El director Roger Gual ha construido un estilo muy personal dentro del thriller dramático contemporáneo español, destacándose por su capacidad para manejar la tensión psicológica, los secretos familiares y los entornos asfixiantes. Con la exitosa miniserie El desorden que dejas (2020), Gual supo retratar una tensa atmósfera rural y trasladar la opresión y el aislamiento de un pueblo de Galicia a una historia en la que las apariencias engañan y el pasado de una profesora fallecida parece volver. Su más reciente largometraje, Los creyentes, consolida una evolución natural y lógica de los temas que ya había abordado en televisión y, al igual que en su etapa anterior, el director vuelve a manejar con éxito y fluidez relatos en los que los personajes chocan con realidades aterradoras tapadas bajo el manto de una aparente normalidad.
En Los creyentes, el suspenso se traslada al espacio más conocido e íntimo: el hogar. La historia sigue a Ruth (Stéphanie Magnin) en su reencuentro con su padre, Martín (Jose Coronado), un guardia civil retirado, con mucho tiempo mental libre y obsesionado con teorías conspirativas varias, sin fundamentos claros. Ruth es una treintañera que vuelve a casa, en un pueblo del norte español, después de dos años en Berlín, para el entierro de su madre, quien murió abruptamente por una caída en la bañera. Nada indica que no haya sido un accidente doméstico, pero las formas extrañas, controladoras y erráticas de su padre hacen que ella empiece a sospechar de su responsabilidad en esta muerte.
Martín se ha convertido en un conspiranoico que no para de hablar de cómo una farmacéutica llamada Certyx está relacionada con la desaparición de Alejandro, un niño del pueblo. Ruth tiene muchas razones para sospechar: el comportamiento extrañamente inquietante de su padre empeora y se encierra en un altillo tratando de descubrir riesgos de todo tipo. Pero, ¿asesinó a su esposa? ¿Son válidas sus teorías sobre el secuestro y experimentación con niños por parte de Certyx? ¿Ambas? ¿Ninguna?
Todos parecen desconocerse entre sí, todos desconfían de todos. La paranoia se disfraza de sobreinformación y sospechas infundadas, alimentando un fanatismo irracional acerca de un control superior que todo lo maneja. En ese escenario, la violencia ocurre puertas adentro, marcada por la culpa, el dolor y la pérdida. El núcleo de la historia se sostiene sobre una profunda grieta en la relación entre un padre y su hija, dando forma a una trama de suspenso sólida y bien relatada.
El único tropiezo de la película es su mirada algo blanda frente a las teorías conspirativas: Martín funciona como un enorme cliché que se aferra de las conspiraciones más insoportables y previsibles posibles, que no le envidian nada al terraplanismo, a la idea de envenenamientos masivos deliberados o a los antivacunas. Gual desaprovecha la oportunidad de mostrar cómo este tipo de relatos cerrados y autojustificativos devoran a personas comunes y corrientes, empujadas por una mezcla compleja de factores que el guion por momentos prefiere ignorar. Hay un esfuerzo por explicar la paranoia antisistema como el resultado de una causa demasiado puntual, y esa simplificación termina eximiendo a la gente de su propia responsabilidad con demasiada facilidad.
Los creyentes es un buen thriller con sello español que, a diferencia de la tendencia actual de agregar interminables giros de guion, se desencadena con sutileza, buen manejo de la tensión y calma. Más allá del misterio, bien planteado, funciona como una radiografía urgente sobre la era de la desinformación y las teorías conspirativas y su efecto en los vínculos. Ese trasfondo termina siendo lo más valioso de una película que equilibra, acertadamente, el drama íntimo familiar y el pulso del suspenso psicológico.
Los creyentes. 106 minutos. En Netflix.
