltiples causas, porque es una especie que se solapa con la pesquería, que tiene captura incidental y en la que hemos encontrado altas concentraciones de mercurio, pero lo que planteamos es que como Cabo Polonio e Isla de Lobos están inmersos en un mismo sistema, el efecto de estos factores no es radicalmente distinto, por lo que es probable que estas diferencias sean producto de otra actividad. Y lo diferente en estas dos colonias es la historia de la explotación, es algo que rompe los ojos”, dice Valentina.
Cuando hablamos de explotación no nos referimos solo a la faena de los animales. Se siguieron quitando leones marinos de la isla de Lobos hasta hace relativamente poco, pero de otra forma. Entre 1996 y 2007 se capturaron 144 machos y 285 hembras para vender a acuarios y zoológicos, lo que tuvo también su impacto en una colonia ya de por sí en situación delicada (en el caso de los lobos marinos, esta venta anual se sigue haciendo).
“Se vendían juveniles de león marino de entre 2 y 3 años, que estaban por entrar al stock reproductivo, lo que implicó que se continuara con una remoción en la misma colonia que sufrió toda esa actividad comercial”, aclara Valentina.
No solo Uruguay realizó una explotación comercial sostenida de leones marinos a nivel mundial, obviamente, pero llama la atención lo diferente que ha sido aquí la recuperación de las colonias en comparación con las de países cercanos.
El humano es el lobo del lobo
Desde el cese de la caza comercial de leones marinos, en Argentina, por ejemplo, varias colonias exhibieron un crecimiento anual sostenido desde la década de 1990, con tasas que oscilan entre 5% y 8,8%. En el norte y el centro de la Patagonia, hubo colonización de nuevas áreas de cría y un aumento de la supervivencia de juveniles y adultos. En las islas Malvinas, si bien el número de crías disminuyó drásticamente entre la década de 1930 y 2003, se registró un aumento a una tasa anual de 8,5% hasta 2014, y luego una fase posterior de recuperación más lenta con un aumento general de aproximadamente 17% entre los conteos de 2014 y 2021.
En Uruguay, donde el hábitat adecuado para el establecimiento de nuevas colonias reproductivas “es extremadamente limitado”, tal cual señala el trabajo, la tendencia ha sido negativa. La única evidencia de expansión del área de distribución en nuestro país corresponde a una actividad reproductiva incipiente en Isla Verde e Islote La Coronilla, donde se registran desde hace tiempo unas 15 crías.
Es decir, a diferencias de otras experiencias cercanas con la explotación comercial, la población de leones marinos en Uruguay no logra recuperarse. ¿Qué diferencias hubo?
“En Uruguay, la explotación comercial cesó dos décadas más tarde que en el resto del Atlántico Sur. La caza comercial había terminado antes en Argentina (1960) y en las islas Malvinas (1966), lo que probablemente permitió a esas poblaciones un período de recuperación más largo”, señala el trabajo.
“Sin dudas debió pararse antes, pero además tendría que haber sido diferente. Estuvo mal pensada la explotación. Tendría que haberse limitado solo a los machos, para que el impacto fuera menor”, dice Valentina.
“La disminución de leones marinos en Uruguay parece ser un caso clásico de gestión inadecuada, que redujo el stock a niveles críticamente bajos, aumentando su vulnerabilidad a la extinción local”, apunta el trabajo. Esta vulnerabilidad es especialmente preocupante debido a otros factores que dificultan la recuperación de la colonia de leones marinos.
Uno de ellos tiene que ver con secuestros, pero no de la forma en que probablemente nos imaginamos.
La parte del león
En la década del 70, cuando ya se notaba una sensible disminución en la cantidad de hembras de la isla de Lobos, Raúl Vaz Ferreira y otros investigadores se percataron de un hecho curioso que se daba con esta especie en la isla de Lobos: varios machos adultos y subadultos atacaban las áreas reproductivas y raptaban cachorros de la especie, que en algunos casos mataban (en ocasiones mostraban también actitudes “seudomaternales”, dice Vaz Ferreira en sus memorias).
Esta costumbre, tan chocante desde una visión humana, se ha seguido observando desde entonces y obviamente no favorece en nada la recuperación de la colonia. Su explicación tiene que ver con la desestructuración reproductiva en la isla, a la que aludimos al comienzo de la nota.
El impacto de remover tantas hembras ha llevado a que en la isla de Lobos haya una proporción anormalmente alta de machos. Esto provocó que se creen harenes muy pequeños (de una sola hembra en algunos casos) y que haya muchos machos periféricos.
Valentina Franco
Foto: Ernesto Ryan
“Eso hace que muchos de estos machos rapten las crías con el propósito de atraer a las hembras”, dice Valentina. Como los harenes son tan pequeños, cuando la hembra da a luz y se marcha al mar a buscar alimento, las crías quedan descuidadas, sin la protección de otras hembras, lo que facilita que esta conducta tenga éxito.
Si la situación con los datos disponibles hasta 2017 era ya complicada para los leones marinos, los últimos años han traído más líos en puerta. Además de los desafíos ya conocidos, como la incertidumbre por la disponibilidad de alimento, la interacción con pesquerías y una escasa conectividad entre las colonias que no permite la recuperación demográfica en la isla de Lobos (esto es debido a que las hembras son muy fieles al lugar donde nacen), los leones marinos se enfrentan a otros problemas.
Uno, ya mencionado, es el de la contaminación. Uruguay registró recientemente los niveles más altos de contaminación con mercurio en leones marinos en el mundo, de efectos aún inciertos pero con potencial para acentuar su vulnerabilidad. El otro es el impacto de la gripe aviar. Según una reciente investigación, el brote de gripe aviar de 2023 acabó nada menos que con el 15% de la población de leones marinos en Uruguay.
“Estos hallazgos subrayan la necesidad urgente de un monitoreo continuo, un manejo específico de cada colonia y la incorporación de la demografía de las hembras y de las etapas no reproductivas en los marcos de conservación para garantizar la persistencia a largo plazo de las poblaciones de leones marinos en Uruguay”, concluye el trabajo.
Control zeta
“Yo no creo que se extinga la colonia de leones marinos de la isla de Lobos, pero obviamente está muy vulnerable y necesita medidas de protección urgentes”, reflexiona Valentina.
Que la isla haya entrado al Sistema Nacional de Áreas Protegidas y, por tanto, exista un área de exclusión de pesca es un buen paso, relativamente reciente.
“Lo prioritario es reducir cualquier tipo de interacción con las hembras de Isla de Lobos y obviamente no quitar ningún ejemplar. Es una colonia que hay que tener entre algodones, porque sabemos, por las experiencias en otros lados, que estos animales se recuperan, pero siempre y cuando las hembras reproductivas se puedan seguir reproduciendo y los cachorros sobrevivan”, agrega.
Con el estado de vulnerabilidad actual de la colonia, cualquier impacto puede tener consecuencias. Sabiendo estos datos, es un alivio que proyectos como el que propuso el exintendente de Maldonado Enrique Antía para la isla de Lobos, que preveía la construcción de un muelle para realizar paseos en tierra firme, no hayan prosperado.
“Si surgen iniciativas de este tipo, podemos apelar al principio precautorio y decir que si queremos que se conserve la colonia de leones marinos, por lo menos debemos evitar acciones que puedan perturbar a los animales allí”, concluye Valentina.
Pasaron más de 500 años desde que la expedición de Juan Díaz de Solís desembarcó en esta isla y mató 66 lobos marinos a palazo limpio para abastecerse de carne y pieles. No fue el primer caso de uso humano de este recurso, porque hay pruebas de que las poblaciones nativas también cazaban estas especies desde hace al menos 4.500 años, pero sí fue el paso inaugural de una explotación persistente, un ejemplo más de cómo algunas acciones humanas pueden tener consecuencias inesperadas en la naturaleza incluso décadas después de haber cesado.
Artículo: No signs of recovery: The long-term consequences of harvesting on a South American sea lion population in Uruguay
Publicación: Regional Studies in Marine Science (agosto de 2026)
Autores: Valentina Franco Trecu, Diana Szteren, Massimiliano Drago, Florencia Grandi, Enrique Crespo y Álvaro Soutullo.
