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Recibimiento a Alfredo Zitarrosa a su regreso del exilio, el 31 de marzo de 1984, en el Aeropuerto Internacional de Carrasco.

Foto: Agencia fotográfica Camaratres

De no olvidar

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“Yo vivo en esa voz. Alfredo es mi casa”

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Tenía un perro policía que se llamaba Barullo. Tenía jaulas con pájaros. Tenía una calavera en la biblioteca, y la calavera tenía dientes postizos. Tenía una hija un poco más chica que yo, pero no me acuerdo cuánto más chica. La hija se llamaba Moriana y tenía rulos, creo. La casa tenía un fondo enorme y ahí, o en la cocina, mi madre, mi padre, Alfredo y Nancy hablaban de cosas de adultos, se reían, cocinaban. Nosotros –mis hermanos, Moriana y yo– íbamos y veníamos, subíamos y bajábamos corriendo por la escalera, molestábamos, seguramente. Tres cosas recordaríamos con mi hermano durante mucho tiempo: el nombre del perro, los dientes de la calavera y una mesa de billar que nos pareció enorme pero no debía ser más grande que cualquier otra. Lo raro, supongo, es que estuviera en el mismo lugar que la biblioteca. Que estuviera en una casa, digamos, y no en un boliche de mala muerte de los que había en las esquinas de algunos barrios.

Un día llegamos a casa y había un papelito que alguien había pasado por debajo de la puerta: “Pasé a saludar. Nancy internada en el Italiano para esperar a María Serena. Alfredo”. No lo vimos más. Mi padre capaz que sí, o mi madre. Capaz que alguno de los dos fue hasta el Italiano, capaz que volvieron a verse con Bécquer, mi tío, varias veces todavía antes de que se fuera. Pero yo no lo vi más, y al poco tiempo empezó a estar prohibido en la radio, así que había que escucharlo bajito en el pasadiscos, por las dudas. Nos sabíamos todas sus canciones. Una vez, antes de que lo prohibieran, la radio propuso un juego a sus oyentes: tenían que elegir entre dos versiones de una misma canción (¿“Zamba por vos”? ¿“Gracias a la vida”?), una cantada por Alfredo y otra por Mercedes Sosa. Ganó Alfredo. Yo me sentí como si mi propia selección de fútbol hubiera ganado un Mundial. Alfredo le había ganado a Mercedes Sosa, que era argentina y salía en las revistas. ¿Se podía ser más cra que eso?

Después la dictadura entró a mi casa y fue un viento que lo barrió todo. Revisó los libros, los papeles, las cosas. “Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono/ Distintos bajo los dedos índices, las fotos/ El termómetro, los muertos y los vivos/ Los pálidos fantasmas que me habitan/ Sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes/ Bajo sospecha de subversión”.

Escuchábamos a Alfredo con dolor, con amor, con la tristeza con que un hermano falta en la mesa pero está, de todos modos. Yo aprendí, niña como era, que las dos cosas que más me iban a importar estaban en esas canciones: la poesía y la política. Me anonadaba la posibilidad realizativa de una aliteración: “mariposa marrón de madera”. Me daban ganas de llorar, no por la voz de Alfredo, no por mi padre preso ni por mi madre siempre triste: me volvía loca que esas cuatro palabras hicieran un violín.

Un poco más tarde, cuando ya tenía acceso a discos prestados, o tal vez cuando por fin volvió a sonar en la radio, viví esa misma experiencia deslumbrante cuando escuché “El olor a leña, Boby”, cuya etiología trágica, imagino, la vuelve imposible hoy. “El palo cuadrado, Boby/ tiene mi edad./ Fue ventanal amarrado/ al muro de cal, y ahí está...”. ¿Cómo hablar así de un leño en el fuego? Y después: “Tal vez al palo le duele/ verse morir;/ el fuego lo ama y lo muele,/ lo vuelve gris.” ¿Quién podía pasar de la literalidad a la poesía con esa facilidad? Vallejo podía, pero qué sabía yo entonces.

Alfredo volvió a Uruguay el 31 de marzo de 1984. El 29, dos días antes, habían liberado a mi padre. Hay una foto del reencuentro: se miran, abrazados, con la sonrisa abierta y una expresión ligeramente estuporosa, el pelado y el peludo, el gordo y el flaco, el de adentro y el de afuera, el obrero y el artista. En esa foto, que creo que sacó alguien de Cinco Días (el nombre del diario era un presagio: no duró mucho más), estaba el país entero volviendo a encontrarse. Nuestro país, porque para otros todo aquello fue nada, es nada.

Yo sigo amando con toda mi alma la voz de Alfredo, tan igual, por otra parte, a la de Bécquer, su amigo-hermano, el hermano menor de mi madre. Yo vivo en esa voz. Alfredo es mi casa.

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