Hace poco más de 500 años, un grupo de Homo sapiens desembarcó en la Isla de Lobos y, garrote en mano, mató a 66 lobos marinos para abastecerse de carne y pieles. Su propósito era aprovisionarse de alimento y mercadería para el largo viaje de regreso a España, tras el malogrado destino en estas tierras del líder de la expedición y primer hombre blanco en avistar la isla: Juan Díaz de Solís.

Hace poco menos de un mes, otro grupo de Homo sapiens desembarcó en la misma isla. Su objetivo esta vez no era espachurrar a los lobos marinos (Arctocephalus australis) y leones marinos (Otaria flavescens) que se reproducen allí para llenar su yate de pieles, sino anunciar la creación de un paseo ecoturístico en la isla. El líder de la expedición, en este caso, era otro hombre blanco: el intendente de Maldonado, Enrique Antía, aunque la comitiva la integraban también el presidente Luis Lacalle Pou y el ministro de Turismo, Tabaré Viera, entre otros. Su propósito, entonces, no era generar dinero matando a los lobos, sino observándolos.

A los hombres de Juan Díaz de Solís esta idea les habría parecido estúpida o directamente inconcebible. Es fácil entender por qué. Este cambio de concepción sobre la explotación de los lobos que viven en nuestras tierras y aguas es en realidad bastante reciente. Durante el medio milenio que separa ambas visitas, la captura y el sacrificio de lobos marinos en la Isla de Lobos fue primero un asunto privado, luego de la corona española y finalmente estatal, sin que variara mucho el procedimiento (al menos hasta bien entrado el siglo XX): matamos a miles de ellos para iluminar nuestras ciudades con su grasa y a cientos de miles para exportar pieles y aceites a otros países.

La descripción de la faena autorizada de lobos que Federico Eustaquio Acosta y Lara hizo en 1884, tras una visita a la isla, no difiere demasiado de la metodología usada por la expedición de Solís 370 años antes: los hombres daban garrotazos en las cabezas de los lobos o clavaban lanzas a los leones marinos, para luego desollarlos allí mismo.

La faena de lobos se fue reduciendo progresivamente en las últimas décadas del siglo XX pero se detuvo totalmente recién en 1991, debido a la falta de mercado para las prendas hechas con pieles de lobos marinos y a las presiones de grupos conservacionistas. Hoy en día nuestra explotación de estos animales se reduce a la venta anual de poco más de un centenar de ejemplares vivos para zoológicos y acuarios, aunque la influencia de la opinión pública y grupos animalistas abre también un signo de interrogación sobre el futuro de esta práctica. A ello se le suma el ingreso generado por el interés turístico, concentrado en las visitas en barco (sin descenso a tierra) a la Isla de Lobos y en la presencia de estos animales en la punta rocosa de Cabo Polonio.

A realambrar, a realambrar

La posibilidad de obtener beneficios económicos mediante la mera observación de los animales en la naturaleza es, entonces, un fenómeno reciente. Incluso los safaris africanos, un ejemplo emblemático de esta práctica a nivel mundial, eran hasta hace no tanto tiempo expediciones masivas de caza.

El turismo de observación de fauna tiene sus ventajas evidentes en cuanto a la conservación, como motivar una mayor conciencia ambiental, evitar la depredación directa de muchos animales o incluso conseguir financiación para la protección de especies en peligro. Sin embargo, también genera impactos. Por ejemplo, puede provocar perturbaciones en la alimentación, en el comportamiento reproductivo y en el cuidado de las crías, o llevar al abandono del asentamiento, la ruptura de grupos reproductores, un mayor estrés fisiológico y susceptibilidad a contraer enfermedades. Todo esto varía según la especie, la época del año y las características de cada iniciativa turística.

No sabemos qué impactos puede generar un paseo ecoturístico en la Isla de Lobos porque en realidad desconocemos detalles del proyecto (un tema al que volveremos más adelante), pero sí podemos analizar los resultados de algunos trabajos realizados en Cabo Polonio. No son conclusiones directamente extrapolables, porque a diferencia de lo que ocurre en Isla de Lobos no hay allí una colonia reproductiva en la que los animales cuidan su territorio. Los lobos y leones marinos van a Cabo Polonio a descansar, muchas veces huyendo del ajetreo y el estrés que se genera en el período de cría en sus lugares de residencia. Es decir, lo mismo que hacemos muchos de nosotros (y con las mismas comodidades básicas), pero sin pagar millonadas por ello. Aun así, los estudios realizados en el Cabo, única colonia continental de lobos marinos en Uruguay, nos pueden ayudar a pensar qué tipo de trabajos es necesario hacer antes de anunciar proyectos de este tipo.

Hasta 1997 no había nada que separara a los lobos marinos de Cabo Polonio de los turistas que se acercaban a su lugar de reposo, frente al faro. Ese año se colocó un cerco de aproximadamente un metro de altura y unos 160 metros de largo, que cubre prácticamente toda la zona en la que descansan los lobos.

La colocación de esta barrera disuasoria fue vista como una gran oportunidad por la bióloga marina Diana Szteren, de la sección Zoología de Vertebrados de la Facultad de Ciencias, y su colega argentino Marcelo Cassini, del Departamento de Ciencias Básicas de la Universidad de Luján. Aprovechando que Cassini había hecho ya unas observaciones de comportamiento de lobos y turistas antes de la colocación del cerco, usaron esta iniciativa para medir la eficacia del alambrado a la hora de reducir las perturbaciones humanas en la comunidad de lobos del lugar.

Szteren y Cassini analizaron las diferencias en las interacciones entre turistas y lobos un año antes y cinco años después de colocado el cerco (1996 y 2001). Para ello, realizaron observaciones diarias entre las 9.00 y 19.00, y las clasificaron de acuerdo a muchas variables. Por ejemplo, la duración de la visita, la distancia entre turistas y lobos, la cantidad de visitantes y también el tipo de comportamiento de cada uno.

El comportamiento de los turistas fue divido en tres categorías: “calmo” (moverse lentamente o hablar bajo), “intermedio” (caminar o hablar normalmente), e “intrusivo” (cuando al menos una persona corría, gritaba o movía mucho sus manos). Esto permitió conformar un “índice de actitud turista”, que por cierto vendría muy bien para ayudarnos a elegir en qué lugar queremos pasar las vacaciones.

Las respuestas de los lobos marinos a la conducta humana también fueron divididas en grados, aunque en este caso fueron cuatro: “retroceso” (uno o más animales se alejaba unos metros), “amenaza” (los lobos orientaban la cabeza en dirección a los turistas y mostraban los caninos inferiores), “ataque” (avanzaban en dirección a los turistas) y “abandono” (dejaban la colonia).

El análisis estadístico de las observaciones reveló que, con niveles similares de presencia humana en los dos años estudiados, el cerco reducía las respuestas de los lobos a las actitudes de los turistas, especialmente aquellas más intrusivas y estresantes para los animales (como correr, acercarse mucho, gritar o hacer aspavientos). Parecía un hallazgo interesante, ya que investigaciones previas demostraron que la presencia humana sostenida puede desencadenar respuestas fisiológicas que afectan la supervivencia y reproducción en algunas especies.

“Nos llevó a pensar que había estado bueno que se colocara el cerco como elemento disuasorio, aunque señalamos que se tenía que reforzar con otras medidas, porque sólo genera una distancia (franqueable) pero no es una barrera auditiva ni visual”, cuenta Szteren. El trabajo concluía que es importante informar a los turistas que deben moverse con calma y no hacer ruidos fuertes o movimientos bruscos, o que es conveniente subdividir los grupos grandes de visitantes al momento de acercarse a los animales.

¿Fue efectivamente un éxito la colocación del cerco? No tan rápido, como descubrirían los propios Cassini y Szteren en un trabajo más reciente, hecho junto a la española Carme Tuneu Corral.

Diana Szteren en Isla de Lobos.
Foto: gentileza Diana Szteren

Diana Szteren en Isla de Lobos. Foto: gentileza Diana Szteren

Rumbeando para la colonia

En los años 2014 y 2015, los investigadores desempolvaron una vez más el “índice de actitud turista” y el “índice de respuesta de los lobos” (bautizado así por este cronista) para relevar las conductas humanas y el comportamiento de los animales en los sectores protegidos por el cerco y en dos áreas libres que quedaron en los extremos. Sus propósitos eran dos. Por un lado, comprobar las diferencias en las respuestas de los lobos a corto plazo (entre la primavera de 2014 y el verano de 2015). Por el otro, comparar los resultados con las observaciones realizadas en 1996, antes de que se instalara el cerco.

Una primera conclusión valiosa es que se notó la misma tendencia que en el trabajo anterior. Los lobos marinos reaccionaban negativamente ante las conductas consideradas intrusivas (gritar, correr, gesticular ampulosamente) o cuando los turistas se acercaban a menos de diez metros, a tal punto que en varios casos retrocedían e incluso abandonaban la colonia.

En el estudio a corto plazo (primavera y verano) se comprobó una reducción en las respuestas de los lobos marinos frente a los turistas en el verano, pero también un menor número de animales en la colonia en esta época. Una de las hipótesis planteadas para explicar ambas cosas es que quizá los ejemplares menos tolerantes a la presencia humana (los de menos pulgas, digamos) abandonan la colonia antes de la llegada del verano y las hordas de visitantes.

Lo más revelador del estudio, sin embargo, fue el resultado del análisis a largo plazo, que comparó las reacciones de los lobos antes de colocado el cerco con las registradas 18 años después. Las respuestas negativas de los pinnípedos se triplicaron en ese tiempo. “Parece haber un efecto paradójico. En vez de haber reducido las interacciones, en los 18 años que separan las observaciones el cerco parece haberlas aumentado”, señala Szteren, ya derrumbado el optimismo que tenía respecto de las bondades de esta barrera.

La explicación que los investigadores plantearon para este fenómeno tiene que ver con el efecto de “concentración” que causó el cerco. “Hubo muchos momentos de interacción cercana en los extremos, donde no llega el cerco y donde en los últimos años se registra la presencia de animales. Allí la gente aprovecha para aproximarse más y se producen respuestas comportamentales de los lobos marinos, como estar más alerta, retroceder o abandonar el lugar”, apunta la bióloga.

De acuerdo a esta hipótesis, antes de que existiera el cerco la gente se acercaba a los animales uniformemente a lo largo de toda el área. Ahora, debido a esta barrera, los visitantes se acercan más a los lobos marinos en los extremos, lo que favorece un mayor número de conductas inapropiadas.

“Este incremento debería poner en alerta a los responsables del manejo de fauna sobre la necesidad de nuevas estrategias que protejan a los pinnípedos de la perturbación de los turistas. La posibilidad de que la reducción en las respuestas de los animales a lo largo de la temporada se deba a que los individuos más sensibles a la interacción abandonan la colonia también es relevante para la conservación”, concluye el trabajo.

Para Szteren, una buena forma de poner a prueba esta hipótesis es alargar el alambrado hasta que cubra las zonas “libres” y volver a medir conductas y reacciones de turistas y lobos. Le queda claro que poner distancia no es una solución definitiva. “Si las personas tienen comportamientos más intrusivos eso influye sobre los animales, y es algo a tener en cuenta si se proyectan futuros emprendimientos”, aclara.

Cree, además, que sería muy importante evaluar si las respuestas de los lobos tienen consecuencias fisiológicas y poblacionales a mediano y largo plazo. Es decir, si se van de la colonia temporalmente, si afecta la sobrevivencia de los cachorros o su estado corporal, o si la persistencia de actitudes que les resultan intimidantes a la larga los termina alejando definitivamente del lugar.

Ningún lobo es una isla

En la Isla de Lobos, como dijimos, la situación es muy distinta a la colonia de “descanso” de Cabo Polonio. Pese a ello, Szteren cree que la experiencia de los estudios hechos frente al faro del Polonio podría servir para aportar algunos parámetros útiles para diseñar un nuevo estudio, que tenga en cuenta las variables del lugar: la presencia de dos especies distintas en una colonia reproductiva, el período en el que se realicen las visitas o la distancia mínima que hay que mantener con los animales (que en Cabo Polonio es de diez metros).

En el mundo hay varias colonias reproductivas de lobos marinos que reciben turistas, pero el impacto de las visitas es un factor constante de preocupación y estudio. Por ejemplo, en South Island, Nueva Zelanda, donde vive otra especie de lobo marino (Arctocephalus forsteri), varios trabajos coincidieron en señalar que los animales estaban modificando su conducta debido a la presencia continua de turistas, y propusieron varias medidas para minimizar estos efectos. Actualmente se prohíbe acercarse a los animales a menos de 20 metros, hacer ruidos fuertes o descender en algunas zonas durante el período de cría. Es importante recalcar que este tipo de medidas no tienen aplicación universal porque cada colonia y cada especie de pinnípedo tiene sus particularidades y variables, que deben ser analizadas en estudios específicos.

No sólo el posible efecto de los turistas en el comportamiento de los lobos debe ser tenido en cuenta. Es necesario también un estudio del potencial impacto ambiental que un proyecto como el que anuncia Antía puede causar en la isla. “Habría que ver, por ejemplo, cuál es el límite de personas que pueden bajar en la Isla de Lobos, pero ‒que sepamos‒ nada de eso está determinado aún ni hay nada publicado”, señala Szteren.

Y ese es justamente el principal problema para evaluar si un proyecto así es viable. No se sabe nada concreto sobre él o si hay alguna clase de estudio realizado. Fuentes de la intendencia de Maldonado aseguraron a la diaria que la intención de Antía fue “presentar la idea en sociedad, ver pros y contras, y encaminar la reparación del muelle, pero recién luego vendrán las opiniones técnicas, las reuniones y definiciones”.

Sin embargo, el jefe comunal dio algunos detalles específicos en su visita a la isla. Además de la reparación ya mencionada del muelle, contó que habrá “un centro de interpretación y la puesta en valor histórica en relación a los naufragios y pasarelas de madera para recorrer la isla sin tener contacto con los lobos y con libre circulación”.

Antía no es el primero en plantear un proyecto en la isla en estos términos, con detalles que no están fundamentados por estudios previos. En 2002, el entonces ministro de Turismo Pedro Bordaberry quiso impulsar un proyecto de construcción de un albergue de ecoturismo que ya preveía incluso la capacidad locativa: 90 personas más 30 de servicio.

La idea naufragó antes de tocar el agua. La resistencia de la Dirección General de Recursos Acuáticos (Dinara), de la Facultad de Ciencias y de diversas organizaciones llevó que se desestimara. “Es una lástima porque [la isla] tiene un valor turístico enorme. Me siento frustrado por no haber podido crear un consenso con los científicos”, dijo Bordaberry por aquel entonces a la agencia Efe.

Cerca en Cabo Polonio.
Foto Diana Szteren

Cerca en Cabo Polonio. Foto Diana Szteren

La carreta delante de los lobos

Para Szteren, en este tipo de proyectos es importante “no poner la carreta por delante de los bueyes”. O al menos por delante de los lobos marinos. Antes de planificar un centro de interpretación en la isla (o un ecoalbergue, como proponía Bordaberry) hay que contar con estudios que indiquen cuál es la capacidad de carga de turistas que puede tolerar la zona en que se diseñe el circuito. Y las decisiones que se tomen “deben estar fundadas en estudios científicos, publicados y arbitrados por pares”, señala. “Es raro primero dar la idea y luego hacer el estudio. Lo primero es analizar qué condiciones serían las ideales y luego ver si vale la pena llevarlo a cabo o no”, agrega.

De acuerdo a la información oficial de la Intendencia de Maldonado, el proyecto no tendrá “ningún impacto ambiental en la mayor reserva de lobos marinos de la región”. No se dan datos, sin embargo, de ningún estudio que permita aseverar eso, ni hay nada publicado al respecto. Justamente por eso, el centro de rescate de fauna Socobioma solicitó días atrás información adicional a la Intendencia de Maldonado, tanto sobre el proyecto como el posible estudio de impacto ambiental realizado.

“La isla es un lugar precioso y sería bueno que todo el mundo tuviera el derecho a conocerla, no sólo los científicos que vamos allí a hacer estudios o el personal que trabaja en el faro de la Armada. Pero eso hay que analizarlo bien, debe estar todo muy bien planeado y diseñado para no afectar a largo plazo a los animales que justamente todos quieren ver”, reflexiona Szteren. Además, es necesario monitorear la colonia regularmente para determinar si ocurren efectos no deseados y hacer cambios de ser preciso.

Antía dijo que para llevar a cabo este proyecto debe “convencer al gobierno nacional”, motivo por el que invitó al presidente Luis Lacalle Pou en su visita a la isla. El mandatario aseguró meses atrás que en esta pandemia “ha quedado meridianamente claro que la ciencia no puede estar ajena al diario trabajo de los gobernantes” y que “ha sido referencia insustituible en las políticas públicas a aplicar con su asesoramiento”. Aquí tiene otra excelente ocasión para poner en práctica estas palabras y demostrar lo beneficioso que es escuchar a la ciencia antes de tomar algunas decisiones políticas.

Artículo: “Fence effects on the behavioural responses of South American fur seals to tourist approaches”
Publicación: Journal of Ethology (2004)
Autores: Marcelo Cassini, Diana Szteren y Esteban Fernández-Juricic

Artículo: “Short- and long-term changes in the intensity of responses of pinnipeds to tourist approaches in Cabo Polonio, Uruguay” Publicación: Applied Animal Behaviour Science (2018)
Autores: Carme Tuneu Corral, Diana Szteren y Marcelo Cassini.