Nuestra comunidad científica está generando desde hace décadas conocimiento valioso sobre nuestros ecosistemas, ya sea de su funcionamiento, la interacción con actividades productivas, las amenazas que se ciernen sobre ellos, los servicios que prestan y demás. De esas investigaciones han salido numerosas herramientas que nos permiten saber dónde estamos parados, así como recomendaciones sobre qué podríamos hacer para evitar conflictos, perder biodiversidad y preservar el patrimonio que tenemos.
Una reciente publicación, titulada algo así como La exclusión del ganado impulsa la regeneración y la complejidad del ecosistema en una sabana de palmeras en peligro de extinción no solo continúa con esa maravillosa tradición, sino que destaca por una fascinante característica: allí, al estudiar qué pasa en la interacción de la ganadería con los palmares de palmeras yatay que se extienden por Paysandú y Río Negro (y siguen en una formación que cruza hacia Argentina y parte de Brasil), nos regalan una receta tan sencilla como efectiva para evitar la casi segura extinción de estas formaciones vegetales que conforman un ecosistema que en el trabajo denominan “sabana de palmeras yatay”.
Si fuera una canción de Lucas Sugo, la recomendación de manejo que surge de ese trabajo podría llamarse “Nueve años y nada más”. Porque eso es justamente lo que emerge del artículo firmado por Alejandro Brazeiro, Federico Haretche, Alexandra Cravino, Pablo Fernández y Katherine Bombi, todos del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales (IECA) de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República. Las palmares de yatay, conformados por la especie Butia yatay, parientes de las que forman los palmares de Rocha en el otro extremo del país -que son de la especie Butia odorata- podrían escapar al futuro de extinción que les espera hoy si tan solo se impide el acceso del ganado a la zona del palmar por nueve años.
No es algo que tenga que hacerse en todo el palmar al mismo tiempo, sino que exclusiones de dos o tres hectáreas, que vayan rotando en el tiempo, serían suficientes para zafar del cuello de botella que atraviesa hoy el palmar de yatay: solo quedan ejemplares muy viejos y prácticamente no hay adultos jóvenes en edad reproductiva. Así las cosas, si el palmar del litoral del Uruguay tuviera una caja previsional, estaría en más problemas que nuestro BPS: mientras que la tasa de recambio de humanos en nuestro país está por debajo de la tasa de reemplazo -las personas deberían tener en promedio 2,1 hijos a lo largo de su vida para que no se reduzca la población—, lo que supone un estancamiento de la población (por ahora, hay algunas ideas de qué podría pasar a futuro]), en el palmar prácticamente no hay adultos activos, solo ejemplares ancianos. Y el problema es más grave: pequeñas palmeras nacen -y muchas en predios con ganado-, pero no llegan a sobrevivir más allá de la primera infancia.
Así que con todo esto en mente, salimos más rápido que turista a fotografiar un palmar que se extiende por kilómetros en nuestra pastizalizada llanura al encuentro de Alejandro Brazeiro, primer autor de esta publicación científica.
¿Qué hay de nuevo, viejo?
El efecto de la herbivoría sobre los ecosistemas ya se ha estudiado en distintos ambientes. Por ejemplo, varios trabajos sostienen que nuestros pastizales precisan de dos elementos para mantenerse con su diversidad: herbívoros y, cada tanto, fuego. Los incendios los controlamos y los grandes herbívoros nativos que teníamos, o bien se extinguieron hace unos 11.000 años -tal es el caso de los gliptodontes, toxodontes y otros mamíferos de la megafauna- o los hemos extinguido nosotros -como es el reciente caso de los ciervos de los pantanos- o los hemos reducido a pequeñas poblaciones -como a los venados de campo-.
Por tanto, en el pastizal de nuestros días, las vacas de la ganadería extensiva a campo natural, cuando están en las cantidades adecuadas, ayudan a conservar el equilibrio del pastizal. Sin embargo, en los palmares de Rocha, Paysandú o Río Negro siempre estuvo la sospecha de que la ganadería podría tener algo que ver con la falta de recambio en las palmeras y la notoria abundancia de individuos añejos (como puede verse en Rocha, las palmeras jóvenes están al borde de la carretera, a salvo del ganado vacuno y ovino). Como dicen en el trabajo, la ganadería, “una actividad generalizada y económicamente importante en la región de Butia yatay, ha sido identificada desde hace tiempo como una de las principales presiones antropogénicas responsables de la degradación de la sabana de palmera yatay”.
Sin embargo, como también reseñan en el trabajo Brazeiro y sus colegas, en el lado argentino se encuentra el Parque Nacional El Palmar, la mayor área protegida con palmares de yatay del globo. Allí se ha excluido el ganado desde la década de 1980, y, sin embargo, hay una alta mortalidad de palmeras, al punto de que algunos trabajos han planteado una posible extinción local del palmar allí. ¿Excluir a las vacas ayudaría o no al futuro de los palmares del litoral? “Había un montón de evidencia que mostraba que la ganadería era el factor que determinaba que el palmar no se regenerara. Pero en el Parque Nacional El Palmar se excluyó el ganado, pero no pasaba nada, no había un efecto en la regeneración”, comenta Alejandro. “Si en el lugar más estudiado donde se había excluido el ganado la regeneración tampoco funcionaba, entonces no era tan evidente si esa exclusión era efectiva o no”, dice con lógica.
Sin evidencia contundente, no había argumentos como para decirles a los ganaderos de la región que si sacaban sus vacas de los predios el palmar se salvaría. “Además, las cosas en biología no siempre son tan lineales y sencillas. Por ejemplo, si sacás el ganado se logra que no se coman las palmeritas, pero el pasto crece mucho más y ese pasto es un competidor de las plántulas. Entonces, si tenés muy poca herbivoría y crece mucho el pasto, capaz que a pesar de que no haya ganado podría pasar que igual no crecieran las palmeras por la competencia”, comenta Alejandro.
“Si bien se caía de maduro que el ganado estaba afectando al palmar, no era tan evidente que sacarlo fuera la solución, o que solo con eso alcanzara”, apunta. Así que se pusieron manos a la obra. Y el experimento que realizaron -y que comunican en su artículo- fue posible gracias a un aliado estratégico: el grupo venía trabajando con la forestal Montes del Plata. “Con ellos trabajamos para identificar sitios de alto valor de conservación y cómo manejarlos para que se conserven de la mejor manera posible”, cuenta Alejandro. Y en ese marco se produjo la chispa que produjo esta investigación.
“Cuando empezamos a ir a los predios de Montes del Plata en Paysandú, ya estaba instalada una zona de exclusión de ganado desde hacía unos siete años, pero nadie estaba investigando qué estaba pasando con eso”, dice Alejandro, agradeciendo la posibilidad que el trabajo le daba para poner a prueba el asunto. Es que el tema rondaba en su cabeza desde hacía tiempo.
Palmares en peligro de extinción: 50 años de franca caída
Poco antes de comenzar a ir a esos predios de Montes del Plata con palmares sin ganado, Alejandro cuenta que había tutoreado una tesis de la estudiante brasileña Schaiani Bortolini, en la que mapearon todos los palmares de yatay a través de fotos aéreas de 1966. Luego compararon esos mapas con imágenes de Google de 2016.
Schaiani presentó su tesis en 2018. Allí mostró que entre 1966 y 2016, es decir, en 50 años, Uruguay había perdido 47% de los palmares de yatay del litoral. Más aún, para su tesis Bortolini estableció, de acuerdo con los criterios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, cuál sería el grado de amenaza de los palmares yatay de nuestro país. Lo que encontró iba en consonancia con la pérdida constatada en casi medio siglo: “Se pudo determinar que la población de Butia yatay de Uruguay se encuentra en la categoría ‘en peligro’” de extinción, comunicaban entonces en el trabajo Distribución, abundancia y estado de conservación de los palmares de Butia yatay en Uruguay de 2018. Luego de esa categoría, la otra más grave es “en peligro crítico”. De no hacer nada, pronto llegaremos a ella.
“Vimos un montón de lugares en los que el palmar había desaparecido. Lo primero que pensamos entonces era que se lo estaba comiendo el avance de la agricultura y la forestación. Pero al analizar qué eran las áreas de palmar que se habían perdido, vimos que no eran forestaciones ni zonas de agricultura, salvo algunas poquitas hectáreas en el último caso. El 90% de los palmares que se perdieron entre 1966 y 2016 estaban ocupados por pastizales con ganado. Eso nos llamó la atención”, comenta Alejandro.
“Cuando empezamos a ver los palmares que tienen mucho ganado, nos encontramos que tienen el pasto cortito, palmeras enormes de 15 metros, y unos juveniles de palmera muy pequeños, pero a nivel intermedio no tenés prácticamente nada”, dice Alejandro. Como si el palmar de yatay estuviera compitiendo con la demografía actual de Uruguay, teniendo solo individuos longevos y algún infante, pero ausencia de adultos que hayan pasado la adolescencia y estén en edad reproductiva, está casi garantizada su debacle poblacional.
“En cambio, en esta zona de exclusión de ganado de Montes del Plata entrabas a los palmares y veías que había más heterogeneidad, había adultos jóvenes en edad reproductiva, además de juveniles y adultos de gran porte”, relata Alejandro. Entonces el experimento natural se les hizo evidente: “Dijimos de delimitar parcelas permanentes para comenzar a investigar esto. Unas parcelas las delimitamos en el área de palmar con exclusión de ganado, otras en un área con palmar y ganado, y comenzamos a hacer el seguimiento”.
“Sobre la marcha, la empresa había adquirido un área nueva con palmar y hablamos de que estaría bueno instalar allí una nueva zona de exclusión de ganadería para poder ver los efectos desde el día cero, porque la exclusión en el otro lugar ya llevaba sus años. Así que ahí, en 2016, se instalaron parcelas en una nueva área de exclusión y empezamos con los monitoreos”, señala.
En el trabajo cuentan los resultados de este experimento natural realizado en parcelas cercanas a Quebracho, Paysandú, donde Montes del Plata tiene predios. “El área de estudio abarca 1.734 hectáreas, incluyendo un área cartografiada de palmares de 90,8 hectáreas dispersa dentro de una matriz de pastizales (476 hectáreas) y plantaciones de eucalipto (1.167 hectáreas). Dentro de esta área se establecieron dos zonas de exclusión separadas en 1996”, dice el trabajo. Una de esas zonas de exclusión abarca 14 hectáreas y la otra nueve, totalizando “23 hectáreas de palmerales excluidos”. A eso se agregó una tercera zona de exclusión de siete hectáreas en 2016 (la “nueva” que nos contó Alejandro). Por fuera de la zona de exclusión de ganado quedaron unas 60 hectáreas de palmar, un área que “se mantuvo bajo pastoreo permanente con cargas ganaderas variables”.
En ambas zonas (con y sin ganado) de palmar de ambos predios (el “viejo” y el “nuevo” de 2016) se delimitaron parcelas de 20 x 20 metros donde se contaron las plantas juveniles, adultos jóvenes (los que pasaban los dos metros y ya entraban en edad reproductiva), adultos maduros (más de dos metros), así como se contó la cantidad de aves presentes y se registró la presencia de mamíferos con cámaras trampa. Además, en 2025, en todas las parcelas se controló visualmente si las plantas de palmera habían sido o no mordidas o ramoneadas por animales.
La palmera protegida, el palmar no
Los palmares de Yatay del litoral de Uruguay hoy están en peligro de extinción. Le pregunto a Alejandro si los palmares, como el bosque nativo, cuentan con alguna protección. Por ejemplo, cualquier productor o empresario que pretenda cortar bosque nativo, que está protegido por ley, deberá solicitar autorización al Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (sí, suena ilógico, pero la tutela del bosque nativo aún está en ese ministerio y no en el de Ambiente como sería lógico y deseable).
¿Con las palmeras pasa algo similar? ¿Se pueden talar para poner soja o eucaliptus o una pradera o una planta de hidrógeno o un complejo de viviendas de lujo? “Sí, las palmeras están protegidas. Salvo para hacer algún camino o algo muy particular, no se pueden talar. Sin embargo, lo que está protegido es el individuo, la palmera, y no tanto el palmar. Si alguien pasa el tractor y llega hasta al borde de la palmera, si se planta soja hasta a un metro, para la ley no se está haciendo nada malo, pero eso no deja que el palmar se reproduzca y crezca”, responde Alejandro.
Es como si cada palmera fuera un monumento valioso y patrimonial que no se puede alterar. Pero así estamos: con palmares de adultos añosos protegidos por ley, pero incapaces de un recambio generacional porque no se les da ni el espacio ni la oportunidad para ello. Protegidos hoy, desastre mañana.
Los dos cuellos de botella se transforman en uno
En el trabajo plantean que los palmares podrían estar pasando, debido a la ganadería, por los dos cuellos de botella que afectan a la dinámica de bosques y sabanas. El primero es que el ganado impide que las semillas germinen y las plántulas prosperen (se conoce como “cuello de botella de reclutamiento”); el otro implica que las semillas sí germinan y prosperan las plántulas, pero el ganado impide que los juveniles lleguen a la madurez reproductiva por la sencilla razón de que se los papan antes (el cuello de botella “del escape de los juveniles”).
En el trabajo muestran con datos contundentes que en los predios con ganadería había más plántulas (infantes de palmera, podríamos decir) y juveniles que en las parcelas de palmar con exclusión de ganado (entre 300 y 1.500 individuos por hectárea contra 250 a 350 en las parcelas con “exclusión vieja”). “Eso seguramente tiene que ver con la reducción de la competencia del pasto debido al consumo de las vacas. Al liberar el espacio de pastos, las semillas germinan con más éxito”, comenta Alejandro. El primer cuello de botella no se estaba dando: con la ganadería había hasta un mayor reclutamiento de palmeritas.
Pero si bien en las parcelas con ganado había una “densidad constante de palmeras adultas longevas (de unos 180 individuos por hectárea)”, había también una “completa ausencia de palmeras adultas juveniles”. En los predios con exclusión, el modelo de análisis que usaron arrojó que por cada año de exclusión las palmeras jóvenes adultas aumentan su presencia en 38%”.
Por eso, en el trabajo concluyen que su “estudio de campo comparativo a largo plazo de la sabana de palmares yatay de Quebracho mostró que el pastoreo con ganado no limita la emergencia de plántulas de Butia yatay, pero reduce su supervivencia, crecimiento y probabilidad de transición a etapas avanzadas”. Es decir, el primer cuello de botella no se daba, el segundo sí.
“Una vez que la palmera alcanza la altura de la adultez, la vaca ya no le hace daño. El problema es cuando la vaca come el meristema de donde nacen las hojas. Si se daña eso, la planta podría aguantar sin crecer, pero generalmente termina muriendo”, comenta Alejando. “Si la palmera ya llegó a una altura a la que la vaca no le puede comer esa parte, ya está, se escapó. Las vacas le comerán alguna hojita, pero no la matan. Ese es el punto de escape. Y entonces, si se pueden excluir ciertas zonas por unos años, para dejar que los juveniles logren ese escape, ya no habría problema”, redondea. Entonces el trabajo se manda su receta para salvar al palmar de su casi segura extinción.
Alejandro Brazeiro.
Foto: Alessandro Maradei
Nueve años y nada más: un trabajo sensacional
Hay algo maravilloso en la investigación que publicaron. Muchos trabajos abordan problemas de conservación de distintas especies o recomiendan medidas de manejo para evitar desajustes ecosistémicos, productivos, ambientales, sociales o económicos. Pero rara vez se llega a una cifra determinada que implique un umbral a partir del que se produce el cambio deseado. Aquí sí.
Tras numerosos análisis de estructura de vegetación, población y demás, el artículo termina concluyendo que “la exclusión a largo plazo del ganado es crucial en nuestra área de estudio para mantener la regeneración y viabilidad de la población de Butia yatay y para restaurar el ecosistema de la sabana de palmares yatay”. Largo plazo podría asustar a los dueños de los predios o productores. Pero no es tan largo.
“Observamos respuestas significativas en las tasas demográficas de Butia yatay con exclusiones de ganado después de nueve años, momento en que muchos juveniles pudieron alcanzar el tamaño de adultos jóvenes (de más de dos metros), escapando del ramoneo animal”, señala el trabajo. Entonces lo dicen: “Esto sugiere que las exclusiones temporales de nueve años, implementadas localmente y rotadas en todo el paisaje, podrían ser una medida razonable para integrar la conservación y la producción ganadera en este ecosistema en peligro de extinción”. ¡Nueve años y nada más!
Sin especificar tiempo para la exclusión, podría quedar la idea a lo libertad o muerte de vacas o palmar. Ese todo o nada puede generar resistencias o debería ir acompañado de expropiaciones, subsidios o vaya uno a saber qué. Ahora, nueve años sin ganado es algo mucho más aplicable y no tan objetable. Más aún cuando esa exclusión de ganado puede ser rotativa.
“Incluso esa rotación sería hasta mejor. En ese ecosistema de palmar viven mamíferos, aves, y otro montón de bichos. Lo que vimos es que en el palmar con exclusión se complejiza más la vegetación, se vuelve un ecosistema más heterogéneo, aparece mayor cantidad de mamíferos y de aves, las especies típicas de pastizal, más que nada de aves, no aparecen tanto, porque sin la herbivoría ese palmar más abierto se va como haciendo más bosque”, dice Alejandro. “Si tenemos esta mezcla de pastizales densos con la exclusión y pastizales abiertos con pastoreo, se puede tener lo mejor de los mundos, las especies de bosque en un lugar y las de pastizal en el otro. Con este manejo heterogéneo se puede hasta maximizar la diversidad del paisaje”, dice con satisfacción.
En un país en el que casi toda la tierra es privada, plantear vaca sí o vaca no es un problema. En cambio, plantear vacas sí, pero un ratito no ya es otra cosa. Si el problema es la transición de palmera juvenil a adolescente, y luego la vaca ya no representa un problema, podemos pensar bien qué hacemos en el territorio.
Distintos a los argentinos
Argentina comparte el palmar de Yatay con nosotros y con el sur de Brasil. Sin embargo, como vimos, en el parque El Palmar de Argentina, la exclusión de ganado desde la década de 1980 no fue suficiente: dos especies exóticas, el jabalí (Sus scrofa) y el ciervo axis (Axis axis), se ensañaban con las palmeritas provocando el mismo efecto devastador que las vacas: los juveniles no llegaban a la edad reproductiva porque se los comían.
Por ello, en este trabajo analizaron qué fauna visitaba las parcelas con y sin exclusión de ganado, al tiempo que en 2025 analizaron qué tantas palmeras juveniles habían sido mordisqueadas por animales. “No había un efecto grande de herbivoría de ciervos o jabalíes en los lugares con exclusión de ganado”, comenta Alejandro.
“En nuestra área de estudio, se detectaron varios herbívoros silvestres, entre ellos, el armadillo nativo Dasypus novemcinctus y varias especies exóticas como el jabalí, el ciervo axis y la liebre (Lepus europeans). Sin embargo, al excluir la herbivoría del ganado, el nivel de herbivoría causado por la fauna silvestre fue relativamente bajo, afectando a cerca del 3% de las plántulas”, reporta el trabajo.
¿Qué puede estar pasando? ¿La invasión de jabalí y axis en Argentina está mucho más avanzada que acá o habría que buscar otra explicación? “No sabemos bien por qué, pero creemos que tal vez hay una menor densidad de esas invasoras o capaz que esas especies están haciendo uso de otros recursos, y por eso no afectan tanto a la regeneración de esta palmera”, esboza Alejandro. “Al menos por ahora”, agrega abriendo el paraguas.
“En nuestro sitio de estudio en Uruguay, la eliminación del ganado fue suficiente para regenerar la población de Butia yatay, pero no en la reserva argentina El Palmar, donde también fue necesario controlar el elevado número de herbívoros silvestres, en particular ç, el jabalí y el ciervo axis”, dicen en el artículo.
Beneficios además de salvar un ecosistema en peligro de extinción
Excluir el ganado de predios donde hay palmeras yatay implica alambrar. Colocar un alambrado tiene costo, y aun alguien que vive en la ciudad seguramente ya habrá escuchado que alambrar sale plata (desalambrar también, pero de eso ya no se habla). Dado que la tierra en nuestro país está casi en su totalidad en manos privadas, salvar al palmar de yatay cercando determinadas zonas por unos nueve años significaría pedirles a los productores ganaderos que corran con los costos de esa exclusión. Pensando en la viabilidad del palmar, ¿qué tanto habría que cercar? ¿Metros, kilómetros?
“Por ejemplo, esta exclusión nueva que se hizo en el predio de Montes del Plata es chica, serán cinco o seis hectáreas, y ya en esa pequeña área se ve el cambio”, comenta Alejandro. “Por tanto, capaz que con cercar una o dos hectáreas alcanza para regenerar el palmar en ese pedacito. Si se mira a escala de todo el palmar capaz es poco, pero si esa exclusión se va rotando, o si varios productores sacrifican unas poquitas hectáreas cada uno, se va sumando ese impacto positivo”, agrega.
Para quien tiene unas pocas hectáreas, dejar una o dos sin que entre el ganado puede ser mucho. Pero Alejandro cuenta que los emprendimientos ganaderos suelen tener bastantes más, en general, por encima de las 100. Según el Censo Agropecuario 2024, 89% de las cabezas de ganado del país estaban en rodeos de productores que manejaban entre 150 y más de 1.400 hectáreas. Podría pensarse entonces que un par de hectáreas para una producción ganadera un tanto extensiva no sería tanto.
“La otra ventaja que tiene esto es que las palmeras son muy longevas. Lo que vimos en las palmeras que pasaron a ser adultas tras la exclusión de ganado es que no había casi mortalidad. Es decir, la probabilidad de que esas palmeras lleguen a vivir 100 o 200 años es altísima. Entonces con nueve años te aseguraste palmeras por 200 años más en esa hectárea”, suma Alejandro.
Te doy nueve años y vos me das palmeras por otros 100. Parece un buen negocio si esa tierra es de uno. Aún más con lo que se sabe de que, ante el actual calentamiento global, el estrés térmico “es uno de los desafíos más importantes para el bienestar animal”, con resultados que incluso afectan a la productividad del rodeo. Mientras que una investigación para enfrentar este problema realizada en Brasil mostraba la viabilidad económica de construir refugios con sombra, aquí con una inversión mínima, en nueve años el palmar regenerado dará sombra a las vacas por más de un siglo. Así que no solo conservarían un ecosistema en peligro, no solo les estaríamos agradecidos, sino que además el propio productor ganadero se beneficiará con tener esta sombra nativa para su ganado. “Sí, se puede hacer esa cuenta costo-beneficio. Lo que el productor se pierde de pastorear en esas poquitas hectáreas durante nueve años, a largo plazo, lo gana con un refugio para su ganado”, concuerda Alejandro.
Si saber que evitar la extinción de un ecosistema y favorecer a su ganado no fuera suficiente, Alejandro piensa otras formas de subir a este barco a los dueños de los campos con palmar de yatay. “Los productores que tienen bosque, que lo declaran y que lo mantienen, exoneran algunos impuestos. Para el palmar podría pensarse algo por el estilo. O que se le dé algún beneficio extra por cuidar el ambiente, que es algo que nos beneficia a todos. Si vos sabés que eso es un beneficio para todos, no está mal pensar que todos contribuyan a pagar eso, así sea mediante exoneraciones”, conjetura.
De aquí en más
Este es un trabajo de ecología con una recomendación de manejo sustentada en evidencia prometedora. ¿Cómo sigue esto? ¿Van a tener contactos con productores, con gente de las intendencias, del Ministerio de Ambiente, del de Agricultura y Pesca? “Lo primero es que hoy, a la interna de la empresa Montes del Plata, ya lo estamos replicando en otro predio de la empresa y con la otra especie de palmera”, dice Alejandro. “Estamos pensando hablar con el Ministerio de Ambiente, mostrarles los resultados y también con la gente de la División General Forestal del Ministerio de Ganadería, para pensar, por ejemplo, posibles proyectos en los que a los productores se les da ración a cambio de esa exclusión o alguna otra contraprestación, como ya se ha hecho en otras iniciativas. Tal vez haya medidas a pequeña escala que se pueden empezar a replicar para fomentar la protección de las palmeras y los palmares”, dice Alejandro. “Acá hay una posible estrategia para articular la conservación con la producción. Es una estrategia que, además, promete no ser inaccesible para el productor”, redondea Alejandro.
La verdad, con esta evidencia bajo el brazo, vale la pena intentarlo. Gracias, gracias, gracias.
Artículo: Livestock exclusion boosts regeneration and ecosystem complexity in an endangered palm savanna
Publicación: Ecological Processes (julio de 2026)
Autores: Alejandro Brazeiro, Federico Haretche, Alexandra Cravino, Pablo Fernández y Katherine Bombi.
¿Pasará esto también en los palmares de Rocha?
Obviamente, la ciencia requiere evidencia y habría que replicar este experimento en los palmares de Rocha, que también están conformados con ejemplares añosos, sin recambio generacional, en este caso, de la especie de palmera Butia odorata. Pero uno podría pensar que esta solución para las palmares del litoral y sus yatay también aplicaría para los palmares rochenses de la butiá. ¿O no?
“Montes del Plata compró recientemente un campo a otra empresa forestal, en la zona este, que tiene palmares de Butia odorata. Siguiendo la lógica de este trabajo, el año pasado se instalaron allí exclusiones de ganado”, cuenta Alejandro. “Una de las cosas que observamos fue muy rara. La empresa forestal anterior no sacó las palmeras, porque no se puede, pero tenía forestación a unos cinco metros de un conjunto de palmeras. Vimos que en la línea donde se habían plantado los eucaliptus, había juveniles de palmeras. Algo pasó ahí, tal vez el subsolado o algo así, que hacía que ahí hubiera palmeritas, cuando en otros lados del predio no se encontraban”, dice Alejandro.
El subsolado, nos explica, es como un arado, pero en lugar de hacer un surco continuo, un pincho perfora el suelo, lo deja blando y allí en ese hueco luego se planta el árbol. “Estamos probando si eso es algo que facilita la germinación de la butiá o tal vez la remoción de las gramíneas que le compiten”, adelanta Alejandro. “Por tanto, decidimos hacer otro experimento. En 5 hectáreas en las que se excluyó el ganado, se iniciaron en marzo experimentos con suelos subsolados y sin subsolar, con y sin herbicida, para ver si había un efecto en la germinación”, cuenta.
Además, en el este están replicando el experimento de exclusión de ganado. Así que en algunos años sabremos si con las palmeras del este habría o no una posible salvación de la extinción con una exclusión temporal del ganado. ¿Cuál es la hipótesis del grupo? “Por lo que siempre hemos leído, odorata tiene más complicaciones con la germinación que yatay, como que tiene alguna dificultad extra”, dice Alejandro poniendo un manto de duda. Incluso ahora, leyendo una tesis en cuyo tribunal participó, encontraron que los frutos de las palmeras odorata están muy parasitados por unos insectos.
“Se trata de unos coleópteros que se meten en el fruto y dejan sus huevos allí. Cuando emergen las larvas, se comen por dentro la semilla. En esa investigación encontraron que una gran mayoría de las semillas de odorata marchan porque se las comen estos coleópteros. Entonces, en los palmares del este, puede que sea más complicado aún y que al ganado se sume el efecto de este coleóptero. En la yatay, a pesar de que haya ganado, igual las semillas germinan y uno se encuentra con plantulitas. Mientras que con las yatay el tema es que después esas palmeras juveniles no pasan a la adolescencia, en odorata ni siquiera encontrás las plántulas. Algo pasa que ni siquiera germinan bien, así que puede ser más complicado.
Las Butia odorata entonces sí podrían tener un doble cuello de botella: el del reclutamiento de juveniles y el de los juveniles que no llegan a la adultez reproductiva. Eso podría complicar el trasladar fácilmente este manejo a los palmares del este. “Sí, capaz que hay que buscarle otra vuelta, como aplicar algún insecticida específico antes en esos lugares para darles la chance a las semillas de que germinen. Después se tendrán que enfrentar a la herbivoría, pero hay que pasar este primer cuello de botella”, lanza Alejandro.
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