la diaria Música

Jorge Rodríguez Grández durante el show de Los Mirlos en Montevideo.

Foto: Nadia Iula

Lo viejo alucina: crónica del show de Los Mirlos en Montevideo

La banda peruana de cumbia psicodélica volvió a Uruguay en el pico de su popularidad mundial.

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Cuando promediaba la Marcha por la Diversidad por Avenida del Libertador, a pocos kilómetros, en La Blanqueada, la noche del viernes 25 de setiembre ofrecía otro evento de comunión en el reducido pero amigable espacio del boliche Montevideo Music Box. En una nueva edición del festival Infierno Verde, la banda uruguaya de mujeres y disidencias Mamá Chola abrió el espectáculo y los DJ El Psicodélico, Sonido Superchango y Lady Salsa pincharon vinilos de 45 revoluciones conservados en papeles marchitos de colores fuertes. Con la puntualidad de los muy profesionales o de los que aprovechan el poco tiempo que les queda, Los Mirlos subieron al escenario a las 21.30, con la sala llena.

La histórica banda de cumbia psicodélica nacida en Moyobamba, Perú, volvía así a Uruguay en sus días de mayor popularidad global, luego de su reciente participación en el Tiny Desk, y en el medio de una nueva gira por el continente. Con más de 50 años de trayectoria, una discografía igual de extensa y muchos cambios en su formación, sobre el escenario Los Mirlos juegan a ser los mismos de siempre.

Foto: Nadia Iula

A sus espaldas, una pantalla dispara chispazos de una película dañada. “El sonido que nace con esta agrupación es el sonido original de nuestra querida selva”, dice su histórico líder, Jorge Rodríguez Grández, en un extracto del documental La danza de Los Mirlos (Álvaro Luque, 2022). Otras imágenes superpuestas de ingeniosos y rudimentarios efectos especiales de los 80 devuelven a los músicos en miniatura, vestidos de trajes beige crema y con grandes solapas, tocando encima de un bongó. En la última postal fílmica, antes del comienzo de la música en vivo, la peligrosa calma del río Amazonas envuelve una barcaza que transporta al veterano y reflexivo patriarca de la banda y lo resalta con la estirpe de un prócer.

El show arranca con un popurrí que calienta el ambiente de inmediato. El fondo de las visuales acompaña con un colchón arbolado de la selva peruana. Don Jorge Rodríguez, de gafas gruesas y camisa hawaiana, al igual que el resto de la banda –ya superó los 75 años, aunque no devela su verdadera edad por una promesa que le hizo a su madre–, dice: “Muy contentos de estar aquí en Uruguay, por tercera vez”.

Foto: Nadia Iula

Tocan “Cumbia amazónica” y “La danza del petrolero”, ambas de Los Wembler’s de Iquitos, los verdaderos creadores de la cumbia amazónica, y la combinan con una ráfaga de su superclásico “La danza de Los Mirlos”. Rodríguez Grández arenga y dirige el ritmo de la fiesta, frasea los pocos textos de las piezas instrumentales, intercala noticias del grupo y simpatías modosas y algo castrenses, toca una pandereta y maracas. A su derecha, su hijo Jorge Luis Rodríguez se encarga de una de las guitarras eléctricas, los coros y un teclado sintetizador del que salen sonidos de pájaros, modulaciones y pitcheos de lo más modernos, al estilo Fatboy Slim, que emulan con fidelidad la naturaleza a la que le adjudican su inspiración.

La guitarra líder es del histórico Danny Jhonston; el bajo lo toca Urbano Ramírez; las tumbadoras y los bongoes, Carlos Fernando Rengifo; la batería, Genderson Pinedo, e Yván Marcos Loyola acompaña con el güiro y luego se transforma en cantante. “¡Una bulla para Los Mirlos!”, pide Loyola. Los permanentes gestos de comunión propuestos por el grupo son acompañados por el público con notable entusiasmo: palmas, bailecitos, convocatoria específica “a las solteras” y alusivas a los textos de las canciones.

Casi toda la primera fila la ocupa un grupo de peruanos de distintas edades residentes en Uruguay; el resto es un cúmulo de treintañeros uruguayos más frecuentes de Paullier y Guaná que de El Tropi de la avenida Agraciada, pero totalmente entregados al número internacional.

Foto: Nadia Iula

Los Mirlos 2026 engañan solo por un segundo con la simpleza de un inofensivo combo contratado para un cumpleaños familiar y te llevan por delante como una aplanadora no apta para aquellos dispuestos al reposo. Su número, macerado y perfeccionado durante medio siglo, es irreprochable y disfrutable de principio a fin. Cumple con creces con el objetivo de la banda desde sus primeros días –hacer bailar a la gente–, pero eso no es lo único que sucede mientras la música sigue sonando. El sonido de los insectos que parece emular la guitarra y las imágenes psicodélicas de serpientes y jaguares envuelven la experiencia sonora y entretienen al espectador con una muestra turística de la exótica y densa amazonia peruana, pero hay mucho más a lo que prestar atención.

El abanico musical de Los Mirlos está lejos de reducirse a la promocionada cumbia amazónica. Lo más suyo, en verdad, sobresale en su rescate de la cumbia chicha de sonidos andinos, del mestizaje de músicas del mundo y de la astucia para elaborar una síntesis que brilla en los hallazgos de unas coincidencias hijas de una memoria colectiva y ancestral. En su rockola de “solo éxitos”, como dice el uruguayo El Carnal, también incluyen “Muchachita del Oriente”, de Los Hispanos, y “Ya se ha muerto mi abuelo”, de otro de los máximos referentes de la cumbia peruana, Juaneco y Su Combo. Como los Ramones, siguen de largo tema a tema y logran una fina amalgama que mezcla la tarantela, el surf rock, el carnavalito, el baión, los corridos mexicanos, las polcas rusas y los clásicos del spaghetti wéstern.

Santiago Tavella.

Foto: Nadia Iula

Los trémolos y los reverb de las dos guitarras eléctricas sonando a la vez o en sus respectivos solos son de lo mejor de la noche y evocan, de forma inevitable, tanto la obra de Ennio Morricone como la de Quentin Tarantino; las películas de Elvis, Brian Wilson, los documentales de Jacques-Yves Cousteau y los brillos de Santanta en el festival de Woodstock.

Desde el escenario, a Los Mirlos se los lleva un espiral de negro cobrizo que va a parar a un abismo, hasta que resurgen dibujados en siluetas de colores que aparecen y desaparecen en primeros planos. Los de carne y hueso no se han detenido ni un segundo, y hasta los más veteranos, en cierto momento del repertorio, saltan en un pata como el Chavo del 8.

El momento cúlmine de su paso por el local de Dámaso Antonio Larrañaga tiene perfecto sentido: la memoria emotiva de los uruguayos y los peruanos presentes en el lugar se enciende de inmediato y da muestras de fervor, ni bien la banda hace sonar el clásico tropical “Cariñito”, de Los Hijos de Sol, popularizada en Uruguay por Sonido Cotopaxi y Chocolate. El lugar explota de júbilo y transpiración. Canta Yván Loyola y, de pronto, el ambiente no le envidia nada a una madrugada en El Tropi.

Danny Jhonston, Jorge Rodríguez Grández y Yván Marcos Loyola.

Foto: Nadia Iula

Seteados para matar, el grupo vuelve a acertar en el medio de la frente con “Eres mentirosa”, una canción que el bajista de Los Destellos, Humberto Tito Caycho Alcántara, había compuesto para el grupo del mítico e influyente Enrique Delgado y que, ante su negativa, fue a parar al repertorio oficial de Los Mirlos.

En la lograda celebración, solo desentonó un poco la participación de Santiago Tavella. Algo desafinado o descoordinado, hizo descender la energía del ambiente con su interpretación de “Enamorado tuyo”, de El Cuarteto de Nos. En 2023, el solista había grabado la canción junto con Los Mirlos para su proyecto Otro Tavella, pero, en este caso, la natural impronta irónica del uruguayo no matcheó para nada con la energía de este show en vivo de eufórica y genuina alegría.

Para los más roqueros, tal vez “La fuga del jaguar” haya sido lo más disfrutable del setlist: surf rock y tarantela, casi cuartetazo cordobés instrumental, un pizca de cumbia amazónica aceleradísima y las dos guitarras visiblemente entregadas al disfrute de su metié.

Sobre el final, homenajearon a “El cóndor pasa”, del peruano Daniel Alomía Robles. Ovacionado y triunfante, el grupo se sacó una selfi con su público, levantó las banderas de Perú y Uruguay y siguió su ruta hacia el próximo baile.

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