El cinturón de fotos que recorre la contratapa del disco debut de Totem presenta a una banda de forajidos dedicados a la música: Enrique Rey, el soñador hippie; Eduardo Useta, el galán de telenovela; Mario Chichito Cabral, el veterano de guerra; Ruben Rada, el cantante comediante; Roberto Galletti, el científico loco; y Daniel Lobito Lagarde, el matemático de apariencia inofensiva, experto en códigos encriptados. “No me inspira nada en especial. Soy yo cuando era joven. No se me ocurre otra cosa”, responde el bajista y contrabajista, fundador del influyente grupo uruguayo, cuando observa la foto de 1971 en su Whatsapp.
La última vez que lo había visto fue en la ceremonia fúnebre de Ruben Rada, en el Palacio Legislativo. Ese día estaba sentado junto a su pareja, Diane Denoir. Cuando le pedí su testimonio, se disculpó: no podía pronunciar palabra. Había llegado temprano y se iba a quedar durante largas horas cerca de su compadre musical. Parecía que de golpe había envejecido. Ahora, el Lobito, como lo conocen sus colegas de ayer y de hoy, tiene la televisión prendida y sigue el partido amistoso entre Uruguay y la selección de India. “Podemos conversar sin problemas”, aclara el músico, requerido una vez por este cronista, esta vez con motivo de los conciertos de Homenaje a Totem, que tendrán lugar este fin de semana en el Auditorio Nacional del Sodre.
“Queremos hacer algo bien organizado. La idea fue de mi hijo Matías. Él está todo el tiempo inventando cosas para mí”, había dicho Ruben Rada en abril de este año. Tras la muerte del ídolo y referente cultural, a fines de agosto, sus hijos Lucila, Matías y Julieta Rada decidieron de todos modos avanzar con el compromiso y hacerse cargo de las voces principales con la garantía y la presencia de Lagarde en el bajo. Con ese objetivo, armaron una banda que se completa con Gustavo Montemurro en teclados, Tato Bolognini en batería, Santiago Coby Acosta en percusión, Federico Dinamita Pereda en guitarra y Sergio Martínez, Noé Núñez y Fernando Lobo Núñez en tambores.
Mientras la selección de Forlán goleaba a su rival de turno, Daniel Lagarde siguió conversando con la diaria.
¿Qué tal los ensayos?
Muy bien. Estamos ensayando a dos cuadras de mi casa, en Bulevar Artigas y Luis de la Torre, en una bruta casa que se está armando como estudio de grabación de alto nivel. Yo estoy disfrutando mucho. Sobre todo porque el grupo tiene una energía bárbara. A veces me siento un poco como en la primera época de Totem, cuando estábamos con Galletti. El de este homenaje, Tato Bolognini, es un excelente músico. La rítmica está saliendo con una polenta tremenda, lo cual hace que se parezca mucho al Totem de los primeros tiempos.
¿Cómo se dio en tu caso la decisión de seguir adelante con los shows luego de la muerte de Rada?
En un principio, incluso se lo había comentado a Diane, yo no me sentía con ganas de hacer los conciertos. La muerte de Rada resultó muy dolorosa. Un par de días antes de que cayera enfermo, estuvimos ensayando. O sea, yo llegué a hacer tres ensayos con él, y habíamos logrado una complicidad como en aquellos tiempos, como la que teníamos, sobre todo, en el principio del Totem.
Además, porque en ese momento nos apoyamos mutuamente para crear ese ambiente tan especial que se había creado. Incluso, en esos ensayos, a veces Ruben decía: “Este tema me queda alto. Cantalo vos, Matías”, y lo mismo hacía con Lucila y Julieta. Y a medida que Matías empezaba a cantar uno de esos temas, se iba metiendo y al final los terminaba cantando todos él. Para que veas cómo venía Ruben de embalado con la cuestión. Y eso a mí me contagiaba de una manera maravillosa. Así que fue muy duro.
Antes del cuarto ensayo me llama Matías para decirme: “Papá no va porque no se siente bien”, y después esa misma noche me llamó para decirme que estaba internado. A partir de ahí fue tremendo. Después de la muerte de Ruben, hubo un momento en que me llamó, creo que Matías, para decirme que la familia había decidido hacer los conciertos porque era el sueño de su padre. Y bueno, yo hablé acá con Diane, y me convencí de que no podía ir en contra de la voluntad del Negro y no participar. Finalmente nos pusimos todos de acuerdo y aquí estamos, ensayando mucho y todo está saliendo muy bien.
Sos el último sobreviviente de la formación original de Totem. En un momento se dijo que el baterista, Santiago Ameijenda, que grabó en el segundo disco, también se iba a sumar a estos shows. ¿Sabés qué pasó?
Rada intentó muchas veces convencerlo, pero él no estaba muy afín. En un momento estuvo con temas de salud. Hace un tiempo un tío mío que suele encontrarse con él me había mandado un mensaje que decía: “Acá estoy con Santiago en un boliche tomando unas copas”. O sea que había vuelto a estar bien, pero es como que no estaba muy a favor de participar. Yo creo que es un tema muy propio de él. Me da la sensación de que está un poco alejado del ambiente musical, aunque me consta que últimamente ha participado en conciertos de Audem.
Lo que pasa es que Totem requiere una energía tremenda a nivel rítmico y, si no estás totalmente en condiciones, incluso físicas y mentales, es muy difícil encarar el repertorio de la banda.
Y la gente va a buscar algo que suene muy cerca de lo que grabaron en sus discos...
En esta banda son todos jóvenes y yo soy el único veterano, pero, por suerte, como me dice mi hijo: “Tenés cuerda para rato”. Yo me banco los ensayos con toda la voluntad y la energía, y si ellos terminan cansados, yo también, pero al mismo nivel. O sea, no me puedo quejar. La verdad es que me siento bien.
¿Quiénes van a cantar los temas?
Van a estar repartidos entre Lucila, Matías y Julieta.
A Lucila y Julieta ya las conocemos como cantantes. A Matías, que es un gran guitarrista, mucho menos. De músico a músico, ¿cómo lo ves?
Bárbaro. Yo me llevo muy bien con Matías. Dirige los ensayos y, a la hora de ver cómo vamos a tocar los temas, lo hace de forma estupenda. Cuando canta los temas de Ruben, incluso hasta se parece un poco a la voz de su padre. Lo hace fenómeno, por así decirlo.
Y tiene un perfil bajo.
Él prefiere no hacer notas porque es muy tímido y no le gusta, y así lo reconoce. Han hablado Lucila y Julieta, y si yo también estoy hablando, es porque Matías me lo sugirió. Un día vinieron algunos periodistas al ensayo y uno le dijo: “Ahora más que nunca vas a tener que sacarte ese pánico porque vas a ser vos el que va a estar”, pero no hubo manera de convencerlo, y hablé yo.
Rada iba a tu casa mucho antes de que se encontraran en Totem.
Claro. Hay que ver que yo pertenecí a una generación bisagra. Desde muy chiquilín empecé a hacer música con tipos que eran en promedio diez años mayores que yo. Esto arranca con mi padre, Dante Lagarde, que era contrabajista y ya lo conocía a Rada, y con mi hermano mayor, Antonio Lobo Lagarde, con el que formaron El Kinto.
Entonces, Ruben me conocía como el hermano del Lobo y de ahí me quedó de apodo Lobito. Rada llegaba por casa, como venía Diane, por ejemplo, cuando ella tocaba con Roberto Galletti, mi hermano Antonio y Eduardo Mateo.
Ahora son todos leyendas de la música uruguaya. ¿Cómo los veías en ese momento?
Yo qué sé, yo era un gurí. Ni siquiera sabía que iba a ser músico yo también, pero viste cómo son esas cosas: tenía a mi padre músico, tíos músicos y hermano mayor músico. Es como el zapatero y su hijo que sigue el mismo oficio.
Foto: Difusión
Pero viste que a veces los hijos no quieren saber nada con la profesión de su padre y disparan para otro lado. Vos te enganchaste con la música.
Bueno, mi hermano del segundo matrimonio de mi padre, Álvaro, que ya falleció, se hizo músico por la fuerza, porque mi viejo se imponía, pero no tenía condiciones, y la verdad es que el pobre sufrió mucho esa situación. Con Antonio y conmigo tuvo suerte mi viejo, porque le salimos músicos los dos, sin drama.
¿Cuáles fueron las primeras músicas que te engancharon?
Se escuchaba mucha música en esa época. João Gilberto me había impactado especialmente. Mi hermano Antonio había comprado Chega de saudade en el Palacio de la Música y me acuerdo como si fuera hoy a Mateo en casa diciendo: “Lobo, dame ese disco, me lo llevo”. Después mi hermano se lo reclamaba: “¡Loco, devolvémelo!”. Y Mateo le decía: “No te lo devuelvo”, y se murió con ese disco.
En casa se escuchaba de todo: Miles Davis, John Coltrane, Sonia Cruz con La Sonora Matancera o el quinteto mexicano de salsa Lobo y Melón, que les encantaba a los músicos porque era muy moderno para los años 50. Hacían unos arreglos de voces tremendos. O sea, todo aquello que era de buen gusto, sin importar el origen, era aceptado por los músicos profesionales de la época.
La historia oficial cuenta que Eduardo Useta le va a preguntar a tu padre por vos con la idea de armar esa banda que luego se llamó Totem.
Eso lo leí varias veces, sí. Yo tengo idea de que mi viejo le habló bien de mí. Yo lo veía solo los sábados porque mis padres se habían separado cuando yo era chico. En 1970 estaba laburando en Canal 10 todos los días, salvo los sábados. Ruben y Useta fueron al canal a mediados de año a decirme que estaban formando un grupo y que si me interesaba sumarme, a lo cual les dije que sí, por supuesto.
En ese momento yo tenía 16 años; cumplo el 28 de noviembre. O sea, recién cumplí 17 en noviembre de 1970. Y bueno, la apuesta que había era la de hacer algo distinto y de que todos los músicos tocaran bien.
En esa apuesta musical, ¿había algún sonido o banda de referencia?
Te quiero señalar algo. Antes de empezar con Totem yo ya estaba tocando con El Primer Frente, un grupo que habíamos formado con Alfredo Vita y los otros músicos de El Kinto, menos Mateo, y que tenía una impronta militante por sobre todas las cosas. La prueba está que íbamos a tocar a lugares sin cobrar, en el momento en que se estaba fundando el Frente Amplio.
Alfredo me dijo que él se pasaba a la guitarra y que yo iba a tocar el bajo. O sea, yo ya estaba coqueteando con el candombe beat no solo por escuchar a mi hermano, Diane Denoir y Rada, sino también con esta banda, que duró muy poco y no llegó a grabar nada, pero me dejó una muy buena experiencia. Alfredo me había pasado todos los bajos que él hacía con El Kinto. Sonaba precioso ese grupo.
¿Totem buscaba hacer algo más rockero o de música más acelerada?
Totem fue el típico grupo de músicos acostumbrados a tocar de todo en hoteles, confiterías, boites y en cualquier lugar. Como profesionales que éramos nos animábamos a todos los estilos y para tener laburo había que arrimar lo mejor que tenías cada vez que te llamaban para una actuación.
Y de esa amalgama de estilos sale el sonido de Totem...
Exacto. Creado por músicos muy curtidos en el jazz como base, en la música brasileña que estaba de moda y en cierta música latina, que también se escuchaba alrededor. En ese momento, escuchábamos música afrocubana, por ejemplo. Federico García Vigil había vuelto de Cuba con discos de la Orquesta Aragón y me acuerdo de que los músicos que andábamos en la vuelta de la noche tocábamos algunas guajiras.
Estábamos curtidos en todo. Además, teníamos que acompañar a muchos cantantes. Yo a los 15 años empecé a tocar en la orquesta de Panchito Nolé, y hacíamos los festivales de la canción en Piriápolis o acompañábamos los espectáculos de la revista del Maipo que venían al teatro Stella, para que veas el abanico de estilos que manejábamos.
Vos llevás a Enrique Rey a Totem.
Claro. Con el gordo Rey tocábamos juntos en una boite que se llamaba El Patio, en la calle Ituzaingó. En un momento a Useta se le había ocurrido probar un teclado y al final esa idea quedó descartada. Entonces pensamos en incorporar otra guitarra y ahí me acordé de Rey. Le dije a Useta: “Hay un chico que labura conmigo y me cae fenómeno. Tiene buen gusto tocando y una base rockera”, pero como tocaba en la noche, sabía un poco de todo. O sea, que ese sonido rockero se lo metió el gordo Rey. Tenía una buena viola, además. Usaba una Fender Stratocaster, que en aquella época era muy rara de ver por acá. Vos pensá que yo ni siquiera tenía un bajo eléctrico: tocaba solo el contrabajo. Fue Useta que me prestó el bajo con el que grabé el primer disco de Totem.
¿Dónde ensayaba Totem?
En el local del Hot Club, en la calle Guayabos y Jackson, en Orfeo Negro, una boite en Carrasco y después en nuestras casas. A Rada lo tenía todos los días en casa. Caía con temas nuevos y yo los armonizaba, y algunos los componíamos juntos.
De los dos discos que grabaste con Totem, ¿con cuál te quedás?
El primero, pero ojo, vamos a poner las cosas como son: porque estaba Galletti y nosotros dos éramos muy compinches. Mejor dicho, teníamos un trío de compinches: Ruben, Galletti y yo. Estábamos prácticamente todos los días juntos. Galletti vivía en La Teja y yo en la Ciudad Vieja, pero compartíamos ambas casas, porque Rada andaba de aquí para allá en esa época. Éramos muy unidos los tres. Y el hecho de que se fuera Galletti del grupo me golpeó bastante.
En el segundo disco, Descarga, lo que sí es interesante para mí es que la mayoría de los arreglos son míos. Entonces, más allá de la amistad, también rescato esa faceta.
La última vez que tocaste en un escenario con Ruben fue en un concierto de The Rada’s Old Boys y se notaba que todo el grupo había entrado en una sintonía especial.
Él disfrutó mucho de esa experiencia. De hecho, la idea de que nosotros grabáramos dos discos con el grupo se le ocurrió a él. “Ustedes están universalizando mi música”, nos decía.
Después de medio siglo, Totem sigue llamando la atención. ¿Qué reflexión te despierta?
Es muy loco, porque incluso gente muy joven está interesada en la música del grupo. Yo le digo en joda a los muchachos de la banda con los que estamos ensayando “Parecemos Los Beatles”, pasan los años y el grupo sigue vigente.
Homenaje a Totem. Sábado y domingo a las 21.00 en la sala Eduardo Fabini del Auditorio Nacional del Sodre (Florida esquina Mercedes). Entradas restantes a $ 3.400 (platea alta) y $ 4.500 (platea baja) en Tickantel.