El fin justifica los medios. Un niño que en el verano de 2023 pescaba plácidamente con su familia en un pequeño arroyo tributario del río San Salvador, en Soriano, de pronto se vio en una escena curiosa. Personas con redes, seudomamelucos de goma para meterse al agua –llamados wedders por los pescadores–, una heladerita portátil y variado instrumental científico se le acercaron mirando con codicia su balde lleno de dientudos, unos pececitos que llevan por nombre científico Oligosarcus jenynsii y que no suelen despertar gran interés. Uno de estos muchachos extraños, de aire bonachón y poco disimulada envidia ante su escaso éxito pescando esa especie, le ofreció un chocolate a cambio de sus pececitos. El niño los miró extrañado, pero, tras consultar a sus familiares, aceptó el trato. Más dientudos saldrían del río, pero chocolates seguro que no, habrá calculado. Así, sin proponérselo, terminó siendo parte de una valiosa investigación sobre la contaminación por pesticidas, productos aplicados en la actividad agropecuaria para combatir insectos, malezas y hongos en nuestros ambientes.
El fin justifica los medios. Desde hace tiempo se viene estudiando y monitoreando la presencia de pesticidas en el agua de los ambientes acuáticos. Sin embargo, el mismo equipo de investigación que ya había reportado la presencia de 38 pesticidas en el agua de la cuenca del San Salvador sabía que muestrear el agua no alcanzaba. Si miraban qué pasaba con los peces, estaban convencidos de que aparecerían otros compuestos de plaguicidas que no se detectaban en agua. El fin de estudiar plaguicidas les hacía cambiar de medio o, como prefieren decir ellos, de matriz. Para eso precisaban colectar peces, entre ellos dientudos, ya que según su investigación eran una de las especies ideales para denunciar la contaminación del agua con agrotóxicos. Pero aquella tarde los dientudos no salían. Fue necesario renunciar a los chocolates de la merienda para recabar evidencia.
El jocoso trueque de chocolates por dientudos terminó siendo útil para un trabajo que ahora acaba de publicarse. Titulado algo así como “Bioacumulación de plaguicidas en peces de una cuenca agrícola: patrones, factores determinantes e implicancias para el monitoreo”, el trabajo asombra por varias razones.
En primer lugar, por lo ambicioso y amplio: se buscaron 98 compuestos de plaguicidas en nueve sitios repartidos a lo largo de la cuenca de un río, en los que se colectaron más de 1.000 peces de 31 especies en las cuatro estaciones del año. Para seguir, porque en la investigación participaron no solo biólogos, ecólogos, limnólogos y químicos de la Universidad de la República (Udelar), sino también personal de la Dirección Nacional de Calidad y Evaluación Ambiental del Ministerio de Ambiente (MA) (ya hemos hablado de la importancia de incorporar investigadores e investigadoras al Estado). Y para terminar, por lo fabuloso de sus hallazgos: en los músculos de los 1.068 peces encontraron un total de 29 pesticidas. Diez de ellos no se detectaron en muestras de agua tomadas al mismo tiempo y en el mismo lugar, por lo que los peces ayudaban a tener una idea más completa de los agroquímicos que estaban llegando a los ríos y arroyos. Claro que el hecho de que haya pesticidas en el agua no es fabuloso. Lo que sí es fabuloso es saber que están allí y en cuáles deberíamos concentrar los mayores esfuerzos para evitar que siga sucediendo.
Firmado por Juan Manuel Gutiérrez, César Rodríguez, Margenny Barrios, Emilia Heber, Alejandra Kroger, Martín Pacheco, Giancarlo Tesitore y Franco Teixeira de Mello, del Departamento de Ecología y Gestión Ambiental del Centro Universitario Regional del Este (CURE) de la Udelar; Andrés Pérez, del Departamento de Desarrollo Tecnológico del CURE de Rocha; Natalia Barboza, Alejandro Mangarelli y Rodrigo Souza, de la División Laboratorio Ambiental del MA; Verónica Cesio y Horacio Heinzen, del Grupo de Análisis de Compuestos Traza de la Facultad de Química (Udelar); Ismael Díaz, del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias (Udelar); y Silvina Niell, del Departamento de Química del Litoral del Centro Universitario Regional Litoral Norte (Cenur, Udelar), el trabajo además tiene una gran yapa: propone que a la hora de monitorear plaguicidas en peces no hace falta capturar a todo lo que ande nadando por los ríos y arroyos, sino que dos especies, la mojarra de lomo azul (Bryconamericus iheringii) y el ya mencionado dientudo, ofrecen una muestra bastante representativa. Y dado que las dos especies son abundantes en todo el país, proponen que sean dos especies “centinelas”.
Así que más rápido de lo que a un investigador se le ocurrió cambiar sus chocolates por dientudos, salimos al encuentro de Juan Manuel Gutiérrez y Franco Teixeira de Mello.
Claves de esta investigación
- El equipo se propuso evaluar la contaminación por plaguicidas presentes en el cuerpo de peces de la cuenca del río San Salvador, en Soriano, en una región de gran importancia agropecuaria.
- Para eso se tomaron 158 muestras de peces de 31 especies capturados en nueve sitios a lo largo de cuatro estaciones (mayo, agosto y noviembre de 2022 y febrero de 2023) y se buscó detectar 98 compuestos de plaguicidas.
- Los análisis permitieron cuantificar 29 pesticidas, de los cuales 55% fueron insecticidas, 24% herbicidas y 21% fungicidas.
- 10 pesticidas encontrados en peces no fueron detectados en muestreos de agua tomados en ese mismo momento en los mismos lugares.
- Los insecticidas piretroides, muy dañinos para el ambiente, se encontraron en más del 50% de las muestras de peces.
- Entre los insecticidas, el más encontrado fue la bifentrina. Entre los herbicidas el más presente en peces fue el metolaclor.
- Las concentraciones de plaguicidas en peces fueron muy superiores a las encontradas en el agua. Por ejemplo, al sumar todos los piretroides presentes en los peces, se alcanzaron concentraciones de 78 microgramos por kilo de pez.
- Por eso sostienen que “el agua y los peces proporcionaron información complementaria”, mostrando “plaguicidas diferentes”, y afirman que “la contaminación por plaguicidas en la cuenca hidrográfica no puede caracterizarse plenamente mediante” el solo muestreo de una de esas dos matrices.
- Sus hallazgos “respaldan la incorporación del biomonitoreo de peces en los programas de vigilancia rutinaria” de plaguicidas en ecosistemas.
- Al respecto, tras varios análisis, proponen que para monitorear plaguicidas en peces se estudien dos especies: la mojarra de lomo azul y el dientudo.
- La investigación es más valiosa aún porque en ella participó personal del MA, lo que facilita la transferencia de conocimiento, el fortalecimiento de capacidades del Estado y allana el camino para transformar conocimiento en gestión informada.
- Reforzando lo que el mismo equipo había visto ya con muestreos de agua, sostienen que “la detección generalizada y repetida de múltiples pesticidas en diferentes sitios y estaciones” indica una “contaminación crónica en la cuenca” del San Salvador.
Codo a codo, academia y ministerio
Como ya vimos, esto de muestrear pesticidas en la cuenca del San Salvador viene de antes. “Todo esto está en el marco de mi doctorado, que tiene tres capítulos”, cuenta Juan Manuel Gutiérrez desde Maldonado. “El primero es sobre la dinámica de los plaguicidas en agua, el segundo es la dinámica de esos plaguicidas en peces, y está proyectada una tercera parte que consiste en evaluar, por medio de experimentos en condiciones de laboratorio, los efectos de algunos plaguicidas que encontramos en la cuenca en peces, con la intención de ver cómo los afectan”, detalla. “Ya te está preparando para una tercera nota”, bromea Franco Texeira de Mello.
“Esto está en un marco más general de dos proyectos que llevó adelante el MA, financiados en parte por la FAO [Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura], relacionados con los pesticidas. El primero se realizó en la laguna del Cisne, y luego surgió una segunda aproximación en la cuenca del San Salvador”, dice ya en serio Franco. “El camino que se está transitando es el de poder generar las capacidades a nivel nacional, en el MA, para hacer el monitoreo de plaguicidas a nivel biológico”, sostiene.
Cuenta que el MA hace tiempo que hace el monitoreo de plaguicidas en agua. “En el proyecto de la laguna del Cisne se avanzó en la cantidad de plaguicidas que se pueden detectar en agua, con una pata fuerte en la química, gracias a los aportes de la Facultad de Química, del Cenur de Paysandú y del CURE de Rocha. En esta segunda etapa, el trabajo en conjunto entre la Udelar y Ambiente permitió dar el paso para que ahora el ministerio tenga el expertise instalado para procesar plaguicidas en peces. Que esa capacidad ya no esté solo instalada en la Udelar es un golazo”, detalla Franco.
A la ciencia se le suele pedir que luego de generar conocimiento transite el camino de la transferencia, es decir, de hacer que aquello provechoso que de ella derive llegue a quienes puedan hacer uso de ese conocimiento. En este caso, la transferencia forma parte de la investigación. Los resultados que se reportan de este monitoreo de plaguicidas en peces ya implican la transferencia hacia el MA en cuanto a cómo detectarlos a futuro.
“Sí, porque fue un trabajo en conjunto. Los resultados del artículo tienen una importancia internacional por los resultados en sí, pero a la interna el resultado más potente es que ahora hay más capacidades a nivel nacional para detectar plaguicidas. Ese era uno de los objetivos iniciales planteados cuando se iniciaron los primeros trabajos sobre plaguicidas. Por ejemplo, en una investigación realizada en Esteros de Farrapos, las muestras de agua y peces se mandaban a procesar a Alemania”, comenta Franco.
Pez muestreado en el río San Salvador. Foto: Juan Manuel Gutiérrez
Los peces cantan: monitorear el agua no alcanza
Nuevamente trabajaron en toda la cuenca de San Salvador. De hecho, los muestreos de plaguicidas en peces se hicieron al mismo tiempo que los muestreos de agua ya reportados, pero para peces se tomaron muestras solo en nueve puntos de la cuenca (para el agua fueron 12). De esos nueve puntos, cinco estaban en el curso principal del San Salvador y cuatro en arroyos tributarios (Águila, Espinillo, Maciel y San Martín).
Uno de los principales resultados del trabajo es que en peces se encontraron pesticidas que no estaban presentes en los muestreos de agua. Lejos de sorprender, eso estaba dentro de lo que el equipo esperaba encontrar. “Ya desde la bibliografía y otros trabajos realizados se sabe que hay diferencias entre lo que se encuentra en agua y en peces u otros organismos acuáticos”, explica Juan Manuel, y cuenta que los pesticidas más solubles o hidrofílicos “van a ser detectados en agua principalmente”, mientras que los compuestos hidrofóbicos o con tendencia a asociarse a grasas “van a encontrarse más en organismos”. El trabajo no solo les dio la razón –de los 29 pesticidas encontrados en los peces, diez no se detectaron en el agua en la que nadaban–, sino que esto “le da importancia al monitoreo de pesticidas a través de organismos vivos, en este caso peces, justamente porque permiten detectar compuestos que no se encuentran en los muestreos de agua”, dice Juan Manuel. Y sobre este punto hay más tela para cortar.
“No solamente hay diferencias en lo que se acumula en peces y lo que se detecta en agua, sino también que cuando se monitorea agua se está viendo algo más puntual o de corto plazo sobre los compuestos que están en ella, porque el agua fluye, los compuestos sedimentan, se degradan y demás. En cambio, al analizar lo que hay en los peces, se pueden detectar compuestos que estuvieron en el agua hace más tiempo, desde semanas a meses. El muestreo en organismos, en este caso peces, permite acceder a información de la contaminación más a largo plazo”, agrega Juan Manuel.
Pero claro, no todas son cosas positivas. “El monitoreo de pesticidas, desde el punto de vista metodológico, es un poco más complicado, porque primero hay que pescar los peces, luego hay que sacarles el músculo, conservar las muestras refrigeradas, procesar esas muestras en el laboratorio y demás. Todo eso lleva unos pasos extra, pero la contrapartida es que te da otra información”, afirma Juan Manuel.
Estudiar los plaguicidas acumulados en los peces implica la noción de bioacumulación, que en el trabajo restringen a la acepción de “presencia y retención de residuos de plaguicidas en el tejido muscular de los peces en condiciones naturales de campo”. Aclaran que “el término se utiliza de manera descriptiva y no implica el cálculo de métricas convencionales de bioacumulación ni la cuantificación” de cuánto de esos compuestos se absorbe o elimina. La bioacumulación sería un proceso contrario al de dilución que se produce cuando un compuesto llega al agua. El músculo del pez tiene más “memoria” de algunos pesticidas que pasan por la cuenca que el agua, que con su dilución y caudal tiene baches en sus recuerdos de cuánto la contaminamos.
“La acumulación en los peces está asociada principalmente a las características de los plaguicidas, como decía Juan Manuel. Pero a la vez, qué plaguicidas vas a encontrar también depende de ciertas características de los peces. Por eso trabajamos con varias especies que representaban distintos grupos tróficos”, comenta Franco.
El análisis de en qué lugar de la cadena alimenticia se ubicaban los peces se hizo sobre la base de sus contenidos estomacales y también del estudio isotópico. De esta manera, los peces se dividieron en cuatro grupos: detritívoros (se alimentan de detritos, principalmente del fondo), omnívoros (comen lo que venga), mesocarnívoros (comen otros animales, pero también son comidos por otros peces) y carnívoros tope (comen a otros pero casi no tienen quien se anime a comerlos a ellos).
“Esa acumulación diferencial de algunos plaguicidas permite ver cuáles pueden llegar a ser las especies que tienen mayor capacidad de acumulación. Ya era sabido, pero aquí también lo vimos, que hay una relación entre el contenido graso del músculo y la acumulación de plaguicida. Cuánto más grasa tiene el pez, más contaminantes acumulados tendrán en su cuerpo”, remarca Franco.
Preocupante: mitad de los peces con insecticidas
En los músculos de los 1.068 peces de 31 especies que conformaron 158 muestras buscaron componentes de 98 pesticidas mediante dos técnicas de análisis químico (cromatografía líquida con espectrometría de masas en tándem y cromatografía de gases con espectrometría de masas en tándem).
Encontraron que 29 pesticidas efectivamente estaban en los músculos de los peces de la cuenca del San Salvador. A la hora de ver cuáles eran los plaguicidas, los más frecuentes fueron los insecticidas, que con 15 compuestos representaron el 55% del total, seguidos por los herbicidas (24%, 6 compuestos) y los fungicidas (21%, 5 compuestos).
Entre los insecticidas, que dominaron las muestras, se destacaron en particular los piretroides, al punto de que “50% de las muestras analizadas contenía al menos un compuesto” de este tipo de insecticidas. Los piretroides, se sabe, presentan “una potente neurotoxicidad” al actuar sobre “canales de sodio dependientes de voltaje en las membranas neuronales”. En el trabajo citan que esta característica “hace que los peces sean especialmente sensibles” a los insecticidas piretroides, ya que hay “similitudes entre las proteínas de los canales de sodio de los insectos y las de los peces”.
Liderando la lista de insecticidas piretroides en peces estuvo la bifentrina, que apareció en 34% de las muestras. El Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca tiene 34 productos autorizados para distintos usos a base de bifentrina. Le siguió de cerca el clorpirifos, un insecticida organofosforado que apareció en 32% de las muestras.
Juan Manuel Gutiérrez. (archivo, febrero de 2026)
Foto: Natalia Ayala
“Estos muestreos se realizaron en 2022 y 2023. Para esa época, y desde décadas hacia atrás, el insecticida más utilizado para cultivos en Uruguay era el clorpirifos, que es un compuesto altamente tóxico y con riesgos ecológicos probados. Tan nocivo es que se prohibió hace años en Europa y Estados Unidos, y recientemente fue prohibido en Uruguay. Pero en esa época aún no lo estaba y fue uno de los compuestos que más se detectaron en peces”, comenta Juan Manuel. Sin embargo, en la página del ministerio hay nueve productos con clorpirifos que hoy pueden usarse, y dos de ellos tienen licencia hasta 2030 (Ectan y Clorpirifos tafirel). Sobre la bifentrina, Juan Manuel dice que “si bien su importación no es tan alta como la del clorpirifos, al ser un piretroide tiene una capacidad de bioacumularse muy alta dada su gran hidrofobicidad y su tendencia a asociarse con las grasas”.
“Uno de los principales resultados del trabajo es que si uno suma todos los compuestos piretroides, están en más del 50% de las muestras de los peces y, en general, a muy altas concentraciones. En un punto, en la primavera, la suma total de piretroides excedía los 78 microgramos por kilo de peces. Esos resultados fueron alarmantes”, agrega Juan Manuel.
“Acá no hicimos estudios de riesgo ecotoxicológico, pero esas concentraciones, en el caso de los piretroides, implican un riesgo alto, y eso es parte de un trabajo que pretendemos hacer a futuro”, dice con preocupación Juan Manuel. Aun así, antes de hacer esos estudios, remarca que los altos niveles encontrados “son una señal de alarma”.
Uno supone que además no hay nada, al estilo Codex alimentarius, que diga cuál es el máximo de insecticida piretroide que debería permitirse en un pez para ingesta humana. “Ese dato no se sabe ni siquiera a nivel mundial. Hay valores para peces de acuicultura y cálculos sobre cuánto plaguicida puede consumir una persona”, señala Franco. “Sobre esa base podría decir que a las concentraciones en las que frecuentemente se encuentran los plaguicidas en peces, una persona tendría que comer unos cuantos kilos de pescado por semana para que eso fuera significativo. Pero una cosa es la concentración que te haría mal en un momento determinado y otra es lo que podés ir acumulando de a poco en tu cuerpo, siempre teniendo en cuenta que parte de esos compuestos también se pueden ir biotransformando”, reflexiona. Por otro lado, si, como vimos, hay plaguicidas en una gran cantidad de productos que ingerimos, desde fideos de pasta seca, pasando por las lentejas, a la leche, o en verduras y hortalizas, tenemos que pensar que lo que haya en un alimento determinado debe sumarse a toda la cantidad de plaguicidas que uno está ingiriendo a diario. Si buena parte de lo que comemos tiene rastros de plaguicida, tendríamos que pensar en la sumatoria total.
“En ese sentido, los peces de las zonas de producción agropecuaria intensiva no fallarían en aportar su parte de plaguicidas”, bromea Franco. “Hay que comer cosas distintas para no comerte siempre los mismos plaguicidas y evitar así una concentración muy alta de algo”, dice ya casi riendo. ¡Hay que tener una dieta variada, ya no por los nutrientes, sino para escapar a los tóxicos asociados! Es triste que la evidencia recogida por distintos trabajos científicos sustente estas bromas.
A su vez, el compuesto más encontrado fue el herbicida metolacloro, que apareció en 38% de las muestras y llegó a concentraciones tan altas como de 67 microgramos por kilo de pez. En cuarto lugar se ubicó el fungicida propiconazol, que apareció en 17% de los muestreos.
Variando, pero los pesticidas están siempre en los peces
En el trabajo vieron que había cierta variabilidad a lo largo del año, pero esa variabilidad no da tranquilidad: no es que en determinada época los peces no tienen pesticidas, sino que van cambiando los que tienen. Y a lo largo de las cuatro estaciones, siempre tienen alguno.
“Sí, no es que encontramos una temporada en la que se dispara el número de compuestos o las concentraciones, sino que encontramos cosas diferentes y con gran variabilidad, que tienen que ver con los diferentes usos del suelo de esa cuenca. La variabilidad que ya habíamos visto al analizar plaguicidas en agua, relacionada con los cultivos de verano y los de invierno, a los diferentes tratamientos previos a esos cultivos y su cosecha, ahora la encontramos también en peces”, comenta Juan Manuel.
En el gráfico que acompaña al trabajo puede verse que mientras en otoño se encontraron 14 pesticidas (sumados los encontrados en los nueve puntos de muestreo), en invierno esa cantidad fue también 14, en primavera fueron 18 y en verano 12. No hay una estación del año en la que pescar en la cuenca del San Salvador sea más recomendable que en otra.
“¿Viste por qué la pesca deportiva es buena? Porque no te comés los peces”, vuelve a bromear Franco. Una vez más, el chiste se erige sobre evidencia. No solo en todas las estaciones se encontraron pesticidas en los peces, sino que algunos se encontraron en las cuatro: los insecticidas bifentrina, cipermetrina, clorpirifos, deltametrina, el fungicida propiconazol y el herbicida simazina. Así que sí, en la cuenca del San Salvador, y en otras de gran intensificación agrícola, habría que hacer campañas para promover la pesca deportiva y desestimular la pesca gastronómica.
“El uso intensivo del suelo hace que el campo no tenga descanso, que tanto en invierno como en verano haya cultivos”, coincide Juan Manuel. “Es que la del San Salvador es una de las cuencas con agricultura más intensiva del país, y en la que hay mucha producción de soja. Entonces estás parado en un lugar de uso muy intensivo del suelo, y eso se refleja en el hecho de que allí encontráramos más plaguicidas que en la laguna del Cisne, que siempre tuvo plantaciones alrededor”, completa Franco.
“Podríamos decir que las distintas partes del país van a estar expuestas a distintas cosas, según lo que se cultive y el paquete tecnológico que esté asociado a esos cultivos. En esta zona litoral del río Uruguay tiene su impacto la soja, pero si te vas a Rocha tenés el arroz y seguramente no se usen los mismos plaguicidas. Y eso va a ser diferente a cuencas con mayor impacto de la forestación. Pero lo cierto es que en esta zona los campos no descansan nunca, están en un ciclo productivo permanente”, apunta Franco. “Sí, tenés cultivos de verano, soja y maíz principalmente, y después en invierno el ‘descanso’ de la tierra es con pradera sembrada, trigo y cebada. Entonces no hay descanso en cuanto a la aplicación de plaguicidas”, dice Juan Manuel.
Eligiendo los peces que delaten la presencia de plaguicidas
La investigación no solo es fantástica por la cantidad de plaguicidas que buscaron, y de especies, de diferentes dietas y lugares en la cadena trófica que analizaron, sino por un gran aporte que hace: tras un minucioso análisis, proponen dos especies de peces que serían ideales para monitorear la presencia de pesticidas en el agua. ¿Qué peces nos ayudarán a vigilar los cursos de agua? La mojarra de lomo azul (Bryconamericus iheringii) y el dientudo (Oligosarcus jenynsii).
“Son recomendables para el monitoreo por varias razones. Una es que están a nivel de todo el país. Otra es que teníamos más datos de ellas porque fueron muy abundantes, y eso se reflejó en las curvas de acumulación y en una buena representación al comparar qué cantidades de plaguicidas se detectaban recurriendo a las distintas especies”, comenta Franco.
“Otra cosa que tienen de bueno es que las dos especies están en distintos niveles tróficos. El Bryconamericus es un bicho que come invertebrados, perifiton y sedimentos, mientras que la dieta principal de Oligosarcus consiste en invertebrados y algunos peces chicos, por lo que capturan cosas distintas que se complementan”, agrega.
“En las curvas de acumulación de compuestos se ve que, al mismo número de muestras, acumulan un gran número de compuestos, cosa que no sucede con otras especies. Eso las hace buenas candidatas para futuros monitoreos”, coincide Juan Manuel.
“Un poco lo que proponemos en el artículo y lo que propusimos cuando se hizo este trabajo era usar estas especies, porque están en todo el país, son fáciles de capturar en cualquier sistema, y usar puntualmente otras que pueden aportar información relevante, como algunos bagres: como tienen mucha grasa, un solo individuo puede delatar una cantidad de plaguicidas. Aunque sea una muestra puntual y esporádica en algún lugar, estos bagres, como el bagre amarillo, son unos colectores bárbaros”, remarca Franco.
“Creo que esta propuesta es relevante en este momento por el cambio de legislación. Ahora que dejamos el decreto de aguas que teníamos de la década de 1970 y se pasó a un nuevo reglamento, ya no solo de calidad de agua, sino de calidad ambiental, una de las líneas que se propone es el biomonitoreo”, enfatiza Franco.
“En ese contexto, si vas a hacer biomonitoreo de plaguicidas, este trabajo aporta al proponer que se estudien estas dos especies de peces. ¿Por qué esas dos y no toda la comunidad? Porque eso, por un lado, sería inviable. Esto llevó un gran esfuerzo puntual, pero no es viable para monitoreos regulares en el tiempo, o en grandes zonas, o a nivel nacional. Por otro lado, estas dos especies capturan gran parte de los pesticidas. No los vas a ver todos, pero sirven para empezar a tener una idea. Estas especies te permiten comparar presencia de plaguicidas en el tiempo y en distintas zonas a nivel nacional”, defiende Franco.
Descarte irregular de plaguicidas. Foto: Juan Manuel Gutiérrez
Por otro lado, por más que les digamos “especies bioindicadoras”, estamos hablando de seres vivos. Si con muestrear dos especies tenemos idea de buena parte de los pesticidas que hay en un curso de agua, qué necesidad de andar colectando cada uno y todos los peces que anden por allí.
Juan Manuel coincide. Y además destaca que “tanto el dientudo como la mojarra son especies súper abundantes que no solo están en todo el país, sino que están también en el sur de Brasil y en provincias argentinas, por lo que sirven también a nivel regional”, lo que los hace aún más interesantes en su rol de centinelas.
“Este trabajo pasa en limpio un montón de esfuerzo y un montón de trabajo. Si se vuelve a hacer un monitoreo y se utilizan peces para ver plaguicidas, hay un montón de pasos que ya se sabe cómo hacer, qué peces buscar, cuántos individuos, en qué puntos de la cuenca y demás”, redondea Juan Manuel.
¿Para cuándo?
El trabajo arroja evidencia de que más pesticidas están llegando al ambiente acuático en las zonas productivas, gracias a que los peces delatan compuestos que no se detectan en el agua. Por tanto, si se quiere tener una muestra más representativa de los pesticidas que hay en una cuenca, hay que muestrear también los peces. Y el trabajo propone dos especies. Con todas las dificultades extra que implica monitorear peces respecto de monitorear muestras de agua, y más aún con la falta de personal y recursos en el MA, ¿será posible en un futuro cercano hacer monitoreos con peces para ver el estado de las cuencas de forma rutinaria, o al menos cada tanto?
“Si me hacías esta pregunta cuando empezamos a trabajar con esto de los pesticidas entre el ministerio y la Facultad de Química, te hubiera dicho que la veía dificilísima. Hoy lo veo como algo más cercano, porque ya lo conocemos”, contesta Franco.
“Capaz que en el arranque no es para muestrear las cuencas de todo el país todos los años. Tal vez estos muestreos en peces puedan hacerse cada dos años en cada cuenca donde ya se monitorean pesticidas en el agua, y de esa manera se empiece a tener datos y líneas de base”, conjetura. “Creo que los saltos necesarios son más bien logísticos. El próximo salto logístico sería pasar a algo de nivel nacional. Y eso hay que ensayarlo, hay que hacer cálculos y poner mucho pienso en cómo hacerlo”, agrega.
“No se está tan lejos, creo que es una cuestión de que se organicen las fichas, que el ministerio esté de acuerdo en avanzar con esto, y en cuánto puede aportar la Udelar. Tal vez desde la Udelar podamos encargarnos de muestrear los peces y remitir las muestras, y el ministerio de realizar los análisis de laboratorio. A nosotros, en la academia, esos datos nos sirven y se podría tratar de que esos monitoreos a la vez puedan servir para responder a otras preguntas, entonces lograríamos algo de interés para todos”, reflexiona Franco.
“Creo que hay que trabajar en acuerdos logísticos y acuerdos de financiación, porque obviamente se van a necesitar recursos”, sostiene Juan Manuel.
“Tengo bastante esperanza en que se va a poder hacer en algún momento, quizás no muy lejano, siempre que se empuje. Las distintas áreas del gobierno tienen distintos intereses, tal vez por ahí pueden venir algunas de las complejidades. Porque los plaguicidas tienen la particularidad de que generan alarma. Y nadie quiere una alarma si no sabe cómo apagarla”, dice Franco. “Si se hacen estos muestreos y se enciende una alarma para la gente, si no se tiene una solución para dar, se complica. Por ahí vienen los principales problemas cuando uno quiere mostrar conflictos ambientales”, agrega con cierta resignación.
Pero hay cosas positivas. “Esos muestreos pueden permitir ver si esos plaguicidas que están llegando son catalogados como peligrosos. Si pudiéramos decir que de la lista de 50 plaguicidas que se están usando hay 15 que están catalogados a nivel internacional como peligrosos y los encontrás en los peces, no es lo mismo que si vas al campo y encontrás en peces solo dos de esos 50”, señala Franco. “Eso permitiría tener insumos para tratar de cambiar los peligrosos por otros que no lo sean, más aún si están llegando a la fauna. Esa información de alguna manera permite gestionar qué hacer ante esa realidad”, redondea.
Peces, investigadores e investigadoras, personal del MA y hasta un niño que cambió dientudos por chocolates hicieron su parte. En la cuenca agrícola del San Salvador se detectaron 48 pesticidas, 38 en agua y 29 en peces. Algunos están prohibidos desde hace tiempo, otros fueron prohibidos hace poco y unos cuantos se sabe que son altamente peligrosos para los seres vivos y el ambiente. Es cierto que, como dijo Franco, este tema genera alarma. ¿Será que de verdad no sabemos cómo apagarla? ¿Será que tratar de seguir durmiendo como si nada pasara, ante tanta evidencia estridente, dejará algún día de ser una opción?
Artículo: Pesticide bioaccumulation in fish from an agricultural watershed: patterns, drivers, and implications for monitoring
Publicación: Environmental Research (agosto de 2026)
Autores: Juan Manuel Gutiérrez, Andrés Pérez, César Rodríguez, Natalia Barboza, Margenny Barrios, Verónica Cesio, Ismael Díaz, Emilia Heber, Horacio Heinzen, Alejandra Kroger, Alejandro Mangarelli, Silvina Niell, Martín Pacheco, Rodrigo Souza, Giancarlo Tesitore y Franco Teixeira de Mello.
