En lo alto del volcán Llullaillaco, a 6.739 metros de altura en la cordillera de Los Andes, la vida parece imposible. No hay nada más que nieve y piedras, el embate continuo del viento y un frío por debajo de los 20 grados Celsius bajo cero. Sin embargo, algo se agita allí.
No hablamos de seres humanos, aunque sabemos que los humanos han subido a la cima desde hace al menos medio milenio gracias a un hallazgo macabro hecho a fines del siglo XX. En 1999, un equipo de arqueólogos halló en lo alto del volcán los cuerpos excepcionalmente bien conservados de tres niños sacrificados por los incas, en la ceremonia ritual llamada Capacocha.
Catorce años después de ese descubrimiento, en 2013, dos montañistas aficionados se encontraron de camino a la cima de volcán con una escena distinta pero igualmente sorprendente. A los 6.205 metros de altura, uno de ellos, el médico Matthew Farson, notó un movimiento sobre la nieve. Por suerte, se acercó y logró filmar la escena. Quien se movía resultó ser un ratón, que correteaba en el medio de aquella nada helada.
Video 2013
Para los dos excursionistas, que contaban con mucha experiencia en recorrer montañas, aquello era imposible. Llevaban sin ver criatura alguna desde que superaron los 5.000 metros de altura, y pensar en un animal de sangre caliente y metabolismo rápido viviendo allí, con vientos gélidos y menos de la mitad del oxígeno disponible a nivel del mar, desafiaba todo lo conocido sobre los límites de tolerancia ambiental de las especies.
Hasta ahora, el mayor récord de altura para un mamífero residente se atribuía a la pica de orejas largas (Ochotona macrotis), un pequeño lagomorfo supuestamente hallado a una elevación de 6.130 metros en el monte Everest hace un siglo, pero que en realidad no ha sido registrado con evidencias sólidas por arriba de los 5.182 metros.
Los dos montañistas hicieron otra cosa bien, además de filmar el video: difundirlo. Se lo enviaron al biólogo y montañista aficionado Jay Storz, de la Universidad de Lincoln-Nebraska (Estados Unidos), que es experto en fisiología y ha estudiado específicamente la adaptación a la altura en mamíferos.
Para investigar a fondo este asunto intrigante, Storz pensó enseguida en un experto en micromamíferos al que conoce desde sus tiempos de doctorado: el biólogo uruguayo Guillermo D’Elía, que trabaja desde hace ya más de 15 años en la Universidad Austral de Valdivia (Chile).
Junto con el -en aquel entonces- estudiante de doctorado venezolano Marcial Quiroga y algunos otros colegas, Guillermo se embarcó en una serie de excursiones e investigaciones fascinantes, dignas de naturalistas de otras épocas, para resolver el misterio del ratón de Llullaillaco. El más reciente de sus trabajos, publicado en la prestigiosa revista Science, ayuda a entender cómo ha hecho este ratón para romper más de un récord y lograr lo que ningún otro mamífero o vertebrado ha sido capaz hasta ahora. Pero la historia que nos lleva desde su descubrimiento en lo alto de Los Andes hasta el porqué de su resistencia allí guarda aún algún misterio.
Guillermo D'Elía muestreando en el altiplano.
Foto: Guillermo D'Elía
Viven
Guillermo D’Elía está familiarizado con el estudio de especies muy diversas. Tanto en su pasaje por la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República como en su posterior vida académica en Chile, participó en la descripción o análisis de roedores, marsupiales, monos, ciervos, arañas, lagartijas y hasta camarones de agua dulce. Con lo que no está muy familiarizado, sin embargo, es con el montañismo, algo clave para el proyecto que Storz y él gestaron a partir de aquel congreso. Porque estudiar la presencia del ratoncito requirió escalar ese y otros volcanes de la región.
“Tenía unos fondos de un proyecto mío, Jay tenía algunos de él, y postulamos para otros. Así logramos hacer ese viaje al volcán Llullaillaco, que implicaba subir a casi 7.000 metros de altura”, cuenta Guillermo desde Chile. Jay Storz tiene bastante experiencia en escalar montañas, pero aun así fue necesario algo de asistencia especializada para el equipo, como un guía-chofer chileno y sobre todo el andinista boliviano Mario Pérez, que terminó teniendo un papel fundamental en la aventura.
El primer objetivo de aquella excursión de 2020 a la cima de Llullaillaco era corroborar que efectivamente hubiera un ratón viviendo en forma estable a esa altura, pero el proyecto general era más ambicioso. Los investigadores llevaban un gran número de trampas con el objetivo de capturar roedores a distintas alturas y chequear su identidad, entre otros exámenes.
Por lo que habían podido observar en la filmación, el protagonista del video parecía ser un ratón del género Phyllotis, lo que presentaba posibilidades interesantes. Hay especies de este género que se hallan también a nivel de mar, y si este ratón era una de ellas, podría convertirse también en el animal con mayor rango de altitud en el mundo. ¿Era posible que estuviera adaptado a vivir en el llano y también a casi 7.000 metros de altura, el sueño de cualquier selección de fútbol que se enfrente a Bolivia en el Alto de La Paz?
No se sabe gran cosa de los roedores de este género, que son muy parecidos entre sí, salvo del ratoncito orejudo de Darwin (Phyllotis darwini), algo de lo que curiosamente hay que agradecer a otro uruguayo radicado en Chile (y conocido de esta sección): Mauricio Lima. Aunque Lima se ha dedicado más a los humanos que a los roedores en los últimos años, como ha mostrado en sus libros de divulgación, para su doctorado hizo contribuciones importantes para entender la distribución de esta especie y su interacción con otros animales. Pero, volviendo al ratoncito que nos ocupa, ¿qué lograron descubrir Guillermo, Jay y Marcial en su excursión al Llullaillaco?
Creo que he visto un lindo ratoncito
Durante su ascenso al volcán, los tres investigadores lograron capturar a distintas alturas ejemplares de cuatro especies de roedores (entre ellas dos del género Phyllotis, como la supuesta protagonista del video). Aunque esto fue de por sí relevante, porque no habían sido registradas antes a niveles tan elevados, sabían que lo más desafiante de su exploración estaría cerca de la cima. Físicamente también.
Cerca de los 5.000 metros de altura, Guillermo y Marcial debieron hacer campamento y dejar que los más experimentados Jay y Mario siguieran camino a la cima. La suya era una misión complicada: debían tratar de encontrar al ratón montañista sin llevar trampas, que implican un peso imposible de cargar a esa altura. Y el milagro no solo ocurrió, sino que quedó registrado en cámara.
Tras llegar a los 6.739 metros de altura en la cima, Mario distinguió un movimiento debajo de unas rocas y le avisó a Jay que había visto un ratón. Y el biólogo estadounidense, de mano rápida, levantó la roca debajo de la que se escondía y pudo capturarlo.
Video 2020
“Cuando volvieron y me contaron de la captura pensé que me estaban embromando, porque abundantes a esa altura los ratones no son”, recuerda Guillermo.
De esta manera, los investigadores lograron certificar la identidad de aquel intrépido habitante de las alturas. Resultó ser el ratón orejudo amarillento (Phyllotis vaccarum), que efectivamente vive también a nivel del mar. Así que, de ese modo, la expedición aportó pruebas para que este pequeño ratón ostente hoy dos récords mundiales: el del mamífero que vive a mayor altura del planeta y el de distribución altitudinal más amplia. Pero descubrirían mucho más con nuevas investigaciones.
“Nuestra captura sugiere que quizás hemos subestimado de manera general los límites altitudinales y las tolerancias fisiológicas de los pequeños mamíferos, simplemente porque las altas cumbres del mundo permanecen relativamente inexploradas por los biólogos”, señalan los investigadores en el primer trabajo que publicaron ese 2020 tras su aventura.
Su descubrimiento planteaba varias preguntas. Por ejemplo, los ratones que viven a esta altura, donde hay 44% del oxígeno disponible a nivel del mar, ¿cuentan con adaptaciones genéticas para hacer frente a la hipoxia? ¿O lo que más influye en su resistencia es que son capaces de aclimatarse a la altura (como los jugadores que suben a jugar a La Paz, siguiendo el ejemplo futbolero)? Dado que estos ratones habitan en zonas 2.000 metros más altas que el límite superior conocido de las plantas de la región, ¿qué comen?
“Estas preguntas pueden responderse mediante futuras expediciones que, en la tradición humboldtiana, combinen la exploración de alta montaña con el descubrimiento científico”, concluían en su trabajo. Ellos mismos protagonizaron esas nuevas expediciones al estilo del naturalista alemán Alexander von Humboldt, y vaya si lograron dar respuesta a varias de estas preguntas.
Marche otro récord para el orejudo
Tras volver de su exitosa aventura, una de las primeras cosas que se propusieron Guillermo, Marcial y Jay fue comprobar la existencia de poblaciones estables de esta especie a grandes alturas. En otras palabras, querían corroborar que los ratoncitos avistados o hallados hasta ese momento no fueran los Edmund Hillary de los roedores, unos aventureros intrépidos pero casuales. Y lo consiguieron con una serie de nuevas excursiones al Llullaillaco y las cimas de otros volcanes cercanos.
Lograron su objetivo al recolectar muchas evidencias nuevas a gran altura, como restos momificados de estos ratoncitos, reportes y fotografías de otros expedicionarios. Además, hicieron un análisis de la comunidad bacteriana hallada en los suelos muestreados donde aparecieron los ratones que sugiere “la presencia de una población de vertebrados residente en el Llullaillaco”.
Restos momificados de estos ratoncitos ya habían sido hallados a grandes alturas cerca de los sitios ceremoniales incaicos de la zona. Hasta ahora los arqueólogos suponían que los incas los llevaban con ellos, junto con otros animales y también objetos, para sus rituales en la montaña. “Sin pretenderlo, porque no era nuestro propósito, pusimos a prueba esta hipótesis arqueológica y vimos que no necesariamente tenían que ser llevados, porque los ratones viven allí”, aclara Guillermo.
De hecho, en sus expediciones a los volcanes Salín, Pular y Copiapó, todos a más de 6.000 metros de altura, hallaron 13 restos momificados de ratones de esta especie, pero cuando analizaron su edad, descubrieron que eran más recientes que los ritos hechos por los incas y por lo tanto no podrían haber sido llevados allí por ellos.
Descubrieron también otras cosas. Cuando Guillermo y sus colegas aseguraron que el ratoncito orejudo amarillento era el mamífero que vive a mayor altura registrado hasta ahora en el mundo, lo subestimaron un poco. En otro de sus trabajos, realizaron una concienzuda revisión de los registros de otros vertebrados que viven a gran altitud y llegaron a la conclusión de que el récord de esta especie es más impresionante de lo que pensaban.
“Sostenemos que Phyllotis vaccarum posee actualmente el récord de la población establecida a mayor altitud no solo entre los mamíferos, sino entre todos los vertebrados. Supera con creces el récord de los reptiles, establecido recientemente en los 5.400 metros en el volcán Chachani, en el sur de Perú, para el lagarto iguánido Liolaemus tacnae. También supera el récord anterior para vertebrados, que consistía en una observación aislada de una pareja de aves, las chovas alpinas (Pyrrhocorax graculus), anidando a 6.550 metros en las faldas del Monte Everest en 1924”, apunta un trabajo que publicaron en 2022.
Luego, enfilaron las baterías hacia otro de los misterios que rodean este ratón: ¿qué puede estar comiendo a 6.739 metros de altura, donde no parece haber absolutamente nada?
Jay Storz y Marcial Quiroga con ratón andino capturado.
Foto: Guillermo D'Elía
Ajo y agua
Para responder esa pregunta, hicieron un análisis genético del contenido estomacal del ratoncito hallado en la cima del volcán Llullaillaco y también un estudio isotópico de otros ejemplares de esta especie capturados a distintas elevaciones (los isótopos estables, presentes en los tejidos de los animales, permiten deducir su dieta a largo plazo).
Los datos isotópicos revelaron que, a menor elevación, estos ratoncitos son omnívoros, y que cerca del límite aparente de la vegetación (5.100 metros), incluso aumentan el consumo de presas animales, como insectos. Pero con respecto al ejemplar atrapado en la cima del volcán, allí se abrió un misterio.
El análisis mostró que su dieta era puramente herbívora y que incluía algunos líquenes, pero con una vuelta de tuerca inesperada y desconcertante. El contenido intestinal incluía ADN de varias familias de plantas nativas que no se encuentran –que se sepa– por encima de los 5.000 metros de altitud. Además, el estudio mostró que había consumido hojas de coca y ajo, que crecen a menos de 2.000 metros de elevación y a mucha distancia de allí.
“Esos resultados nos hicieron pensar que le habíamos errado en algo, porque nos parecía imposible. Pero luego nos dimos cuenta de que muchos de los andinistas mastican ajo y coca para el mal de altura y la escupen. Estos bichos son oportunistas, así que es posible que el ejemplar que analizamos hubiera consumido eso mismo”, explica Guillermo.
De todos modos, que consuman plantas que no se han visto a esas alturas amerita más investigación. ¿El viento arrastra restos de esas plantas hasta la cima? ¿Crecen más arriba de lo que se creía? “En el ascenso no vimos nada de vegetación, pero al subir no andábamos buscando plantas, sino pensando en respirar y ver cómo hacer para dar el próximo paso. Sin dudas es un misterio a resolver, una pieza del puzle que falta”, agrega Guillermo.
Pero quedaban otros por responder. El más importante, quizá, era entender cómo este pequeño mamífero logra sobrevivir con tan poco oxígeno y temperaturas constantes bajo cero. Para un animal de sangre caliente, el estrés que provocan estas condiciones es un desafío enorme. Por ejemplo, las mitocondrias responsables de generar el calor interno –las “centrales eléctricas” de las células– necesitan consumir oxígeno, que es justamente lo que escasea a esa altura. Ese enigma es el que se responde el más reciente de los trabajos de los investigadores.
Una aventura de altura
Para averiguarlo, no hubo más remedio que volver a salir al frío y las alturas para conseguir candidatos que participaran en una serie de experimentos. Los candidatos, naturalmente, fueron ratoncitos de esta especie capturados a distintas elevaciones, desde el nivel del mar a las grandes alturas de Los Andes.
Primero realizaron un análisis genético de todos los ejemplares, que arrojó un dato interesante: pese a vivir en ambientes muy distintos, todos pertenecen a la misma especie y tienen poca diferenciación genética entre sí. “Esperábamos que hubiera más diferencias a escala geográfica”, dice Guillermo. Eso no significa que los ratoncitos de las alturas sean iguales a los del llano. Su investigación demostró justamente que no es así. Los que viven cerca de la cima de los volcanes tienen realmente algo especial.
El experimento que hicieron consistió en someter a los ratoncitos de diferentes alturas a condiciones simuladas de alta montaña (incluso de más altura que la cima del Llullaillaco) y comprobar cuál era su respuesta física ante el frío y la falta de oxígeno.
“Si la respuesta pudiese ser plástica, esperarías que los animales de tierras bajas o tierras medias de alguna forma se ajustaran y tuvieran una performance correcta con el tiempo, pero ese no fue el caso. Solo los que vivían en altura brindaron una buena respuesta, que nosotros mostramos con una serie de rasgos fisiológicos, como su capacidad aeróbica o la actividad enzimática de los músculos”, responde Guillermo. Dicho de otro modo, los ratoncitos alpinistas tenían una mayor capacidad respiratoria mitocondrial, entre otras características, que les permitía usar el oxígeno en forma más eficiente que los demás.
¿Por qué los ratones del llano o de alturas medianas no pudieron mejorar sus resultados con el tiempo? Porque carecen de los alelos (variantes de los genes) que les permiten adaptarse a esas condiciones extremas. Ese fue justamente el otro elemento de esta investigación. Al estudiar el genoma de los ejemplares de distintas alturas descubrieron que, si bien la base era muy similar, se diferenciaban mucho en unos pocos genes candidatos a explicar esos rasgos fisiológicos tan notables. “El cuento cerró perfecto”, dice Guillermo. Descubrieron en estos ratones “alpinistas” mecanismos de adaptación al estrés por frío y falta de oxígeno, facilitados por una serie de alelos propios.
A esas alturas, en un ambiente árido e inhóspito para casi cualquier organismo, la selección natural actúa con muchísima fuerza. La prueba es que las variantes de esos genes se mantienen en los ratones que viven a gran altura, pese a que se cruzan con los de altitudes más bajas, como mostró el estudio de Guillermo, Jay y sus colegas.
Además, el trabajo arrojó otro resultado trascendente. Encontraron también genes asociados a la eliminación de toxinas vegetales en la alimentación, tanto en los que viven a gran altura como en el llano. Allí se encuentra quizá también parte de la explicación para que puedan resistir en ambientes extremos con poca oferta alimenticia.
En resumen, este mamífero asombroso tiene bien ganado su lugar en el Libro Guinness de los Récords. Es el vertebrado que vive a mayor altitud y el que tiene el mayor rango altitudinal en el mundo, gracias a una serie de adaptaciones que le permiten habitar ambientes que considerábamos imposibles para cualquier mamífero e incluso vertebrado.
Sabemos todo esto porque dos alpinistas tuvieron el buen tino de filmar algo que le resultó extraño, hace ya más de diez años, y porque un científico uruguayo, otro estadounidense y otro venezolano, junto con colegas de Chile, Canadá y Estados Unidos, combinaron su espíritu aventurero con la pasión por la investigación para resolver algunos de los misterios que presentaba aquella filmación.
Van en camino a hacer lo mismo con otros animales, porque en sus expediciones han logrado reportar también alturas mayores de las registradas hasta ahora para otras especies.
Lo de emular al gran naturalista Humboldt, como señalan en uno de sus trabajos, tiene sentido. Lo consiguieron al adentrarse en una frontera relativamente inexplorada aún, como es la alta montaña, aunque a menudo allá arriba pensaban “en caminar y no morirse”, más que en parecerse a Humboldt, como bromea Guillermo.
“A mí la parte ‘humboldtiana’ que me emociona, independientemente del lugar geográfico, es encontrar algo que no sabés exactamente qué es y tener la secreta esperanza de que sea algo nuevo. Ahí sí sentís un poco la aventura del descubrimiento, porque es como correr un poco el velo a algo de la biodiversidad que no se conocía”, cuenta.
En este caso, el lugar geográfico sí que hizo lo suyo. Haberse topado con el misterio de un animal en un sitio sagrado para los incas, escenario de uno de los descubrimientos arqueológicos más impactantes de los últimos tiempos en Sudamérica, acentuó la sensación de maravilla. “Te sentís raro y también muy desprotegido, porque estás realmente en el medio de la naturaleza, en un sitio muy abierto y lejos de todo. No soy místico, pero ahí entendés por qué los pueblos originarios consideraban especiales a esos lugares, porque allí realmente la naturaleza es avasallante”, concluye. Pero, tal cual muestra la historia del ratoncito orejudo amarillento, hasta los más pequeños pueden hacerse su lugar en los sitios más desolados y enormes del mundo.
Artículo: Adaptation across an extreme elevational gradient in Andean leaf-eared mice, the world’s highest-dwelling mammal
Publicación: Science (julio de 2026)
Autores: Schuyler Liphardt, Naim Bautista, Marcial Quiroga, Nathanael Herrera, L. Moritz, Juan Opazo, Federico Hoffmann, Ranim Saleem, Derek Somo, Francisco del Basto, Timothy Thurman, Timothy Wheeler, Daniel Shaw, Hunter Walt, Till Harter, Grant McClelland, Graham Scott, Pablo Sabat, Zachary Cheviron, Guillermo D’Elía, Jeffrey Good, y Jay Storz.
Artículo: Discovery of the world’s highest-dwelling mammal
Publicación: PNAS (julio de 2020)
Autores: Jay Storz, Marcial Quiroga, Juan Opazo, Thomas Bowen, Matthew Farson, Scott Steppan y Guillermo D’Elía.
