Cultura Ingresá
Cultura

Sergio Blanco.

Foto: @ShowNote, difusión

Sergio Blanco: “No creo que el arte sea algo que necesariamente nos haga bien”

10 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

La Comedia Nacional estrena El síndrome de Stendhal, un nuevo capítulo en la obra autorreferente del autor uruguayo.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Venga o no a dirigir a Uruguay, la dramaturgia de Sergio Blanco es prácticamente constante en la cartelera montevideana. En palabras de este uruguayo radicado en Francia, “lo que tiene la escritura teatral es que uno puede estar en varios lugares al mismo tiempo”. Lo tiene más que claro, porque superó los 145 estrenos en las salas más remotas. “Muchas incluso ni las veo, pero eso permite que a veces haya simultaneidad de espectáculos, de textos o incluso de mis montajes, que luego están girando”, repasa.

Hay ocasiones que ameritan el desplazamiento, como asistir a la primera vez que un texto suyo –Kassandra, sobre un personaje marginal– se estrenó como ópera en el teatro Colón de Buenos Aires, o cuando llegó a integrar la grilla del Festival de Aviñón en una de sus 37 versiones. Mientras prepara La niña santa, un proyecto que va a dirigir en Barcelona –que comparte título con la película de Lucrecia Martel, pero ataca otro asunto religioso–, Blanco está a punto de dar a conocer El síndrome de Stendhal.

Para su puesta en escena con la Comedia Nacional –un elenco con el que está vinculado de distintas formas desde hace 35 años– está trabajando desde enero. El espectáculo subirá este viernes a la sala Zavala Muniz y las funciones van hasta el 19 de abril.

¿Qué diferencia hay entre ir a ver “una de Blanco” y una obra en la que además seas el director?

A mí me parece que es mucho más rico cuando lo dirigen otras personas, porque están sumando poéticas. Eso me seduce mucho. Me cuesta autodefinir mi poética, pero sin lugar a dudas cuando los espectáculos están montados por mí hay otra marca distintiva; pongo mucho el acento en que estamos siempre en un aquí y ahora, en que el teatro es ese espacio maravilloso en donde nos encontramos para hablar de otros mundos, de otros tiempos, para crear ficciones, pero en un presente que son mis espectáculos.

En estos días, por ejemplo, que estamos haciendo el programa, pongo el nombre de los intérpretes, ni siquiera pongo el nombre de los personajes, porque para mí lo que cuenta es que siempre está allí en escena el actor y la actriz realizando una performance frente a las personas durante una hora y 35 minutos. Eso lleva a que quienes ven mis espectáculos se sientan interpelados todo el tiempo por ese presente. Nunca ignoro a los espectadores; una persona que saca una entrada de teatro, que viene, está haciendo un trayecto. Por lo tanto, hay que darle la bienvenida y trabajar con esa persona. En El síndrome de Stendhal hay más de 30 personas trabajando, si bien hay cinco en escena, y yo considero que los y las espectadoras, cuando llegan, trabajan tanto como nosotros, construyen la partitura escénica junto con nosotros.

Aparte tenés figuritas repetidas, como Gustavo Saffores. ¿Cuántas veces hizo de Sergio Blanco?

De hecho, en este espectáculo empieza diciendo “mi nombre es Gustavo Sahores y por tercera vez voy a hacer de Sergio Blanco”. Va a hacer de mi álter ego, digamos, no de mí. Lo hizo ya en Tebas land, en El bramido de Düsseldorf y ahora en otra más. Es la cuarta vez, en realidad, porque en las Confesiones también hizo de este álter ego, pero ya he trabajado con él también en otras obras en las que no lo hacía, como Cuando pase sobre mi tumba.

Es cierto que me gusta mucho trabajar con intérpretes con los cuales ya haya trabajado. Está, por ejemplo, Stefanie Neukirch, con quien ya hice Las flores del mal, y en las Confesiones también era mi álter ego en femenino. Está Roxana Blanco, con quien ya trabajé muchas veces y desde hace muchos años, pero también hay dos actores, Mauricio Chiesa y Pablo Musetti, con quienes nunca había trabajado y eso también es muy interesante. Las dos cosas me dan mucho placer, tener actores o actrices con quienes hay un código, un trayecto, confianza, pero también me gusta mucho descubrir nuevos mundos, nuevas personas.

¿A tu hermana Roxana le asignaste el papel de Graziella Magherini?

En realidad, es un papel que está inspirado en esta psiquiatra y psicoanalista italiana, que fue quien descubrió el síndrome en los años 70, y Roxana es quien representa ese papel, que en esta obra se llama La Doctora.

Magherini murió en 2023. Vos fijás la acción en ese año, así que es verosímil, pero, además, como siempre, colocás a una eminencia, ya sea académica o de la ciencia, como una forma de refrendar esa información que incluís en tus piezas, como una puerta de entrada.

Aparece mucho el discurso de lo real así, referido a un discurso científico o también puede ser un serial killer, como en el caso de El bramido de Düsseldorf, o puede ser una doctora, y lo que me interesa justamente es convocar lo real, pero para alejarme. Acá, sin lugar a dudas, El síndrome de Stendhal hace una referencia a esta gran psiquiatra y psicoanalista italiana, pero la idea es partir de allí, alejarme de allí. Esto es una construcción ficticia que desprende lo que uno está escribiendo de la realidad.

Lo interesante para mí, y que es parte de la autoficción, es que lo real es un punto de partida, nunca de llegada. Defiendo mucho la noción de desprenderse del documento, de traicionarlo, incluso, de no ser fiel, de no ser leal a la realidad, sino que la autoficción y la propia escritura lo que van a hacer es traicionar la realidad, serle infiel, mentir, engañar, deformar, convertir; todo eso para mí es muy importante. Lo hago conmigo mismo, porque mis álter egos parten de mí, pero no soy yo, son una representación, diría no mimética, de mí mismo, sino enigmática, es decir, van transformando lo que quizás yo sea.

La obra habla de cuando la contemplación estética nos sobrepasa y crea efectos hasta físicos. Pero es una preocupación que viene de larga data en tus obras, cómo opera el arte.

Cuando me preguntan si la obra de arte puede cambiar el mundo, si puede mejorar o no la sociedad, si contribuye al desarrollo, no lo sé, no tengo los suficientes elementos para analizar eso. Lo que sí he vivido en carne propia es el impacto que puede tener el arte en la vida de una persona. En mi caso, lo tuvo, y lo veo cotidianamente en mis espectáculos, con mis espectadores o con mis estudiantes, en un plano más académico, cuando nos enfrentamos conjuntamente a una obra de arte bajo la forma que sea, una pintura, una escultura, un texto literario, una sinfonía. Sin lugar a dudas, puede conmovernos, puede emocionarnos y puede también cambiar la vida de una persona, puede ayudarnos a entender mejor el mundo, o lo contrario, puede también perturbarnos más la comprensión. Por eso no creo en el arte como analgésico. No creo que el arte sea algo que necesariamente nos haga bien. De esto habla este espectáculo: puede perturbarnos, puede derribarnos, puede desmoronarnos, porque una obra de arte, cuando es grande, conecta con aspectos muy profundos que están escondidos en la psique de una persona, en el alma, en su biografía, y a veces esa conexión puede ser inquietante. De eso trata este síndrome: cómo el enfrentarse a una gran obra de arte hace que de pronto empiece a dialogar con esos espacios interiores que uno tiene, y eso a veces puede ser muy removedor.

Se habla de un síndrome que tiene que ver con el contexto y con las expectativas, básicamente en un ciudadano occidental.

Es un síndrome que generalmente sucede cuando se superponen tres aspectos. En primer lugar, una situación de viaje, que es algo que tiende a fragilizarnos, a cansarnos, a deshidratarnos, a sacarnos de nuestro lugar de confort: el cambio horario, no estar en nuestro lugar, no estar en nuestro espacio, estar rodeado de multitudes anónimas, eso ya produce algo. Si a eso se superpone o se agrega estar en una ciudad con un gran peso histórico, como puede ser Florencia, como puede ser París, como puede ser Cusco, se empieza a producir también una especie de viaje dentro de uno mismo; estar enfrentados a ese peso histórico, a esas capas que habitan esa ciudad, hace que uno también empiece a viajar en su propia historia. Y el tercer aspecto es enfrentarse a algo extremadamente bello, que puede ser una pintura, una escultura, una arquitectura. Cuando estamos ante algo de eso sucede un sinfín de reacciones químicas en nuestro cerebro: el exceso de dopamina, la profusión de endorfinas que van a alterar completamente nuestra estructura física y emocional.

Por lo tanto, cuando se superponen esas tres dimensiones –el viaje, una ciudad con peso histórico y el enfrentarnos a la belleza– lleva que a veces el cuerpo colapse, digamos, y pueda tener diferentes tipos de manifestaciones, como lo son llantos, crisis de pánico, activar una depresión profunda, desmayos, taquicardias, todo tipo de trastornos. El síndrome de Stendhal lo que hace es analizar un poco ese efecto que tiene la obra de arte en los cuerpos. Cuando le preguntan al personaje de qué quiere hablar: de lo frágiles que somos los seres humanos, de la fragilidad que tiene nuestro cuerpo, pero también de nuestro aparato psíquico, emocional, espiritual.

Al mismo tiempo, somos muy fuertes y muy sólidos, y me interesa eso de cómo podemos ser extraordinarios y monstruosos a la vez. Somos una especie capaz de levantar Auschwitz, pero también de hacer la Capilla Sixtina o de escribir Orlando, de Virginia Woolf. Entonces, hay algo que me resulta fascinante: que tengamos que cuidarnos tanto, protegernos tanto, querernos tanto, porque podemos muy rápidamente pasar de un estado a otro. Hay una frase hermosa que dice Ofelia en Hamlet, cuando todos se burlan de ella, en la escena de su supuesta locura: “Sabemos lo que somos, pero no sabemos lo que podemos ser”. Y yo creo que El síndrome de Stendhal habla de eso, que nos puede pasar a todos en un momento u otro de la vida, que de pronto hay un trastorno que nos lleve a estados de extrema vulnerabilidad.

Hay un goce del reconocimiento, que debe de pasar mucho con tus espectadores, de ir reparando en esas repeticiones o de ir conectando esos códigos cruzados entre obras. ¿Qué van a reconocer y qué puede llegar a desacomodar en esta obra en particular?

A mí me interesa mucho la metateatralidad, la obra que se refiere a ella misma, que se va escribiendo. Mi obra, por supuesto, está muy marcada por este concepto de la autoficción, pero también de la obra que se va comentando a ella misma, que se va conectando. De alguna manera, El síndrome de Stendhal viene a ser un capítulo más de toda mi obra. Siempre digo que tengo la impresión de que he escrito una sola obra y que de alguna manera cada obra es como un nuevo capítulo, que el personaje salió de aquella y entró en esta nueva. En Tierra hay un personaje que le reprocha a mi álter ego, interpretado magistralmente por Sebastián Serantes; le dice: “Pero no tenés miedo a repetirte”, y el personaje dice, “bueno, pero es que yo siempre soy yo”. Al mismo tiempo, el ir repitiéndome no es algo que me genere preocupación, porque es la forma en que voy de alguna manera forjando un estilo propio.

Entonces, en esta obra va a haber mucho lo que hay siempre en mis obras, en el sentido de que es una autoficción, que hay mucha metateatralidad, que se refiere mucho a otras obras anteriores y que eso me resulta interesante, porque permite al espectador ir siguiendo la continuidad de este personaje. Obviamente, autoficciones que escribí hace 15 años hablaban de otras problemáticas, porque el mundo va cambiando. El mundo también se repite mucho, no es muy original, pero uno va viviendo cosas distintas. Va a aparecer todo esto de laberíntico que tienen mis obras, que uno tiene que ir atando cabos o, de alguna manera, lo que siempre hago es plantear un puzle que el espectador tiene que ir construyendo con las pantallas, con los videos, con las canciones, con los monólogos, con las interpretaciones, con la luz, con el vestuario. Después siempre en cada texto aparecen temáticas o aspectos o intérpretes nuevos, pero me gusta repetirme. No quiero ser original, es algo que no me interesa la originalidad, además, porque es un invento burgués para insertar productos en el mercado y poder venderlos. Y los artistas, al menos yo, no tenemos que vender nada; lo que estoy haciendo junto con un equipo de personas, colectivamente, es tratar de crear cosas. Entonces, la originalidad no me preocupa mucho.

En esta obra hay una obligación de belleza, un subrayado.

Siempre hay belleza en mis obras, pero no belleza en el sentido de lo hegemónico, eso se lo dejo a las marcas y a la moda. No es esa belleza la que me interesa, sino la construcción de un circuito, de un relato en un dispositivo. Desde hace un mes y medio con todo el equipo tenemos esa especie de preocupación, de la belleza como algo que se va creando. La belleza es una de mis búsquedas; trato al menos de rozarla o de alcanzarla en la medida que puedo, escribiendo en la soledad o dirigiendo a una actriz o coordinando el movimiento de las cámaras, los desplazamientos de los trípodes, conversando sobre cómo va a ser una luz o eligiendo la textura de la tela de la camisa de un personaje. Todos esos parámetros hacen que la belleza se empiece a producir, que siempre es una creación colectiva.

Por otro lado, fuiste cruel con tu álter ego; a lo largo de los espectáculos lo llevaste al límite.

Creo que un poco lo que me atraviesa a mí es lo que atraviesa a todas las personas. No son muy diferentes las vidas, pueden cambiar algunos aspectos más anecdóticos, sin lugar a dudas. Sé que tengo una vida particular en el sentido de que dirijo tres departamentos académicos en tres continentes distintos, que viajo todo el tiempo, que estoy montando obras permanentemente.

Por supuesto que mi vida tiene algo muy particular de todos esos movimientos, toda esa actividad, pero en el fondo y en lo esencial todos estamos enfrentados a las mismas problemáticas: la soledad, el miedo, el abandono, el amor, la muerte, la desolación. No estoy negando que haya diferencias socioculturales o geopolíticas, o lingüísticas, pero finalmente hay algo muy similar.

Creo que eso es lo que explica a veces que las obras, o mis autoficciones, funcionen tanto aquí como en distintos países, y que los espectadores puedan conectar con esos textos. Lo he dicho varias veces, todos queremos enamorarnos y todos le tenemos miedo a la muerte, y eso ya nos hace muy similares, muy próximos. Después, a veces condimento y pongo un poco el acento en algunas cosas que le pueden pasar a este personaje, pero lo sustancial es lo mismo que nos pasa a todas las personas.

El síndrome de Stendhal. De martes a sábados a las 20.30 y domingos a las 18.30 en la sala Zavala Muniz del teatro Solís. Estrena este viernes. Sugerida para mayores de 15. Entradas $ 550 en Tickantel. **2x1 para la diaria **

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesa la cultura?
None
Suscribite
¿Te interesa la cultura?
Recibí la newsletter de Cultura en tu email todos los viernes
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura